14 Ronan
La cena del domingo con mi familia es y siempre ha sido tan divertida como tener fragmentos de cristal clavados bajo las uñas.
—¿Más vino, señor?
—Sí. Y no dejes de servirlo.
Mi voz es seca, pero el sirviente, bien entrenado, sabe que no debe reaccionar. Llena con destreza la copa de cristal con el vino favorito de mi padre, un borgoña francés con el pedigrí impecable que él mismo codicia para su propio linaje.
Por desgracia, la clase no se puede comprar. Los Croft son ricos, pero nuestra riqueza se adquirió de la misma manera que nuestros antepasados, magnates ladrones en el siglo xix.
Por medios poco escrupulosos.
El sirviente retrocede en silencio hasta esconderse contra las paredes paneladas del comedor con los demás sirvientes. Todos ellos, uniformados y erguidos como palos, miran a lo lejos por encima de nuestras cabezas.
Esta ostentosa exhibición de personal doméstico es obra de mi madrastra. Está muy alejado de sus humildes comienzos en Detroit, donde trabajaba como camarera en una cafetería cuando conoció a mi padre.
Él acababa de enviudar cuando realizó un viaje de negocios para asistir a una conferencia farmacéutica. Ella acababa de salir de la escuela de modelos. Según ambos, fue amor a primera vista.
Sin duda fue algo a primera vista, pero estoy seguro de que el amor no tuvo nada que ver.
No es que hagan mala pareja. Dos personas tan obsesionadas con el dinero como ellos suelen disfrutar juntos de una vida larga y feliz.
A menos que se acabe el dinero. He pasado muchas horas agradables soñando despierto con el caos que se produciría si hiciera algo subversivo para hundir las acciones de la empresa.
Como casarme con Maven Blackthorn, por ejemplo.
No es que ella crea en el matrimonio. Es más probable que un hombre sea aplastado por un asteroide que conseguir que una Blackthorn acepte ser su esposa.
Pero si por algún milagro lo hiciera, me separaría de mi familia. El odio de mi padre hacia los Blackthorn roza lo patológico.
Casi todos los días, antes de irme al colegio cuando era niño, me advertía de que me mantuviera alejado de Maven. Tenía un extraño interés en señalarla entre el resto de sus parientes como objeto de especial desprecio. Nunca pude entender esa obsesión, pero sus lecciones calaron hondo.
No puedo reprocharle su desconfianza y su ira hacia mí. Me lo he ganado.
Mientras me mira fijamente, mi madrastra se acaricia el grueso collar de perlas de Tahití que lleva alrededor del cuello, claramente irritada.
—Ronan, deja de fruncir el ceño. Pareces un asesino.
—Quizá lo sea.
Mi padre levanta la vista de su bourguignon de ternera y me lanza una mirada penetrante. Al no ver ninguna emoción en mi rostro, vuelve a comer, satisfecho.
En esta familia, es aceptable matar a alguien; solo es preciso no alterarse demasiado por ello.
El silencio reina durante unos largos y dolorosos minutos, hasta que mi padre termina su comida y toma su vino. No debería beber alcohol; está tomando antibióticos por el ojo, que le picó un pájaro, pero las órdenes del médico nunca le han impedido hacer nada.
Dios mismo podría descender de los cielos en un carro de fuego y mi padre le diría que se fuera a la mierda o a jugar con sus querubines.
—Supongo que habrás oído que May Blackthorn ha vuelto a casa para el funeral de su abuela.
Me sorprende que haya tardado tanto en sacar el tema, pero como no es una pregunta, no le respondo. En su lugar, pincho un trozo de carne con el tenedor.
Sin inmutarse por mi silencio, mi padre continúa.
—La vi en el velatorio en la Funeraria Anderson. Apenas la reconocí. Tenía el pelo negro azabache recogido en una trenza vikinga y una cara que podría asustar al monstruo de Frankenstein.
Reprimo un estremecimiento de rabia antes de hablar.
