Blackthorn 10 Maven
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10 Maven

La tormenta que se estaba gestando estalla cuando volvemos a entrar en la casa.

La lluvia raya los cristales de las ventanas y golpea el techo.

Los estruendos sónicos de los truenos retumban a través de la capa de nubes grises del cielo en el exterior, haciendo vibrar los marcos de las ventanas.

Las tías van encendiendo velas para disipar la penumbra con la ayuda de Bea, mientras yo llamo a mi jefa.

Es domingo, así que me salta el buzón de voz.

—Hola, Luce, soy May. Necesito tomarme unos días libres en el trabajo.

Quizá incluso una semana. No te lo vas a creer, pero no podemos celebrar el funeral de mi abuela porque la funeraria ha perdido su cuerpo.

Te lo contaré todo cuando vuelva, pero, en resumen, es un desastre.

Necesito quedarme aquí para ayudar a mis tías a superar todo esto.

Robert podrá encargarse de las visitas guiadas para los escolares esta semana.

Le enviaré un correo electrónico a Annie para pedirle que complete el informe de la subvención.

Si me necesitas para cualquier otra cosa, tendré el teléfono encendido.

Te mantendré tal tanto tan pronto como tenga más información. Gracias, Luce. Hablamos pronto.

Cuelgo y me doy ánimos a mí misma por lo bajo antes de hacer mi siguiente llamada.

—Hola, Ezra. Soy May.

—Lo sé. He visto tu número en la pantalla.

Su tono es cauteloso. No puedo culparlo, teniendo en cuenta cómo terminó nuestra última conversación.

—Bien. Bueno, quería decirte que no podremos cenar juntos el martes por la noche. Me voy a quedar unos días más con mis tías.

Se produce un silencio sepulcral. Él espera una explicación de por qué han cambiado mis planes, pero los dos sabemos que no se la voy a dar.

Esta es la batalla en la que morimos. Es un buen hombre, pero quererme es como querer a un cactus. Cuanto más me ignore, mejor nos llevaremos. Sin embargo, si se acercara demasiado, mis afiladas espinas le harían sangrar.

Si el estilo de relación «apego evasivo» tuviera un ejemplo paradigmático, ese sería yo. «Gracias, Ronan Croft».

—De todos modos, no podré ir.

—Volveré a hacer una reserva en el restaurante.

—No es necesario. Ya nos hemos dicho lo que teníamos que decir.

Técnicamente, él dijo lo que tenía que decir, yo lo miré estoicamente mientras me explicaba lo que echaba en falta en nuestra relación.

Al parecer, no le gustó que me limitara a responder «vale» y me marchara, porque después me dejó un mensaje de voz largo y apasionado en el móvil en el que utilizaba palabras como «inescrutable», «indiferente» y «distante».

Como es imposible explicar a alguien bien adaptado que el paisaje interior de una persona que ha sido aplastada por la pérdida y la traición a una edad temprana es un páramo árido de cenizas que matará de hambre a cualquier ser vivo equivocado que intente echar raíces y crecer allí, no discutí.

—May, mira. Sé razonable. Si te esforzaras un poco, juntos podríamos ser increíbles.

Ambos somos profesionales en la cima de nuestros campos.

Tenemos intereses comunes, valores compatibles y respeto mutuo.

Lo tenemos todo en común. —Baja la voz—.

Y esa actitud dura que tienes… Sé que solo es una pose. Necesitas a alguien que te cuide.

No quiero hacerle daño, pero sé que estoy haciendo lo correcto. Darle otra oportunidad solo prolongaría lo inevitable.

—Ezra, lo siento, pero se acabó. No quiero herir tus sentimientos, pero tampoco sé cómo ser más clara. Ya no quiero seguir con esta relación. ¿Lo entiendes? Espero de verdad que podamos seguir siendo amigos.

—No es lo que esperaba oír —suspira después de una pausa reflexiva—, pero respeto tus sentimientos.

Le doy las gracias, aliviada. Nos despedimos con cierta incomodidad y colgamos.

Bajo las escaleras y encuentro a las tías con Bea en el enorme comedor formal. Han encendido una fila de velas en candelabros de plata en el centro de la mesa y están colocando grupos de pilares en el aparador.

—¿Tenemos algo para comer?

—Por supuesto.

—¿Algo que lleve beicon?

Davina me mira con severidad.

—Los animales no son para comer. Especialmente los cerdos, que son muy inteligentes y sensibles. Sufren más que la mayoría en el matadero.

Bea parece traumatizada.

—Oh, no. ¿Sufren?

—Terriblemente.

—Quizá si no fueran tan sabrosos, no se los comerían —suelto con alegría, lo que me vale otra mirada severa.

—¿Mamá?

—¿Sí, cariño?

—Quiero hacerme vegetariana.

—Claro. Se lo diré al chef.

—No tenemos chef.

—Exacto. Voy a dar un paseo.

—¡Acabas de decir que tenías hambre y está lloviendo a cántaros! —me regaña Esme—. ¡No vas a ir a ningún sitio!

Nunca me ha gustado que me controlen y soy demasiado terca para seguir órdenes, pero ella lo hace con buena intención, así que sonrío en lugar de enfadarme.

—Volveré pronto. Necesito despejar la mente. Bea, las tías se encargarán de ti. Pórtate bien.

Cojo un paraguas del soporte que hay junto a la puerta principal y salgo bajo la lluvia. En cuestión de segundos, me arrepiento de haber decidido salir con un tiempo tan adverso, pero como mi superpoder es la terquedad, sigo caminando. En diez minutos, estoy en el centro del pueblo.

Ha cambiado poco.

La plaza del ayuntamiento es tan encantadora y pintoresca que parece sacada de una postal.

La panadería de los Schneider, la farmacia y la ferretería siguen igual, lo mismo que la charcutería, la joyería y el pub McNulty's.

La pequeña librería donde pasé tantas horas leyendo se ha convertido en un Starbucks, pero el edificio de principios de siglo en el que se encuentra sigue siendo el mismo.

Solo que el local que antes era una tienda de electrodomésticos ahora es un restaurante mexicano.

Es imposible seguir deprimida con un margarita delante, así que cruzo la plaza a toda prisa, saltando los charcos, y sacudo el paraguas antes de abrir la puerta del mexicano.

Me recibe el calor y el delicioso aroma del adobo que se cocina a fuego lento.

Se me hace la boca agua al instante. Le digo a la simpática joven que está en la recepción que quiero una mesa para una persona.

Coge un menú y me lleva al interior para que me siente en una mesa detrás de la única otra persona que hay en el local, un hombre de pelo oscuro sentado de espaldas a mí.

—¿Le apetece algo de beber para empezar?

—Tomaré una margarita Cadillac, por favor.

—Claro. Si tiene alguna pregunta sobre el menú, no dude en preguntarme. Enseguida le traigo su bebida.

Me acomodo en la mesa y abro el menú. Todo es perfecto durante un momento maravilloso, hasta que el hombre de la mesa de delante se da la vuelta y me sonríe, mostrando una dentadura blanca y brillante.

—Hola, Bugs. Qué sorpresa verte aquí. ¿Me estás siguiendo?