5 Maven
Esa noche la vuelvo a pasar en vela. La casa está tan silenciosa que resulta inquietante, parece como si estuviera observando, esperando, aguardando el momento oportuno.
Cada vez que muevo la cabeza, las sombras se escabullen por los bordes de mi campo de visión.
Dos veces me parece oír un sollozo ahogado, pero cuando agudizo el oído, el sonido se desvanece en el silencio.
Finalmente, alrededor de la medianoche, abandono mi habitación.
Bajo las escaleras después de ver cómo está Bea.
La casa está en silencio y a oscuras, excepto por las brasas que arden en la chimenea del salón.
Noto el suelo de madera frío bajo mis pies descalzos, desgastado por los pasos de generaciones.
En la cocina, me sirvo agua del grifo en un vaso y me quedo mirando la noche mientras lo bebo.
Luego vuelvo al salón para echar un vistazo a las estanterías de libros.
Enciendo una lámpara de pie y saco un delgado volumen sobre remedios caseros a base de hierbas, y me quedo allí hojeando las páginas hasta que un ruido me distrae. Es un golpe seco que proviene directamente de encima de mi cabeza.
Miro al techo frunciendo el ceño.
Cierro el libro que tengo entre las manos, inclino la cabeza y escucho atentamente el silencio. No oigo nada más. Pero la repentina y urgente necesidad de ver cómo está Bea me hace tirar el libro sobre la mesa de centro y volver rápidamente arriba.
La encuentro exactamente como la dejé, profundamente dormida.
Aliviada, le toco la mejilla con los nudillos para ver si tiene fiebre, pero su temperatura es normal. Así que la arropó con la manta, la beso en la frente y salgo de puntillas. En el pasillo, me doy la vuelta para volver a mi habitación, pero me giro cuando un destello de luz ilumina la oscuridad.
Desaparece tan rápido como ha llegado, pero proviene de debajo de la puerta del dormitorio de la abuela.
Siento un cosquilleo en el cuero cabelludo, y mi pulso se acelera.
«¿Hay alguien en la habitación de la abuela?».
No sé por qué esa idea me inquieta tanto. Pero es precisamente eso lo que me hace enderezar los hombros y avanzar con determinación por el pasillo.
Entro y acciono el interruptor que hay en la pared, junto a la puerta. La habitación se llena de luz.
Está vacía, pero hay una presencia palpable que emana de los muebles, las paredes y el aire mismo.
Lorinda Blackthorn dejó su impronta en este espacio. De la misma manera que dejó su huella en todo lo que tocó. Era una persona extraordinaria, y lamento no haber podido verla antes de que muriera para despedirme como es debido.
Mi corazón late con un dolor sordo.
Tampoco pude decirle adiós a mi madre antes de que falleciera.
Avanzo hasta el centro de la habitación y echo un vistazo.
Todo parece estar en su sitio. La cama está hecha, las cortinas corridas, la habitación ordenada.
Quill me observa receloso con sus ojos amarillos y sin vida posado en la repisa de madera sin pulir de la chimenea de piedra apagada.
—Dame un respiro, pájaro. Ha sido un día muy largo.
Me acerco a la cómoda de madera, tratando de sacudirme la fuerte sensación de que me siguen los ojos del búho muerto.
Cojo un marco de fotos de plata ornamentado, cuyo acabado se ha desdibujado con el paso del tiempo.
En él hay una gran foto en blanco y negro, tomada delante del invernadero donde aparecen siete mujeres de diferentes edades.
La abuela Lorinda y sus dos hermanas, Tisi y Perse, flanquean a una mujer con el pelo gris recogido en trenzas apretadas.
Las mujeres más jóvenes llevan sencillos vestidos de lana de manga larga con delantales blancos atados a la cintura.
La bisabuela Cleda luce un severo vestido negro de cuello alto y una expresión tan fría como una lápida.
Murió mucho antes de que yo naciera, pero aun es legendaria su reputación de ser una mujer que no aguantaba tonterías y aterrorizaba a los habitantes del pueblo.
