Blackthorn 18 Maven
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18 Maven

De regreso a casa, me detengo en el cementerio

No sé qué me impulsa a hacerlo, pero me encuentro atravesando la puerta arqueada de hierro, pasando entre los muros bajos de piedra de la entrada y bajando por el estrecho camino pavimentado que divide el cementerio en dos.

Es un lugar hermoso durante la mayor parte del año, pero ahora, con los árboles desnudos y la hierba marrón, se respira una atmósfera melancólica.

Paseo entre hileras de lápidas de granito de diversos tamaños y formas, algunas de ellas tan antiguas que los nombres se han borrado con el paso del tiempo, hasta llegar a la esquina trasera del cementerio, donde se encuentra la parcela de la familia Blackthorn,

detrás de una puerta de hierro oxidada.

A diferencia del resto del cementerio, estas tumbas están cubiertas de color.

Las enredaderas de cacahuete en flor se arrastran por las lápidas.

Las ásteres moradas en forma de estrella se mecen con la brisa.

Las impatiens naranja crecen desenfrenadas, elevándose por encima de la valla que las sostienen, y un gran arbusto de belladona rodea la base de un tejo cercano.

Es un jardín cubierto de maleza, hermoso y salvaje.

En muchos lugares han brotado setas silvestres.

Recojo un puñado de flores silvestres, busco la tumba de mi madre y pongo el brillante ramillete al pie de la lápida de granito blanco en la que están inscritos su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte.

Luego me siento en el suelo profano y entierro mi rostro entre las manos.

—Te echo de menos, mamá. Te quiero. Sin ti, nada es igual. Siento no haber venido a visitarte durante tanto tiempo.

Me quedo allí sentada hasta que el frío me cala hasta los huesos y empiezo a temblar. Entonces me levanto, me seco la cara, me sacudo la falda y voy a la salida.

Cuando veo un zorro rojo y negro tumbado junto al hoyo recién cavado que se suponía que iba a contener el ataúd de mi abuela, me quedo paralizada.

El zorro me mira con intensidad, como si estuviera invadiendo su territorio.

Una inquietante sensación de estar siendo observada se apodera lentamente de mí. El zorro me está mirando, sí, pero siento como si cien pares de ojos invisibles también me estuvieran vigilando desde todas las direcciones.

Escudriño a mi alrededor para confirmar que estoy sola, pero sigo sin poder quitarme de encima la sensación de que no lo estoy. O mi mente me está jugando una mala pasada o estoy detectando una energía invisible.

Hay una presencia que parece sobrenatural.

Asustada, vuelvo a mirar al zorro. Se pone de pie y me mira fijamente.

En sus penetrantes ojos dorados, detecto una inteligencia astuta que casi parece reconocimiento.

Se me pone piel de gallina por todo el cuerpo. La conciencia me recorre los nervios. Entonces, con un movimiento de su espesa cola, el zorro se adentra en la espesura de las impatiens y desaparece.

Me quedo paralizada, con los pensamientos revueltos y el pulso acelerado. Un cuervo grazna en la distancia, su canto gutural es una advertencia. Un viento frío susurra entre las ramas del tejo. De pronto, una voz monótona a mi espalda susurra mi nombre.

Respiro hondo y me doy la vuelta.

No hay nadie. El cementerio está vacío.

Esa noche, Ronan se queda al otro lado de la verja, fumando y mirando fijamente la casa.

Hace lo mismo la noche siguiente.

La tercera noche, después de asegurarme de que todos están dormidos, salgo a reunirme con él. Me detengo a unos metros de distancia y cruzo los brazos sobre el pecho.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Qué te parece que estoy haciendo?

Lo miro de arriba abajo con lo que espero que sea un desdén fulminante.

—Fumar un cigarrillo y planear el asesinato de alguien.

—No estoy tramando un asesinato. Tenía en mente algo mucho más placentero.

Su sonrisa sugerente me enfurece. Me acerco, dejo caer los brazos a los costados y aprieto los puños.

—Vete, Ronan.

—¿Cuántas veces vamos a practicar este ridículo juego? Sé que no quieres que me vaya.

