21 Maven
El viernes, seguimos sin saber qué ha pasado con el cuerpo de la abuela, así que vuelvo a llamar al trabajo y les digo que necesito otra semana libre.
Las vacaciones de otoño de Bea en el colegio ya han terminado, así que le pido a su profesora que me envíe el plan de estudios para la semana que viene, alegando una emergencia familiar.
No sé qué haré si para entonces no hemos encontrado a la abuela, pero lo que sí tengo claro es que no quiero irme de Solstice todavía.
Me atormentan demasiadas preguntas sin respuesta. Demasiados sucesos extraños que no encajan.
Además, en medio de una noche de insomnio, me di cuenta de que podría haber una explicación muy simple para todos los extraños accidentes que sufrieron mis antepasadas.
Quizá nuestra familia ha sido blanco de ataques.
Quizá los habitantes del pueblo han decidido deshacerse de nosotras de formas más sutiles y creativas que ahorcándonos.
Y tal vez los Croft estén involucrados.
El problema es que no puedo demostrarlo. Como no autorizamos las autopsias de los miembros de la familia, no hay pruebas físicas de juego sucio. Eso sin duda ayudaría a cualquiera que quisiera conseguir que un asesinato pareciera un accidente.
El sábado por la mañana, cuando me levanto, me miro en el espejo del baño. Me ha crecido medio centímetro de pelo rojo en la raíz del cuero cabelludo. Tendré que ir a comprar tinte.
Me suena el móvil mientras me visto. Es Ezra. Suelto el calcetín que me estoy poniendo y miro la pantalla mientras me planteo si debería contestar.
Decido que no tengo el estado de ánimo adecuado para soportar una tesis sobre mis defectos como pareja, así que dejo que salte el buzón de voz, termino de vestirme y bajo a la cocina, donde encuentro a Bea y a mis tías desayunando.
—Bea, ¿quieres venir conmigo al pueblo hoy?
—Vale.
—¿Y vosotras?
Mis tías niegan con la cabeza.
—Va a venir un manitas a echar un vistazo a la caldera —dice Esme—. Pero, si no te importa, necesitamos algunas cosas y me gustaría las que compraras mientras estás fuera.
Después del desayuno, Q nos lleva a Bea y a mí al centro. Para delante de la perfumería para que pueda comprar una caja de tinte para el pelo y luego nos acerca al supermercado, donde vamos a adquirir los artículos que hay en la lista que Davina me dio antes de salir.
Cuando estamos en el pasillo de las frutas y verduras, veo a Ronan mirando los tomates. Se me revuelve el estómago. Agarro a Bea de la mano mientras intento no ceder al pánico y me doy la vuelta.
—Venga, cariño. Vámonos.
—¿Ya hemos terminado? ¿No necesitamos nada más?
—No me encuentro bien.
Corro hacia la caja y vacío la cesta lo más rápido que puedo en la cinta transportadora.
Mis manos temblorosas no ayudan a la tarea, por lo que Bea se ve obligada a recoger la bolsa de apio que se ha caído al suelo y luego se gira para perseguir una cebolla rebelde que rueda hacia atrás por el pasillo principal.
Pero alguien la alcanza antes.
Ronan recoge la cebolla y se endereza. Me mira. Mira a Bea. Luego lanza la cebolla al aire, la atrapa de nuevo y la sostiene en la mano.
—Hola. Creo que se te ha caído esto.
—Gracias. —Bea acepta la cebolla, pero no se vuelve hacia mí.
No puedo ver su cara, pero sé que está observando a Ronan. Y por la forma en que inclina la cabeza, sé que siente curiosidad por él.
—Vamos, cariño. Tenemos prisa.
—¿Te conozco? —le pregunta Bea a Ronan, haciendo que casi me desmaye.
—No, pero conozco a tu madre. Somos viejos amigos. Soy Ronan. —Le tiende la mano.
Bea se la estrecha como lo haría un político, con un cordial apretón.
—Hola, Ronan. Encantada de conocerte.
—Un placer, Bea. —Levanta la mirada hacia mí y clava en mí sus ojos ardientes—. Encantado.
Esbozo una sonrisa llena de confianza.
—Cariño, ¿por qué no pagas en la caja? Aquí tienes la cartera.
Ella se da la vuelta y espera pacientemente a que rebusque en mi bolso.
Luego coge la cartera y se coloca delante de mí en la caja, donde la dependienta está a punto de cobrarnos.
