Blackthorn 16 Maven
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16 Maven

No me cuesta mucho encontrar la casa de Ronan.

En una ciudad donde abundan los edificios históricos y la arquitectura de la mayoría de las casas es una encantadora variación del estilo victoriano o colonial,

la casa de Ronan podría aparecer en la portada de la revista Architectural Digest cuando publicara el número sobre El malvado señor del espacio exterior.

Posee tantas superficies reflectantes que bien podría ser una granja solar. Me pregunto si los pilotos no tendrán que desviarse en el espacio aéreo para evitar quedarse cegados.

Pulso el botón de seguridad de la imponente puerta principal y me quedo allí de pie, mordiéndome el interior de la mejilla mientras lamento mi decisión, hasta que suena un timbre y la puerta se abre.

Respiro hondo y recorro la pasarela de piedra. Ronan abre la puerta principal antes de que llegue a la mitad.

Lleva unos vaqueros descoloridos y una camiseta negra que se ajusta a su ancho pecho. Va descalzo. Tiene revuelto el pelo oscuro y sus ojos pálidos son tan penetrantes como siempre.

Resulta irritante que sea tan guapo; se supone que los villanos deben ser repugnantes.

—Buenos días, bella Maven —me saluda—. ¿A qué debo este placer inesperado?

—No hace falta que hables como si estuvieras en una obra de Shakespeare.

—Si fuera así, habría dicho «buenos días nos dé Dios». ¿No es un poco temprano para fruncir tanto el ceño?

—Mis retinas están tratando de recuperarse del resplandor que genera esta gigantesca bola de discoteca en la que vives.

Llego al porche delantero, me detengo y lo miro. Está un escalón por encima de mí, por lo que es más alto de lo habitual. Sin embargo, parece disfrutarlo, a juzgar por lo fácil que le resulta mirarme con condescendencia.

—¿Eso es una sonrisa? —dice.

—No, es solo la expresión que aparece en mi cara cuando huelo algo maloliente.

—¡Oh, menos mal! Por un momento he pensado que el infierno se había congelado.

Es una competición para ver cuánto tiempo podemos mantener la cara seria. Él gana cuando yo empiezo a reírme.

—¿Qué es ese ruido horrible que estás haciendo? —pregunta sonriendo—. Suenas como un burro con una hernia.

—Al menos no lo parezco. Y deja de mostrarme esas fundas tan caras. Ya estoy lo bastante ciega.

Hace un gesto con las manos como si fuera un modelo publicitario.

—Estos dientes son naturales, como todo lo demás en mí.

—Excepto tu ego, que fue cultivado en un laboratorio. ¿Vas a invitarme a entrar o qué?

De repente, pasa de bromear a ponerse serio.

—Ah, es verdad. Drácula necesita una invitación para entrar en una casa. Por favor, princesa de la oscuridad, pasa.

Hace un gesto teatral hacia la puerta principal abierta. Paso majestuosamente junto a él, reprimiendo una sonrisa.

Si pensaba que el exterior de la casa era moderno, el interior lo es aún más.

Está decorada en colores neutros, con espacios resonantes y una ausencia total de desorden.

La sala de estar es tan grande y contiene tan pocos muebles que fácilmente podría alquilarse como pista de patinaje.

Las paredes están desnudas, salvo por algunas pinturas abstractas con llamativas pinceladas en blanco y negro.

No hay a la vista ni un ramillete de hierbas secas ni una vela de cera de abeja hecha a mano.

Ronan se acerca por detrás y mira a su alrededor, por encima de mi hombro.

—¿Qué te parece?

—Creo que tiene todo el encanto de un mausoleo.

—Entonces te gusta.

—Me siento como en casa —digo, reprimiendo la risa—. Solo es un poco nauseabunda, que es más de lo que puedo decir de ti.

—Espera a ver la cocina. Puede que vomites de verdad.

—Me coge de la mano y me arrastra sin esperar una respuesta.

Nuestros pasos resuenan en el suelo de mármol mientras recorremos un pasillo flanqueado a ambos lados por paredes de cristal que muestran exuberantes patios con palmeras y plantas tropicales en el interior.

Estoy segura de que espera que comente lo impresionantes que son y lo caras que deben de ser de mantener, así que no lo hago. El pasillo desemboca en otro espacio gigantesco y vacío que tiene unas vistas espectaculares de las montañas a través de más paredes de cristal.

Miro a mi alrededor, confundida.

—¿Esto es una cocina? ¿Dónde está la nevera? ¿Dónde están los fogones?

Sonriendo, se acerca a la gigantesca y solitaria pieza rectangular de piedra negra situada a unos dos metros de una pared de roble liso. Mueve la mano sobre un punto en el extremo de la piedra y dos paneles se deslizan lentamente hacia atrás para revelar más cristal, esta vez negro.

—¿Qué diablos es eso?

—La vitrocerámica. Es tecnología de inducción de última generación.

