15 Maven
Esta noche, sueño que estoy muriendo.
Es de noche y hace un frío glacial. Estoy atada a una estaca, sobre una gran pira de madera, en medio de la plaza del ayuntamiento.
Una multitud burlona se agolpa a mi alrededor.
Tiro de mis ataduras y maldigo aquellos rostros hostiles vestida con harapos, con el cuerpo dolorido por los golpes y los cortes que he sufrido.
Un hombre se adelanta con una antorcha y enciende la pira. El humo me pica la nariz y me quema en la garganta, haciéndome toser y jadear en busca de aire.
Entonces, la yesca estalla en llamas.
Empezando por mis pies, mi piel se ampolla, se ennegrece y se desprende. A medida que mi dermis se incinera, mis músculos se arrugan y se contraen, mis articulaciones se hinchan y se rompen, y mis pulmones se llenan de sangre. El dolor es insoportable.
Las risas y las burlas crueles de la multitud se elevan por encima del rugido del infierno. Cuando las llamas llegan a mi cuello y mi pelo se incendia, las carcajadas de la gente se convierten en vítores.
El hombre que ha encendido la pira se queda a un lado, sonriendo. Aunque sus labios no se mueven, oigo su voz dentro de mi cabeza.
«No dejarás que una bruja viva».
Lo último que veo antes de que el mundo se vuelva negro son sus despiadados ojos azul pálido.
Me despierto con un fuerte dolor de cabeza y otra hemorragia nasal, esta vez peor que la anterior.
La funda de la almohada está cubierta de sangre.
La retiro y la pongo bajo el grifo del lavabo para que corra el agua fría mientras me limpio la cara con pañuelos de papel e intento detener el sangrado.
Una vez que lo consigo, me visto y bajo las escaleras, con los ojos llorosos y la cabeza embotada.
Me encuentro a Bea y Q sentados a la mesa, absortos en un libro de texto.
—Buenos días, chicos. ¿Qué estáis haciendo?
—Q me está enseñando la secuencia de Fibonacci.
Justo cuando estoy a punto de preguntar dónde están las tías, la puerta principal se cierra de golpe y ellas entran apresuradas en la cocina.
—No te lo vas a creer. ¡Han cerrado la Funeraria Anderson!
Me quedo paralizada cuando estaba a punto de alcanzar la tetera.
—¿Está cerrada?
—Esta mañana no contestaban al teléfono, así que hemos ido allí para saber cómo estaba el tema de la desaparición de mamá.
El lugar estaba desierto y las puertas cerradas, pero había un gran cartel en la puerta principal anunciando que habían cerrado por orden de la Junta Estatal de Dirección Funeraria.
Lo que debe significar que de alguna manera se han enterado de que mamá había desaparecido.
Al parecer, el señor Anderson no ha respondido a Ronan a tiempo y este ha cumplido su amenaza de dejarlo sin negocio. Es increíble el poder que tienen los Croft.
Aunque no debería sorprenderme. Las grandes farmacéuticas siempre tienen sus sucias manos en los bolsillos de los políticos. Croft Pharmaceuticals es una de las más grandes que hay.
No me cabe duda de que Ronan esperará algo de mí a cambio del favor.
Davina deja un par de bolsas de tela verde sobre la encimera de la cocina. Acepta las otras dos que le tiende Esme y empieza a sacar las verduras.
—Oye, mamá, ¿sabías que la secuencia de Fibonacci se encuentra en toda la naturaleza? El número de pétalos de una flor, la forma de una concha marina, el patrón de las piñas… En todo tipo de cosas.
Lleno la taza, luego me doy la vuelta y me apoyo en la encimera.
—Las matemáticas son una herramienta estupenda para comprender el universo.
Esme se sirve también una taza de té y se sienta junto a Bea en la mesa.
—Hemos parado en el supermercado de camino a casa. No te imaginas con quién nos hemos encontrado.
—¿Con quién?
Mira a su alrededor como si fuera a revelar un terrible secreto.
—Con Ronan Croft —dice en voz baja.
