Blackthorn 3 Maven
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3 Maven

Esa noche no duermo. Tumbada en la vieja cama de madera con dosel que antaño perteneció a mi madre, con sus remates tallados en forma de gárgolas siseantes, miro las sombras que se deslizan por el techo mientras mi cerebro rebusca en un cementerio de recuerdos,

volcando lápidas cubiertas de musgo para revelar la tierra oscura y los insectos que se retuercen debajo.

Ronan.

Sus ojos, su aroma, su boca sobre mi piel… Lo amaba con una desesperación que parecía una locura.

No hay mayor tonta que una adolescente atrapada en la trampa del primer amor.

Cuando la luz gris del amanecer envuelve con sus dedos esqueléticos los bordes de las cortinas, me arrastro fuera de la cama, me echo agua fría en la cara y me visto. Luego voy a ver cómo está Bea en la habitación al final del pasillo, la que yo ocupaba cuando era niña.

Sigue dormida, con los brazos extendidos a los lados sobre el colchón, como si en sus sueños intentara volar.

La casa ya está ejerciendo su hechizo sobre ella.

Le doy un suave beso en la frente, le aparto el pelo de la cara y me quedo mirándola un momento.

Aunque está a punto de entrar en la adolescencia, es pequeña para su edad, por lo que a menudo la confunden con una niña más pequeña.

Y también a menudo actúa como si fuera más joven, pero eso está cambiando de un día para otro.

A veces, sigue siendo mi bebé, pero la pubertad asoma en el horizonte y esos momentos tienen los días contados.

Su estado de ánimo está empezando a mudar con la misma rapidez que sus hormonas.

Me preocupa qué más novedades traerá la adolescencia. Mi propia experiencia con ese período de mi vida solo puede describirse como traumática.

Cuando entro en la cocina, mis tías ya están allí. Esme me indica que me siente en una silla y pone delante de mí una humeante taza de té verde y turbio, mientras Davina tararea algo moviendo una sartén en la cocina.

—¿Cómo has dormido, cariño?

—Genial —miento, evitando la mirada de Esme. No les he dicho que anoche vi a Ronan delante de la verja. Habría provocado un motín—. ¿Y tú?

—Me temo que no muy bien. He tenido pesadillas.

—¿En serio?

Pálida, asiente con la cabeza.

—Serpientes. Enormes serpientes oscuras que se deslizaban alrededor de la casa, tratando de entrar. Estaban buscando algo.

Davina me mira por encima del hombro. Cuando se vuelve hacia los fogones, ya no tararea.

A través de la ventana de la cocina, veo a Q en el patio, cortando leña en un tocón.

No parece lo suficientemente fuerte como para levantar un libro por encima de la cabeza, y mucho menos un hacha, pero, como tantas otras cosas en Blackthorn Manor, su apariencia es engañosa.

Parte el tronco de un solo y poderoso golpe, y luego lanza los trozos a la pequeña pila que tiene al lado.

Hasta este momento, nunca se me había ocurrido que cortar leña con una reliquia de lana raída en forma de capa de ópera pudiera considerarse raro. Pero, de nuevo, todo lo relacionado con mi familia es extraño y siempre lo ha sido.

Huelo el té que Esme ha puesto delante de mí e intento no poner cara de asco ante el olor acre que me hace picar la nariz. Es fuerte, a hierbas y extrañamente agrio.

—¿No tenemos café, por casualidad?

—He preparado esta mezcla de hierbas especialmente para ti.

Su tono rígido y su mirada siniestra indican su descontento por lo que obviamente se ha tomado como un insulto a su hospitalidad, así que sonrío y lo dejo pasar.

—Buenos días.

Me giro y veo a mi hija de pie en la puerta de la cocina, en pijama, frotándose los ojos con el puño, aún somnolienta.

—Buenos días, cariño —digo, agradecida por la distracción.

Bea bosteza. Se arrastra hasta la mesa, se sienta a mi lado y luego sonríe a Esme con timidez.

—Buenos días.

—Buenos días, palomita.

Davina se gira desde la cocina para sonreír a Bea.

—¿Te apetecen tortitas, cariño?

Bea mira la sartén en el fuego y parpadea sorprendida.

—¿Quieres decir que las has hecho tú?

—Por supuesto que las he hecho yo. ¿De qué otra forma iban a aparecer?

Bea mira con hambre las tortitas.

—Mamá nunca cocina. A menos que sea pizza congelada o algo así. Para desayunar siempre hay cereales.

Cuando Davina me mira con desaprobación, me siento un poco a la defensiva.

—No tengo tiempo para cocinar. Entre mi trabajo y la escuela de Bea, estoy demasiado ocupada. Además, tenemos docenas de restaurantes estupendos que hacen entregas a domicilio en el apartamento.

Davina abre un armario, saca un plato y utiliza una espátula para colocar tres tortitas en él. Pone el plato delante de Bea, junto con un tenedor.

Al verla sentada en el lugar donde yo siempre ocupaba para comer cuando era niña, esa extraña sensación de aprensión vuelve a invadirme. Es como un déjà vu, solo que más oscuro y con garras.

