Blackthorn 12 Maven
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12 Maven

Juego con el hielo de mi primera copa de margarita, pero no toco la segunda. No voy a correr el riesgo de emborracharme mientras estoy con él. Este hombre es una tentación demasiado peligrosa.

Aunque lo odio, sigue siendo como la manzana que la serpiente le ofreció a Eva. Un solo mordisco podría significar mi ruina total.

Otra vez.

Considero esta comida un ejercicio de autocontrol, sin más. Me viene bien saber que soy capaz de no sucumbir al impulso de usar los cubiertos como armas.

Con el rabillo del ojo, veo cómo Ronan devora los restos de su comida.

La devora como si llevara años abandonado en una isla desierta con solo madera flotante como sustento.

No recuerdo que fuera tan voraz, pero tampoco es que nos sentáramos a compartir comidas tranquilamente cuando estábamos juntos.

Lo que hacíamos quemaba muchas más calorías.

—Tienes la cara roja otra vez. ¿Tienes algún problema en la piel?

—Cállate, Ronan.

—Oblígame.

—No me tientes. Hay una motosierra en casa con tu nombre grabado.

Termina de dar cuenta de su plato, se reclina, coge la servilleta y se limpia la boca y los dedos con ella. Luego se centra en su margarita recién preparado y me lo muestra como si fuera un hechizo.

—Así que no estás casada, no vives en Los Ángeles, sacaste un título en entomología, tienes una hija que, al parecer, no es mía y el cadáver de tu abuela ha desaparecido. ¿Alguna novedad más?

Me encanta que esté irritado. Nos pone en igualdad de condiciones. Mi sonrisa es cálida y generosa.

—Eso lo resume todo.

—¿No tienes ninguna historia divertida de la universidad con la que entretenerme? —Su mirada es furiosa y su tono desafiante—. ¿Ninguna anécdota entrañable sobre tu maravilloso prometido?

Igual que yo me siento más cómoda cuando él está enfadado, él se siente más cómodo cuando lo estoy yo.

Somos dos extremos opuestos de un balancín, las dos caras de una moneda.

Si alguna vez nos encontráramos en el medio y fuéramos felices al mismo tiempo, probablemente todas las galaxias conocidas implosionarían.

—¿Ezra? Oh, no hay mucho que contar. —Me examino con indiferencia las uñas—. Además de que es muy culto, extremadamente inteligente, independiente económicamente y uno de los científicos más destacados en su campo.

—Dijiste que era cirujano ocular. ¿De repente es científico?

—Dije que el padre de Bea era cirujano ocular.

—Así que hay otro afortunado que no es el padre de Bea. Debe de ser complicado llevar la cuenta de todos.

Reprimo la sonrisa y respondo con cara seria.

—Hay una aplicación que uso que lo hace todo mucho más fácil. ¿Te he dicho que Ezra es independiente económicamente?

—Sí. Lo has dicho.

—Porque lo es. Es gracias a todas las patentes de sus inventos. Y también a sus cuidadosas inversiones. Creció sin demasiado dinero, como yo. Nadie le dio nada en bandeja de plata.

Ronan me mira con las fosas nasales dilatadas y los labios apretados.

—Parece que tenéis mucho en común. Y el comentario de la bandeja de plata era innecesario.

Finjo ignorancia y parpadeo de forma inocente.

—Oh, lo siento. ¿Por qué eres tan sensible? ¿Porque nunca has tenido que trabajar para conseguir nada, ni preocuparte por el dinero porque heredaste una enorme fortuna de tu familia?

Si sigue rechinando los dientes como hasta ahora, pronto necesitará dentadura postiza.

—Sigue mirándome con esos ojitos de cervatillo y hablando con esa boca tan aguda y verás lo que pasa, Maven.

Su tono grave y amenazante me provoca un escalofrío. Es pura adrenalina, lucha o huida. Hacía años que no me sentía tan viva. La risa que brota de mi pecho es alegre.

—¡Ahora te ríes! Te encanta ver que me siento mal, ¿verdad?

—No, disfruto haciéndote sentir mal. Verte miserable es solo la guinda del pastel. Voy a probar el chile relleno.

Me inclino sobre la mesa y hago un gran alarde al cortar una porción de su comida.

