Blackthorn 11 Maven
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11 Maven

Levanto el menú para tapar la vista del apuesto y diabólico rostro de Ronan.

—Vete.

—Yo he llegado aquí primero.

—No me voy a quedar aquí sentada mirándote la nuca mientras como.

—¿Prefieres mirarme la cara? Solo tenías que pedirlo.

Se sienta enfrente de mí, en mi mesa. Cuando bajo el menú, su sonrisa casi me deja ciega. Es tan grande que probablemente se pueda ver desde Júpiter.

—¿Por qué pones esas sonrisas tan grandes? Pareces un cocodrilo.

—Gracias.

—De nuevo, no es un cumplido.

—Claro que lo es. Los cocodrilos son inteligentes, fuertes e intimidadores.

—También son feos y no pueden masticar la comida.

Me doy cuenta de que está intentando no reírse a carcajadas, lo que me irrita aún más.

—¿Crees que es cosa del destino que sigamos encontrándonos así? —reflexiona.

—No, creo que hice algo terrible en una vida pasada y tú eres el castigo. Por favor, vuelve a tu mesa.

—He estado pensando en tu abuela —dice, ignorándome por completo.

—Si dices algo desagradable, te meteré este menú por la garganta.

Él descarta esa amenaza con un gesto majestuoso de su mano.

—¿Tenía algún enemigo que tú supieras?

—¿Te refieres a alguien más aparte de todos los habitantes del pueblo?

—Los habitantes del pueblo no odiaban a tu abuela, le tenían pánico. —Su mirada se vuelve pensativa—. Igual que te lo te tienen a ti.

Mi sonrisa es letal.

—Ojalá algo de ese buen juicio se le contagiara a cierto cocodrilo.

—¿Sabes que cuando Edward me dijo que habías vuelto, le temblaba la voz? Y estamos hablando de un hombre que sobrevivió al ataque de un oso.

—¿Ese viejo espeluznante sigue trabajando para tu familia?

—Lo dices como si no tuvieras a un viejo espeluznante trabajando para la tuya.

—Sí, pero al menos el nuestro tiene alma. El tuyo no, por eso encaja tan bien con los Croft.

Nos miramos a través de la mesa, mientras la tensión sexual hace vibrar el aire, hasta que vuelve la camarera. Deja un margarita delante de mí y otro delante de Ronan, y se marcha sin decir nada.

Él coge el suyo y le da un sorbo; se lame los labios después de tragar.

—Me encanta el borde salado, ¿a ti no?

Por supuesto, ha conseguido que eso sonara erótico. Joder, claro que sí.

—¿También bebes Cadillacs?

—Son mis favoritos.

—Yo te los enseñé.

—Como si pudiera olvidarlo. Me echaste uno por la cabeza.

—Te lo merecías. —Me mira en un silencio ardiente que vibra con un millón de palabras no dichas—. Sí. Eso y algo mucho peor.

Evitando el calor de su mirada, aparto la vista y miro a través de las ventanas, hacia el día gris y lluvioso.

—Si esto es una estratagema para que te presente a la hija que no engendraste, no va a funcionar.

—¿Engendrar? Eso es muy arcaico.

—Algunos conocemos palabras rimbombantes. ¿Por qué me molestas, Ronan? —Vuelvo a mirarlo—. Y no me vengas con tonterías sobre demandas o ayudarme a encontrar a la abuela. ¿Qué quieres?

Nuestras miradas se prolongan durante un largo y tenso momento.

—Quiero que seamos amigos —dice finalmente.

—Apuntas alto. Me alegro por ti. No.

—¿Por qué?

—Dame una buena razón por la que querría ser tu amiga.

—Mi deslumbrante belleza y mi encantadora personalidad.

Nos miramos con intensidad. Ninguno de los dos sonríe. Un pulso de calor late entre mis piernas. Mi clítoris anhela su lengua, ¡qué pequeño traidor!

—¿Recuerdas cuántas veces me dijiste que era rara?

Él responde sin vacilar.

—Eres rara. Eres la mujer más rara y fascinante que he conocido, y desde que te fuiste he pasado todos los días buscando a alguien o algo que se acerque a hacerme sentir lo que tú me hacías sentir.

Nadie en la Tierra sabe mentir tan bien como este hombre. Es pura brujería.

—Estoy segura de que puedes encontrar algún otro caso perdido por el que sentir desprecio.

Su tono se endurece.

—Nunca sentí desprecio por ti. Sabes que no es eso lo que estoy diciendo.

—Te burlabas de mí sin piedad.

—Tú jugabas con los insectos sin piedad.

—No jugaba con ellos. Los estudiaba. Me fascinaban. No es que importe, pero lo convertí en mi carrera. No era solo un hobby.

Él lo piensa por un momento.

—¿Hiciste de los insectos tu carrera?

—Sí. Soy conservadora de lepidópteros en un museo. Me doctoré en entomología, especializándome en mariposas. Porque siempre quise ser una criatura capaz de transformarse desde lo que era antes, una cosita fea. Seguro que puedes imaginar por qué.

Vuelvo a mirarle a los ojos e intento ocultar la emoción que me oprime la garganta. Porque, aunque puedo ser distante con cualquier otro hombre, Ronan Croft es la excepción.

Siempre ha sido y siempre será mi kriptonita.

—¿Ya saben lo que quieren?

La camarera se acerca a nuestra mesa con un lápiz y una libreta en la mano.

Sobresaltada, aparto la mirada de Ronan y me recuesto en el asiento.

—Creo que he perdido el apetito.

—Tráiganos los dos platos más populares. Ah, y una ración de beicon.

Él le entrega mi menú y ella se retira.

—¿Qué? —me dice con precaución cuando se da cuenta de que lo miro con recelo.

