4 Maven
Estoy sentada con Davina, Esme y Bea en la primera fila cuando la gente empieza a llegar para presentar sus respetos a la abuela.
O más bien, para mirarla de cerca, lo que nunca se atrevieron a hacer en vida.
Los primeros en llegar son Ingrid y Helmut Schneider, la pareja de ancianos alemanes que regenta la panadería local.
Helmut se quita la gorra y saluda con respeto a mis tías.
Ingrid hace una ligera reverencia y Davina inclina la cabeza en señal de reconocimiento.
Se acercan al ataúd con aire solemne, cogidos del brazo.
Esme se inclina hacia ella.
—Ojalá todos fueran como los Schneider —susurra.
—¿Por qué dices eso?
—La gente del viejo mundo todavía respeta las costumbres. —Me mira—. Por ejemplo, ahí está Becca Campbell, esa malvada que solía acosarte. —Vuelve a mirar a Davina—. ¿Recuerdas aquella vez que escupió a Maven delante de todo el mundo en el carnaval de invierno?
Sí, pero estoy demasiado distraída para responder.
La visión de mi archienemiga, que antes era una rubia de piernas largas por la que todos los chicos se volvían locos y ahora se muestra desaliñada y agotada, con profundas cicatrices de acné que le afean el rostro y una cojera pronunciada, me produce una honda sensación de lástima.
Al ver mi expresión de dolor, Esme chasquea la lengua.
—Perdona que te lo diga, cariño, pero ese corazón tuyo es tan blando que algún día será tu perdición.
—No soy blanda. Soy una espartana. Soy una guerrera. Soy Atila, el rey de los Hunos.
Me da una palmadita en la mano.
—Así se habla.
Cuando vuelvo a centrar mi atención en Becca, está paralizada en la puerta, mirándome con los ojos desorbitados y las fosas nasales dilatadas.
Dos segundos antes de que suceda, me doy cuenta de que está a punto de hacer algo extraño.
—¡Tú! —grita, y luego se lanza desde la puerta hacia mí con los brazos extendidos y los dedos curvados como garras.
Me pongo de pie de un salto, lista para defenderme. Pero antes de que Becca pueda alcanzarme, tropieza y cae de bruces sobre la alfombra mullida. Cuando levanta la vista, tiene la nariz torcida, la boca y la barbilla manchadas de sangre, y la tía E está sonriendo.
—Ten cuidado —le dice con la voz arrastrada—. No queremos que te hagas daño. —Helmut Schneider se dispone a ayudar a Becca a levantarse, pero se queda paralizado cuando Esme le lanza una mirada intensa. Parpadea, traga saliva y se vuelve rápidamente hacia su esposa.
Ahora, con miedo en lugar de enfado, Becca se pone en pie a toda prisa y se aleja de nosotras. Incluso tropieza con Davina cuando da media vuelta.
La mirada de mi tía es fulminante. Dice algo en voz demasiado baja para que yo pueda oírlo. Sea lo que sea, hace que Becca palidezca y que salga corriendo de la habitación con un grito ahogado.
Desde su silla, Bea observa a su tía abuela con una mirada de absoluta fascinación.
Entran más personas en la habitación. A algunas las reconozco, a otras no. Con el estómago revuelto y el corazón acelerado, me acerco a una ventana y miro la mañana gris, tratando de recuperar el aliento.
«Este maldito pueblo… ¿Por qué pensaba que podría haber cambiado algo? Es tan horrible como siempre».
No sé cuánto tiempo permanezco allí, pero cuando me doy la vuelta, los Schneider se han ido, y Bea y Davina están de pie, cogidas de la mano, a unos metros de la cabecera del ataúd, absortas en una conversación.
Empiezo a avanzar hacia ellas, pero me detengo en seco cuando entra por la puerta un hombre mayor en silla de ruedas. Aunque tiene un ojo vendado y su cabello se ha vuelto completamente blanco desde la última vez que lo vi, lo reconozco al instante.
Es Elijah Croft. Patriarca de la familia Croft y antiguo consejero delegado de Croft Pharmaceuticals; llevaba las riendas de la empresa hasta que su hijo mayor tomó el relevo.
Es el padre de Ronan.