Me pongo a masticar como un caballo, luego emito un ruido de delicia y me trago un trozo de pimiento empanado absolutamente horrible.

Describirlo como cartón sazonado es darle demasiado crédito. Sabe a zapato de cuero viejo.

—¡Qué delicia! ¿No te ha gustado? Qué raro. Tus papilas gustativas deben de estar insensible por todo el caviar salado que coméis los ricos.

Se le tensa un músculo en la mandíbula. Parece como si se estuviera conteniendo para no estallar. Detesta que se burlen de la riqueza de su familia, una debilidad que he explotado en muchas ocasiones.

—Nunca he probado el caviar en mi vida.

—Sí que lo has probado. Recuerdo perfectamente cómo lamías una gran gota negra de un blini antes de lanzarlo con saliva al otro lado de la habitación, donde se me pegó en la frente.

—Te lo estás imaginando —se burla—. Eso no ha pasado nunca.

—En la fiesta de Navidad de los padres de Shelly Smith, en séptimo curso.

Piensa en ello durante un momento hasta que recupera el recuerdo de algún viejo archivador oxidado en su cabeza.

—Oh. Sí, me acuerdo.

—¿Y también de que todos se echaron a reír? ¿De que salí corriendo avergonzada?

—Lo que yo recuerdo es que te seguí para intentar disculparme y explicarte que mi objetivo era el idiota de Tim Barnes, que te estaba acosando, pero habías desaparecido. Estuve una hora dando vueltas por el barrio, buscándote.

Niego con la cabeza, incrédula.

—Las mentiras te salen con tanta facilidad…

—Lo creas o no, es la verdad.

—¿Desde cuándo dices la verdad? No creía que fueras capaz.

—Como si tú fueras capaz de recordar solo las cosas malas que pasaron entre nosotros…

—Todo lo que pasó entre nosotros habría matado a una mujer más débil. Dime qué más pensabas de mi abuela.

Se pasa la lengua por los dientes mientras debate consigo mismo si permitirá o no el cambio de tema.

Sospecho que esa es una de las razones por las que se sintió atraído por mí al principio. Los hombres que destacan en todo y esperan que se les trate con deferencia encuentran a las mujeres fuertes aterradoras o irresistibles.

Da un trago a su margarita y cede.

—¿De qué murió exactamente?

—¿Qué relevancia tiene eso?

—Es solo que un día estaba sana y al día siguiente había muerto.

—Tenía noventa y tres años. A esa edad, que te despiertes por la mañana es una sorpresa para todos. Además, ¿cómo sabes que estaba sana? No difundimos nuestro estado de salud en las noticias locales.

—La vi salir de la ferretería unos días antes de morir. De hecho, me la encontré por casualidad. Me bufó como un gato.

Sonrío al imaginarlo.

El odio de la abuela hacia los Croft era casi tan famoso como los tés curativos de hierbas y raíces secas que vendía para curar las diversas dolencias de los habitantes del pueblo.

Los pocos intrépidos que se atrevían a subir por el camino de tierra lleno de baches hasta Blackthorn Manor se iban con un paquete de papel doblado lleno de golosinas que, cuando se sumergían en agua caliente, curaban de todo, desde gases hasta gota.

Pagaban bien por ese privilegio, pero los tés de la abuela nunca fallaban, así que seguían acudiendo.

—¿Tuvo un infarto o algo así?

Arqueo una ceja.

—¿No te lo han dicho tus espías?

—No tengo espías. Tengo gente en nómina que me mantiene informado de las cosas importantes.

—Eso es, literalmente, la definición de espía.

Exhala por la nariz y sigue hablando.

—De todos modos, me dijeron que no hubo autopsia. Tu tía Esme simplemente llamó a la funeraria una mañana y dijo: «Oigan, hay un cadáver aquí y hay que enterrarlo. Vengan a recogerlo».

—No lo dijo así.

—La estoy parafraseando. ¿De qué murió?

—Quizá verte tan de cerca desencadenó una reacción en cadena en su cuerpo y todos sus órganos dejaron de funcionar, uno por uno. Es la explicación más plausible, la verdad.

—¿Podemos ponernos serios por un momento?

