Blackthorn 1 Maven
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Solstice, Vermont, es un pintoresco enclave entre las densas colinas boscosas de Nueva Inglaterra.

Como cualquier otra pequeña localidad de esta parte del mundo, Solstice tiene su cuota de tradiciones y leyendas.

Las apariciones, las maldiciones, los misterios sin resolver, los fenómenos naturales inexplicables… son tan abundantes aquí como los arces.

Y es a este lugar al que ahora regreso de donde hui hace doce años, después de la muerte de mi madre.

O después de un asesinato. Depende de a quién le preguntes.

Mi hija, Beatrix, está a mi lado en el andén desierto de la estación del tren, mirando con inquietud las antiguas farolas de bronce, los bancos de madera y la pequeña edificación con la pintura blanca descascarillada, el tejado a dos aguas y la torre del reloj.

Son las cuatro y media de una tarde gris de octubre. El aire es fresco y huele a leña quemada. El silencio solo se ve roto por el sonido cada vez más lejano del tren, antes de que tome una curva en las vías y sea engullido por el bosque envuelto en niebla. Nos quedamos solas.

Es palpable la sensación de haber sido transportadas al pasado. Y también lo es el crepitar eléctrico del pánico que invade a mi hija.

Nunca ha salido de la ciudad y ahora siento una fugaz punzada de arrepentimiento por ello, aunque tenía buenas razones para mantenerla rodeada de rascacielos y hormigón, ya que las mujeres de mi familia se vuelven salvajes si pasan demasiado tiempo en contacto con la naturaleza.

—¿Este pueblo tiene agua corriente?

—Por supuesto.

—¿Y electricidad? ¿Coches?

Le cojo la mano y se la aprieto para tranquilizarla.

—Sé que no es Manhattan, cariño, pero dale una oportunidad.

—Es como un pueblo antiguo y espeluznante de una película de terror. Esos bosques probablemente estén llenos de convictos fugados. Podrían hacernos pedazos en cualquier momento.

—No es espeluznante, es encantador. ¿Has vuelto a ver esos documentales sobre crímenes? Ya lo hemos hablado. No son buenos para tu salud mental.

—Que me hicieran pedazos tampoco sería bueno para mi salud mental —murmura mientras se acerca a mí temblando.

Atravesamos la plataforma mientras las hojas secas se deslizan por nuestro camino, y entramos en la estación. También está desierta, lo que resulta inquietante. Por otra parte, todo en este pueblo empezó a parecerme inquietante cuando murió mi madre, así que intento no darle demasiada importancia.

En el pequeño aparcamiento que hay frente a la estación, nos espera un antiguo Cadillac negro con el motor en marcha.

Las fantasmagóricas columnas de humo blanco que salen de su tubo de escape se elevan en el frío aire otoñal y cuando un hombre sale del asiento del conductor, desplegando sus largas extremidades como una araña levantándose de su telaraña, oigo que Bea aspira bruscamente.

Le doy otro apretón tranquilizador en la mano.

—Es Quentin, el hombre para todo de Blackthorn Manor. Te he hablado de él, ¿recuerdas? No hay nada que temer.

—No me dijiste que parecía un zombi.

—No es un zombi.

—Mamá, parece que acaba de levantarse de entre los muertos —susurra—. Nunca había visto a nadie con ese color en mi vida. Parece hecho de arcilla.

—No se critica a las personas por su aspecto. Sé amable con él.

Levanto la mano para saludar a Quentin, y él se acerca pesadamente desde el coche para recoger nuestro equipaje.

Al verlo, entiendo por qué Bea está sorprendida.

Q es alto, encorvado, delgado como un palo y tiene unos ojos del color del ónix que te escrutan con una intensidad penetrante desde debajo de unas cejas muy gruesas.

Puede mirar fijamente durante un tiempo anormalmente largo, sin parpadear.

Su piel pálida y fina como el pergamino contrasta con la severidad de su anticuada capa de lana negra, y su escaso cabello blanco flota alrededor de su cráneo como una niebla etérea.

Sus botas no tienen derecha ni izquierda, ya que se las hizo él mismo.

Su forma de moverse sugiere que ha entrado en rigor mortis.

Me pregunto por enésima vez cuántos años tiene, porque Q conserva exactamente el mismo aspecto que recuerdo de mi infancia, cuando me miró fijamente a los ojos mientras le entregaba su regalo de cumpleaños,

un escarabajo verde brillante que había desenterrado de debajo de un arbusto de agracejo en el jardín.

Le gustan los bichos repugnantes de la tierra tanto como a mí.

Cuando termina de meter las pocas maletas que traemos en el maletero, Q abre la puerta trasera del Caddy. Nuestras miradas se cruzan brevemente antes de que me meta en el coche y, aunque no habla, y nunca lo ha hecho, no necesito palabras para interpretar su advertencia:

«Ten cuidado. Ya saben que estás aquí».

Por supuesto que lo saben. Los ricos y poderosos Croft están al tanto de todo lo que ocurre en este pueblo, y lo han sabido desde hace más de trescientos años.

El trayecto hasta Blackthorn Manor transcurre en silencio.

Bea no deja de mirarme nerviosa, así que mantengo una expresión impasible y la cabeza erguida con una confianza que no siento.

Con cada kilómetro que avanzamos, se aprieta más el nudo que tengo en los pulmones, hasta que mi respiración es tan superficial que me siento mareada.

Entonces, atravesamos las oxidadas puertas de hierro de la verja de Blackthorn Manor y me quedo sin aliento por completo.

La mansión ancestral de mi familia se alza al final de un largo camino de tierra lleno de baches y cubierto de maleza.

Forma parte del bosque igual que los siglos de densa maleza y los árboles imponentes que la rodean; su sombría estructura de piedra está cubierta de hiedra y rodeada por una maraña de arbustos autóctonos y helechos descontrolados.

La edificación no es una sola estructura, sino muchas construcciones levantadas a lo largo de cientos de años en un obstinado mosaico de estilos que le otorgan un aspecto caótico e inestable.

En parte fortaleza medieval, en parte mansión gótica y en parte ruina rústica desafía cualquier definición al uso, al igual que las generaciones de habitantes que la han poblado.

El lugar parece irradiar una sensación de aprensión como un monstruo Frankenstein arquitectónico, como si guardara en su interior secretos que es mejor no desvelar.

Las únicas adiciones modernas son el enorme invernadero situado en la parte trasera de la propiedad, que alberga todas aquellas hierbas y plantas delicadas que no pueden sobrevivir a los duros inviernos de Nueva Inglaterra, y un garaje cubierto para el coche.

Más allá, se extiende el oscuro y amenazante bosque primigenio, una zona salvaje cubierta de maleza en la que los niños del lugar nunca se atreven a adentrarse,

pues se sienten aterrorizados por las historias que les cuentan sus padres sobre todas las extrañas criaturas que deambulan por sus sinuosos senderos.

Al ver la casa, Bea se endereza en su asiento.

—¿Es ahí donde creciste?

—Sí.

—Parece como si estuviera encantada —dice en voz baja un momento después.

Cruzo la mirada con Q en el espejo retrovisor. Luego vuelvo la vista hacia la casa y reprimo un escalofrío.

Hogar, dulce hogar.

Donde todos los duendes hambrientos de mi pasado acechan mi regreso.

Meto la mano en el bolsillo del abrigo, recorro con los dedos las suaves líneas de la pistola que guardo en él y me recuerdo a mí misma que debo seguir respirando.