11 Maven #2
Me mira durante un buen rato con los ojos entrecerrados y la cabeza inclinada a un lado.
—Estás pensando demasiado, Ronan. No vayas a hacer estallar ese pequeño cerebro que tienes.
—Solo me preguntaba en qué lío me metería si te pidiera que tuviéramos sexo por odio. Ya sabes, por los viejos tiempos.
Mi corazón se acelera. La sangre me sube por el cuello hasta las orejas y se queda allí. Trago saliva, obligándome a sostener su mirada y a no retorcerme en mi asiento.
—En muchos. Así que no preguntes.
—No te lo iba a pedir —añade en tono inocente—. Solo me lo preguntaba.
Sonríe, da un sorbo a su bebida y me mira fijamente, luego saca la lengua y lame despacio la sal del borde, sin apartar la vista de mí, por lo que sé que no es la sal lo que quiere saborear.
«Está jugando contigo. No dejes que te afecte».
—Bien. Porque tengo novio. Estoy prometida.
Tener…, haber tenido…, es lo mismo. Solo que, técnicamente, Ezra nunca me pidió que me casara con él, y yo no habría dicho que sí si lo hubiera hecho, pero no voy a entrar en detalles.
—Prometida —dice Ronan en tono burlón—. Qué convencional eres. Creía que las mujeres Blackthorn no creían en el matrimonio. —Me mira la mano—. ¿Y el anillo?
Consigo mentir con cara seria.
—No me gusta viajar con él. Es demasiado grande. Llama mucho la atención.
—Claro. Y tu prometido, ¿cómo se llama?
Su tono burlón me irrita.
—¿Qué pasa? ¿Crees que no existe? ¿Que ningún hombre le pediría matrimonio a alguien como yo?
—Creo que muchos hombres querrían casarse contigo…, si pudieran superar el foso lleno de cocodrilos, las bolas de fuego que llueven del cielo y la lluvia de flechas que llegan desde las murallas del castillo. Pero en este caso concreto, creo que solo estás mintiendo.
Me reclino en el asiento con mi bebida.
—Por suerte para mí, no me importa lo que pienses.
Me estudia con los ojos entrecerrados. Como él hizo antes, lamo de forma sugestiva la sal del borde de la copa, sosteniendo su mirada mientras lo hago.
No es el único que puede practicar jueguecitos eróticos mentales.
La camarera llega con dos platos.
—Tenemos pollo adobado y chile relleno. ¿Quién quiere qué?
—Yo tomaré el pollo —decimos al mismo tiempo.
Insegura, nos mira a ambos hasta que Ronan me señala.
—La señora tomará el pollo. Yo el chile relleno.
La camarera deja los platos sobre la mesa. Ronan le indica que necesitamos otra ronda de bebidas. Yo digo que no, pero él añade que no me haga caso. Ella se aleja, con cara de desconcierto.
Ronan coge el tenedor y sonríe.
—Apuesto algo a que nos servirá otra ronda. ¿Qué opinas tú?
—Creo que has sido muy injusto al llamarme «señora». No soy tan educada como para merecer ese título.
—Hubiera dicho «marta rabiosa», pero no creí que fuera a quedar bien.
Ocurre un milagro: nos reímos juntos. Entonces, nuestras miradas se cruzan y se quedan clavadas, y ya no me siento tan divertida.
Me bebo el resto del margarita y me concentro en el plato que tengo delante, recordándome a mí misma que esta es la persona que me hizo la vida imposible durante años.
Se burlaba de mí, me provocaba, me humillaba cada vez que tenía oportunidad. Luego daba un giro de ciento ochenta grados y fingía que yo no existía, pasando a mi lado en los pasillos del colegio con la nariz en alto y la mirada desviada.
Y aun así, yo lo amaba.
El amor no es ciego, como dicen, es una locura total.
Comemos en silencio hasta que la camarera vuelve con más margaritas y un pequeño plato con beicon. Lo deja todo sin hacer preguntas y se aleja corriendo.
Mientras saborea su chile relleno, Ronan mira los margaritas que acaban de traer.
—He ganado.
—Qué emocionante para ti.
—Sí, lo es. Es difícil ganarte a algo.
—Eso es porque soy más inteligente que tú.
—Disculpa, pero yo soy el consejero delegado de una corporación internacional multimillonaria.
—Sí. Fundada por tu tatarabuelo y heredada por tu padre. No me impresiona. Por cierto, ¿por qué sigues viviendo en Solstice? ¿No deberías estar pavoneándote por Mónaco o Miami o algún lugar más atractivo y lleno de playboys?
—Quizá he estado esperando todo este tiempo a que volvieras.
Lo miro con el ceño fruncido.
—No seas frívolo. Tengo un cuchillo en la mano. —Me mira durante un momento y luego cede.
—Me construí una casa aquí para estar cerca de la familia, pero suelo trabajar en la sede central de la empresa, en Boston, tres días a la semana. A veces más, si es necesario.
—Es un viaje largo.
—Tengo piloto. Voy en helicóptero.
—Ah.
—No lo digas así.
—Ha sido una sola sílaba. No lo he dicho de ninguna manera.
—Sí, lo has hecho, y lo sabes. Eres la única persona viva capaz de convertir una sola sílaba en una sinfonía de desdén.
Lo pienso por un momento y luego sonrío.
—Gracias.
—De nada. ¿Qué tal está el pollo?
—Es el mejor que he comido nunca. ¿Qué tal el chile?
—Parece cartón sazonado. Déjame probar un bocado. —Sin esperar mi permiso, se inclina y pincha un trozo de pollo con el tenedor—. Mmm. Delicioso. Ten, prueba un poco de beicon.
Me sirve dos lonchas y pone otras tantas en su plato. Queda una, que parte por la mitad y divide entre los dos.
—Qué generoso por tu parte. ¿Cuándo te has convertido en alguien tan equitativo?
—Me he vuelto blando con la edad.
Por lo que parece, no. Es grande y está duro en todos los sitios adecuados.
Siento curiosidad por él, aun en contra de mi mejor juicio. Quiero saber qué ha estado haciendo durante los últimos doce años, si es feliz, si se siente solo, si está casado. No lleva anillo, pero eso no significa gran cosa.
Conociéndolo, probablemente se lo quite y lo guarde en el bolsillo cada vez que sale de casa, el muy canalla.
—Puedes hacerme preguntas, ¿sabes?
—¿Perdón?
—Que puedes hacerme preguntas sobre mí.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque quieres.
—No, no quiero. No quiero nada de ti.
Se lame los labios y me mira con esos ojos pálidos que arden con intenso calor.
—Claro. Yo tampoco quiero nada de ti. Ahora que hemos demostrado que los dos somos unos mentirosos, cómete el puto beicon y deja de sonreír, porque por fin has conseguido cabrearme.
Sonrío aún más. Luego le hago un gesto marcial y me meto un trozo de beicon en la boca.
Su gruñido de enfado es lo más satisfactorio que he oído en años.