Me recuerdo a mí misma que pronto estaremos a salvo en Nueva York, lejos de esta casa, de todos sus secretos y de este pueblo con todas sus trampas ocultas.

Davina se compadece de mí y cambia de tema.

—Nos gustaría llegar a la funeraria a las diez. ¿Estaréis listas para salir pronto?

—¿A las diez? ¿El velatorio de la abuela no empieza a las once?

Su pausa es breve, pero tiene peso.

—Queremos estar unos momentos a solas con mamá para despedirnos antes de que empiece el circo. —Le preguntaría por qué han organizado un velatorio público si les preocupa tanto la privacidad, pero ya sé la respuesta.

Puede que sean las parias del pueblo, pero son demasiado orgullosas para esconderse.

Q entra en la cocina con un montón de leña en los brazos.

Saluda a Bea con un gesto de la cabeza y luego fija en mí su penetrante mirada oscura.

Levanto un poco la barbilla para hacerle saber que no tiene por qué preocuparse. No voy a perder de vista a Bea. Solstice puede ser un pueblo pequeño, pero es lo suficientemente grande como para perderse en él.

Perderse y no volver a encontrarse.

A las diez menos cuarto nos reunimos en el vestíbulo, cuatro mujeres silenciosas vestidas de negro esperando a que Q traiga el Caddy.

Los zapatos de charol de Bea están lustrados hasta brillar como un espejo.

Su rebelde cabello ha sido domado en una sola trenza, a juego con la mía.

Parece aun más pequeña de lo habitual, su esbelta figura queda oculta por el abrigo de lana hasta las rodillas que ha sacado del fondo de uno de los muchos armarios de la casa.

Hace mucho tiempo, ese abrigo me perteneció. Antes era de mi madre, y fue también de la suya.

Esta casa no deja ir las cosas fácilmente.

—Vuestra ropa es muy bonita —dice Bea.

—Gracias, cariño. —Davina me mira—. ¿Qué opinas? —Me tomo un momento para evaluar sus largos vestidos formales con pedrería y elaborados tocados—. Creo que, si queréis parecer elegantes apicultoras victorianas de luto, lo habéis conseguido.

Se lleva una mano enguantada al ala ancha de su sombrero con velo y sonríe.

—Sabía que dirías algo ingenioso para animarnos.

—Se me olvidó contártelo —comenta Esme, volviéndose hacia Davina—. ¿Sabías que Elijah Croft fue atacado por una bandada de cuervos el otro día?

—¿Por cuervos? —reflexiona Davina—. Qué extraño.

—Sí, muy extraño. He oído que casi le sacan los ojos de cuajo al anciano.

—No suelen ser agresivos con los humanos. Quizá estaban protegiendo un nido.

Esme me mira con una expresión indescifrable.

—O tal vez reconocen el mal cuando lo ven.

Q entra en el camino de acceso. Bea y yo avanzamos hacia el coche mientras las tías salen por la puerta principal cogidas de la mano, con su largo cabello rojo cayendo en cascada por sus espaldas como sangre fresca.

Ocho minutos más tarde, estamos en el salón beis de la Funeraria Anderson, atendiendo a un anciano con un traje impecable al que no le resulta nada fácil murmurar sus condolencias mientras se retuerce las manos temblorosas,

como si estuviera haciendo todo lo posible para no desmayarse a nuestros pies.

Las mujeres Blackthorn tienen la extraña habilidad de aterrorizar a la gente.

—Por aquí, por aquí —balbucea, señalando el pasillo—. Lorinda está en nuestra mejor sala de recepción, por supuesto.

Entramos en una estancia grande con una moqueta horrible de color granate y papel pintado con un llamativo estampado floral rojo y negro que podría provocar convulsiones si se mirara fijamente durante demasiado tiempo.

Las cuatro ventanas están cubiertas con pesados cortinajes de terciopelo en tono burdeos capaces de bloquear cualquier rastro de luz natural.

Unos mullidos sofás de cuero se alinean contra las paredes y se ha dispuesto media docena de filas de sillas tapizadas frente a un brillante ataúd negro, flanqueado por enormes ramos de lirios tigre rojos que impregnan con su empalagoso perfume el aire viciado e inmóvil.

Davina mira a su alrededor horrorizada.

—Dios mío. Recuérdame que me incineren.

El señor Anderson sale de la habitación tragando saliva y desaparece.

Esme se dirige a una ventana y separa las cortinas de terciopelo. La luz del día inunda la habitación. Se vuelve hacia nosotras y resopla.

—¡La mejor sala de recepción, y una mierda! ¿Quién ha decorado este lugar? ¿Drácula?

—Yo diría que el marqués de Sade —apunta Davina—. Cualquiera se preguntaría si los Anderson son daltónicos.

—Esta habitación sería una abominación incluso en blanco y negro.

Davina suspira.

—Bueno, al menos dará a la gente algo de qué hablar.

—Algo más, querrás decir. Espero que mañana no envíen esos horribles lirios al funeral. El hedor ya me está dando dolor de cabeza. —Esme se dirige hacia otro conjunto de ventanas, murmurando algo sobre la estupidez de los hombres.

