Blackthorn 22 Maven
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22 Maven

No sé qué tipo de droga usa este hombre como enjuague bucal, pero es potente. En el momento en que nuestros labios se tocan, la parte lógica de mi cerebro se apaga en un repentino ataque de narcolepsia, y todas mis terminaciones nerviosas se despiertan y estallan en llamas.

Le devuelvo el beso con total abandono, rodeándole la cintura con los brazos. Él frota su erección contra mi pelvis. Estamos perdidos el uno en el otro hasta que alguien intenta abrir la puerta, entonces nos separamos bruscamente, respirando con dificultad.

El sonido de los golpes resuena en la habitación.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —dice luego una voz masculina en tono vacilante.

—¡Déjame en paz! —grita Ronan girando la cabeza.

Satisfecho con el silencio alcanzado, se vuelve hacia mí.

—¿Por dónde íbamos?

—Fingíamos que nos gustamos. Debería irme ya.

Él baja la cabeza y me mordisquea la comisura de los labios mientras flexiona las caderas contra las mías.

—No, no deberías.

—Sí, debería, o acabaremos manchando este escritorio.

—Eso es justo lo que estaba pensando. ¿Llevas bragas debajo del vestido?

Sube una mano por mi muslo, arrugándome la falda. Cuando sus dedos encuentran la estrecha tira de algodón alrededor de mi cadera, chasquea la lengua decepcionado.

—No salgo a hacer recados sin ropa interior.

—Qué pena… —dice en un susurro ronco, acariciándome el cuello con la nariz—. Aunque eso no importa.

Desliza los dedos bajo la tela y empieza a acariciarme.

Debería detenerlo. Sé que debería. Esto es una idiotez, una imprudencia y tiene todas las papeletas para acabar en desastre, pero mi cerebro ha abdicado del trono y mis hormonas están al mando, y las muy cabronas no hacen prisioneros.

Cuando hunde un dedo profundamente dentro de mí, le clavo las uñas en la espalda, separo más las piernas y lanzo un gemido.

Él me muerde el cuello mientras mueve su dedo dentro y fuera de mí. A continuación, alargo la mano entre nuestras piernas y aprieto su erección por encima de los pantalones.

En cuanto lo toco, es como si hubiera pulsado un interruptor. Nuestros besos se vuelven frenéticos y voraces. Nuestros cuerpos se tensan uno contra el otro. Nuestros corazones laten al unísono dentro de nuestros pechos. No puedo saciarme de él, ni él de mí, y al diablo con la lógica.

Vamos a hacerlo.

Le desabrocho el cinturón y la cremallera mientras él devora mi boca y me penetra con los dedos. En cuanto su erección queda libre de la ropa, envuelvo la mano alrededor de su grueso miembro y le miro a los ojos.

—Una última vez —le advierto sin aliento—. Y solo por los viejos tiempos.

Su risa es ronca y burlona.

—Claro, nena. Lo que tú digas. —Saca su dedo de mi interior y me agarra el culo con ambas manos, luego, mientras yo aparto las bragas a un lado, se hunde dentro de mí, enterrándose en una sola y poderosa embestida.

Un gemido gutural de placer brota de lo más profundo de su pecho. Luego me besa con intensidad, su lengua se introduce de forma posesiva en mi boca mientras sus caderas marcan un ritmo de embestidas profundas y fuertes.

Me folla sobre el escritorio mientras yo me aferro a sus hombros y finjo que esto no significa nada.

Todo es rápido y frenético. Yo alcanzo el clímax primero, arqueándome y jadeando contra él mientras susurro su nombre entre dientes. El movimiento de sus caderas vacila, luego gime en mi boca y se vacía dentro de mí.

Nos quedamos en silencio durante un buen rato. Los únicos sonidos en la habitación son el zumbido de las luces fluorescentes del techo y nuestra respiración entrecortada. Me rodea con los brazos, me atrae hacia él y me abraza con fuerza, hundiendo el rostro en mi cabello.

Me pregunto si él siente lo mismo que yo, como si la gravedad hubiera dejado de funcionar y estuviéramos flotando solos en algún lugar del espacio.

Entonces, como es Ronan Croft, rompe el encantador hechizo en el que estamos sumidos diciendo algo horrible.

—Si no me dejas ser parte de la vida de Bea, te llevaré a los tribunales.

Lo empujo, me bajo del escritorio y me recoloco el vestido. Mientras él se vuelve a abrochar los pantalones y se sube la cremallera, mi corazón se recubre de escamas de acero.

No recuerdo la última vez que me sentí tan decepcionada conmigo misma. Enderezo los hombros e intento parecer tan digna como puede parecer alguien a quien acaban de follar en un escritorio desvencijado en la sala de empleados del supermercado de un pueblo.

—Me voy. No me vuelvas a llamar. Y no te vuelvas a quedar delante de la verja. Te estás convirtiendo en una molestia. Adiós, Ronan.

Salgo de la habitación con la nariz en alto.

Cinco segundos después, recibo un mensaje de texto en mi teléfono.

«Te guste o no, es mía. Y tú también».

Vuelvo rápidamente a casa, llena de frustración y con un montón de preguntas sin respuesta. Pienso en acudir a la policía, pero probablemente tengan los mismos prejuicios contra nosotras que el resto del pueblo.

Lo que necesitamos es la ayuda de alguien de fuera. Alguien a quien pueda enseñarle todas las pruebas y obtener a cambio una opinión experta.

En cuanto atravieso la puerta, subo corriendo las escaleras hasta mi habitación para evitar ver a nadie. Me echo agua fría en la cara, me cambio la empapada ropa interior y me siento en el escritorio con el portátil.