La atención de todos los presentes se centra en él. La sala se queda en silencio. Esme se levanta con rigidez y lo mira con un odio que casi puedo sentir desde donde estoy.
La aversión en su rostro al devolverle la mirada es igual de intensa que la de ella.
No es de extrañar, teniendo en cuenta que nuestras familias se han odiado durante generaciones. Estamos enemistados desde que Megaera Blackthorn fue ahorcada por brujería en la plaza del pueblo, hace más de trescientos años.
El juez de Megaera era en ese momento el destacado magistrado local, Levi Croft.
—No eres bienvenido aquí, Elijah —dice Esme con voz fría como el hielo.
—¿Creías que te dejaría salirte con la tuya? ¿Creías que me acobardaría como el resto? Pues te equivocas.
—No sé de qué estás hablando. Vete.
Él pulsa un botón en el brazo de su silla, que se desliza con un zumbido mecánico, internándose unos metros más en el interior de la habitación. Mira el ataúd, luego a Davina, y vuelve a centrar su atención en Esme.
—Detenlo.
—Veo que estás desarrollando demencia senil —responde Esme con un desprecio mordaz—. No es de extrañar, teniendo en cuenta que nunca fuiste muy brillante.
—He dicho que lo detengas.
—No sé a qué te refieres
—¡A los pájaros! ¡Me están atacando!
Ella y Davina intercambian una mirada fugaz.
—Si te molesta la fauna salvaje, tal vez deberías probar con otra colonia —replica ella con frialdad.
Me llama la atención un movimiento al otro lado de la ventana. Un gran cuervo negro se ha posado en una de las ramas desnudas del arce del jardín. Mientras lo observo, otro se desliza desde el cielo y se detiene en una rama cercana.
Luego lo hace otro más. Y otro.
En un instante, las ramas se llenan de aves negras que aletean sin descanso, de modo que el árbol parece estar vivo.
Uno a uno, se posan y miran con sus extraños e inteligentes ojos negros hacia la ventana.
No, no a la ventana. A través de la ventana.
A mí.
Desde la lejanía se eleva en el aire el inquietante ulular de una sirena. Percibo un olor acre a azufre al tiempo que veo cómo las primeras volutas de humo negro suben por encima de la línea de árboles del bosque, ondulando en la fría mañana de octubre.
En algún lugar de Solstice, se ha producido un incendio.
Elijah se marcha lleno de agitación. El resto de las visitas son menos agresivas, pero siguen siendo horribles.
Casi había olvidado lo que se siente al ser objeto de la curiosidad del pueblo, el espectáculo de feria que todo el mundo quiere mirar y del que se ríen, pero solo desde una distancia segura. Es como si pensaran que nuestra rareza es contagiosa, pero, aun así, no pudieran resistirse.
Lo único positivo del día es que Bea es testigo de primera mano de lo que es la dignidad.
A pesar de saber que son objeto tanto de burlas como de miedo, Esme y Davina se muestran majestuosas.
Con los hombros hacia atrás, la espalda recta y la barbilla levantada, miran a todos a los ojos sin mostrar ni una pizca de vergüenza.
Por fin, todo se acaba y volvemos a casa. Sentada en el asiento delantero del Caddy, junto a Q, Bea se gira y me mira.
—¿Somos de la mafia?
Ojalá fuera tan sencillo.
—No, cariño, no somos de la mafia.
Ella observa con recelo a Esme y luego a Davina.
—¿Estás segura?
—No del tipo que tú crees —responde Davina.
—De ningún tipo. Somos una familia normal —añado después de una pausa.
—Bueno, eso tampoco es cierto, pero definitivamente no somos mafiosas.
—Somos mucho más interesantes —apunta Esme con desdén.
—¿Por qué te ha gritado esa señora? Pensaba que te iba a pegar. Estaba muy enfadada.
—Tu madre la habría dado una paliza —se burla Esme.
—Siempre ha sido muy fuerte —coincide Davina—. Cariño, cuando tenía tu edad, taló un arce ella sola. ¿Te ha contado esa historia?
Bea parece intrigada.
—¿Tú cortaste un árbol? ¿Con un hacha?
Quiero decir que no, pero tengo dos testigos. En su lugar, intento una táctica de distracción.
—Era un árbol pequeño.
Esme me da una palmadita en la mano.
