Blackthorn 9 Maven
18%

9 Maven

—Sé lo que estás pensando —dice Ronan cuando mi reacción a su pregunta es un silencio sepulcral.

—No, no lo sabes. Si no, ya habrías empezado a correr.

—Maven…

—No te atrevas a decir mi nombre como si estuviera siendo irrazonable.

—No creo que estés siendo irracional. Creo que estás siendo protectora. Pero ella es tan mía como tuya.

—Un donante de esperma accidental no es lo mismo que un padre. Y, si no recuerdo mal, no te sentías tan paternal cuando te dije que estaba embarazada hace años.

Me doy la vuelta, pero él me agarra del brazo y hace que me gire de nuevo.

Cuando me niego a mirarlo, me toma por la barbilla y me obliga a hacerlo.

—Tenía diecisiete años. Era un crío.

—Quita la mano de mi barbilla antes de que la pierdas.

—Quiero conocerla. —Tras una pausa, se ríe entre dientes—. No hay necesidad de poner esa cara.

—En realidad, sí. Es la cara que pongo antes de derramar sangre. Suéltame, Ronan. Te aviso con cinco segundos de antelación.

Me examina en un tenso silencio durante un momento antes de soltarme.

—Buena decisión. Ahora, olvida que me has hecho esa pregunta y vete.

—Has olvidado nuestro trato. Solo me iré si respondes a la pregunta.

—Supongo que entonces estamos en un punto muerto, porque prefiero sacarme los ojos antes de decirte una sola palabra sobre mi hija.

Se yergue en toda su estatura y cruza los brazos sobre su amplio pecho. Me mira con desdén, imperioso como un señor feudal frente al campesino que le ha robado su vaca más preciada.

—Nuestra hija.

—Repítelo. Atrévete. Repítelo y te mataré de un disparo aquí mismo.

Arquea ambas cejas.

—¿Me matarías en una funeraria? Eso es demasiado conveniente, ¿no crees?

—Creo que puedes irte directamente al infierno, Ronan Croft.

Algo parpadea detrás de sus ojos. Una emoción oscura y extraña aflora por un instante antes de que él la controle y la apague.

—¿Qué te hace pensar que no estoy ya en él? —replica en voz baja y fría.

Nos miramos con intensidad hasta que nos distrae una voz que me llama por mi nombre.

—¡Señorita Blackthorn! ¡Oh, señorita Blackthorn, está aquí!

Miro y veo al frenético señor Anderson cruzando apresuradamente el vestíbulo.

Se está secando la frente con un pañuelo ya húmedo.

Las manchas de sudor oscurecen las axilas de su camisa blanca.

Lleva la corbata torcida y los pantalones arrugados.

Me pregunto cuánto tiempo ha estado desaparecido el cuerpo de la abuela antes de que llamara, porque parece que no ha dormido desde la última vez que lo vi.

—Dígame que la ha encontrado —lo apremio cuando llega a nuestro lado.

—Bueno… —Se aclara la garganta—. No exactamente.

—Es una respuesta de sí o no. ¿La ha encontrado o no?

No sé por qué parece tan culpable, pero me hace sospechar.

—Hemos encontrado su ropa —dice, retorciéndose las manos.

—¿Su ropa? ¿De qué está hablando?

Mi tono enfadado lo pone aún más nervioso de lo que ya estaba. Empieza a balbucear una explicación.

—L-llevaba un vestido largo verde; el que vio en el velatorio. S-su tía Esme nos lo proporcionó y se lo pusimos después de…, er…, preparar el cuerpo. Es un proceso delicado, por supuesto, y tuvimos mucho cuidado de seguir las instrucciones de tus tías…

—¡Vaya al grano!

—El vestido, los zapatos y la ropa interior de Lorinda se encontraron en el suelo —suelta él—, al otro lado de la ventana abierta de la sala donde tuvo lugar el velatorio. Parece que así es como la sacaron del recinto.

Mi expresión hace que el señor Anderson palidezca.

—A ver si lo he entendido bien. ¿Me está diciendo que alguien retiró el cadáver de mi abuela del ataúd, lo desnudó y luego lo sacó por una ventana?

Cambia el peso de un pie a otro.

—Bueno…, sí.

Lo miro con la boca abierta, en estado de shock.

—Llegados a este punto es de esperar que tenga al día las primas del seguro de responsabilidad civil, Anderson —dice Ronan—. Veamos la ropa.

El señor Anderson da media vuelta con un pequeño grito de angustia, y pone rumbo al pasillo. Ronan y yo lo seguimos, observándolo cuando se detiene ante la puerta cerrada de la sala de velatorio. Busca a tientas entre las llaves que saca de su bolsillo y abre la puerta.

Lo empujo y cruzo directamente hacia las ventanas del lado opuesto de la habitación. Las cortinas han sido corridas y las ventanas están abiertas de par en par.

