Blackthorn 17 Maven
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17 Maven

Todo sucede tan rápido que me quedo demasiado atónita como para apartarme.

Al menos, eso es lo que me digo a mí misma.

Su boca es suave, pero sus manos sujetan mi cara con firmeza.

Desliza la lengua más allá de mis labios y me besa con una ternura sorprendente.

Si está tratando de no asustarme, le está funcionando, porque al instante me derrito bajo el complaciente calor de su boca, me desplomo contra él e inhalo su cálido aroma a través de la nariz.

Al no encontrar resistencia, me rodea con los brazos, me aprieta contra su cuerpo y profundiza el beso hasta que se vuelve voraz.

Me aferro a los anchos músculos de su espalda y lucho por mantener el equilibrio.

Me siento como si estuviera de pie en la cubierta de un barco en alta mar, atrapada en una fuerte tormenta y zarandeada de un lado a otro, con las velas a punto de romperse bajo los aullidos del viento y el agua entrando más rápido de lo que la tripulación puede bombearla.

Cuando estoy jadeante y temblorosa, él interrumpe el beso.

—Ahí está —susurra contra mis labios—. Hola, desconocida. Te he echado muchísimo de menos. —Entierro mi rostro en su amplio pecho, escondiéndome.

Me abraza riendo mientras yo intento orientarme.

Apenas sé qué está arriba y qué abajo, pero sigo en pie, así que algo es algo.

Siento la calidez de su gran mano acariciándome la nuca mientras me rodea con fuerza con la otra, él es la boya que me mantiene a flote…

, pero también la tormenta que amenaza con ahogarme.

«Es un maestro de la manipulación, Maven. No puedes confiar en él. No vuelvas a caer en lo mismo».

Me alejo de él con lágrimas en los ojos y doy un paso atrás. Me suelta, mirándome con un deseo que me cala hasta los huesos.

Cuando abre la boca para hablar, levanto una mano para que no diga nada.

Luego me doy la vuelta y me voy.

Una vez más, me deja marchar. Mientras me acerco a la puerta, sigo esperando oír sus pasos a mi espalda, pero solo hay silencio. Salgo y corro hacia el jardín, con el pulso acelerado, los pulmones en llamas y los labios ardiendo.

Me ha besado. «Ronan me ha besado».

Y, maldita sea, me ha gustado tanto como antes.

Vuelvo a ciegas al pueblo, y por poco me atropella un coche cuando cruzo la carretera sin mirar.

Apenas soy consciente de adónde voy, pero llego al juzgado en un delirio febril de sentidos agudizados y embotados.

Mi cuerpo arde, pero mi cerebro no procesa los pensamientos correctamente.

Apenas puedo ver ni oír. Solo soy nervios palpitantes, sangre acelerada y falta de conciencia.

Por fin, llego al juzgado. Le pido al empleado que está detrás del mostrador que me indique dónde se encuentran los registros civiles. No sé qué expresión ve en mi cara, pero debe de ser grave, porque el amable joven me pregunta con cautela si me encuentro bien.

Me recompongo, enderezo los hombros y esbozo una sonrisa.

—Sí, estoy bien, gracias. Ando buscando los registros de defunción de mi familia en el siglo pasado. ¿Puede indicarme dónde encontrarlos?

—Por supuesto. La tercera sala a la derecha, al final del pasillo. Todo está informatizado —añade con orgullo—. Vermont tiene uno de los mejores sistemas de archivo del país. Algunos de los registros de este condado se remontan a 1642, cuando se fundó Solstice.

Suena prometedor.

Le doy las gracias y me acerco con paso vacilante al pasillo por el que llego a la sala marcada como «Registros».

Dentro encuentro a otra empleada sentada detrás de un escritorio, trabajando en un ordenador.

Se trata de una mujer mayor, con las gafas colgando con una cadena alrededor del cuello y un cárdigan azul con bolitas.

Levanta la vista, sonríe y le digo lo que estoy buscando.

—Lo mejor es hacer una búsqueda en el ordenador.

El que hay contra la pared del fondo está configurado para ello.

Si quiere una copia certificada de cualquier documento, puede solicitarla por Internet con su tarjeta de crédito o puedo tramitar yo misma la solicitud por usted.

La documentación suele tardar unos diez días en llegar por correo.

—Solo estoy investigando mi árbol genealógico. No necesitaré ningún documento.

Ella sonríe.

—De acuerdo, querida. Si tiene algún problema o necesita ayuda, solo tiene que decírmelo.

Voy al fondo de la sala, donde está el ordenador encima de una mesa.

Es la típica sala de un edificio gubernamental, con desgastadas baldosas de linóleo blanco, ya amarillentas por el paso del tiempo, paneles fluorescentes que parpadean en el techo,

feos archivadores de color beige alineados contra las paredes y una docena de armarios a la altura de la cintura en el centro, repletos de gruesos portafolios a ambos lados.

Muevo la silla de plástico, me siento frente al ordenador y pulso una tecla para encender la pantalla. Esta cobra vida con un parpadeo y muestra el logotipo de la secretaría del condado, un menú con hipervínculos a los servicios ofrecidos y una barra de búsqueda.

Hago clic en el enlace a «certificados», que me lleva a una página donde puedo introducir la información que busco. Tengo que refinar la búsqueda varias veces para acertar, pero al final lo consigo.