La búsqueda de investigadores privados en Vermont arroja millones de resultados, así que concentro la búsqueda en la ciudad más grande del estado, Burlington.

Encuentro algunas empresas prometedoras entre los resultados.

La mejor cuenta con antiguos miembros de los servicios de inteligencia militar de agencias gubernamentales como la CIA y el FBI.

Parecen personas capaces de encontrar un cadáver desaparecido, así que llamo al número indicado.

La mujer que responde me pide mi nombre y una breve descripción de lo que necesito, y luego me dice que espere. Cuando vuelven a contestar, es un hombre con voz ronca y actitud seria.

—Hola, señorita Blackthorn. Soy Cole Walker. Entiendo que necesita mi ayuda.

Ya confío en este tipo. Parece que podría dirigir países enteros sin sudar ni una gota.

—Hola, señor Walker. Sí, necesito su ayuda para encontrar a mi abuela.

—Entiendo. ¿Cuánto tiempo lleva desaparecida?

—Desde el día en que debía ser enterrada.

La pausa es breve, pero significativa.

—¿Su abuela ha fallecido?

—Sí, señor.

—Pensaba que se trataba de un caso de persona desaparecida.

—Lo es. El hecho de que esté muerta no significa que no sea una persona. —Otra pausa. Me imagino que se estará preguntando por qué no se jubiló hace años, como le dijo su esposa.

—¿Por qué no me cuenta qué está pasando, señorita Blackthorn, y veré si puedo ayudarla?

Me lanzo a una larga y detallada descripción no solo del misterio del paradero de la abuela, sino también de la extraña historia de las muertes accidentales de mis antepasadas,

las circunstancias cuestionables del fallecimiento de mi madre y mi reciente roce con la muerte por la caída del trozo de una fachada de cemento.

Cuando termino, se produce un largo silencio.

—Retrocedamos de momento hasta tu abuela. ¿Dice que sacaron su cuerpo por una ventana de la funeraria?

—Sí. Ah, y estaba desnuda. Se me había olvidado esa parte.

—Estaba… desnuda.

—Lo sé. Yo tampoco podía creerlo. Hay gente realmente enferma en este mundo.

Sus pausas son cada vez más largas.

—Alguien ha robado el cadáver desnudo de su abuela por una ventana. Y dejó toda su ropa doblada cuidadosamente fuera, en el suelo.

—Así es.

—¿Ha visto las imágenes de seguridad de la funeraria?

—Según el propietario, no había nada inusual en las cintas, aunque la cámara de la fachada del edificio donde estaba la sala de velatorio de mi abuela no funcionaba, por lo que no se grabó nada en desde allí.

Él se ríe entre dientes.

—Qué conveniente.

—¡Eso es exactamente lo que dije yo!

—Muy bien, señorita Blackthorn. Este es un caso interesante.

—Entonces, ¿me ayudará?

—Estaré encantado de ayudarla.

Me explica a grandes rasgos cómo funciona su proceso y luego me indica un precio por hora que me parece razonable. Acepto y me dice que me enviará un contrato electrónico para que lo firme y que empezará a trabajar tan pronto como reciba el anticipo.

Hablamos un rato más hasta que menciono el nombre del pueblo. Eso hace que la conversación se detenga en seco.

—¿Es en Solstice? —repite con renuencia, como si el simple hecho de pronunciar la palabra fuera a invocar a los espíritus malignos.

—Sí. ¿Por qué?

—¿El hogar de la familia Croft, de Croft Pharmaceuticals, ese Solstice?

Cierro los ojos y suspiro con resignación.

—No me diga que era compañero de fraternidad en la universidad de Elijah.

—No, señorita, no lo era, pero esa familia tiene mala reputación. La mayoría de los agentes de la ley que conozco preferirían luchar contra un oso pardo antes que enfrentarse a un Croft.

No hace falta que pregunte por qué. Los Croft son más poderosos que el presidente.

—Así que les tiene miedo como todo el mundo, ¿eh?

Es lo correcto. Casi puedo oír cómo su ego se hincha como un pavo real sacudiendo las plumas de su cola.

—Cole Walker no le tiene miedo a nadie, señora, y menos aún a un grupo de ricos corruptos que no han trabajado de forma honorable ni un solo día en toda su vida privilegiada —dice elevando la voz.

—¡Amén! ¿Significa eso que sigues aceptando el trabajo?

—Acepto el trabajo, sí.

—Me siento muy aliviada. Gracias.

—De nada. La pasaré con Nancy para que le pida su correo electrónico. Esté atenta al contrato, que le llegará esta tarde. Ah, y señorita Blackthorn…

—¿Sí?

Él baja la voz.

—Tenga cuidado. Sea lo que sea lo que está pasando en ese pueblo, los Croft lo saben. Probablemente tengan algo que ver. Lo que ha dicho sobre la extraña muerte de sus familiares…

—No haga más pausas dramáticas. Me está poniendo nerviosa.

—Lo único que digo es que, si fuera usted, consideraría seriamente exhumar un par de cadáveres de su familia y realizarles la autopsia. Dos o tres accidentes podrían ser una coincidencia. ¿Todo un árbol genealógico? Se trata de algo más.

Lo sabía. Mi hipótesis no es tan descabellada.

Le doy las gracias y cuelgo, luego cojo la bolsa con el tinte para el pelo que han dejado en mi habitación y la llevo al baño. Lo mezclo y me lo aplico con cuidado en las raíces. Treinta minutos más tarde, me meto en la ducha para aclararlo.

Cuando me seco el pelo con la toalla y me lo peino, todavía se ve un centímetro de raíz roja en el cuero cabelludo. El color no ha cuajado.

Nada en este pueblo olvidado por la mano de Dios funciona como debería.