Con cuidado de no tocar el alféizar, me asomo por la ventana y miro hacia abajo. Efectivamente, hay un montón de ropa en el suelo, justo debajo. Veo también un par de zapatos negros de tacón bajo a un lado, asomando por debajo de las hojas verdes y puntiagudas de un arbusto de acebo.

Ronan se acerca por detrás y se inclina por encima de mi hombro para echar un vistazo. Tras examinar la escena, suelta un gruñido.

—Qué raro. No hay huellas en la tierra. Y todo está perfectamente doblado.

—Además, sus zapatos están colocados como si estuvieran en un armario.

Los tacones juntos, las puntas hacia delante.

No como si los hubieran tirado o arrojado.

¿Por qué alguien desnudaría un cuerpo, lo sacaría por la ventana y luego se tomaría la molestia de asegurarse de que la pila de ropa que dejaba en el suelo estuviera tan cuidadosamente ordenada?

—¿Quizá iban a traer el cuerpo de vuelta?

Nos giramos y miramos al señor Anderson, que parece arrepentirse de haber hablado.

Cruzo los brazos sobre el pecho y lo miro con ira.

—Tengo entendido que revisó las imágenes de las cámaras de seguridad.

Su mirada va de Ronan a mí y viceversa.

—Er…

Lo tomo como un sí.

—¿Y? ¿Qué mostraban?

—Nada fuera de lo normal.

—¿Un cuerpo desaparece en el aire y no hay nada extraño? ¿Cómo explica la ropa que hay fuera de la ventana? ¿Apareció de repente en el vídeo de seguridad un salto de un fotograma a otro?

Tose cubriéndose la boca con la mano, luego mira al techo y hace una mueca.

—La cámara que cubre el lado sur del edificio parece haber fallado. Por alguna razón, no grabó nada a partir de las seis en punto.

—Qué conveniente. Déjeme preguntarle algo. ¿Acaso encubren aquí una granja de cadáveres ilegal? ¿Ha vendido a mi abuela por partes?

Hay que reconocerle el mérito. El señor Anderson es un actor increíble o está sinceramente traumatizado por la sugerencia, porque se pone verde y tiene arcadas.

—¡Por Dios, no! ¡Oh, por Dios, nunca nos involucraríamos en algo así! Nos enorgullecemos mucho de nuestra buena reputación, señorita Blackthorn, y gestionamos nuestro negocio con la máxima ética. Somos muy cuidadosos, muy cuidadosos, especialmente con clientes de tal…

Al darse cuenta de que se está adentrando en terreno peligroso, se calla y parpadea con pánico.

—…posición en la comunidad.

Como una flor que despliega sus pétalos, el calor florece sobre mi piel. Inhalo lentamente para calmarme.

—Oh, ya le daré yo prestigio. Le daré tanto prestigio que le hará sangrar los ojos —murmuro luego.

Una mano fuerte me agarra del bíceps.

—Tiene hasta el cierre de hoy para averiguar qué le pasó a Lorinda —interviene Ronan—. Si no tengo noticias suyas antes de las cinco, llamaré a la Junta Estatal de Dirección Funeraria y haré que cierren su local definitivamente. Maven, vamos a ver el ataúd.

Ronan me arrastra agarrándome del brazo, riéndose mientras yo sigo murmurando maldiciones por el camino.

—Tranquila, tranquila. Había olvidado lo afiladas que son tus garras.

—No, no lo has olvidado.

Vuelve a reírse.

—Tienes razón. No lo he olvidado. Todavía tengo las cicatrices en la espalda.

Lo miro, pero no puedo deducir de su expresión si ese comentario tenía doble sentido sexual. Entonces me lanza una mirada ardiente de reojo, acompañada de su característica sonrisa burlona, y obtengo mi respuesta.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido. Deja de sonreír como un payaso.

—Esta es mi cara. No puedo evitar que sea así.

—Claro que puedes. Coge una piedra y golpéate en la nariz con ella. O yo misma estaré encantada de hacerlo por ti.

—Me encanta cuando me amenazas con violencia. ¿Te lo he dicho alguna vez?

—Dios, cómo me arrepiento de haber vuelto a casa.

—Yo no. Es lo más divertido que he hecho en años.

Me suelto de su agarre y me adelanto hacia el ataúd. No sé qué esperaba ver cuando me inclino y miro dentro, pero allí no hay nada.

No está la abuela.

No están las monedas de plata.

Ni el cuchillo con el mango de perlas.

Quienquiera que haya robado el cuerpo de mi abuela no quería su ropa, pero ¿y si le interesaban los objetos funerarios que se suponía que debían ser enterrados con ella?

—Aquí está pasando algo muy extraño —digo cuando Ronan se acerca a mí.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

—Vuelve a usar ese tono sarcástico conmigo y me aseguraré de que no puedas tener hijos.

—Más hijos, querrás decir.

Cierro los ojos y exhalo con fuerza por la nariz. Siento como si fuera de fuego.

