Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Una confianza pequeña

La jueza firmó la reapertura del caso de Unai antes de que Koldo terminara de corregir su declaración.

El documento llegó a la mesa de Ane con tres sellos y una grapa torcida. Ella lo leyó de pie. Robles sostenía el informe de Basurto. Yo esperaba junto a la puerta, con la maleta cerrada entre los zapatos.

—No convierte una negligencia en homicidio —dijo Ane.

—Convierte una muerte cerrada en una muerte investigable —respondió Robles.

Koldo había reconocido que retrasó la asistencia, permitió alterar la hora de entrada y aceptó que otros limpiaran el expediente. No dio una orden única. Enumeró decisiones: el médico protegió el turno, Maite su puesto, un funcionario evitó una sanción y él mantuvo a sus hombres fuera del juzgado.

La declaración no dibujaba una organización. Dibujaba una fila.

Maite había entregado el correo que recibió aquella noche.

El médico de guardia aparecía copiado, junto al funcionario que rechazó el ingreso.

Salazar había solicitado declarar de nuevo al conocer la confesión de Aitor.

Ninguno describía un plan. Cada uno hablaba de una conversación distinta y de una consecuencia que creyó pequeña.

Ane colocó las declaraciones en carpetas separadas.

No permitió que una mentira común las convirtiera en una responsabilidad compartida por partes iguales ante la ley.

Ane separó la reapertura del expediente de Arrieta.

—Esto irá a otra unidad.

—¿Y Koldo? —pregunté.

—Queda investigado por encubrimiento, falsedad y su responsabilidad en el traslado. La calificación dependerá de lo que pueda probarse, no de lo que quiera cargar ahora.

Robles dejó el informe de Basurto sobre la mesa. Urrutia había recuperado suficiente memoria para reconocer a Aitor como el hombre que golpeó la tubería contra su cabeza y lo trasladó en la carretilla. También confirmó el forcejeo de la azotea.

—Dice que Aitor pudo soltar la caja —añadió—. No sabe si entendió lo que ocurría antes de que Gaizka cayera.

Ane cerró la carpeta.

—Entonces no escribiremos intención donde solo tenemos tiempo para elegir.

El teléfono vibró junto a su mano. La fiscal confirmaba prisión provisional para Aitor por el asesinato de Arrieta. La caída de Gaizka y la agresión a Urrutia seguirían piezas separadas.

Miré el reloj.

Faltaban cincuenta y seis minutos para mi tren.

—Me voy —dije.

Robles apoyó una cadera en la mesa.

—Eso sonaba mejor cuando te echábamos.

—Ahora lo he decidido antes de perder el billete.

Ane recogió mi autorización de observador y la guardó en una funda.

—Tu trabajo aquí ha terminado.

—Mi trabajo no estaba definido.

—Por eso era tan difícil terminarlo.

Me tendió la copia de mi declaración. No había fotografías ni informes adjuntos. Solo las páginas que había firmado.

—Si Edurne entrega algo relacionado con tu caso, se incorporará por vía judicial. No vuelves a registrar una casa, una taquilla ni una puerta.

—No pensaba hacerlo.

Ane levantó una ceja.

—Has mejorado. No tanto.

Guardé las hojas en la maleta. Robles me acompañó al pasillo. Las máquinas de café zumbaban junto al ascensor; una luz amarilla parpadeaba sobre el botón de bajada.

—Koldo dijo que la copia no estaba en la caja —dije.

—También dijo que empezaría por Unai.

—No es una respuesta.

Robles pulsó el botón otra vez.

—Hoy no necesitas una.

El ascensor llegó. Antes de entrar, Ane abrió la puerta de la sala.

—Barral.

Me volví.

—Has comunicado la salida. Eso cuenta.

—Apúntalo antes de que cambies de opinión.

—No abuso de las pruebas débiles.

Las puertas se cerraron.

Laura esperaba en Abando con mi abrigo doblado sobre el brazo. Había dejado su maleta en consigna y sostenía dos billetes. El mío tenía el asiento junto al pasillo.

—Has llegado con doce minutos de margen —dijo.

—Trece.

—Uno era mío.

Le quité el abrigo y comprobé el andén en la pantalla. El vestíbulo olía a freno caliente y pan tostado. Una familia corría hacia las escaleras mientras el aviso de embarque repetía Salamanca.

—¿Vienes? —pregunté.

Laura levantó el segundo billete.

—Hasta Valladolid.

—No me lo dijiste.

—Te he enviado la ubicación.

—Eso no explica el billete.

—Tampoco lo esconde.

Caminamos hacia el control. Mi mano vendada chocó con el asa de la maleta. Laura no la tomó. Redujo el paso para que yo no tuviera que cambiarla de mano.

