Blackthorn 2 Maven
5%

2 Maven

En cuanto cruzamos la puerta principal de la casa, nos envuelve el aroma de mi infancia, a libros viejos y cera de velas derretida, al perfume persistente de hierbas secas, como un leve susurro de algo dulce, pero también podrido, como fruta demasiado madura.

El aire nos envuelve quieto y pesado porque aquí nunca se abren las ventanas, pero también parece vivo, como si estuviera cargado de una energía invisible.

Entonces aparecen por la esquina mis tías y un susurro de electricidad estática me eriza el vello de los brazos.

Esme y Davina están una al lado de la otra, con los brazos entrelazados, sonriéndonos dulcemente como un par de querubines.

Mas cualquier parecido con unas criaturas angelicales termina ahí. Aunque puedan parecer inofensivas, estas mujeres son tan feroces y astutas como leones. Como se han visto obligadas a serlo todas las mujeres de mi linaje que han vivido y muerto en este pueblo.

—Bienvenida a casa, Maven —dice Esme, con los ojos verdes y brillantes.

—Gracias. Me alegro de verte.

Una tabla cruje en el suelo, chirría una bisagra de la puerta y, a continuación, la casa se sumerge en un silencio profundo y antinatural. Cojo la mano de Bea y la acerco a mí.

—Tía Esme, esta es mi hija, Beatrix. Bea, esta es tu tía abuela.

—Yo soy la inteligente. —Esme sonríe, mostrando los hoyuelos de sus mejillas.

—Eres tan inteligente como un pez dorado —interviene Davina—. Todo el mundo sabe que la inteligente soy yo.

—Y esta es tu tía abuela Davina. Y, para que conste, las dos son unos genios.

Bea mira alternativamente a una y a otra, con la boca abierta y asombrada.

Intento verlas de forma objetiva, con los ojos de un extraño.

Altas, con la espalda recta y los hombros cuadrados, ambas hermanas visten idénticos vestidos largos y sencillos de color negro. No llevan maquillaje, pero su piel resplandece saludable. Tampoco llevan joyas, salvo unas piedras lunares opalescentes a juego en el dedo anular izquierdo.

A pesar de su modesta vestimenta, llaman la atención. Pero es su cabello lo que las hace realmente notables.

De un rojo suculento como el de las granadas frescas, su cabellera cae en una rizada cascada ardiente hasta su cintura.

La llevan suelta, lo que permite que se mueva libremente con cada movimiento que hagan con la cabeza; una masa rebelde de color llamativo en la que han aparecido algunas hebras plateadas desde la última vez que las vi.

Mi madre tenía el mismo pelo. Al igual que mi hija. Y yo también, aunque tiño el mío de negro y lo llevo recogido en una trenza apretada desde hace muchos años. Solo lo suelto dos veces por semana para lavarlo con champú y acondicionador, y lo vuelvo a trenzar en cuanto se seca.

Una vez estuve a punto de cortármelo, pero no pude hacerlo. Me quedé delante del espejo del baño con las tijeras en la mano, escuchando la voz de mi madre en mi cabeza mientras me miraba.

«Nunca te avergüences de las cosas que te hacen diferente. Ahí es donde reside tu verdadero poder».

Para entonces, estaba tan cansada de ser diferente que quería ser cualquier otra persona menos yo misma. Quería ser anónima.

Quería desaparecer.

—Saluda a tus tías abuelas, Bea.

—Hola. Es un placer conoceros a las dos. Gracias por invitarnos.

Esme sonríe, encantada con los modales de Bea.

—De nada. Debéis de tener hambre después del viaje. Venid conmigo a la cocina, queridas, y os prepararé algo para comer.

Coge la mano de Bea, me lanza una mirada significativa mientras se lleva a mi hija a la cocina.

En cuanto se alejan lo suficiente como para no oírnos, Davina se vuelve hacia mí y me envuelve las manos frías entre las suyas.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Claro. Pero ¿cómo estás de verdad?

Exhalo el aire y cierro los ojos un instante.

—Cansada. Había olvidado lo mucho que odio viajar.

Ella hace un sonido comprensivo.

—Tanta gente…

—Sí. ¿Cómo estás tú? ¿Y la tía E?

Me mira en silencio durante un instante y luego se encoge de hombros.

—Como siempre. Sobreviviendo.

Estudio su rostro sin arrugas, deseando haber heredado algo de ese colágeno. Las bolsas de mis ojos tienen ahora sus propias bolsas. Aún no tengo treinta años, pero nadie lo diría al mirarme.

El estrés perpetuo pasa factura.

—¿Qué le has contado a Bea?

—Nada.

