13 Maven
Aferrada a Ronan, con el pulso acelerado y el corazón en un puño, miro fijamente el cráter que ha quedado en la acera.
El trozo de cemento es enorme. La pila de escombros que lo rodea se extiende por toda la plaza. A pesar de la lluvia, pequeñas nubes de polvo se elevan de los restos. Parece como si hubiera explotado una pequeña bomba.
—¿Estás bien?
Parpadeo sorprendida y levanto la vista hacia el rostro de Ronan.
—¿Qué ha pasado?
—Se ha desprendido parte de la fachada del edificio y casi te mata.
Me mira con tanta intensidad que me desorienta. Su expresión es severa, tiene la mandíbula apretada y sus ojos… La expresión solo pueden describirse como preocupada.
Debía de haber algo raro en ese adobo; si creo que Ronan Croft está preocupado por mí, sin duda tengo una intoxicación alimentaria.
—Estoy bien.
—¿Estás segura?
Me examina rápidamente, buscando sangre o si me falta alguna parte del cuerpo.
—Ronan.
—¿Sí?
—Gracias por alejarme del peligro.
—Querrás decir por salvarte la vida.
—No había terminado. Gracias por alejarme del peligro, ahora suéltame. Esto es muy incómodo.
Su agarre sobre mí sigue siendo firme. Su mirada pasa de preocupada a ardiente.
—¿Por qué iba a ser incómodo?
—Porque te detesto profundamente.
—¿Ya no es odio? Estamos progresando. Quizá te sientes incómoda por alguna otra razón. Mmm…, ¿qué podría ser?
—Cualquier cuento de hadas que estés inventando con tu neocórtex atrofiado es incorrecto.
—¿Sabes lo que me parece más interesante?
—¿Dejando a un lado que aún no te haya descuartizado y tirado tu cuerpo a una zanja?
—No. Que tuvieses la presencia de ánimo para agarrarte al paraguas… —baja la cabeza—, y que no puedas dejar de mirarme la boca —me susurra al oído con voz apasionada.
Inhalo con fuerza y el aroma de su piel me invade la nariz. Se adentra en mi cabeza y levanta mil viejos fantasmas de sus tumbas. Los recuerdos de los momentos que pasamos juntos me asaltan con tal profusión de detalles gráficos que me estremezco.
Recuerdo como si fuera ayer el calor, la pasión, la urgencia frenética, nuestras manos y bocas ávidas, lo callados que teníamos que estar siempre porque cada momento era robado. Secreto.
Prohibido.
Cuando gritaba de placer hasta perder el sentido, él me tapaba la boca con la mano para amortiguar el sonido.
Cuando él gemía mi nombre, yo lo acallaba para que nadie lo oyera.
Solo en el asiento trasero de su coche podíamos dejarnos llevar por completo, porque estábamos en lo profundo del bosque, en una carretera oscura donde solo los lobos y el viento podían oírnos rugir.
Estuve a punto de decirle cuánto lo amaba una de esas noches. Las palabras hormigueaban en la punta de mi lengua. Entonces, él miró su reloj y dijo que tenía que levantarse temprano para el entrenamiento de fútbol, y yo me tragué las palabras para siempre.
Todavía estaba dentro de mí cuando dijo que tenía que marcharse.
Mis gritos de pasión aún resonaban contra las ventanas empañadas.
Lo empujo y doy un paso atrás, casi sacándole un ojo con la punta del paraguas. Se agacha justo a tiempo.
—Tan fuerte como siempre.
—En absoluto. Soy mucho más fuerte que cuando tenía diecisiete años. Es algo que tengo que agradecerte a ti.
—Estás enfadada.
Espera una explicación, pero no la va a obtener. Dejé de darle explicaciones el día que le dije que estaba embarazada y su cara se agrió como la leche en mal estado.
No hay dolor en la tierra capaz de superar ese momento.
Es como horror, vergüenza, humillación, rechazo, angustia, desilusión y abandono, todo en uno. Cuando el hombre que posee tu corazón te hace sentir que no vales nada, una o bien se derrumba y nunca se recupera, o bien se endurece ante el dolor para sobrevivir.
En mi caso, me forjé una armadura completa.
Me fabriqué una fortaleza de acero.
Me alejo de él con el pecho dolorido. Sale corriendo la camarera desde el interior del restaurante, seguida por un ayudante de camarero con un delantal blanco manchado.
—¿Qué ha pasado? ¡Joder! —El ayudante de camarero mira el desastre desparramado por el suelo y luego al techo con incredulidad.
Cuando Ronan se gira para hablar con él, aprovecho la oportunidad para huir. Corro bajo la lluvia y no me detengo hasta llegar a casa.
Sin aliento, dejo el paraguas en el soporte que hay junto a la puerta principal y me quito las botas embarradas. Saco el móvil del bolsillo del abrigo y busco en Google el número de la Funeraria Anderson. Marco el número que aparece en la lista y espero impaciente hasta que descuelga una mujer.
—Funeraria Anderson, ¿en qué puedo ayudarle?
—Sí, soy Maven Blackthorn. Póngame con el señor Anderson, por favor.
Hay una larga pausa.
—Er…, el señor Anderson no está disponible en este momento. ¿Puedo tomar algún recado?