Antes de subir, envié al grupo familiar una fotografía del panel con la hora de salida. Martina respondió con un dibujo de un reloj. Lucas escribió: «Guárdalo hasta que llegues».

Clara no contestó.

El tren arrancó mientras Bilbao quedaba detrás de los cristales húmedos. Laura abrió el ordenador, pero no lo encendió. Lo dejó sobre la mesa y miró mi reflejo en la ventana.

—¿Está cerrado?

—Aitor sí. Arrieta también.

—No te he preguntado por ellos.

Metí la copia de mi declaración en el bolsillo exterior de la maleta.

—No.

Laura rozó la tapa del ordenador.

—Bien.

—No suena bien.

—Suena a que no vas a fingirlo.

El revisor pidió los billetes. Laura mostró ambos. Cuando se alejó, dejó el mío frente a mí.

—En Valladolid me bajo.

—Lo sé.

—No vas a seguirme.

—No.

—Tampoco vas a pedirme que vaya hasta Salamanca.

—No.

Guardó el billete.

—Entonces puedes preguntar qué quiero.

La venda tiró al cerrar los dedos.

—¿Qué quieres?

Laura miró el paisaje antes de responder.

—Llegar hasta donde dije.

No hablamos durante varios kilómetros. Ella abrió el ordenador. Yo programé una alarma veinte minutos antes de Salamanca y dejé el teléfono boca arriba.

En Valladolid, Laura cerró la pantalla y se puso el abrigo.

—Llámame cuando cierres tu puerta.

—Cuando llegue.

—He dicho cuando la cierres.

Asentí.

Laura bajó sin volver la cabeza. Desde el andén levantó dos dedos. La misma señal del hotel: ubicación recibida. Vendaje igual.

El tren continuó.

Clara llamó cuando faltaban treinta minutos.

—¿Sigues dentro?

Miré el número del coche sobre la puerta.

—Coche seis. Asiento doce.

—No necesitaba tanto.

—Estoy practicando.

Al fondo, un niño dejó caer una botella. Rodó hasta mi zapato. La recogí y se la entregué a su madre.

—Lucas tiene entrenamiento mañana —dijo Clara—. Martina quiere llevar pinturas.

—¿A dónde?

—A tu casa.

El aire de la ventilación me secó la garganta.

—¿Los dos?

—Desde mañana hasta el domingo.

—¿Sin ti?

—Ese era el sustantivo que faltaba.

Me incliné para sacar la agenda de la maleta.

—Puedo cambiar—

—No cambies nada.

Dejé la cremallera a medio abrir.

—Entonces dime la hora.

—Diez de la mañana. Los devuelves el domingo a las ocho. No a las ocho y cuarto. No mandas a Laura. No inventas una urgencia para quedarte otra noche.

—A las ocho.

—Y si la investigación llama.

—Escucho. Después decido contigo antes de moverme.

Clara guardó silencio. El tren entró en un túnel y la cobertura raspó su respiración.

—No conmigo —dijo al volver la señal—. Con ellos.

—Con ellos.

—Esto no significa que confíe.

Miré mi maleta cerrada.

—Significa que lo probamos.

—Una vez.

—Una vez.

Colgó.

La alarma sonó al entrar en Salamanca. La apagué antes del segundo tono. Bajé con la maleta en la mano derecha y el abrigo sobre la izquierda. La venda seguía limpia.

No fui a buscar un taxi. Caminé hasta casa. Las ruedas golpearon cada junta de la acera y el hombro protestó al subir la cuesta. No cambié de mano.

Llamé a Laura frente al portal.

—He llegado.

—Eso no era el acuerdo.

Abrí con mi llave. Entré. Cerré hasta oír el pestillo.

—Ahora sí.

—Mañana tienes visita.

—Ya lo sabes.

—Martina me ha pedido una caja grande de rotuladores.

—Que los traiga.

—Ha dicho que en tu casa faltan colores.

Miré el recibidor. Una silla, una lámpara y la pared vacía donde no había colgado nada desde que salí de prisión.

—Probablemente.

Laura esperó.

—Buenas noches, Julio.

—Buenas noches.

Dejé la maleta junto a la puerta. No la abrí.

A la mañana siguiente, el timbre sonó a las diez en punto.

Abrí.

Clara estaba en el rellano con dos mochilas. Lucas sostenía una bolsa de deporte. Martina abrazaba una caja de pinturas contra el pecho.

Ninguno entró.

Clara comprobó la hora en su teléfono y me entregó las mochilas.

—El domingo a las ocho.

—A las ocho.

Lucas cruzó primero. Martina permaneció junto a su madre.

—¿Dónde está mi dibujo? —preguntó.

Señalé la pared vacía.

—He dejado sitio.

Martina miró a Clara. Ella no asintió. Tampoco negó.

La niña entró y cerró la puerta con la punta del zapato.