—Tienes razón. Lo que realmente quiero es atarte a un árbol, destriparte con mis propias manos, alimentar a los lobos con tus entrañas y cortarte la cabeza para empalarla en una estaca y exhibirla por la mañana en la plaza del pueblo como un trofeo.

Su sonrisa es ardiente.

—Qué dulce eres… Sigue así y pensaré que estás enamorada de mí.

Después de un buen rato, aparto la mirada de la suya y contemplo la noche con intensidad. Cruzo de nuevo los brazos sobre el pecho mientras suelto un fuerte suspiro.

—¿Tienes alguna noticia de la abuela? —pregunta aprovechando mi silencio.

—No. ¿Y tú?

—No. Nada.

No sé si es verdad o no. No me extrañaría que me diera información poco a poco, como migas de pan, para llevarme cada vez más cerca de una trampa hasta que me diera cuenta demasiado tarde de que me la ha tendido.

—¿Cómo lo llevas?

La pregunta me pilla desprevenida, al igual que el tono aparentemente genuino de preocupación.

—Estoy… bien.

—Claro que estás bien. Siempre lo estás. Salvo cuando no lo estás.

—He dicho que estoy bien, y lo estoy.

Como sabe que me molesta, me lanza anillos de humo a la cara.

—Es increíble que sigas pensando que no sé nada sobre ti. Que no puedo leer entre líneas. Te conozco, Maven. Quizá mejor de lo que tú te conoces a ti misma.

Agito la mano para disipar el humo.

—Apuesto a que no sabes cuánto tiempo bailaré en tu funeral.

—Tú no quieres que muera.

—Claro que sí. Te odio.

—El amor y el odio no son tan diferentes. El odio solo es más complicado.

—No sé qué esperas que haga aquí —digo frustrada—. Te he dicho que me dejes en paz. Te he dicho que estoy comprometida. Te he dicho, repetidamente, lo mucho que me repugnas y que me das asco.

Él se ríe. Eso me enfurece aún más. Me acerco y le señalo el pecho.

—Escúchame con atención. No quiero tener nada que ver contigo. Quiero fingir que nunca nos conocimos. Y, sobre todo, quiero que te metas en tu dura cabeza que no hay nada entre nosotros.

Da una larga calada al cigarrillo, exhala el humo y tira la colilla al suelo.

—Todo eso es muy interesante. ¿Quieres saber qué es lo que yo quiero?

—Por supuesto que no.

Él se asoma por la verja, me agarra por la parte delantera del abrigo y me atrae hacia él.

—Quiero lo que es mío —gruñe, mirándome fijamente a los ojos.

Aprieta nuestras bocas con fuerza.

Me rindo al beso con un alivio que me avergüenza y se lo devuelvo, igualando su pasión. Nos ahogamos el uno en el otro, separados por unas delgadas barras de hierro y siglos de prejuicios, hasta que lo empujo y doy un paso atrás, jadeando.

Él se agarra a los barrotes, presionando su pecho contra ellos. Su respiración pesada se nubla en el aire frío de la noche.

—No huyas —dice con la voz ronca.

Podría haber hecho lo que me pide, pero como es una orden y no una petición, me veo obligada a rechazarla.

No voy a faltar al respeto a las generaciones de mujeres Blackthorn que me han precedido, cediendo a la voluntad de un hombre exigente.

Vuelvo a casa con los brazos cruzados alrededor del cuerpo, sintiendo su mirada en mi espalda durante todo el camino. Una vez en mi habitación, corro las cortinas de las ventanas para no verlo, aunque sé que sigue de pie en la verja. Me meto bajo las sábanas y me cubro la cabeza con ellas.

Tumbada boca arriba, intento no pensar en Ronan y me concentro en contar hacia atrás desde cien para intentar dormirme.

Me detengo cuando llego a veinticinco y escucho la oscuridad.

Han cesado todos los sonidos. No se oye el batir de las ramas de los árboles al otro lado de la ventana, ni el tictac de los relojes, ni el crujir de las tablas del suelo. El silencio es total.

Hasta que comienzan los susurros.