8 Maven
Nos quedamos en silencio, atónitos. Esme es la primera en recuperarse.
—¿Qué quieres decir con que lo han perdido?
—Justo lo que he dicho. No lo encuentran. Ha desaparecido.
—Bueno, no puede haberse levantado para marcharse. ¿Cómo diablos puede desaparecer un cadáver?
Por desgracia, Bea ofrece una teoría.
—En la morgue podría estar operando una granja de cadáveres ilegal.
Todos nos volvemos para mirarla. Tiene la decencia de parecer avergonzada, pero no el buen sentido de dejar de hablar.
—Vi un programa en la televisión sobre una funeraria que vendía los cuerpos de las personas en lugar de incinerarlos. Supongo que hay una especie de mercado negro de partes del cuerpo, para investigación y cosas así. Y órganos.
Davina la mira horrorizada.
Mi hija y sus documentales sobre crímenes reales. Realmente tengo que empezar a controlar el tiempo que pasa frente a la pantalla.
—Seguro que solo es un malentendido.
—¿Un malentendido? —repite Esme consternada—. ¡Es mucho peor que eso!
—Quiero decir que no pueden haberla perdido literalmente. Debe de haber cámaras de seguridad por todo el edificio. Solo tienen que mirar las grabaciones. Alguien habrá trasladado su ataúd a la sala equivocada. Estoy segura de que esto se resolverá enseguida.
Davina niega con la cabeza.
—Yo no estaría tan segura. Ese idiota de Anderson no solo me ha dicho que él y su personal han registrado minuciosamente todo el edificio, incluidas las cámaras frigoríficas y el garaje, sino que también han revisado las imágenes de las cámaras de seguridad.
No ha entrado nadie en el edificio después de que lo cerraran anoche.
Y nadie se ha escapado con un ataúd a cuestas.
De hecho, su ataúd está justo donde lo dejaron.
No ha sido manipulado ni dañado. No hay señales de que hubiera pasado algo. Mamá simplemente ha desaparecido.
—Los muertos no deciden de repente sentarse y salir a dar un paseo por el parque —digo, reprimiendo mi irritación—. Tampoco se evaporan. Alguien sabe lo que le pasó a la abuela. Voy a ir allí para obtener respuestas. Bea, quédate aquí con tus tías. Y no formules más teorías, por favor. Q, vámonos.
Estoy a punto de darme la vuelta y salir, pero el teléfono vuelve a sonar. Antes de que Davina pueda cogerlo, arrebato el auricular de la pared, rezando para que sea el señor Anderson dando respuesta al morboso misterio de a qué lugar ha ido a parar el cadáver de mi abuela.
—¿Hola?
—Hola, Maven. Esperaba que fueras tú quien contestara. Qué suerte… —Es Ronan. El suelo se hunde bajo mis pies—. Sé que probablemente no puedas hablar ahora mismo, con todos esos tiburones nadando a tu alrededor. Pero he pensado en ofrecerte mi ayuda.
Le doy la espalda a la cocina llena de miradas inquisitivas.
—Lo siento, se ha equivocado de número —replico con calma.
Su risa es cálida y complacida.
—Oh, vamos. Sabes que soy la única persona del pueblo que puede ayudarte a encontrar a Lorinda —asegura—.
¿Te sorprende que me haya enterado? —dice a continuación al ver que no respondo—.
Deberías haberlo imaginado ya. Y antes de que me acuses de algo nefasto, la respuesta es no.
No tengo nada que ver con ello. Aunque tengo que admitir que la oportunidad de ayudarte con un dilema tan interesante es jodidamente deliciosa.
Siento un calor punzante en las mejillas. Aprieto los dientes, cuento hasta cinco y maldigo en silencio el día en que nació Ronan Croft.
—Como le he dicho ya, señora, se ha equivocado de número. Aquí no hay nadie con ese nombre.