—¿Estás segura de que es lo más sensato?

—A veces, la verdad puede hacer más daño que bien.

—Lo dice la científica.

—En este caso, es cierto. Solo estaremos aquí unos días. Prefiero no acabar con su infancia prematuramente. ¿Dónde nos vamos a alojar?

—Tú en la antigua habitación de tu madre y Bea en la tuya.

Asiento con la cabeza.

—Gracias. Le gustará tener su propio espacio.

—Ven a comer algo. —Davina me vuelve a apretar las manos.

—No tengo hambre.

—Pero debes comer. Necesitas tener algo en el estómago. Estás demasiado delgada y pálida, como si te estuvieras recuperando de una enfermedad crónica. —Me examina la cara con los labios fruncidos—. Tuberculosis, tal vez. O algo transmitido por mosquitos.

No han pasado ni cinco minutos y ya ha empezado la diversión. No es de extrañar que las tasas de depresión se disparen durante las vacaciones. Es entonces cuando la gente pasa más tiempo con sus familiares.

Mientras se da la vuelta, Q sube lentamente la escalera principal hasta el segundo piso con nuestras maletas. Sus pasos son tan sigilosos como los de un gato.

Echo un vistazo al lugar; la casa no ha cambiado desde mi infancia.

Una colosal chimenea de granito negro apagada domina la sala principal.

Las velas de cera de abeja parpadean en los nichos de las paredes de yeso agrietadas.

La repisa sobre el hogar está cubierta con ramas tejidas de abeto fresco, y el alto techo está atravesado por vigas de madera oscura de las que cuelgan candelabros de hierro, con los brazos envueltos en telarañas.

Lo más destacable son los libros, que hay por todas partes; apretujados en las estanterías que van del suelo al techo, apilados en la mesa de centro, en las mesitas auxiliares e incluso en el suelo junto al sofá y las sillas, los libros son el elemento dominante de la habitación.

Antiguos tomos encuadernados en cuero se acurrucan junto a ediciones contemporáneas de tapa dura.

Las revistas académicas y las enciclopedias dominan toda una pared.

Veo la serie ilustrada de folios sobre entomología que tanto me fascinaba de niña, junto con todos los títulos sobre historia, astronomía y arte.

El resto de la casa es un laberinto de habitaciones y pasillos que desafían la arquitectura convencional, un caos en el que los desconocidos pueden desorientarse y perderse fácilmente.

Las puertas se abren a precipicios. Las escaleras no llevan a ninguna parte.

Los pasillos serpenteantes dan vueltas sobre sí mismos hasta llegar a un callejón sin salida.

Mientras estoy allí de pie, una fría sensación de aprensión se apodera de mí.

De repente, me siento como si estuviera mirando desde el borde de un alto acantilado hacia un mar negro y agitado muy por debajo, con un viento amargo que me despeina y me azota el cuerpo, y una presencia maligna a mi espalda dispuesta a empujarme y enviarme gritando a la muerte.

Esperando que se trate de nervios y no de una premonición, me sacudo esa imagen y sigo a Davina a la cocina.

Horas más tarde, después de recoger los platos de la cena y de que Bea se haya ido a dormir arriba, en mi antigua habitación, Esme, Davina y yo nos sentamos a la mesa de la cocina para seguir vaciando a buen ritmo la tercera botella de pinot.

Las mujeres Blackthorn son muchas cosas, pero abstemias no es una de ellas.

—Bea es bastante precoz para su edad —observa Davina mientras recorre lánguidamente con el dedo una de las muchas marcas en la antigua mesa de madera.

—Como tú —dice Esme mientras me mira—. Pero ella es un ángel. Tú eras un pequeño demonio. Llena de energía y vitalidad, igual que tu madre.

Me río entre dientes contra mi copa de vino y luego me bebo el último sorbo.

—Lo dices como si vosotras dos fuerais dos dulces corderitos.

Davina me mira con desdén.

—Perdone usted, alteza, pero somos los corderitos más dóciles de toda Nueva Inglaterra. Casi nunca mordemos.

—Díselo al padre O'Brian. ¿Sigue haciendo la señal de la cruz sobre su pecho cuando te ve?

—Bah. Ese viejo tonto. Es la única persona capaz de leer el libro del Apocalipsis y que parezca aburrido.

—Si crees que la misa es tan aburrida, deja de ir.

—¿Y de qué otra manera podríamos escandalizar a los buenos ciudadanos de Solstice cada semana? —Sonríe—. Cuentan con nosotras para darles algo de lo que cotillear. Estaríamos eludiendo nuestras obligaciones como parias del pueblo si dejáramos de ir a la iglesia.