—No es descabellado que un padre quiera ver a su hija. Además de ser mi derecho legal, claro está.

—¿Me estás tomando el pelo? El cadáver desnudo de mi abuela ha sido retirado de la funeraria por la ventana y, de repente, te interesa discutir los derechos de visita de una hija que nunca has querido.

—La quería. Solo que entonces no lo sabía.

—No voy a dignificar esa tontería con una respuesta.

—Te busqué, ¿sabes? Durante años, contraté a los mejores detectives privados para que te buscaran. Pero era como si hubieras desaparecido. Fuera de Solstice, Maven Blackthorn no existe.

—Si esperas que te felicite por intentar acosarme, la llevas clara.

—Te has cambiado el nombre, ¿verdad? Te has creado una identidad completamente nueva para que no pudieran encontrarte.

—Estoy en medio de una emergencia familiar, por si no te has dado cuenta. No tengo tiempo para la Inquisición.

—Mírame.

—Prefiero comer cristales.

Me agarra por los hombros y me obliga a mirarlo. El hermoso monstruo que ha acechado mis pesadillas durante años se cierne sobre mí con los ojos ardientes por la intensidad.

—Quiero conocer a mi hija. Tu actitud evasiva no va a cambiar eso. Depende de ti si lo hacemos por las buenas o por las malas.

—¿Me estás amenazando con acciones legales? —digo en tono burlón.

—No quiero tener que hacerlo, pero lo mío es mío. Hagámoslo por las buenas.

No puedo evitar soltar una pequeña risa.

—Dios. Tu arrogancia es asombrosa. Eres realmente increíble.

—¿Eso es un sí?

—No, porque tu hijo no existe. Aborté poco después de irme. El padre de Bea es un cirujano ocular que vive en Los Ángeles. El doctor Brett Lattman.

Ronan me mira con los labios apretados, los ojos entrecerrados y una expresión de duda llena de furia.

—Por esa expresión consternada, veo que no me crees, pero lo único que tienes que hacer es verla. Tiene nueve años, Ronan. Las cuentas no cuadran.

Cuando me canso de que me mire en silencio con desconfianza, saco mi teléfono móvil del bolsillo de mi abrigo e introduzco mi contraseña para desbloquearlo. Busco una foto reciente de Bea y le enseño la pantalla.

—Esta es Bea. Fíjate en que la fecha de la foto es de hace unas semanas.

Fíjate también en que no se parece en nada a ti, especialmente no tiene esos inquietantes ojos descoloridos que se asoman bajo las frentes tipo neandertal de todos los miembros de tu familia.

Por último, fíjate en lo pequeña que es. ¿Satisfecho?

Él se queda mirando la foto tanto tiempo que me empieza a doler el brazo.

—Solo los hombres de mi familia tienen estos ojos —dice luego—. Y podría ser pequeña para su edad. Esta foto no prueba nada.

Dejo caer el brazo a un lado y suspiro.

—¿Por qué iba a mentir?

Su respuesta es inmediata.

—Porque no confías en mí. Porque no te gusto. Porque tal vez te hice daño de una manera que no se puede olvidar.

Baja la voz y su mirada se vuelve aún más intensa.

—Pero sobre todo porque te avergüenza haberte acostado con el enemigo jurado de tu familia y no quieres que nadie se entere.

Si sigue diciendo las palabras «haberte acostado» con ese tono ronco, tendré que cambiarme las bragas.

—Tienes razón en casi todo, pero no me avergüenzo porque se suponía que eras mi enemigo.

Nunca me importó una estúpida rencilla ancestral.

Me avergüenzo porque me trataste como basura y yo seguí volviendo a por más.

Pero ya no somos adolescentes y todo eso es agua pasada.

Gracias por este nauseabundo viaje al pasado. Adiós, Ronan.

«Y buen viaje».

Me doy la vuelta para marcharme, pero una vez más, él me detiene. Me agarra por el brazo, y me atrae hacia su pecho.

—Esto no ha terminado, Maven —gruñe—. No puedes marcharte sin más.

—Ya lo verás.

Me libero de su posesivo agarre moviendo el brazo y me acerco a la puerta, ignorando el musgo humeante en la maceta de la palmera de la sala de espera, donde él ha tirado el cigarrillo.

Con suerte, se convertirá en un infierno ardiente y todo el pueblo quedará reducido a cenizas.

De vuelta en el Cadillac, le digo a Q que me lleve a la comisaría para denunciar la desaparición de la abuela. En lugar de eso, enciende la radio y conduce directamente de vuelta a casa.

Al pasar por la oxidada verja de hierro de Blackthorn Manor, me quedo mirando el tocón muerto del arce que talé hace tanto tiempo en un arranque de ira.

A un lado de la madera gris y apagada ha brotado una rama alta y frondosa.

Pero la rama no es verde. Tampoco lo son sus hojas.

Son del mismo rojo vivo de la sangre recién derramada.