—Nunca ha sido fea.
—No, es cierto. Sigue siendo guapa, como el resto de esas locas. Me refería a su expresión. Si las miradas mataran, ya estaría bajo tierra.
—Qué pena que no sea así, entonces.
—¡Ronan! ¡Sé amable con tu padre!
—Seré amable con él cuando se lo merezca, Diana.
—¿Cuántas veces te he dicho que me llames mamá?
—Probablemente tantas veces como me he negado a hacerlo.
—Basta ya, los dos —espeta mi padre—. Y no levantes la voz, Diana. Es impropio de ti.
Ella no es lo suficientemente valiente como para plantarle cara, así que me dirige una mirada hostil.
No es nada comparado con las miradas letales que puede lanzar Maven. En especial cuando me mira a mí. Solía preguntarme si practicaba para conseguirlas tan perfectas.
Mi padre llama con impaciencia a un sirviente para que le sirva más vino. Cuando su copa vuelve a estar llena, bebe un buen trago antes de eructar con fuerza.
—Elijah, por favor.
Mi querida madrastra finge estar ofendida, aunque sé que en secreto disfruta cuando él se comporta como un animal de granja, porque así compensa sus propios errores sociales, que son muchos.
Incluso actualmente, sigue pronunciando Versace como «versayse». La satisfacción que siento cuando eso ocurre delante de una de sus amigas de la alta sociedad y estas ponen los ojos en blanco a sus espaldas es incalculable.
Son esas pequeñas cosas las que me mantienen en marcha.
—¿Qué hay de Esme y Davina? ¿Cómo están?
Mi padre frunce el ceño, como sabía que haría al mencionar esos nombres.
—No he preguntado por su salud, ¿verdad?
Muerdo una zanahoria en su punto exacto, pensando en los tormentosos ojos esmeralda de Maven. Los ojos de su hija son más claros y brillantes, de un verde tan vivo que casi parecen artificiales. Aunque probablemente sea el filtro de la cámara. Probablemente.
—¿No? ¿Por qué?
—No seas tonto, hijo, sabes perfectamente por qué. Solo fui al velatorio de Lorinda para ver a esas extrañas hermanas porque sabía que nunca me dejarían pasar la puerta principal de su cabaña de brujas.
—¿Por qué querías verlas?
Mi padre me mira como si hubiera criado a un tonto.
—¿No ves el vendaje que tengo en el ojo o es que tu vista ha empeorado desde la última vez que viniste a cenar?
Lo sé todo sobre el ataque del cuervo porque conozco cada detalle de lo que pasa en este pueblo, pero eso es asunto mío, no suyo.
—¿Qué te pasó?
—Me han echado un mal de ojo, eso es lo que ha pasado.
Una risita al otro lado de la mesa me llama la atención. Es mi hermanastro de diez años, August, un niño dulce con algunas pecas en el puente de la nariz, una cabeza demasiado grande para su cuerpo y una naturaleza sensible que sus padres seguramente convertirán en una patología.
Lo llamo Auggie porque eso hace que Diana parezca estar a punto de sufrir un aneurisma. Casi había olvidado que estaba allí sentado.
Diana se inclina y le acaricia la cabeza mientras mi padre continúa.
—Les pedí que lo anularan, pero ya sabes cómo son esas mujeres. Reacias como gatos. Les pides algo y hacen lo contrario por despecho.
—Quizá si se lo pidieras amablemente, obtendrías una reacción diferente.
—Y tal vez si llovieran monedas de oro del cielo, el mundo sería un lugar mejor, pero aquí estamos. August, siéntate derecho. Pareces una gárgola.
—¿Qué es una gárgola?
—Una cosa horrible en la que no te gustaría convertirte.
—Como una Blackthorn, cariño —susurra Diana—. Haz lo que dice tu padre.
Levanto mi copa. El criado me la llena. Me la bebo de un trago, fantaseando con secuestrar a Maven y atarla a mi cama.