No puedo decirle que iba a pedir lo mismo o montará un escándalo, así que actúo con condescendencia.

—¿Vas a pedir beicon en un restaurante mexicano?

—No sabía que no estaba permitido.

Cuando me limito a mirarlo, suspira.

—Me apetecía. Demándame.

—Prefiero atropellarte con mi coche.

Me mira con intensidad durante un momento y luego se echa a reír.

—Qué ridícula eres, joder.

Mis mejillas se ponen rojas. Podría ser por la humillación o por la ira, no sabría decirlo, pero no me voy a quedar aquí para averiguarlo.

—¿Sabes qué? Esto es una idiotez. Me voy.

Empiezo a salir del reservado, pero Ronan se inclina y me agarra de la muñeca.

—Quédate.

Algo en su tono me hace detenerme y mirarlo. Él me devuelve la mirada con urgencia, con los ojos brillantes y suplicantes. Me sorprende tanto esa vulnerabilidad tan poco habitual en él que me quedo momentáneamente atónita.

Me suelta la muñeca y se recuesta.

—Lo siento. Ha sido un acto reflejo. Por favor, quédate.

Sin aliento y desorientada, me siento en el borde de la mesa, sin saber si quedarme o irme, decepcionada conmigo misma por no poder decidirme.

Ronan me observa, con ojos cautelosos pero llenos de esperanza. Esto es tan extraño que no sé qué hacer.

Finalmente, cedo.

—Has dicho «por favor».

Él frunce el ceño.

—¿Y?

—No creía que conocieras esas palabras.

—Ah. —Piensa por un momento—. ¿Te quedarás a comer conmigo? Por favor. Me gustaría mucho…, si no te importa.

—¿Dónde está un buen exorcista cuando se le necesita? —murmuro, cerrando los ojos.

—Mira, te prometo que no lo volveré a mencionar hasta que tú me lo pidas.

Abro los ojos y lo miro con ira.

—¿Cómo es posible que seas tan irritante?

—Años de práctica. Vamos, Bugs. Guarda las garras y come conmigo. Soy inofensivo.

—Eres tan inofensivo como una serpiente de cascabel.

Me mira con intensidad, esperando, dándome espacio para decidir. Algo sorprendente y considerado que, por desgracia, me inclina hacia el lado oscuro.

—Has pedido beicon, así que me quedaré hasta que me haya comido al menos un trozo y vuelvas a decir algo molesto.

Sus labios se curvan en una sonrisa. La diversión brilla en sus ojos helados, haciéndolos centellear como luces de Navidad.

Es tan guapo que resulta malvado. Ni el mismísimo diablo tiene la mitad del encanto de este hombre.

Me recuesto en el asiento y miro mis manos, el techo, cualquier parte menos a él. Ese pequeño pulso caliente entre mis piernas aún no ha disminuido. Si acaso, se está volviendo más intenso.

—¿Qué te parecen Los Ángeles? No es un lugar en el que te imagine viviendo, con todo ese sol.

—Prefiero un día nublado a uno soleado.

—Lo sé. Responde a la pregunta.

—Había olvidado lo obstinado que eres.

—No, no lo has olvidado. Responde a la pregunta.

Suspiro y me paso la mano por el pelo.

—No vivo en Los Ángeles.

—Pero has dicho que el padre de Bea vive allí.

—No he dicho que viviéramos juntos, ¿verdad?

—Entonces, no estás casada.

—No es asunto tuyo. Y ya puedes dejar de parpadear. Esa mirada demoníaca tuya me pone nerviosa.

—Entonces, ¿estás casada?

—¿Tú qué crees?

—Creo que eres demasiado evasiva para ser alguien que insiste en que su hijo es de otro hombre.

—Si no cometo un homicidio antes de que termine esta comida, deberían darme un premio.

—Bébete el margarita. Deja que el tequila suavice esa espada samurái que tienes por lengua.

Cojo la margarita y le sonrío.

—Al menos no es un isópodo parásito chupador de sangre.

Levanta su copa para brindar.

—Brindemos por eso.

Hago chocar mi copa con la suya, bebo un sorbo y me sorprende que consiga ser a la vez tremendamente irritante y encantador como un demonio. Quizá el contraste entre el disgusto y la fascinación sea lo que le atrajo de mí. Las contradicciones siempre resultan cautivadoras.

Él se ríe.

—Deberías ver la cara que estás poniendo. ¿En qué estás pensando ahora mismo?

—En cómo estarías sin dientes, sin pelo y con una nariz roja de payaso. Sería una gran mejora.

Echa la cabeza hacia atrás y se ríe más. Aparto la mirada para no tener que sufrir lo atractivo que es.

—Sabes, creo que eres la única persona que he conocido que no se siente intimidada por mí —dice sin dejar de reír.

—Ah, así que ese es mi atractivo. Debe de ser agotador tener a todos esos secuaces besándote el culo todo el día.

En un abrir y cerrar de ojos, pasa de estar divertido a ponerse serio.

—Sí —conviene con aire solemne—. No te lo puedes imaginar.

—Si quieres que sienta lástima por ti, pobre niño rico, vas a tener que esperar sentado.

—No es compasión lo que quiero de ti. Es algo un poco más íntimo. —Su voz se ha vuelto ronca y sus ojos han comenzado a arder.

Esa chispa eléctrica vuelve a aparecer, va y viene entre nuestras miradas intensas y me eriza el vello de la nuca. Aunque mis pezones se tensan, mantengo el rostro impasible y un tono indiferente.

—Ya tuvimos suficiente intimidad cuando éramos adolescentes. Tengo las cicatrices emocionales que lo demuestran. Y estás muy cerca de entrar en terreno peligroso, así que ten cuidado con lo que dices a continuación.