—Quizá si no provocaras a la gente a propósito, serían más amables contigo.

Davina me estudia en silencio durante un momento, evaluándome con la mirada.

—Somos las Blackthorn. Provocamos a la gente simplemente con existir. Somos diferentes y siempre lo seremos, por mucho que intentemos fingir lo contrario. —Y me mira el pelo con intensidad.

Incomodada por haber sido descubierta, cambio de postura en la silla.

—No estoy fingiendo nada.

—Ese horrible tinte sugiere lo contrario. ¿Y por qué negro azabache, precisamente? Parece que hayas perdido una apuesta.

—Para tu información, me tiño el pelo con un profesional.

—¿Es por Morticia Addams? —Su tono es de diversión.

Me río, pero entonces pienso en mi madre y mi risa se vuelve sombría. Me tapo la boca con la mano para reprimir un sollozo.

—Oh, cariño, lo sé —me consuela Esme, estirando el brazo por encima de la mesa para cogerme la mano—. Nosotras también la echamos de menos. Las cosas no han sido lo mismo desde que murió Elspeth.

Esta es una de las muchas razones por las que he dudado si volver para el funeral de la abuela. Dejando a un lado los recuerdos del pasado, me resulta doloroso estar cerca de personas que me conocen tan bien. Desde que me fui, he organizado cuidadosamente mi vida para evitar algo así.

Como todas las Blackthorn, guardo demasiados secretos como para permitirme una verdadera intimidad.

Me aprieto las yemas de los dedos contra los párpados cerrados y suelto el aire. Luego me seco las lágrimas acumuladas en las pestañas y cambio de tema.

—Bea me preguntó en el tren por qué vosotras tres vivíais con la abuela y nunca os habíais casado.

Esme parece interesada.

—¿Qué le respondiste?

—Que los hombres nunca han importado mucho a las mujeres de esta familia.

Davina sonríe con satisfacción.

—Importan demasiado para lo que sirven.

—Si vas a empezar a hablar sobre tu vida sexual, me voy a la cama.

—¿Perdón? ¿Es que las mujeres maduras no pueden disfrutar del sexo?

—Por supuesto que sí. Pero la última vez que hablamos por teléfono, me contaste con todo lujo de detalles cómo sedujiste al apuesto joven médico que se trasladó hace poco al pueblo.

Todavía estoy tratando de borrar esas imágenes de mi memoria.

Si necesito atención médica por cualquier motivo mientras esté aquí, no podré mirar a ese hombre a los ojos.

Davina juega con un mechón de su cabello.

—Los hombres de veintitantos años están en su mejor momento sexual. ¡Qué resistencia!

—Por el amor de Dios, ¿qué te acabo de decir?

—¿Estás celosa, cariño?

—Muchísimo. —Mi risa es seca.

—¿Y el padre de Bea? Nunca nos has hablado de él. ¿Sigue en escena?

Como este tema en particular es un pozo negro lleno de víboras, hago una pausa para elegir cuidadosamente mis palabras.

—No. Teníamos ideas diferentes sobre lo que significaba ser padres.

Mis tías me miran en silencio con sus ojos verdes penetrantes.

Justo cuando Davina abre la boca para decir algo, una fría ráfaga de viento sacude los cristales de la ventana.

Las velas que se alinean en el alféizar sobre el fregadero se agitan y luego se apagan.

Los ramilletes de hierbas y lavanda seca que cuelgan de las vigas comienzan a balancearse.

Esme mira hacia el techo con inquietud.

—Hay alguien aquí —dice en voz baja.

—O algo —añade Davina con tono sombrío.

Levantándose de la mesa, mis tías miran por la ventana de la cocina la noche oscura, pero mi sexto sentido me hace girar hacia la sala de estar.

Me levanto, cruzo con rapidez hacia las escaleras y las subo de dos en dos hasta llegar al rellano de arriba.

Allí hay una pequeña ventana que da al jardín delantero.

Al principio, no veo nada. Todo está oscuro y en silencio. De pronto, un rayo de luz de luna atraviesa la capa de nubes e ilumina la verja de hierro al final del camino de entrada.

Una figura alta, vestida completamente de negro, está de pie al otro lado de la verja, mirando hacia la casa. Aunque su rostro está oculto por la distancia y las sombras, no necesito ver sus rasgos para saber quién es.

Reconocería a Ronan Croft en cualquier lugar, con cualquier iluminación, incluso en la oscuridad total del fondo del mar.

Nunca se olvida al primer amor.

En especial cuando también es tu peor pesadilla.

Ronan permanece inmóvil hasta que las nubes vuelven a ocultar la luna, entonces es engullido por la misma oscuridad que lo creó y desaparece.