Hay tanto que me gustaría hacerle, cosas obscenas y maravillosas.
Cada vez que la veo, se me pone dura y siento un hormigueo en los dientes por las ganas de hincarlos en su piel.
Me pregunto si recuerda lo increíble que era el sexo entre nosotros o si lo ha descartado como una locura temporal.
—¿Me estás escuchando? ¡Ronan, despierta!
—Por supuesto que te escucho. Estoy pendiente de cada una de tus palabras.
Diana suspira.
—Sinceramente, Elijah, ¿cómo puedes dejar que te hable con tanta falta de respeto?
—No ha sido una falta de respeto. Ha sido sarcasmo. Has oído hablar del sarcasmo, ¿verdad, Diana? O quizá no. El ingenio satírico no es lo tuyo.
—¡Elijah! ¿Vas a permitir que sea tan grosero?
La hace callar con una mirada gélida y mortal de su único ojo bueno.
—Él no es el que está chillando como una banshee.
Ella frunce los labios, se ajusta las perlas y mira hacia su regazo.
Si hubiera sido Maven Blackthorn a quien mi padre hubiera reprendido, ya tendría un tenedor clavado en el globo ocular.
Sonrío al imaginarlo gritando mientras la sangre brota de su cabeza. Luego pienso en que Maven está comprometida y vuelvo a fruncir el ceño.
Ha tenido que ser una mentira. Las Blackthorn no se casan. Por lo que yo sé, no hacen nada que no quieran hacer.
Envidio esa libertad. Aunque todo el pueblo las tema y las rechace, al menos no viven en una jaula dorada, como yo.
El apellido Croft, la riqueza de los Croft, la posición de los Croft en la sociedad…, todo ello es asfixiante. Como una almohada apretada contra mi cara desde que tengo memoria. Cortándome el aire.
Ser un Croft es estar maldito.
No es de extrañar que la autodestrucción sea tan frecuente en nuestro árbol genealógico. La vida es demasiado larga para pasarla en la miseria.
Entiendo lo último de lo que mi padre ha estado parloteando.
—… en casa de los Campbell. El jefe de bomberos dice que no encuentran la causa.
Si me preguntas, tengo mis sospechas. May vuelve de repente y, ¿al día siguiente esa casa se quema hasta los cimientos?
Es un milagro que nadie haya resultado herido.
Nunca olvidaré el día en que maldijo a Becca.
¿Te acuerdas, Ronan? Justo delante de todo el mundo en el carnaval de invierno.
—¡Ojalá fueras tan fea por fuera como lo eres por dentro! —Se ríe entre dientes—. Vaya, esa sí que le dolió.
—No entiendo por qué no puedes hacer que las arresten —interviene Diana enfadada.
—Llegamos unos siglos tarde para eso —suelta mi padre en tono de pesar.
—No deberían poder salirse con la suya, lanzando maldiciones a diestro y siniestro y acosando a la gente.
—Mantén a August alejado de ellas, Diana. Son un grupo de psicópatas que odian a los hombres.
—No odian a los hombres. Odian que las controlen. No todas las mujeres se pueden comprar. —Le lanzo una mirada significativa a mi madrastra.
Mi padre suspira.
—No la provoques, hijo.
Rígida y furiosa, Diana tira la servilleta sobre el plato y se levanta.
—No tengo por qué quedarme aquí sentada aguantando esto. August, ven conmigo.
August se levanta de la silla y obedece a su madre, que le tiende la mano.
—Adiós, Ronan.
—Adiós, Auggie. Nos vemos pronto, colega.
Él sonríe.
—Vale.
En cuanto salen de la habitación, mi padre le dice al criado que deje el vino y se vaya. Ahuyenta al resto de los sirvientes agitando las manos con impaciencia. Cuando se han ido todos, se pasa unos minutos interrogándome sobre la situación de la empresa.
Es una rutina familiar. Conozco bien mi papel. Aunque ya no lleva las riendas, sigue necesitando sentir que está al tanto de todo. Que es valioso. Me imagino a mí mismo en su lugar dentro de unos años, haciéndole las mismas preguntas a mi propio hijo.