Aferradas a las faldas de Lorinda hay dos niñas pequeñas, Esme y Davina. En sus brazos lleva a Elspeth, la bebé.
Mi madre.
Recuerdo bien esta foto, sobre todo por la respuesta que recibí cuando pregunté dónde estaban los maridos de todas. La risa de mi madre fue alegre, brillante y llena de picardía.
—¿Maridos? Las mujeres Blackthorn son demasiado inteligentes para caer en esa vieja trampa.
En ese momento, yo ya sabía que mi propio padre no era más que un medio para alcanzar un fin, un hombre desechable al que mi madre utilizó cuando consideró que era el momento adecuado para tener un hijo.
Nunca me reveló su identidad. Todavía no sé si era un desconocido de paso o alguien a quien veía en la iglesia todas las semanas.
Así es como funcionan las Blackthorn desde tiempos inmemoriales: los hombres son solo herramientas y el amor es únicamente para los tontos.
Vuelvo a colocar la foto en su sitio, sobre la cómoda, y cruzo la habitación hasta el vestidor. Cuando abro la puerta y enciendo la luz, me encuentro con más silencio. La ropa de la abuela cuelga en filas ordenadas. Debajo hay una docena de pares de zapatos prácticos alineados.
No hay nadie escondido allí.
Me doy la vuelta para salir, pero me detengo cuando el dedo del pie me tropieza con algo caído en el suelo, junto a la puerta.
Es un grueso libro de tapa dura encuadernado en cuero negro, con cierres metálicos y un roble tallado en la cubierta.
Debe haber estado en la estantería de arriba, donde hay varios libros más.
¿El golpe que he oído sería de un libro precipitándose desde el estante?
Me agacho y lo recojo, sorprendida por su peso. Cuando levanto la tapa, descubro que es el diario de la abuela. Reconozco su típica letra inclinada y desdibujada.
Hojeo las páginas con una sonrisa, pasando por alto las entradas con fechas, los pequeños dibujos y las recetas de tés y tinturas. Entonces oigo el débil sonido de una risa fría y metálica que resuena por toda la casa. Es lejana, pero escalofriante. Carente de emoción.
Cuando levanto la cabeza para escuchar con más atención, se interrumpe de golpe. La habitación vuelve a quedar en silencio.
Inquieta, alargo la mano y deslizo el diario entre otros dos volúmenes de la estantería. Salgo del vestidor y frunzo el ceño al ver que la puerta del dormitorio no está abierta. No recuerdo haberla cerrado, pero debo de haberlo hecho.
Cuando agarro el pomo de la puerta, no gira.
Intento moverlo sacudiéndolo, pero la maldita puerta no se mueve.
Suelto un suspiro con las manos apoyadas en las caderas, y miro a mi alrededor en busca de algo que pueda usar para forzar la cerradura.
Al no ver nada que me pueda servir, me exasperó y le doy una patada a la parte inferior de la puerta.
Cede de repente; se desbloquea con un suave clic, y luego se abre más con un leve y renuente suspiro.
Ahora, todavía más inquieta, me quedo de pie mirando la manija durante un momento. Luego vuelvo a bajar las escaleras en busca de algo más fuerte que agua que pueda ayudarme a dormir.
En lo alto del rellano, miro por la ventana y me quedo paralizada.
Al otro lado de la verja de hierro, al final del camino de entrada, hay un hombre de pie mirando hacia la casa. Es alto y de hombros anchos, vestido completamente de negro, una figura solitaria que bien podría formar parte del paisaje por lo quieto que está.
Por fin, se mueve.
Detrás de sus manos ahuecadas, un pequeño destello de luz ilumina su rostro. La punta de su cigarrillo brilla en color naranja mientras inhala. Luego inclina la cabeza hacia atrás y expulsa tres perfectos anillos de humo al aire.
