Blackthorn 20 Maven
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20 Maven

Me arrepiento desde lo más hondo antes incluso de llegar a la mitad del pasillo. La sonrisa de victoria que luce es directamente obscena.

—Por favor, deja de regodearte. Se me está revolviendo el estómago.

—Te olvidarás de esa indigestión en unos minutos. ¿Todavía te gusta que te mordisqueen los pezones?

Con la cara roja, me muerdo el interior de la mejilla entre sudores.

—Lo tomaré como un sí. Pero tendrás que ser más explícita, nena. Esto no es un juego de adivinanzas. Quiero saber exactamente lo que te gusta.

—No me llames «nena».

—¿Por qué?

—No soy una niña pequeña. Soy una adulta, por si no te has dado cuenta.

—Oh, sí que me he dado cuenta. Ya me están empezando a doler los brazos.

Cuando lo miro con el ceño fruncido, su sonrisa deslumbrante se hace aún más grande.

—Joder, me encanta cuando me lanzas esas miradas asesinas.

—Diría que me encanta cuando te quedas callado, pero como eso no ha pasado nunca…

Entramos en el dormitorio. Es tan cavernoso y frugal como el resto de la casa, con tonos beige y negros compitiendo por el dominio.

—Te preguntaría si eres alérgico al color, pero realmente no me importa.

—Es hora de dejar de lanzar cuchillos y ser amable conmigo.

Me lanza de espaldas sobre la cama y se queda contemplándome con los ojos ardientes. Me cubro la cara con las manos y lo miro a través de mis dedos, mientras hiperventilo, terriblemente cohibida.

Su cuerpo es espectacular.

Tiene la piel dorada, los músculos marcados y unas proporciones excelentes con extremidades poderosas. Un escaso vello oscuro resalta la amplitud de su pecho y se reduce en una fina línea cuando pasa a su abdomen plano.

Veo tatuajes que antes no tenía, gruesas bandas que rodean ambos tobillos y muñecas. Son de un diseño inusual, con patrones y glifos no euclidianos que parecen cambiar sutilmente cuando se mueve.

Dejo de mirarlos para fijarme en su erección que, gruesa y venosa, sobresale entre sus piernas como si estuviera orgullosa de sí misma. Y debería estarlo. Si hubiera un premio al mejor pene, el suyo ganaría.

Científicamente hablando, es un espécimen perfecto de anatomía humana.

Ojalá su personalidad no fuera tan repugnante.

Se arrastra sobre mí avanzando sobre las manos y las rodillas y me mira a la cara.

—Mueve las manos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Me estoy escondiendo.

—Tengo una venda para los ojos, ¿la quieres?

Extiendo los brazos a los lados y lo miro con ira.

—Intenta ponérmela y te desangrarás sobre esa estúpida alfombra monocromática.

Sonriendo, se ríe entre dientes.

—No lo creo.

Cierro los ojos y gimo.

—Sabía que esto era una mala idea.

Baja la cabeza.

—No, pequeña bruja —me susurra al oído—. Esta es la mejor idea que has tenido nunca.

Cuando siento su cálida boca en mi cuello, me estremezco y reprimo un gemido. Me muerde esa zona, luego empieza a chuparla, y ya no puedo contener más el sonido.

Se apoya en los codos, me acuna la cabeza y me besa el cuello hasta llegar al hueco de la garganta. Hunde la lengua en él y se ríe cuando vuelvo a estremecerme.

—Cállate.

—Sí, señora.

Su tono burlón indica que los dos sabemos quién manda aquí, y no soy yo.

Deslizo las manos por su cabello y le recoloco la cabeza para poder besarlo.

Él responde con un grave murmullo de placer que sale de lo más profundo de su garganta y baja su cuerpo hacia el mío.

Me presiona con su peso contra el colchón y noto su erección entre mis piernas abiertas, nos besamos hasta que me mareo y me retuerzo debajo de él.

Separa la boca y me muerde el pezón erecto a través de la camiseta.

—No llevas sujetador —gruñe, eufórico—. ¿Bragas?

Cuando gimo, vuelve a morderme el pezón con la fuerza precisa para que me duela. El placer me hace arquearme hacia su boca y estremecerme.

—Descúbrelo tú mismo —lo invito sin aliento, sintiendo cómo me late el pulso en cada parte de mi cuerpo.

Él acepta el reto. Me sube la camiseta y me lame el vientre hasta llegar al botón de mis vaqueros. Desliza la nariz debajo de la cinturilla antes de desabrochar el botón y baja la cremallera con los dientes.

Inclina la cabeza a un lado e inhala profundamente el aroma de mi piel.

Emite un sonido parecido al gruñido de un animal, un rugido grave que resuena en su pecho y en mi pelvis. Se me pone la piel de gallina y siento un cosquilleo en los pezones. Me cuesta respirar.