—Está siendo modesta. El árbol era enorme.
Debería haber sabido que eso no funcionaría.
—Estaba enfermo. Tenía el interior hueco.
—Ahora estás mintiendo. Ese arce no tenía ningún problema.
Davina asiente con la cabeza.
—Excepto su ubicación.
Respiro hondo e intento bloquear el recuerdo. Pero cuanto más lo intento, más fuerza cobra en mi memoria, hasta que lo veo en vívido tecnicolor bajo mis párpados.
El árbol en cuestión se encontraba justo al otro lado de la verja de hierro de la entrada de casa. Tenía una copa amplia con ramas escalonadas que crecían a unos metros de la base del tronco, lo que facilitaba que se pudiera trepar por él.
Era claramente visible desde la ventana de mi dormitorio. De hecho, no puedo recordar cuántas mañanas me desperté y encontré las ramas revoloteando con trozos de papel garabateados con mensajes de odio.
«¡Arded, brujas!».
«¡Putas de espino negro!».
«¡Volved al infierno!».
A veces, había efigies. Muñecas de plástico desnudas con clavos clavados en el pecho a modo de decoración.
Q se subía al árbol y lo quitaba todo, pero no lograba hacerlo antes de que yo lo viera bien. Después me colaba en los contenedores de basura y rebuscaba entre los papeles arrugados con manos temblorosas, mientras las lágrimas me corrían en silencio por las mejillas.
Cada palabra desagradable era un nuevo corte. Y cada vez que ocurría, las heridas se hacían más profundas.
Nunca descubrimos quiénes eran los autores, pero conocer su identidad no habría cambiado nada. Nadie podía hacer nada para detenerlo.
Hasta que, literalmente, tomé cartas en el asunto.
—No fue lo correcto —digo en voz baja—. No era culpa del árbol que la gente pudiera ser tan cruel. Ojalá ese arce hubiera sobrevivido.
—Quizá lo hiciera —dice Esme un momento después.
—Lleva casi veinte años siendo un tocón.
Su sonrisa es misteriosa.
—Algunas cosas solo parecen morir. Hay más estados del ser de los que puedas imaginar.
—¿Qué decía ese anciano de la silla de ruedas sobre que lo atacaban unos pájaros? Fue muy extraño.
Abro los ojos y veo a Bea mirándome con intensidad, con la barbilla apoyada en las manos cruzadas y los ojos verdes brillantes de curiosidad.
Mantengo el rostro impasible cuando respondo.
—Pobre señor Croft. Se cayó y se golpeó la cabeza. Su mente no ha vuelto a ser la misma desde entonces.
Davina resopla.
—Bea, siéntate bien y ponte el cinturón de seguridad.
Ella me obedece sin discutir. Pero en cuanto termina de abrocharse el cinturón, yergue la espalda y señala el parabrisas justo delante.
—¡Mira! ¡Hay un incendio!
Me inclino hacia delante y contemplo hacia la calle.
Nos vemos obligados a reducir la velocidad porque la vía está bloqueada por unos conos naranjas en la intersección que tenemos delante.
Un policía uniformado desvía el tráfico que se aproxima alrededor de la manzana.
A unos cientos de metros del cruce, hay tres camiones de bomberos aparcados delante de una casa.
Está envuelta en llamas.
De las ventanas rotas de la planta superior salen columnas de humo negro y tóxico. Unas lenguas de fuego naranjas trepan por las paredes exteriores. El techo del porche delantero ya ha sido destruido y yace en humeantes montones de madera ennegrecida sobre el césped.
Al doblar la esquina, una parte del techo principal se derrumba, lanzando al cielo una enorme lluvia de cenizas y brasas incandescentes.
Q acelera. La casa desaparece de nuestra vista, dejando solo el olor a humo, que permanece pesado en el aire.
—¿Tía D?
—¿Sí, cariño?
—¿Es esa la casa de Becca Campbell?
Detrás de la malla negra de su velo, sus ojos verdes brillan de forma inquietante. Otro camión de bomberos pasa rugiendo en dirección contraria, con las luces encendidas y la sirena a todo volumen.
—¿Lo es? —Gira la cabeza y mira por la ventana, con los labios curvados en una pequeña sonrisa enigmática.