Mi corazón da un vuelco, pero consigo mantener la voz tranquila.
—¿Ah, sí?
Ella asiente.
—Se mostró sospechosamente educado. Nos dio el pésame por lo de mamá y se disculpó por el comportamiento de su padre en el velatorio. No le encontramos sentido.
—Que Dios me perdone por esto, pero ese chico se ha convertido en un auténtico guaperas —dice Davina por encima del hombro.
Bea arruga la nariz.
—Los chicos no son guapos. Son asquerosos. Excepto tú, Q. Tú eres guapo. —Le sonríe con cariño.
Si no lo conociera bien, pensaría que a Q se le están humedeciendo los ojos.
Finjo indiferencia ante el tema y miro al techo.
—Me sorprende que el rey del baile del instituto siga viviendo en Solstice. ¿No consiguió una beca de fútbol en algún sitio?
—Hemos oído que recibió ofertas de todas partes, pero las rechazó para estudiar empresariales en Harvard.
En cuanto se graduó, levantó una casa en la zona oeste de la ciudad y se mudó allí.
Es una casa moderna y enorme con demasiadas ventanas.
Lo vemos de vez en cuando, pero nunca nos había dirigido la palabra.
Por eso nos sorprendió tanto que se acercara a nosotras esta mañana.
La voz de Davina se agria.
—Deberías haber visto cómo se derretía la cajera ante él. Fue realmente indigno. Bea, nunca muestres interés por un hombre. Es una forma segura de que te ignore.
—Eso no tiene sentido.
—Nada masculino tiene sentido. Sería mejor que nos ciñéramos a nuestro propio sexo a la hora de elegir pareja. Al menos, así nos enfrentaríamos a un cierto nivel de inteligencia.
Esme se ríe.
—No es su inteligencia lo que buscas, querida hermana.
Bea reflexiona un momento
—No lo entiendo.
—Está hablando de penes, querida.
—¿Podemos cambiar de tema, por favor?
—El sexo es un acto perfectamente natural que no debería estar envuelto en la vergüenza.
—Estoy de acuerdo, tía D, pero son las nueve de la mañana. Déjame desayunar antes de que empieces con la parte del programa dedicada a la educación sexual.
Q pasa la página del libro de texto y señala algo. Bea se inclina para leer. Al observarlos, me invade una profunda sensación de melancolía.
Así es como me educaron, aquí en casa, en esa misma mesa de la cocina. También fui al colegio, pero la mayor parte de mis conocimientos los adquirí de libros como el que está estudiando Bea, uno de los miles que se encuentran en las estanterías y librerías de toda la casa.
Como todos los Blackthorn, mi madre era una ávida lectora. Ella me transmitió ese amor por la lectura.
—¿May? ¿Estás bien?
Parpadeo para secarme los ojos y fuerzo una sonrisa.
—Estaba pensando en mamá. Estar aquí me hace echarla más de menos de lo habitual.
—¿Cómo murió tu madre? —pregunta Bea—. Nunca hablas de ella.
Todos me miran. Incómoda con el tema, me siento a la mesa con Bea y Q, agarro la taza con las manos y aparto los recuerdos de mi inquietante sueño.
—Murió después de una caída.
—Esa es una forma de decirlo —murmura Esme.
Bea la mira con curiosidad. Cuando Esme clava los ojos en mí para pedir permiso para continuar, niego con la cabeza. Es demasiado complicado entrar en detalles.
De forma oficial, su muerte fue un accidente. El forense afirmó que había perdido el equilibrio y había resbalado. Era diciembre y ese día hacía mucho frío, por lo que era plausible, pero omitieron incluir un detalle importante en el informe final.
Sus huellas no fueron las únicas que encontraron en la nieve, alrededor del edificio.
También encontraron las de una silla de ruedas.
Cierro los ojos y recuerdo el caos que se produjo tras su muerte. Había tantas preguntas. ¿Qué hacía ella fuera en plena noche, con las gélidas temperaturas de diciembre? ¿Por qué había ido a esa iglesia abandonada?
