6 Ronan
Ha vuelto.
Maven Blackthorn ha regresado a Solstice, y ese hecho es como recibir una bofetada repentina en la cara.
Doce años sin saber nada de ella. Ni una sola palabra.
«Doce putos años».
Una eternidad.
Sin embargo, ahora, al volver a verla, parece que ese tiempo ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Sigue siendo tan seductora como siempre. Esa voz suave y ronca. Esos ojos verdes luminosos. La feroz individualidad y el desafío sin complejos que siempre han marcado su carácter.
Era una niña cuando se marchó. Ahora es toda una mujer. Elegante, sofisticada, segura de sí misma. Curvas peligrosas y garras afiladas, una hechicera que conoce el poder que ejerce y sabe exactamente cómo utilizarlo.
Ha pronunciado mi nombre con su voz llena de miel y veneno, y ha despertado mis instintos más oscuros.
De pie, frente a la chimenea del salón de mi casa, con la única luz y el calor procedentes de los leños que crepitan tras la rejilla, saco otro cigarrillo del paquete, me lo pongo entre los labios y lo enciendo. Inhalo profundamente, llenando mis pulmones de humo, y cierro los ojos.
Su rostro está grabado en mi mente. El dulce aroma de su perfume aún perdura en mi nariz. El recuerdo de su voz, la forma en que me miraba, hace que la sangre me corra por las venas.
Hay una parte de mí, retorcida y egoísta, que quiere castigarla. Entrar a la fuerza en su casa, en su cama, en su cuerpo. Hacer que se someta y suplique perdón por haberse ido como lo hizo.
Pero mantengo bajo control esa parte oscura de mí y, en su lugar, me desabrocho el cinturón.
Se desliza por las trabillas y mis dedos antes de caer con un ruido metálico sobre el suelo de madera. Me quito el abrigo y lo dejo caer también, luego bajo la cremallera de mis pantalones.
Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos aún cerrados, doy una calada al cigarrillo y me agarro la polla con la mano. Empiezo a masturbarme, pensando en Maven.
Esa voz. Esos ojos. Esa boca.
Estoy muy excitado por su culpa. Rígido y ansioso por liberarme, mi mente se llena con los recuerdos del olor de su piel, la sensación de sus pechos en mis manos, sus suaves y ahogados gemidos de placer. Todo vuelve a mí de golpe, con tanta intensidad que me hace sudar.
Apoyando mi mano libre contra la repisa de la chimenea, me masturbo con fuerza hasta que empiezo a gemir. Noto la tensión en los testículos. Me palpita la polla. El cigarrillo encendido se me cae de los labios.
Alcanzo el clímax con un gemido gutural que resuena en las paredes del salón, mezclándose con el silbido del vapor cuando mi semen salpica mi mano y cae sobre los leños ardientes de la chimenea, con la boca deformada por su nombre.
«Maven».
«Tú y yo no hemos terminado».
«Ni mucho menos».