Sospecho que el señor Anderson va a pasar uno de los días más desagradables de su vida.

Cuando Bea me aprieta la mano, la miro.

—¿Estás bien?

Ella mira con recelo el ataúd abierto y se acerca un poco más a mí. Nunca ha visto a una persona muerta en toda su vida. Le rodeo los hombros con el brazo y le doy un beso en la cabeza.

Davina extiende la mano y acaricia suavemente la mejilla de Bea con un dedo enguantado.

—No hay que temer a la muerte, querida. La naturaleza rehace todo lo que crea. No terminamos cuando morimos, simplemente nos transformamos en algo mejor.

Bea parece vacilar.

—Mamá dice que no hay vida después de la muerte.

Davina sonríe.

—Tu madre es muy inteligente, pero no lo sabe todo.

Ahora, ven conmigo a ver a tu bisabuela.

—Toma a Bea de la mano. Conmigo a un lado y Davina al otro, la llevamos hasta el ataúd.

Cuando nos detenemos junto al borde y miramos el cuerpo que yace dentro, no puedo evitar sonreír.

Incluso muerta, Lorinda sigue siendo feroz.

Parece salvaje, una criatura que acaba de salir del bosque con una presa entre los dientes.

Han dejado suelto su largo cabello blanco, tiene apretada la fuerte mandíbula y parece que sus ojos cerrados pudieran abrirse en cualquier momento para escudriñar la habitación con la inteligencia despiadada que hacía temblar a la mayoría de la gente.

Si existe vida después de la muerte, la abuela está arrasando en ella.

Nos quedamos en respetuoso silencio durante un momento.

—¿Qué es eso? —dice Bea finalmente.

Señala algo encajado entre el codo de Lorinda y el forro de satén color crema del ataúd. Me inclino y lo saco.

Es una pluma. Una pluma de pájaro negra y brillante, tan larga como mi antebrazo.

Davina sonríe y niega con la cabeza.

—Ay, mamá, tú y tus pájaros.

Bea me mira confundida, pero se distrae al ver que Davina saca un elegante cuchillo con el mango de perlas del bolsillo de su vestido.

—Toma. Pon esto en el ataúd.

Bea se queda mirando el cuchillo que Davina le ofrece como si fuera lo más fascinante que ha visto en su vida. Lo cual, sin duda, es cierto.

—¿Por qué quieres meter eso en su ataúd?

—Porque lo necesitará donde va a ir.

Miro al techo y exhalo con fuerza. ¿Por qué mi familia está tan empeñada en mostrarse extravagante? Es como si les pagaran por ello.

—Tu madre puede suspirar todo lo que quiera, Bea, querida, pero antes de que podamos atravesar el fuego purificador de la muerte y renacer, tenemos que luchar contra algunos personajes desagradables en nuestro viaje por el inframundo.

—Por el amor de Dios, tía D. Tendrá pesadillas durante meses.

Ella descarta mi preocupación materna con un movimiento de muñeca.

—La vida es una lucha a cuchillo. ¿Por qué debería ser diferente la vida después de la muerte?

—Genial. Gracias. Seguro que lo estará superando en terapia durante años.

—No seas ridícula. Las Blackthorn no necesitamos terapia. Hacemos que otros la necesiten. Bea, pon el cuchillo en el ataúd con esto. —Saca un par de monedas de plata de su corpiño.

—¿Para qué son?

—Para pagar el peaje al barquero para cruzar el río Estigia. —Cuando Bea me mira, me arrepiento de no haberla preparado mejor para esta visita. Debería haber inventado algo plausible, como que antes éramos gente de circo.

—No acepta Visa —replico secamente—. Ponlo todo en el ataúd, cariño, y ya nos ocuparemos de tu trauma mental más tarde.

Ella se encoge de hombros.

—No pasa nada. Estoy bien. —Coge el cuchillo y las monedas de las manos de Davina y se vuelve hacia su difunta bisabuela, que yace en su ataúd como una reina.

Davina junta las manos sobre la cintura y me sonríe.

—No pongas esa cara tan agria. Podría haber sido peor. Esme me convenció de no enviar a mamá al más allá con Quill a su lado.

Quill es un búho cornudo con los ojos amarillos y una envergadura de metro y medio que la abuela encontró cuando era un polluelo. Se había caído de un árbol en el jardín, y lo cuidó hasta que se recuperó. A partir de entonces, los dos se hicieron inseparables.

Cuando Quill pasó a mejor vida, la abuela lo conservó y lo disecó para exhibirlo. Tal espanto lleva años acumulando polvo en su percha, sobre la chimenea del dormitorio de mi abuela.

—Toma —dice Esme al ver mi expresión. Saca una pequeña petaca de plata de la manga.

Observo cómo mi hija desliza con cuidado el dinero y el arma debajo de las frías manos blancas del cadáver. Luego acepto el frasco, desenrosco el tapón y doy un gran trago de whisky.

Con un poco de suerte, beberé sin parar durante todo el fin de semana.