Y lo más desconcertante de todo: ¿por qué se encontraba en la propiedad de Elijah Croft?
Allí fue donde hallaron su cuerpo, en el suelo, al lado del antiguo santuario que en el siglo xviii era el lugar de culto personal de la familia Croft, a menos de medio kilómetro de la casa principal. La policía dijo que parecía que había subido al campanario desde donde había salido al tejado.
Un tejado medio en ruinas, empinado y helado.
Los servicios de urgencias ya habían llegado cuando se notificó a las tías que había habido un accidente. Los llamó el jardinero de los Croft. Fue él quien encontró el cuerpo y parecía tan angustiado que más tarde sufrió un infarto y pasó varias semanas en el hospital.
Cuando la policía le preguntó por las huellas de la silla de ruedas en la nieve, Elijah negó haber estado cerca de la capilla esa noche. Así que ese detalle simplemente se eliminó cuando se presentó el informe final.
Pero las tías habían visto las huellas con sus propios ojos. Y por muy poderosa que fuera la familia Croft, no podían borrar el hecho de que Elijah había estado en ese lugar en algún momento antes de que se descubriera el cuerpo de mi madre.
Era solo más leña para avivar el fuego del odio entre los Blackthorn y los Croft.
Aunque no se lo había contado a Ronan, la abuela tropezó en el último escalón de la escalera y se rompió el cuello. Esme la encontró por la mañana cuando bajaba a la cocina a preparar el café.
Los huesos viejos son frágiles y los ancianos se los rompen constantemente al caerse, pero tengo la sensación de que hay algo más de lo que yo sé. Cuando Bea se levanta para perseguir al gato blanco y sale de la cocina, me vuelvo hacia Davina.
—¿Cómo murió la bisabuela Cleda? Nunca he oído esa historia.
—La atropelló un carro de leche tirado por caballos.
—¿Aplastada? Qué horror.
Davina termina de guardar la compra y se lava las manos en el fregadero.
—Las hermanas de mi madre también murieron trágicamente. Tisi en un accidente de coche y Perse… —Se detiene a pensar.
Esme le da la respuesta.
—Se ahogó en la bañera, ¿recuerdas?
—Ah, sí, ¿cómo se me ha podido olvidar? Me estoy volviendo loca con la edad. Sí, la tía Persephone se dio un baño después de beber demasiado vino en la fiesta del solsticio de invierno.
Me distrae la repentina y desagradable constatación de que todas las mujeres de mi familia cercana han muerto en accidentes.
Y ayer mismo, casi me mata una tonelada de cemento que se desprendió de una cornisa.
Asustada, pienso en Bea.
—¿Y la madre de Cleda? ¿Cómo murió?
Esme me mira con el ceño fruncido.
—¿No quieres hablar de sexo a primera hora de la mañana, pero este tema macabro no es tabú? Menudas prioridades, cariño.
Con la esperanza de que eso me proporcione la información que quiero, sonrío alegremente y me encojo de hombros.
—No creo que mi madre lo mencionara nunca —interviene Davina—. Esme, ¿tú lo sabes?
—Si lo sabía, lo he olvidado. ¿Cómo crees que vamos a conseguir más información ahora que la Funeraria Anderson ha cerrado? Sabemos que la policía no nos va a ayudar. El nuevo jefe nos odia.
—Tengo algunos contactos en el museo que pueden orientarme en la dirección correcta.
Algunos de nuestros donantes tienen muy buenos contactos.
—Eso es lo que digo, pero lo que quiero decir es que hoy voy a dar un paseo por la zona oeste de la ciudad en busca de una mansión de aspecto moderno.
A pesar de mis sentimientos encontrados hacia él, Ronan Croft podría ser la única persona capaz de ayudarnos a descubrir qué le pasó a la abuela.
Después, iré al juzgado a ver si puedo encontrar algún registro civil antiguo de Blackthorn.
Si hay un patrón en la forma en que mueren las mujeres de mi familia, voy a descubrirlo.