Se me revuelve el estómago. Mi pulso se acelera. Entonces, me inunda la emoción y tengo que apretar los dientes para contenerla de lo fuerte que es.
Me paso las palmas de las manos por la parte delantera del camisón para alisarlo antes de bajar con rapidez y en silencio las escaleras hasta la planta principal.
Cojo una manta de punto del respaldo del sofá, me la echo por los hombros, y empujo la puerta principal, que cierro lo más silenciosa que puedo.
Con el pulso retumbando en mis oídos, camino descalza por el sendero de tierra.
El hombre me espera en la verja fumando tranquilamente. Cuando me acerco, su atención no se desvía de mi rostro.
Sus ojos son del color del hielo pálido del Ártico.
Están rodeados por una espesa mata de pestañas oscuras.
Su cabello es denso, de color negro azabache, y le cae desde la frente en forma de V hasta casi los hombros.
Su mandíbula es fuerte, sus labios carnosos y su mirada ardiente promete tanto el infierno como la redención.
Es impactante, como un cuadro de Caravaggio, con los mismos contrastes dramáticos que crean la luz divina y las sombras aterciopeladas; cada músculo tenso sugiriere una acción violenta incluso cuando está en reposo.
Él fue quien me enseñó por primera vez que las cosas más bellas de la naturaleza son las que te matan más rápido.
Me detengo a diez pasos de la verja. No sé si tiemblo por el frío de la noche o por el calor de su mirada.
—Ronan Croft.
—Maven Blackthorn. ¿Hay alguna razón por la que estemos siendo tan formales?
—Sí. Prefiero fingir que nunca nos hemos conocido. ¿Qué haces aquí?
Él inclina la cabeza a un lado y me observa. Una leve sonrisa sarcástica se dibuja en sus labios carnosos.
—Te voy a dar tres oportunidades para adivinarlo.
Dios, esa voz… Miel y humo, terciopelo y pecado, áspera pero suave y seductora. Es sexo puro.
Debería haber traído la pistola.
—Tienes que marcharte.
—¿De verdad?
Da una calada al cigarrillo y me lanza una O de humo directamente a la cara. No me inmuto cuando el anillo se acerca lentamente, ampliándose tembloroso hasta que se desintegra a treinta centímetros de mi cara y desaparece.
—Es un hábito asqueroso.
—Tengo otros peores.
—Ya lo sé.
Se apoya con el hombro en la verja y sonríe. No sé si agarrar un puñado de tierra y tirárselo o borrarle esa sonrisa de su cara arrogante de un bofetón.
Probablemente cualquiera de las dos cosas le divertiría. En lugar de eso, opto por mostrarle mi frío desinterés.
—Vete, Ronan. Y no vuelvas.
Ignorando mis exigencias, me mira de arriba abajo con una mirada muy sexual.
—Tienes buen aspecto. Más intimidante que de costumbre. Debe de ser por el pelo. ¿Le has pedido a tu estilista que lo combine con el color de tu alma?
Lo recuerdo bien. Esa confianza inquebrantable. Ese humor juguetón y cáustico. Esa forma en que podía clavarme la mirada y hacerme sentir como si fuera la única persona en el mundo.
O invisible.
—En realidad, le pedí que lo hiciera del color de la tuya. Vete antes de que te dispare.
Levanta las cejas. No por miedo o sorpresa, parece que solo le estoy entreteniendo.
—¿Con un arma de fuego?
—No, con un arpón. —Mi tono rezuma sarcasmo. Ojalá fuera ácido.
—Ah. Necesitabas protección contra los tiburones locales, ¿eh?
Mira por encima de mi hombro hacia la casa y luego vuelve a clavar la vista en mí. Sus ojos pálidos me lanzan un desafío.
La emoción que su aparición me provocó inicialmente se convierte de repente en ira.
—Te odio.
Se ríe entre dientes.
—Lo has dicho en voz alta.
—Bien. No quiero que haya ninguna confusión.