Dejo el auricular en su sitio y salgo de la habitación sin mirar a nadie a los ojos. Q me sigue a cierta distancia, seguramente para evitar el vapor caliente que me sale por las orejas.
No debería permitir que me sacara de quicio, pero Ronan Croft sabe cómo tocarme la fibra sensible y siempre lo ha hecho. No me sorprendería que él hubiera orquestado todo este absurdo desastre, independientemente de lo que haya dicho.
Cuando llegamos a la Funeraria Anderson, hay un elegante coche deportivo negro aparcado delante. Parece caro, meticuloso y totalmente fuera de lugar en el pueblo.
Y sé a quién pertenece.
Sentado a mi lado en el asiento del conductor, Q se gira para mirarme.
—Quédate aquí —le digo—. Si no vuelvo en quince minutos, ve directamente a la comisaría y denuncia la desaparición de la abuela. —Me mira en silencio, con expresión dubitativa.
—Sí, ya sé que los Blackthorn no involucramos a otras personas en nuestros asuntos, pero nunca habíamos tenido que vérnoslas con la desaparición de un cadáver. Me ocuparé de mis tías cuando lleguemos a casa.
Salgo del coche y cuando entro en el salón delantero de la Funeraria Anderson, la única persona a la que esperaba no volver a ver nunca más está recostada en una silla junto a la palmera anémica que intenta sobrevivir en una maceta, fumando un cigarrillo, con su aspecto hermoso y aburrido.
Hasta que su mirada salvaje se posa sobre mí, y entonces sonríe como un tigre a la hora de comer.
—Hola, Maven. Dios, ese tinte es horrible. Pero los zapatos son interesantes. Muy prácticos. Estupendos para caminar largas distancias. ¿Eran de tu abuela?
Sus ojos helados brillan con diversión. Vestido con un jersey negro de cachemira, pantalones negros y mocasines de cuero negro que probablemente estén hechos con la piel de un animal en peligro de extinción, parece tan deslumbrante como elegante.
También rezuma ese tipo de autosatisfacción absoluta que solo disfrutan los narcisistas o los muy ricos.
En su caso, se trata de ambas cosas.
—Voy a ser clara. No quiero tu ayuda con esto ni con nada. Mi familia no es asunto tuyo. Piérdete.
—¿Que no es asunto mío? Eso es exagerado, teniendo en cuenta lo amigos que éramos tú y yo. —Su tono divertido se vuelve ronco—. ¿Recuerdas cuántas veces estuvimos juntos? Porque yo sí lo recuerdo.
Su sonrisa burlona es tan irritante que tengo que hacer acopio de todo mi autocontrol para no quitarme el zapato y lanzárselo.
—No recuerdo nada, salvo que eres el peor error que he cometido. Será un milagro que no te meta una bala entre las cejas mientras estoy aquí.
—Ocho.
Lo miro, decepcionada conmigo misma porque mis ojos no son rayos láser capaces de cortarlo en pedazos más pequeños y menos malvados.
—Es el número de veces que follamos. Ocho.
—Estás alucinando. Como mucho, fueron la mitad.
Con su mirada ardiente clavada en la mía, niega despacio con la cabeza.
—La vez en el invernadero, encima de las bolsas de tierra.
Dos veces en mi dormitorio. Una vez en tu cama.
Tres veces en el asiento trasero de mi coche.
Y, por supuesto, la primera vez, cuando lo hicimos de pie en el callejón detrás del cine, después de que me tiraras el refresco a la cara y me llamaras mocoso malcriado y sin alma, con la inteligencia de una babosa.
Oírle contarlo con tanto detalle abre las compuertas de mi memoria.
Las imágenes se precipitan sobre mí, rápidas y furiosas, haciendo que se me suba la sangre a la cara.
Recuerdo lo voraces que éramos el uno con el otro, todo manos ávidas y respiraciones entrecortadas, besos que dejaban moratones y un tipo de necesidad más oscura, rayana en la desesperación.