Miro la placa con desconcierto. No tiene mandos, interruptores ni ningún otro elemento visible para su funcionamiento.

—¿Cómo se enciende? ¿Con una orden verbal?

—Con un sacrificio humano. Si pudieras acercarte un poco más…

Su sonrisa es tan irritante como atractiva. Incluso mi vagina lo cree así, pues, de repente, está generando más calor del que la moderna placa de Ronan podría generar jamás.

—¿Alguna vez has cocinado ahí?

—No. Es solo para decorar.

—Ah. Como toda tu existencia.

—¿Quieres ver la nevera?

—Apenas puedo contener mi emoción.

Con los ojos brillantes de diversión, se acerca a la pared de roble y presiona la palma de la mano contra un punto que parece exactamente igual que el resto.

Una parte de la pared de más de un metro de ancho se enrolla silenciosamente hasta el techo y desaparece en un compartimento invisible, revelando lo que supongo que es un frigorífico, aunque parece más un centro de entretenimiento lleno de paneles interactivos y brillantes luces azules.

—¿Por qué necesitas un aparato modular negro con más pantallas digitales que las que probablemente tiene el centro de mando de la NASA para mantener los alimentos fríos?

—No lo necesito. Simplemente me gustaba su aspecto.

Resoplo.

—Estoy percibiendo un trauma o algo.

Sus ojos se encienden y su voz se vuelve ronca.

—Me gusta mirar cosas bonitas.

Mi corazón debe de estar sufriendo un repentino caso de demencia, porque se acelera por la emoción. Aparto la mirada y entrecierro los ojos mientras los clavo en la pared de ventanas.

—¿No vas a preguntarme por qué estoy aquí?

—Podría hacerlo, pero prefiero preguntarte por qué tienes la cara roja otra vez.

Lo miro con ira.

—Es rosácea.

—Mmm… O tal vez sea porque tengo un efecto en ti que no quieres admitir.

Su mirada franca contiene un desafío al que no tengo intención de responder. En cambio, me alejo de él y me acerco al trozo de piedra que hace las veces de isla de cocina.

Para mi sorpresa, del otro lado hay un saliente con tres taburetes debajo. Así que alguien podría sentarse y comer aquí si quisiera. Aunque nadie lo hará.

Sería más cómodo comer encima de una tumba.

—Yo tampoco cocino nunca —digo, mirando el MacBook abierto al final de la isla—. No tengo tiempo.

—Estás demasiado ocupada asustando a todos los niños del barrio, imagino.

—Es un trabajo a tiempo completo, la verdad. Como el tuyo: ser precioso e inútil.

—Ay. Aunque espera, ¿acabas de decir que soy precioso?

Me acerco al ordenador. Desde este ángulo, puedo ver que la pantalla está abierta en una página web. La curiosidad por saber qué estaba mirando cuando he llamado al timbre me hace seguir avanzando con naturalidad, pasando los dedos por el borde liso y frío de la piedra.

—¿He dicho precioso? Qué tonta soy. Quería decir precario.

—Eso me dolería mucho más si tuviera sentido. Nadie parece precario.

—Supongo que no te has mirado al espejo últimamente.

Me detengo frente al ordenador, veo lo que hay en la página web y respiro hondo. Cuando miro a Ronan, está de pie con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada a un lado, con esa sonrisa burlona que le caracteriza curvándole las comisuras de los labios hacia arriba.

—Solo estaba investigando un poco sobre el padre de tu hijo. Pero eso no debería molestarte, ya que no tienes nada de qué preocuparte. No es como si me fueras a mentir o algo así. ¿Verdad, Maven?

Con el corazón latiéndome con fuerza y un nudo en el estómago, contengo mi ira con pura fuerza de voluntad. Si arremeto contra él, solo conseguiré que tenga más sospechas.

—No tengo motivos para mentirte.

—Tienes generaciones de razones para mentirme, pequeña bruja.

—Deja caer los brazos a los lados y se acerca con aire arrogante, enseñándome los dientes con una inquietante sonrisa lobuna.

Se detiene a unos metros de distancia, se apoya en la isla y me mira de arriba abajo; lo hace a propósito porque sabe que me incomoda.

Me aclaro la garganta y enderezo los hombros.

—He venido porque…

—Deshazte la trenza.

Sorprendida, confirmo que he oído lo que creo haber oído antes de lanzarle una mirada con la que pretendo destriparlo.

Eso solo hace que sonría aún más.

—Nadie en la Tierra tiene una mirada tan malvada como la tuya.

—Es un don. ¿Puedo decirte por qué he venido o vas a hacer otra petición aleatoria que voy a ignorar?

—Puedes decirme por qué has venido hasta ponerte roja como un tomate. O sea, ponerte roja otra vez. Eso no cambiará nada. No te ayudaré hasta que te quites esa horrible trenza del pelo.

Ofendida, me llevo la mano a la cabeza.