Ronan se acerca con los labios fruncidos.
Levanto una mano y pronuncio «No» con la boca.
Su mirada ardiente se clava en Bea. Me muevo para apartarla de su vista.
Ese sonido grave que emana de su pecho me pone los pelos de punta, pero me niego a dar un paso a un lado. Tras un momento insoportable de tensión en el que nos miramos con intensidad, se inclina hacia mí y me habla en voz baja para que solo yo pueda oírlo.
—Desbloquea mi número ahora mismo.
—¿O qué?
—O todos los que estén al alcance de mi voz sabrán que soy su padre.
Conmocionada por lo cruel que sería eso para Bea si realmente lo hiciera, tomo aire bruscamente.
—No te atrevas. No eres su padre.
—La próxima vez que me mientas, no te gustarán las consecuencias. Coge el teléfono y desbloquéame.
Da un paso atrás mientras me mira fijamente, impasible ante la expresión furiosa de mi rostro.
Hirviendo de rabia, busco su número de teléfono y toco la pantalla varias veces.
—¿Satisfecho?
—Déjame ver.
Le enseño la pantalla, apretando los dientes.
—Bien. Te llamaré dentro de dos minutos. Más te vale contestar.
—¡No puedo hablar contigo ahora mismo!
—Apáñatelas, porque no era una petición. —Da media vuelta y se marcha.
Enfadada y frustrada, me vuelvo hacia la cajera. Bea le está contando alegremente todo lo que sabe sobre el caso Night Stalker, el asesino en serie que cazaba y torturaba a sus víctimas en Los Ángeles en los años ochenta.
La cojo de la mano, agarro la bolsa de la compra y salgo deprisa de la tienda con ella a cuestas.
Vamos hasta donde está el Caddy en el aparcamiento.
Abro la puerta trasera, la dejo subir, pongo la bolsa y mi bolso en el asiento junto a ella y le digo a Q que la lleve de vuelta a casa porque necesito tomar el aire.
Evito su mirada en el espejo retrovisor, cierro la puerta y los veo alejarse.
Cuando suena mi móvil, contesto sin pensármelo.
—¿Qué quieres, Ronan?
—Ven a la parte de atrás del supermercado.
Me giro y miro hacia allí.
—¿Por qué?
—Tenemos que hablar. Atraviesa la cortina de plástico que hay junto al mostrador.
Cuelga antes de que pueda discutir. Llena de temor, vuelvo a entrar en el supermercado, voy hasta la cortina de plástico y la traspaso para llegar a una trastienda llena hasta arriba de cajas de refrescos, agua y comida envasada.
Ronan está apoyado contra la pared a mi derecha, esperándome. Sin decir nada, me agarra del brazo y me arrastra por el pasillo hasta una puerta donde se puede leer el letrero: «Sala de empleados». La abre, me empuja para que entre, y luego la cierra dando un portazo y la bloquea.
Parece absolutamente poseído por la ira.
Se sube las mangas de su jersey negro de cachemira hasta los musculosos antebrazos y da una vuelta lentamente a mi alrededor, como un depredador acechando a su presa.
Me niego a dejarme intimidar y me quedo de pie con los brazos cruzados sobre el pecho hasta que vuelve a ponerse delante de mí, intentando con todas sus fuerzas reducirme a cenizas con la mirada.
Aunque su energía es feroz, controla su voz.
—Me abandonaste la otra noche.
—Estabas dormido.
—Sí. Y cuando me desperté, te habías ido.
—Las fiestas de pijamas nunca han sido lo nuestro.
Nuestras miradas chocan y la electricidad crepita entre nosotros. Casi puedo sentir los átomos de oxígeno vibrando en el aire, sobrecargados de animosidad.
—¿Cómo sabías que había bloqueado tu número?
—De la misma forma que sé hacerte llegar al orgasmo.
Ignorando el leve calor que me sube a las mejillas, levanto la barbilla y finjo indiferencia.
—Porque crees que me conoces.
—Exacto.
—Pero no es así. ¿Por qué estamos hablando en la trastienda del supermercado?
—Porque soy el dueño.
Sorprendida, miro a mi alrededor.
—Debería haberlo adivinado por la falta de color y de muebles cómodos. ¿Tu decorador de interiores pasó mucho tiempo en una prisión escandinava?
—He llamado al doctor Lattman.
Miro a Ronan horrorizada.