La primera entrada es la de mi madre. Al parecer, el documento sobre la defunción de la abuela aún no se ha registrado. Echo un vistazo rápido al documento.

«Elspeth Delphine Blackthorn. Causa de la muerte: lesión traumática».

Ninguna sorpresa.

Entre los factores se incluyen lesiones en múltiples regiones del cuerpo, fracturas óseas, fractura de cráneo, y la lista continúa. Es difícil de leer. Empiezo a llorar de nuevo.

La última vez que la vi fue la noche antes de su muerte.

Me dijo que me quería, como siempre, y me dio un beso de buenas noches.

A la mañana siguiente, salí corriendo, porque llegaba tarde al colegio.

Estaba en clase de inglés cuando el director me llamó a su despacho.

Allí me encontré con mis tías, angustiadas y asustadas, convencidas de que la muerte de su hermana no había sido accidental.

Hasta ese momento nunca se me había ocurrido que tal vez estuvieran en lo cierto, aunque por una razón diferente a la que pensaban. Tal vez Elijah Croft no tuvo nada que ver con ello.

Quizá ella saltó.

Se me revuelve el estómago al pensarlo. Aun así, eso no aclara las huellas de la silla de ruedas en la nieve, pero la explicación más obvia es que el jardinero avisó a Elijah antes de llamar a la policía y Elijah fue a ver la escena por sí mismo.

Una solución sencilla, aunque no encaja.

¿Por qué molestarse en negar que estuvo allí si podía simplemente decir que lo habían llamado porque la iglesia estaba en su propiedad?

Tiene sentido que lo llamaran al lugar donde se había producido un accidente mortal.

Hubiera saltado o se hubiera caído, se había descubierto un cuerpo en sus terrenos.

No es como si hubiera tenido que conducir por todo el país.

Entonces, ¿por qué mentir?

Salgo del documento y hago clic en la siguiente entrada.

Es sobre la hermana de la abuela, Perséfone; ahogamiento accidental.

La siguiente entrada es sobre su otra hermana, Tisífone; lesiones sufridas en un accidente de automóvil.

La muerte accidental de la bisabuela Cleda al ser arrollada debió de ser toda una sensación en su época.

Sigo indagando en los registros del siglo xix, cada vez más alarmada por las muertes inusuales de todas mis antepasadas.

Una se golpeó la cabeza con el dintel de una puerta. Otra se quemó mientras cocinaba en un fogón. Otra se cayó de una escalera.

Una fue golpeada por una pelota de críquet.

Otra se cayó en un pozo.

Hay alguna que se atragantó con una pera.

Y una más fue arrastrada por un caballo.

Cuanto más atrás voy, más me sorprendo. Estoy emparentada con las personas más torpes y propensas a los accidentes de toda la historia de la humanidad.

Cuando llego a mi tatarabuela o algo así, me detengo y me quedo mirando la causa de su muerte: Aplastada por la caída de una teja.

Esa me resulta demasiado cercana para mi gusto. Sigo haciendo clic y desplazándome, y cada minuto que pasa me convenzo más de que el ADN de nuestra familia está deformado por un gen que atrae los desastres.

La última entrada de la lista es la única que no figura como accidente.

Megaera Blackthorn. Ejecutada. Ahorcada.

En el documento escaneado, las notas manuscritas debajo de la causa de la muerte indican que fue juzgada y condenada por brujería.

Me quedo mirando la pantalla tanto tiempo que mi visión se vuelve borrosa. Cuando parpadeo y sacudo la cabeza, me doy cuenta de que hay otra cosa extraña y llamativa sobre mis antepasados fallecidos.

Todos eran mujeres.

Salgo de los registros de defunciones con el ceño fruncido y abro los de nacimientos. Escribo nuestro apellido y el condado, y espero a que se carguen los datos. Me lleva un tiempo examinar la información, pero los resultados son inequívocos, aunque estadísticamente deberían ser casi imposibles.

Las Blackthorn solo tienen hijas.

O solo se permite sobrevivir a las hijas.

Me empiezo a sentir un poco mareada, y busco otra explicación. Pero, por horrible que sea la idea, que todas las generaciones de descendientes hayan sido mujeres durante los últimos trescientos años desafía todas las estadísticas conocidas.

Las probabilidades en contra son astronómicas.

Nerviosa y confundida, salgo de los nacimientos y entro en los matrimonios. No hay resultados para Blackthorn. Ni uno solo, y eso que me remonto hasta la fundación del pueblo.

Me seco las manos sudorosas en la falda y trago el ácido picor de la bilis que me sube por la garganta. Cuando estoy a punto de levantarme para marcharme, empieza a sonar mi móvil. Lo busco del bolsillo y miro la pantalla. Es un número que no conozco.

—¿Hola?

—Soy Ronan. No cuelgues.

Al oír su voz, mi pulso se acelera.

—¿Cómo has conseguido este número?

—Has estado en mi casa.

—¿Y?

—Tengo un programa en el ordenador que localiza e identifica los dispositivos cercanos.

Me quedo demasiado atónita como para enfadarme.

—¿Eso es legal?

—Por supuesto.

—No lo digas como si estuvieras por encima de la ley para conseguir lo que quieres.