Cuando me baja los vaqueros por las caderas, jadeo sorprendida. No tengo ni un segundo para recuperarme antes de que hunda la cara entre mis piernas y empiece a lamerme.

Más bien, a devorarme. Con voracidad, como si fuera su última comida.

Me sujeta el trasero con las manos mientras me lame el clítoris hinchado hasta hacerme gemir.

Entonces empiezo a retorcerme, moviendo las caderas contra su cara.

Cuando desliza un dedo dentro de mí, hundo las manos en la espesa suavidad de su cabello.

Añade otro y yo lanzo un grito impotente de placer.

—Nunca he tenido esto antes —gruñe, deslizando sus gruesos dedos dentro y fuera—. Mi boca en tu dulce coño. He soñado con ello durante años.

Se me entrecorta la respiración. Una sensación dolorosa se expande dentro de mi pecho. Separo más las piernas y muevo más rápido las caderas contra su boca, luchando contra la oleada de emoción que crece dentro de mí.

Me succiona el clítoris y se estira para pellizcarme el pezón duro. Me estremezco y tiemblo, gritando su nombre. Él emite un ronroneo, animándome, tirando de mi pezón mientras gira su hábil lengua una y otra vez.

Alcanzo el clímax contra su boca, y hundo las uñas en su cuero cabelludo mientras grito.

En el exterior, un trueno retumba en el cielo, haciendo vibrar las ventanas. Un relámpago ilumina brevemente la habitación. Entonces, empieza a llover. La lluvia golpea la habitación con un sonido similar al de una ráfaga de balas.

Mientras me retuerzo y me sacudo contra el colchón, él continúa su dulce tortura con los labios y la lengua hasta que me convierto en un manojo de nervios, con los miembros temblorosos y la respiración entrecortada.

Trato desesperadamente de apartar con los párpados las lágrimas que se me acumulan en el rabillo de los ojos.

No se suponía que fuera a ser así.

Se suponía que no debía sentir nada. Se suponía que esto solo iba a aliviar una picazón que no podía quitarme, nada más.

Pero, al parecer, mi corazón de diecisiete años tiene una memoria larga y persistente, porque estoy envuelta en todo tipo de emociones que no había sentido en años.

Vulnerable. Desconcertada. Asustada.

Ronan se sienta y me quita las botas. Las lanza a un lado y me despoja de los vaqueros. También los tira al suelo y luego se deshace del resto de mi ropa hasta dejarme desnuda.

Se coloca entre mis muslos y me besa en profundidad. Su piel es suave y ardiente. El peso de su cuerpo resulta delicioso. El vello fino de su piel me hace cosquillas en los pezones cuando envuelvo mis brazos alrededor de su espalda.

Suspiro.

—Si necesitas decirme que estás locamente enamorada de mí, no pasa nada —me dice al oído.

—Tendrás suerte si sales vivo de esta habitación.

Reprime la risa contra mi cuello mientras mete la mano entre sus piernas para agarrar su erección, que luego desliza entre mis muslos.

—¿Preparada?

—Dios mío. Para cuando terminemos, tendré cien años. ¡Hazlo de una vez!

Se introduce dentro de mí con un poderoso empuje de sus caderas.

Arqueo la espalda y, jadeando de placer, le clavo las uñas en la espalda. Su risa suena llena de euforia.

Me folla con embestidas cortas y fuertes hasta que empiezo a gemir y a suplicarle de forma incoherente que no pare.

Se detiene, por supuesto, porque hacer lo contrario a lo que le digo es prácticamente su especialidad.

Se da la vuelta, se tumba boca arriba, me agarra las caderas con las manos y me mira con los ojos brillantes mientras su pecho sube y baja con rapidez.

—Deshaz esa maldita trenza.

Su voz es grave. Sus fosas nasales están dilatadas. Se lame los labios como un animal a punto de devorar su cena.

Respirando con dificultad, sonrío porque está indefenso.

—Solo porque lo has pedido amablemente.

Me observa con una intensidad abrasadora mientras suelto la goma elástica del extremo de la trenza.

Me tomo mi tiempo para desenredarme el pelo porque sé que la espera le está volviendo loco.

Cuando por fin lo tengo suelto, hundo los dedos en los mechones y sacudo la cabeza, dejando que la melena caiga sobre mis hombros y mi espalda.

Me mira en silencio, recorriendo lentamente mi cuerpo con la mirada, deteniéndose en mis pechos y bajando luego a mi vientre. Me aprieta las caderas de nuevo, frotándome contra su pelvis.

—Eres tan hermosa… —susurra con voz ronca—. Maldita sea, Maven, mírate.

La adoración que transmite su voz me oprime el pecho. Trago saliva y niego con la cabeza mientras aprieto un dedo contra sus labios para que se calle.