—¡Claro! El mensaje es que, a menos que atienda mi llamada, me pondré en contacto con todas las cadenas de noticias que encuentre para contarles que robaron el cuerpo desnudo de mi abuela por la ventana de su establecimiento. ¿Sigue sin estar disponible?
Ella se aclara la garganta.
—Por favor, espere.
Mi oído se llena de música new age con sonido metálico durante unos treinta segundos, y luego vuelven a contestar.
—Hola, señorita Blackthorn.
Parece como si el señor Anderson prefiriera estar muerto que hablar conmigo.
Bien. Se lo tiene merecido por perder el cuerpo de mi abuela.
—Seguro que está muy ocupado preparando su huida a Argentina, pero tengo una pregunta que hacerle. Mi abuela no fue embalsamada, ¿verdad?
—En efecto, así es.
—Entonces, ¿cómo se mantuvo en tan buen estado durante el tiempo transcurrido entre su muerte y el velatorio?
Tarda tanto en responder que imagino que está tratando de decidir si se trata de una pregunta capciosa.
—¿Estaba refrigerada? —apunta luego vacilante.
—¿Es una suposición o una respuesta?
—Lo siento. Es una respuesta. Es solo que no entiendo la importancia de la pregunta.
—No importa el significado, ¿qué quiere decir con que estaba refrigerada?
—Es una práctica habitual en las funerarias. A falta de conservación química, almacenamos los restos de los difuntos a dos grados centígrados. Podemos mantenerlos así durante tres o cuatro semanas si la familia no es de la zona o si hay algún otro factor que requiera un retraso.
Refrigeración. Por supuesto. El nudo de preocupación en mi estómago se deshace.
—Gracias, señor Anderson. Llámeme en cuanto tenga alguna novedad.
Cuelgo el teléfono y subo las escaleras para buscar a Bea. Está en mi antigua habitación, tumbada en la cama con Luna acurrucada sobre su estómago.
Me quito el abrigo y lo cuelgo en el respaldo de la silla del escritorio.
—Hola, cariño. ¿Has comido algo ya?
—Unas tostadas con mermelada de moras. Luna dice que deberíamos mudarnos aquí.
Divertida, me siento en el borde de la cama y le acaricio su melena de rizos rojos.
—¿Vas a echarte la siesta? Parecéis muy cómodas.
—Estaba pensando que me gustaría ir a conocer al zorro rojo.
—¿Qué zorro rojo?
Mira hacia la ventana.
—El que está sentado en el banco blanco debajo de esos árboles. Ha estado allí todos los días desde que llegamos. Creo que quiere decirme algo.
Me levanto y miro por la ventana. En el lado derecho del jardín, un seto de ligustro muy crecido marca el límite de la propiedad.
Cerca de allí, un pequeño bosquecillo de abedules vigila un conjunto de muebles de hierro del patio, que en su día estuvieron pintados de blanco, pero que ahora aparecen oxidados por el paso del tiempo.
Dos sillas con adornos decorativos flanquean una mesa redonda.
En medio del banco de hierro cercano se sienta un gran zorro rojo y negro.
Su pelaje es de color naranja rojizo, su cola es una espesa pluma de fuego que envuelve sus delgadas patas negras. El pecho es del color de la nata espesa y los ojos son del dorado intenso de una puesta de sol.
A través de la ventana y la lluvia, nuestras miradas se cruzan. Los afilados caninos blancos de la criatura brillan cuando sonríe.
El banco en el que está sentado el zorro es el mismo en el que la abuela solía recostarse cada tarde al atardecer para fumar en pipa y contemplar las estrellas.
El zorro me mira un momento más, luego se da la vuelta y desaparece bajo el seto.
Me intento deshacer de la extraña y desagradable sensación de que hay algo importante que escapa a mi comprensión y me alejo de la ventana y de la vista del jardín.
—No hay ningún zorro, Bea. Pero si lo vuelves a ver, mantente alejada de él. A esos animales se les considera salvajes por una razón.
Luna se despierta, se estira y salta del regazo de Bea al suelo. Sale trotando de la habitación, con el hocico en alto y la cola balanceándose de un lado a otro.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto.
—¿Por qué Q no habla?
Mi abuela me contó que hace mucho tiempo había sido un famoso cantante de ópera que vendió su voz al diablo a cambio de la inmortalidad, pero ni loca se lo voy a decir.
—No lo sé, cariño. ¿Te molesta?
Ella se encoge de hombros.
—No. Solo me lo preguntaba. Es agradable tener a alguien que se limite a escuchar. —Luego bosteza—. Quizá me eche una siesta. Tengo un poco de sueño.
—Vale. Estaré abajo cuando te despiertes.
Se levanta de la cama y se va al cuarto de baño.
La observo mientras coge el pequeño lentillero blanco que hay junto al grifo, en el lavabo.
Abre las dos cavidades redondas, las llena con solución salina de la botella de plástico que hay cerca y, a continuación, se quita con cuidado la lente de contacto verde de su ojo izquierdo y la coloca en la solución.
Repite el mismo procedimiento con la lente derecha.
Me mira y sonríe.
Los ojos de mi hija se reflejan en el espejo del baño con el mismo extraordinario tono de hielo pálido que tienen los del chico que nos abandonó hace tanto tiempo.