7 Maven
Abro los ojos por la mañana con una opresiva sensación de temor, que se cierne sobre mí como una tormenta que se avecina.
Por un momento, me siento desorientada. Noto la mente confusa y aturdida por el sueño. Entonces, el recuerdo de mi visitante de medianoche aparece como un muñeco saliendo de una caja sorpresa, lo que activa de golpe mi conciencia.
Me incorporo de un salto con el corazón latiéndome con fuerza y miro frenéticamente a mi alrededor.
No lo veo por ninguna parte, pero eso no significa gran cosa. Al igual que Drácula, Ronan Croft tiene la extraña habilidad para aparecer donde le place, como si se materializara de la nada.
Suspirando, me froto la cara con las manos. Cuando las aparto, están cubiertas de sangre.
Me sangra la nariz.
Me aprieto las fosas nasales, me levanto y me voy al baño para intentar detener la hemorragia.
Utilizo medio rollo de papel higiénico antes de que se detenga.
Luego me limpio, me visto y bajo a la cocina, donde encuentro a Davina y a Bea presionando cortadores de galletas sobre una lámina plana de masa.
Verlas a las dos con delantales a juego, con las manos y la mesa cubiertas de harina, me produce una punzada de dolor tan fuerte que me detengo en la puerta y me llevo la mano al pecho.
Mi madre y yo solíamos cocinar juntas. Ella me enseñó a hacer pan, a asar pollo, la diferencia entre estofar y guisar, y cuándo emplear cada técnica.
Como todas las mujeres Blackthorn, le encantaba la cocina y le complacía comer.
No he vuelto a preparar nada desde que murió.
—¿Qué estáis haciendo?
Bea levanta la vista de la masa y sonríe.
—Hacemos galletas de masa madre. ¿Y sabes qué? ¡He hecho amistad con una familia de ardillas!
—Si la siguiente pregunta es si puedes llevártelas a casa, la respuesta es no.
Bea niega con la cabeza.
—No quiero tenerlas como mascotas. Los animales salvajes no deben vivir en una casa.
—Tienes toda la razón.
—Pero podríamos tener un gato. Son animales domésticos.
—Solo dices eso porque nunca has tenido uno. Son monos, y son amigables cuando quieren algo, pero de ninguna manera están domesticados.
—Como nosotras —murmura Davina, sonriendo.
—No, son muy dulces —insiste Bea—. El blanco es mi favorito.
—¿Blanco? ¿De qué estás hablando?
—El bonito gatito blanco con los ojos azules que siempre anda por ahí.
Cuando frunzo el ceño, confundida, Davina suspira.
—No puedes haberte olvidado de Luna. Era la mejor amiga de tu madre, por el amor de Dios.
—¿Luna? ¿Sigue viva?
—Por supuesto.
—Eso es imposible. Ahora tendría veintitantos años.
—Veinticinco, de hecho.
Me imagino a una criatura sarnosa y podrida, sin dientes y con mal olor, y hago una mueca.
En ese momento, como si la hubiera invocado, Luna entra en la cocina. Su pelaje, de un blanco inmaculado, está impecable. Sus ojos azul cielo siguen brillando. Se frota contra mi pierna y me mira. Su expresión es serena y algo presumida, como si le complaciera mi asombro.
Me agacho y le acaricio el lomo sedoso. No puede ser el mismo gato que tenía mi madre. Tiene que ser uno de los descendientes del original. Luna, segunda. Quizá incluso, tercera.
Esme, con aspecto distraído, entra arrastrando los pies en la cocina y me da una palmada en el brazo al pasar.
—Me duele la cabeza. —Se deja caer pesadamente en una silla y se frota las sienes. Todavía lleva el camisón y tiene el pelo revuelto.
—¿No has dormido bien? —pregunta Davina.
—Otra pesadilla. Las malditas serpientes otra vez. Esta vez había más y se metieron dentro de la casa. Todas las superficies estaban cubiertas de serpientes negras.
—Qué horror. Te prepararé una buena taza de té. —Davina se seca las manos en el delantal, saca la tetera de los fogones y la llena con agua del grifo.
—Parece que hoy va a llover —digo mientras miro la oscuridad que se acumula al otro lado de la ventana.
—La lluvia en un funeral da buena suerte —comenta Esme.
—Creía que esa superstición era para las bodas.
—La lluvia siempre da buena suerte. ¿Alguien más oyó aullar a los lobos anoche?
—Hace años que no hay lobos en estos bosques —digo para que Bea lo oiga—. Era un perro. ¿A qué hora tenemos que salir para el funeral?