—¿Que tú… qué?
Sonriendo con tristeza, asiente con la cabeza.
—Ya sabes, el hombre que dices que es el padre de Bea. Ese tipo y yo tuvimos una larga y agradable charla.
Mi boca se ha convertido en el desierto del Sáhara. Podría estar mintiendo, pero no lo creo. Parece demasiado orgulloso de sí mismo.
—¿No tienes nada que decir? ¿Ninguna respuesta ingeniosa?
Contesto con una calma que no siento.
—Si tienes alguna pregunta, te responderé. De lo contrario, no me interesan tus juegos.
Ronan se acerca.
—Oh, esto no es un juego, nena —dice en voz baja—. De hecho, es lo más alejado que puedas imaginar a un juego.
Doy un paso atrás y sigo retrocediendo porque él sigue avanzando. Mi trasero choca contra el borde de un escritorio y pierdo el equilibrio.
Ronan extiende las manos y me sujeta, agarrándome ambos brazos. Levanto las palmas y las aplano sobre su pecho, tratando de empujarlo. Algo totalmente ineficaz. Es como intentar mover una roca.
—Es mi hija, Maven —gruñe—. Quiero conocerla. Quiero formar parte de su vida. Sé que es mía.
—No sabes nada.
—Tu doctor Lattman tampoco sabe que tiene una hija.
—Como si fuera a revelar algo tan personal a un completo desconocido por teléfono.
—Entonces, ¿también es un mentiroso? —se burla.
—Si alguien te llamara de improviso y te dijera: «Hola, tú no me conoces, pero me preguntaba si podrías aclararme un montón de detalles íntimos sobre tu familia», ¿cómo reaccionarías?
—No muy bien.
—Exacto.
—Salvo si la persona que me llama se estuviera haciendo pasar por el director del colegio de mi hija para decirme que ha tenido un accidente terrible, entonces quizá sería más comunicativo.
Mi corazón se acelera y luego se detiene.
—No has hecho eso…
—Oh, claro que lo he hecho. ¿Y sabes qué me dijo el buen doctor Lattman? Me dijo que había un error. Que él no tiene ninguna hija.
Haciendo acopio de toda mi determinación, mantengo la voz firme y la expresión tranquila, aunque por dentro estoy entrando en pánico.
—No le dije nunca que estaba embarazada. Solo salimos juntos dos meses antes de romper. Y ya sabes que las Blackthorn no sentimos mucho interés por los padres de nuestros vástagos. Eso es todo.
Su mirada inquisitiva recorre mi rostro. Luego suelta un breve suspiro de asombro.
—Debería lavarte esa boca mentirosa con jabón.
—Inténtalo y acabarás perdiendo algunos apéndices importantes.
—¿De verdad me odias tanto como para privarme de mi propia sangre?
—¿La sangre que tú habrías negado en primer lugar?
—¡Tenía diecisiete años!
—Yo también. Solo era una chica enamorada de un chico egoísta y sin corazón que no quería que lo vieran en público con ella.
—Nunca dije que no quisiera…
Se interrumpe de golpe para mirarme con el ceño fruncido y una extraña expresión en el rostro. Al principio creo que es confusión, pero luego me doy cuenta de que es peor. Mucho peor.
Es comprensión.
Me sujeta la mandíbula con fuerza para que no pueda apartar la vista.
—Estabas enamorada de mí.
Ya habría sido malo que fuera una pregunta, pero no lo es.
Es una afirmación. Puedo verlo en sus ojos, en la forma en que los engranajes de su cerebro dan vueltas frenéticamente, repasando cada interacción que hemos tenido y viéndolas bajo una luz completamente nueva.
—Estabas enamorada de mí.
El nudo en mi garganta es demasiado grande como para poder hablar, así que me muerdo la lengua y me quedo en silencio.
—Pensaba que me odiabas. Pensaba que te avergonzaba que te vieran conmigo. Pero estabas enamorada de mí. Me querías. Me amabas.
—¡Deja de decir eso! No importa.
—Es lo único que importa.
Lo miro desafiante.
—¿Por qué?
—Porque si me amaste una vez, puedes volver a hacerlo.
—Nunca volveré a quererte. No siento nada por ti; solo repugnancia.
Sus ojos arden. Aprieta la mandíbula.
—Eres la peor mentirosa de la historia —gruñe.
No puedo responder porque me cubre la boca con la suya.