Esas reflexiones llevan mi mente por un camino que he recorrido mil veces antes. Es decir, mi hijo con Maven.
El que ella dice que abortó.
Aunque la foto que mostró de su hija no mostraba ningún rasgo ni color de mi familia, había algo en la forma en que miraba a la cámara que me resultaba sorprendentemente familiar.
No sonreía, tenía la cabeza ligeramente girada hacia un lado y una mirada cautelosa, como si no quisiera que le hicieran fotos.
Es la misma expresión que yo tengo en todas las fotos que me hacen.
Por eso necesito averiguar todo lo que pueda sobre ese cirujano ocular de Los Ángeles que mencionó Maven, el doctor Brett Lattman. Lo busqué en Internet, por supuesto, y me quedé mirando su foto en la página web de su consulta durante demasiado tiempo.
Bea no es suya. Estoy seguro. Y si es mía…, solo me queda una cosa por hacer.
Como suele decir mi padre, hay que atar los cabos sueltos.
—¿Cómo va el nuevo suero? ¿Algún avance?
Vuelvo a centrar mi atención en el presente.
—Es mejor que los anteriores, pero aún no es eficaz. Y sigue siendo increíblemente caro producirlo.
Él gruñe.
—Sabes que el coste no importa.
—Los ingredientes tampoco son fáciles de conseguir.
—No me des excusas, hijo. Llevamos generaciones buscando una cura, generaciones. Esa es la razón por la que se inició este maldito negocio. Pero estás aproximándote, lo puedo sentir.
—¿Auggie muestra ya algún síntoma?
Niega con la cabeza.
La enfermedad solo afecta a los varones del árbol genealógico de los Croft. Como suele aparecer en la transición a la edad adulta, Auggie aún tiene tiempo, pero no mucho.
Tenemos que encontrar una cura antes de que sea demasiado tarde para él.
—¿Y todavía no se lo has dicho a Diana?
En lugar de responder inmediatamente, mi padre mira fijamente su copa de Borgoña, de un color tan intenso y oscuro como la sangre seca.
—No —dice después de un largo rato, en voz baja—. La destrozaría.
Como destrozó a mi madre.
Se ahorcó cuando yo solo tenía trece años.
Pienso que él es totalmente culpable de su muerte. Podría haber hecho muchas cosas para evitar ese desenlace, pero decidió no hacer nada. No esbozó ningún plan. No tomó ninguna precaución. Ni siquiera una simple medida de seguridad. Fue una imprudencia.
Porque, como todo científico sabe, la naturaleza aborrece el vacío. Todo vacío será llenado.
En nuestro caso, por monstruos.
Me paso la mano por el pelo y me bebo de un trago lo que queda de Borgoña en mi copa, luego empujo la silla hacia atrás y me levanto.
—Tengo que irme.
Mi padre asiente con la cabeza, sin levantar la vista. Rodeo el extremo de la mesa del comedor y estoy a punto de salir de la habitación cuando me llama.
Me detengo, me giro y lo miro.
—Ten cuidado, hijo. Y mantente alejado de May Blackthorn. Esa chica es peligrosa.
—Solo por curiosidad, ¿hay algo que no me hayas contado sobre ella?
Sorprendido, levanta la vista de su copa de vino.
—¿Qué?
—Siempre te has dedicado a decirme que me mantenga alejado de Maven. De ella específicamente, no del resto de la familia. ¿Sabes algo que yo no sé?
—No —responde bruscamente, volviendo a su copa de vino y dando por terminada la conversación.
Lo estudio por un momento, sin estar convencido. Pero sé que no obtendré más información, así que simplemente salgo a la noche para caminar bajo las nubes tormentosas que se despejan y la palidez fantasmal de la luna creciente.
Posada en las ramas desnudas de un arce en el jardín, una bandada de cuervos me observa mientras me alejo.