Aquella primera vez en el callejón —con su polla dura dilatándome y sus dedos clavándose en mi trasero, su cabeza inclinada hacia mi cuello y sus dientes desnudos presionando mi piel mientras me follaba contra la pared—, me convertí en una supernova.
Convulsioné impotente a su alrededor, me entregué a un tipo de placer que ahora sé que es extremadamente raro.
Sí, la mayoría de los hombres pueden hacer que una mujer alcance el orgasmo si se lo proponen. Pero casi nunca pueden hacer que la mujer sienta como si hubiera visto el verdadero rostro de Dios.
Ronan lo conseguía cada vez que estábamos juntos.
Pero preferiría que me rompieran la nariz con un ladrillo antes que admitir que él tuvo algún efecto en mí.
—La verdad es que no lo recuerdo —digo como si nada—. Ahora vete a jugar con el dinero de tu papá, cymothoa exigua.
—Oooh, estás sacando a relucir el latín. Espera, no me lo digas. Déjame adivinar —Piensa por un momento—. ¿Cucaracha?
—No insultes mi inteligencia.
—Vale, me rindo. ¿Qué es una cymothoa exigua?
—Un pequeño isópodo parásito que se adhiere a la lengua de un pez y le chupa la sangre hasta que la lengua muere y se desprende. Entonces, ese asqueroso bicho vive en el muñón de la lengua muerta dentro de la boca del pez hasta que este muere de hambre y el parásito tiene que buscar otro huésped.
Ronan empieza a reírse. Al principio suavemente, pero luego echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y se ríe a carcajadas.
—No te enfades, Bugs —me llama, cuando me alejo sin decir nada más—. Nos estábamos llevando tan bien…
Ignorándolo, me inclino sobre el mostrador de recepción vacío y miro arriba y abajo por los pasillos a ambos lados de la sala principal.
—¿Señor Anderson? ¿Hola?
No obtengo respuesta, pero tampoco la esperaba. Es muy probable que todo el personal siga buscando frenéticamente el cuerpo de mi abuela por los jardines.
Decido empezar por la sala donde se celebró el velatorio de la abuela, salgo de la recepción en busca del salón rojo y negro.
La puerta está cerrada con llave. Así que reviso las demás estancias del pasillo, todas ellas salas de velatorio de distintos tamaños, pero en ninguna hay un cadáver desaparecido.
Pruebo en el otro pasillo, pasando por alto a Ronan, que sigue descansando en la sala de recepción, pero tampoco tengo suerte en esa zona. La capilla y la sala de ventas donde se exhiben las urnas y los ataúdes están vacías, al igual que la sala de empleados.
Cuando regreso derrotada a la zona de recepción, Ronan lanza con indiferencia su cigarrillo encendido al musgo seco de la maceta de la palmera y se levanta.
—Podrías provocar un incendio —digo, exasperada por su descuido.
—He cruzado los dedos. ¿No has tenido suerte localizando a la matriarca?
—Esto no tiene gracia.
—Nadie se está riendo.
—Solo tú, por dentro.
—No me atrevería. Eres demasiado peligrosa como para reírme de ti.
—Si tuvieras dos dedos de frente, te darías cuenta de lo acertada que es esa afirmación. ¿Por qué no me dejas en paz?
—Hay algo que me intriga.
—Qué novedad en ti. Te sugiero que le pidas a uno de tus secuaces que busque la respuesta en Internet.
—No seas cruel.
—Créeme, si estuviera siendo cruel, ya te faltarían algunos dedos.
—Está bien. Hazme el favor de responder a una pregunta. Si lo haces con sinceridad, prometo no molestarte más.
Entrecierro los ojos y examino su expresión. Parece sincero, así que cedo a regañadientes.
—¿Qué quieres?
Su pausa es lo suficientemente larga como para resultar incómoda.
—¿Sabe nuestra hija quién es su verdadero padre? —dice luego en voz baja con una mirada intensa.