Da una calada al cigarrillo y suelta el aire por la nariz, de modo que el humo sale en volutas grises, como las de un dragón. Cuando habla, su voz es suave e íntima, como una mano acariciando lánguidamente mi piel desnuda.
—No me odias, Bugs.
—Si quieres conservar tus rótulas en buen estado, no vuelvas a llamarme así nunca más.
—Yo tampoco te odio. Ni siquiera un poco. Ni siquiera una partícula.
—Deja de hablar y vete.
—¿Has pensado en mí durante los últimos doce años?
—Claro, muchas veces. Y todas estaban relacionadas con la violencia.
Él asiente con la cabeza, como si esa respuesta le pareciera totalmente lógica. Luego, sin decir nada, se asoma por la verja, me ofrece el cigarrillo y espera.
Su paciencia es otra cosa que recuerdo. Nunca tenía prisa, nunca parecía apresurarse. Pero claro, cuando eres un príncipe y todo gira a tu alrededor, tienes todo el tiempo del mundo.
Tras un momento de debate, me acerco y le quito con cuidado el cigarrillo de los dedos. A diferencia de su corazón, sus manos son cálidas. Doy una calada, exhalo el humo, luego tiro el cigarrillo y lo apago con la planta de mi pie descalzo.
Vuelve a reírse, con los ojos pálidos brillando de diversión.
—Sigues siendo una chica dura.
—Si mis tías te pillan husmeando por aquí, lo pagarás caro.
Inclina la cabeza a un lado mientras me mira con una expresión indescifrable.
—¿Les has hablado alguna vez de nosotros?
—No seas ridículo.
—Sigue dándote vergüenza, ¿eh?
—Más bien estoy llena de remordimientos. Adiós, Ronan.
—Adiós, Bugs.
No se mueve. Suelto el aire con fuerza y lo miro con ira, lo que le hace sonreír.
—Oh, esos ojos. Esos ojos encantadores e hipnotizadores. Cómo me han perseguido… Si supieras el poder que han tenido siempre sobre mí. Quizá entonces no serías tan cruel, pequeña bruja.
—No tienes derecho a hablarme de crueldad, hipócrita. Y no me llames bruja. Sabes que lo odio.
—Por supuesto que lo sé. Por eso lo he dicho.
Me tomo un momento para recordarme a mí misma que el asesinato es un delito grave antes de volver a hablar.
—Tu padre apareció en el velatorio de la abuela. Asegúrate de que no venga al funeral.
—¿Por qué? ¿Planeas empujar su silla de ruedas al tráfico?
—No lo había pensado, pero gracias por darme la idea.
Se endereza, empujándose desde la verja con un elegante y natural movimiento de hombros.
Levanto la vista hacia él, sorprendida por su altura.
Ha crecido desde la última vez que lo vi.
Ha crecido y se le ha desarrollado el pecho.
Ya no es un chico con una cara bonita y una sonrisa devastadora, ahora es algo mucho más peligroso. Un hombre.
Me abrazo a mí misma de forma protectora y doy un paso atrás.
Su mirada fría y brillante me recorre de arriba abajo y viceversa. Se humedece los labios.
—Una palabra más, Ronan Croft, y que Dios me ayude, acabaré contigo.
Por razones que solo él conoce, mi amenaza le parece divertida y se ríe.
—Ojalá pudieras.
Nos miramos fijamente a través de los barrotes oxidados de la verja. A lo lejos, aúlla un lobo solitario. Más lejos, en el bosque, otro levanta el hocico hacia el cielo y responde a la llamada. Su canto es inquietante.
Noto un nudo en la garganta. Me duele el pecho. Me cuesta contener las lágrimas; es una situación horrible que no había vuelto a vivir desde la última vez que lo vi.
—Adiós, Ronan. Hemos terminado.
—¿De verdad?
Tras una mirada ardiente y prolongada a mi boca, Ronan se da la vuelta bruscamente y se aleja en la noche, con paso largo y seguro. No mira atrás.
Nunca me perdonaré por desear que lo hiciera.