—A la una y media. Abrígate bien y lleva un paraguas. El barómetro está bajando con rapidez.
El sonido de unos golpecitos en la ventana de la cocina me hace levantar la vista. Afuera, Q está mirando el interior. Levanta la mano para enseñar una mariposa grande y hermosa, con alas iridiscentes de un brillante color azul bordeadas en negro, posada en su dedo.
Me quedo boquiabierta por la sorpresa. La Morpho menelaus es originaria de las selvas tropicales de América Central y del Sur. ¿Qué hace tan al norte?
Q desaparece de la ventana. Un momento después, abre la puerta trasera de la cocina, entra y la cierra tras de sí. Su expresión es impasible, pero sus ojos oscuros muestran una sonrisa.
—¿Qué tienes ahí? —dice Davina—. Ah, un regalo para May, ya veo. Qué bonito.
Se acerca a mí y me tiende la mano. La mariposa cierra perezosamente las alas, mostrando el reverso marrón con ocelos similares a ojos en los bordes.
Solo había visto este insecto en libros de texto o en exposiciones de museos. Me sorprende su belleza.
Levanto la mano hacia la de Q y le ofrezco mi dedo a la mariposa. Abre y cierra las alas varias veces, indecisa, y luego pasa del dedo de Q al mío.
El animal me mira fijamente moviendo sus finas antenas negras. Hay algo en la mirada de esta criatura que me parece inusualmente inteligente.
—¿Y entonces? —pregunta Davina—. Cuéntanos la historia de esta cosita.
—Es un él. Solo los morfos azules machos exhiben este colorido deslumbrante. Las hembras son mucho más pequeñas y tienen apagados tonos marrones y amarillos. ¿Cómo se llama eso, Bea?
—Dimorfismo sexual —responde ella al instante.
—Correcto. Te he enseñado bien.
—Es grande.
—Sí. Tiene una envergadura de al menos doce centímetros.
Sus alas son autolimpiables y sus patas tienen receptores gustativos.
Su ciclo de vida completo es de ciento quince días.
Una vez que salen de la crisálida, solo viven unas dos semanas antes de morir.
Algunas culturas creen que la mariposa representa el viaje del alma hacia la vida eterna.
Contemplo al hermoso insecto durante un momento.
—Antes se creía que era el espíritu de una bruja transformado —murmuro distraídamente.
—A veces sueño que soy un gran perro negro.
Davina, Esme y yo miramos a Bea en silencio mientras ella corta más círculos en la masa.
—¿Quieres decir que ves un perro negro en los sueños? —pregunta Davina un momento después.
Bea niega con la cabeza.
—No. Yo soy un perro. Uno muy grande. Ladro a la luna y todo eso.
Las tías giran la cabeza y me miran fijamente.
Sé lo que están pensando. Los perros negros se consideran presagios de desastre en muchas culturas, o incluso de muerte. Soñar con uno es un mal augurio. Y en esta familia, los augurios se toman más en serio que un diagnóstico de cáncer.
—No te emociones demasiado. Yo tengo un sueño recurrente en el que gano la lotería y vivo en una playa de Fiyi.
Esme vuelve a mirar preocupada a Bea.
—No es lo mismo, cariño. Para nada.
—Los sueños son solo la forma en que nuestro cerebro procesa la información. No significan nada.
—Todo tiene un significado. El universo no se basa en coincidencias.
La mariposa se posa en mi dedo con un aleteo de sus brillantes alas azules y vuela en una trayectoria irregular y aleatoria hacia la puerta trasera. Q se acerca y la abre, y la mariposa sale con un destello azul.
Suena el teléfono fijo. Davina se acerca a la pared y descuelga el auricular.
—Blackthorn. —Hace una pausa—. Sí. —Escucha durante lo que parece un buen rato y luego se lleva una mano a la cadera—. Más vale que esto no sea una broma de mal gusto. —Otra pausa—. Oh, estoy segura de que lo está. —Otra más, aún más larga, y luego levanta la voz—. ¡Deje de quejarte y arréglelo!
Cuelga el auricular de golpe y se vuelve hacia nosotros. Tiene las mejillas sonrojadas, los labios apretados y los ojos brillantes por la furia.
Esme se inclina hacia delante en su silla.
—¿Quién era?
—El señor Anderson.
Esme frunce el ceño.
—¿El de la funeraria?
—El mismo.
—¿Qué ha dicho?
Davina niega con la cabeza, incrédula.
—No vais a creerlo. Han perdido el cuerpo de mamá.