Si sigue hablando así, podría hacer algo imperdonable, y preferiría tirarme al océano para que me comieran viva los tiburones antes que llorar delante de mi peor enemigo.

Aunque «enemigos» ya no es la palabra adecuada para describir lo que somos. Quizá nunca lo fue. A lo mejor solo quería que lo fuera para sentirme protegida, cuando en realidad nunca ha existido ninguna protección contra él.

Siempre ha sido la serpiente que me tentaba con la manzana, y yo siempre he sido Eva.

Nuestra historia no tiene un final feliz. No puede tenerlo. Nuestro destino estaba escrito en las estrellas mucho antes de que naciéramos.

—Deja de pensar —me ordena, y luego se arquea hacia mí, haciendo que mis pechos reboten.

Apoyo la mano sobre su pecho y lo empujo hacia abajo.

—Deja de darme órdenes. Renunciaste al control cuando abriste la puerta.

Antes de que pueda discutir, empiezo a cabalgarlo con fuerza, rebotando arriba y abajo sobre su erección hasta que ambos gemimos sudorosos.

Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos para no tener que ver lo guapo que es con la mandíbula relajada y los ojos entrecerrados, con todos los músculos del estómago tensos.

Cuando suelto un gemido gutural y me estremezco, él se incorpora bruscamente y me envuelve en sus brazos.

—¿Vas a correrte otra vez?

—No si sigues distrayéndome con tanta charla.

—Estás jodidamente empapada —me susurra al oído respirando con dificultad.

—Debería haber traído una mordaza.

—Puedes ponerme una mordaza si me dejas atarte.

—Ni lo sueñes, guapo.

—Exacto.

Baja la cabeza y chupa con fuerza mi pezón. Nos balanceamos el uno contra el otro con mis brazos rodeando sus hombros y mis piernas abiertas alrededor de sus caderas hasta que la cabecera golpea contra la pared y la habitación se llena de sonidos de placer.

Cuando me muerde el pezón, el orgasmo me golpea como una explosión.

—Oh, joder, sí, nena. Di mi nombre —gruñe exultante.

Lo hago una y otra vez, sollozando mientras me arqueo y grito al techo. Me siento aturdida por el placer, empalada en su polla y envuelta en su aroma, incapaz de detener la enorme oleada de emociones que me invade.

Mientras sigo convulsionando, me da la vuelta, me pone boca abajo, me arrastra hasta ponerme de rodillas y vuelve a penetrarme desde atrás. Luego me sujeta las caderas con un gruñido.

Cierro los ojos y entierro la cara en el edredón. Él alcanza el clímax con un grito y todo su cuerpo se sacude mientras me clava los dedos en la carne con gemidos entrecortados.

Por fin, se inclina y descansa la frente ardiente entre mis omóplatos.

Permanecemos así durante un buen rato, respirando con dificultad entre temblores, escuchando el aullar del viento entre los árboles del exterior.

Al cabo de un rato, se mueve y me da un suave beso en la columna.

Luego se retira y me abraza, curvándose a mi alrededor para que quedemos tumbados de lado, acurrucados uno detrás del otro. Nos cubre con el edredón y me arropa.

Me alegro de estar de espaldas a él, porque la dulce estela de besos que me deja en el hombro y el cuello hace que me duela el alma.

—¿Estás bien?

Su cálido aliento me agita el pelo en la nuca cuando habla.

Cierro los ojos con un profundo suspiro.

—Solo has aguantado treinta segundos sin hablar. Sin duda, es un récord personal.

Su pecho se sacude con una risa silenciosa. Luego, sus labios vuelven a encontrar mi piel, explorando el sensible espacio debajo de mi oreja.

—Solo quería asegurarme de que no estuvieras buscando el picahielo que tenías escondido en la melena.

—Lo estaba haciendo, pero te estaba dando un segundo para que recuperaras el aliento antes de apuñalarte con él.

—Querías que me recuperara por completo antes de matarme, ¿eh?

—Sí. Quiero que duela. —Después de un momento, me pongo seria—. Esto no puede volver a pasar. Lo sabes, ¿verdad?

Tarda mucho en decir algo. Yace tenso y en silencio detrás de mí, con el cuerpo vibrando de energía.

—No sé nada, solo que me alegro de que estés aquí. Dejemos todas las demás tonterías para mañana. Podemos disfrutar de esta noche sin tener que averiguar qué significa todo esto ahora mismo.

Cierro los ojos y dejo que me abrace hasta que su respiración se ralentiza y se hace más profunda y los brazos alrededor de mí se relajan.

Luego, me levanto con cuidado y me visto, aunque miro hacia atrás solo una vez para grabar en mi mente la imagen de él durmiendo antes de salir en silencio.