—No es horrible. Es práctica.

—Entre eso y el saco sin forma que llevas puesto, parece que vas a ir a batir mantequilla a algún sitio. O a herrar a la vieja yegua.

¡Ah, sí! Esto es típico de Ronan. Insultos ingeniosos acompañados de una sonrisa encantadora. Maneja su desprecio con la delicadeza de un espadachín.

Siento cómo el calor me sube por el cuello, pero finjo que no me quema.

—Perdóname, pequeño lord Fauntleroy, pero no todos podemos permitirnos cortes de pelo de quinientos dólares y calzoncillos a medida.

—Quítatela.

—¿Qué tiene de especial mi trenza, por el amor de Dios?

—Las cosas bonitas no deben ocultarse. Y tu pelo es bonito, incluso teñido del color del carbón.

Frunzo los labios.

—Deberías conocerme lo suficiente como para saber que los halagos no funcionan conmigo.

—No es un halago. Es la verdad. Hay una gran diferencia.

Nos miramos con intensidad mientras yo intento que mi presión arterial se mantenga dentro de unos límites seguros y que mi vagina se comporte bien. Si se excita más, tendré que cambiarme la ropa interior.

—Aquí es donde te recuerdo que me dijiste que querías ayudarme a encontrar a mi abuela —digo con frialdad—. La palabra clave es «ayudar».

—Quiero ayudarte. Pero las buenas relaciones se basan en la reciprocidad, ¿no crees?

—Estás tan cerca de convertirte en eunuco que ni siquiera tiene gracia —lo amenazo en voz baja.

Eso no lo intimida en absoluto. Se endereza y acorta la distancia entre nosotros. Me niego a retroceder, así que me encuentro mirándolo a los ojos.

Murmura mi nombre. Me mira los labios. Huele peligrosamente bien.

En este momento me odio a mí misma porque estoy calculando la distancia exacta entre nuestras bocas y el tiempo que me llevaría ponerme de puntillas y borrarla.

—Mira cómo giran los engranajes de tu cabeza —gruñe, con los ojos brillantes—. ¿Qué estará pensando la Princesa de la Oscuridad?

—Tiene que ver con objetos afilados y mucha sangre tuya.

—No quieres hacerme daño. Yo tampoco quiero hacerte daño.

—Sin romper el contacto visual, levanta lentamente la mano y me coloca con delicadeza un mechón de pelo detrás de la oreja.

Al sentir su tacto, todas mis terminaciones nerviosas cobran vida y comienzan a gritar—. ¿Debería decirte lo que quiero?

«Respira. No te desmayes. No hagas nada. Él no me afecta en absoluto porque lo odio. Lo odio. Lo odio. Pero ¿por qué tiene que oler tan bien?».

—Quiero que seamos amigos.

—Ya te he dicho que no.

—¿Por qué?

—Es como si el Joker le pidiera a Batman que fueran amigos.

—¿Debo suponer que yo soy el Joker en este escenario?

—Bueno, si te queda bien…

—No soy tan malo, a pesar de lo que pienses.

—Creo… No sé lo que creo. Mi cerebro es una ensalada de huevo en este momento. ¿Podrías dar un paso atrás, por favor? Me siento un poco…

—¿Excitada? ¿Caliente?

—Mal del estómago.

Me mira fijamente a los ojos.

—Mentirosa —dice con la voz ronca.

Trago saliva. No sé si hablar, porque mi cerebro estaba patas arriba y no puedo estar segura de lo que saldría de mi boca si lo hiciera.

—Si dijera que sí, que soy una mentirosa, ¿tendrías piedad de mí y cambiarías de tema?

—Solo si dices que también podemos ser amigos. Entonces cambiaré de tema y no volveré a sacarlo.

—¿De verdad?

—Probablemente no. Compruébalo. Por cierto, ¿aprueba tu prometido la forma en que miras mi boca?

—añade alegremente después de un momento en el que intento no derretirme hasta convertirme en un charquito sudoroso a sus pies—.

Porque resultas un poco depredadora. A menos que no sea celoso. O, como supongo, sea imaginario.

Oigo un leve ping cuando mi última pizca de fuerza de voluntad se rompe, su hechizo sobre mí se rompe y la rabia inunda mi cuerpo.

Qué alivio. Por un momento, he estado a punto de hacer una estupidez.

—Te mataré mientras duermes. Me colaré por una ventana en mitad de la noche, buscaré algo puntiagudo y letal en esta caja de cristal antiséptica a la que llamas hogar y te lo clavaré en el pecho, una y otra vez, hasta que estés tan muerto que nunca recuerdes que alguna vez estuviste vivo.

—¿En serio?

—¡Sí!

—Mmm… Pareces decirlo en serio.

Se está riendo de mí, lo que me enfurece aún más.

—¡Lo hago!

—¿Sabes qué más es serio? Esto.

Encierra mi rostro entre sus manos y me besa.