—Yo lo estoy siendo. Puedo sentir que mis riñones se marchitan como pasas mientras hablamos. —Él me mira con el ceño fruncido, yo le sonrío con dulzura fingida, y esto es lo más divertido que he hecho en mucho tiempo.

—Creo que lo que sientes encogerse es tu corazón. Lo que quiero decir es que ella parecía fuerte como un toro, tus tías rechazaron la autopsia y su cuerpo desapareció misteriosamente el día en que debía ser enterrado.

Frunzo el ceño, confundida.

—¿Qué quieres decir?

—Quizá Lorinda no estaba realmente muerta.

Espero el remate.

—¿Lo dices en serio? —digo cuando no llega—. ¿Crees que mi abuela fingió su propia muerte?

—Quizá.

—¿Qué motivo podría tener para hacer eso?

Él se encoge de hombros.

—Las mismas razones por las que lo hace la mayoría de la gente. El dinero del seguro. Huir de los acreedores. Querer empezar una nueva vida en otro lugar.

—Sí, porque una mujer de noventa y tres años está deseando huir a Tahití para vivir emocionantes aventuras bajo un nuevo nombre. —Mi tono es seco.

—Solo digo que es una posibilidad.

—Tu muerte inminente bajo mi mano también es una posibilidad.

—Es interesante que aún no me hayas dicho de qué murió.

—No es interesante, no es asunto tuyo. Pero te diré una cosa.

A las Blackthorn no se les hace autopsia.

—Me mira con incredulidad—. Es una tradición familiar.

No se manipulan nuestros cuerpos después de la muerte —continúo, aunque preferiría meterle los restos del chile relleno de cuero entre sus perfectos dientes frontales—.

Se mantienen en su estado natural y se entierran en el suelo en un ataúd biodegradable para que la materia en descomposición pueda alimentar a los gusanos.

El ciclo de la vida y todo eso. Así que el hecho de que no le hicieran la autopsia no es nada raro. ¿Por qué pones esa expresión espantosa?

—Qué no le hicieran la autopsia, ¿significa también que no la embalsamaron?

—Sí. ¿Y qué?

—¿Cuánto tiempo pasó entre su muerte y el velatorio?

—Seis días, supongo. ¿Por qué?

Me mira fijamente con los ojos pálidos brillantes.

—Tú eres la científica con el gran cerebro, dime qué le pasa a un cuerpo sin conservar una semana después de la muerte.

La respuesta me golpea como una bofetada.

Tiene razón.

Un cadáver comienza a descomponerse inmediatamente después de que cesen las funciones corporales.

Si se sigue sin tocar, las moscas domésticas y las moscas azules ponen huevos alrededor de las aberturas naturales del cuerpo, que eclosionan en veinticuatro horas.

En tres días más, los órganos internos se descomponen.

Cinco días después, el cuerpo se hincha y sale una espuma sanguinolenta por la boca y la nariz.

La acumulación de bacterias y la putrefacción de los tejidos provocan olores intensamente fétidos.

Seis días después de la muerte, mi abuela debería estar en pleno proceso de descomposición.

En cambio, tenía exactamente el mismo aspecto de siempre. Aterradora y feroz, pero definitivamente no era un cadáver en descomposición.

—Mira cómo giran los engranajes —apostilla Ronan con amargura—. Ahora te toca encontrar la manera de decirme que tengo razón sin atragantarte con la lengua.

—Tengo que volver a casa. Gracias por la comida.

Él tuerce los labios.

—No he dicho que fuera a invitarte.

—Tú siempre tan caballeroso. Nos vemos, Scrooge.

Me levanto de la mesa y me apresuro hacia la entrada del restaurante, con la mente llena de preguntas.

Me distraigo al coger el paraguas del soporte donde lo dejé.

Cuando abro la pesada puerta de madera y salgo, mis ojos tardan un momento en adaptarse a la penumbra del día tras la luz artificial del interior.

Me quedo allí de pie, frunciendo el ceño, sumida en mis pensamientos, con la lluvia cayendo a mi alrededor, hasta que alguien me agarra por detrás.

—¡Cuidado!

Ronan me encierra entre sus brazos y me gira justo cuando un enorme trozo de hormigón cae del cielo y se estrella contra el suelo, exactamente en el lugar donde yo estaba.