Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Lo que un hijo protege

Koldo llevaba veinte minutos mirando la silla vacía cuando hicieron entrar a Aitor.

La jueza había autorizado un careo limitado. Dos abogados ocuparon los extremos de la mesa. Zubia se sentó frente a ellos. Ane dejó la llave de resina, el informe de la cerradura y el registro de la puerta secundaria dentro de fundas separadas.

Yo observaba desde la sala contigua. Robles permanecía a mi lado, con un auricular puesto. El cristal devolvía nuestras siluetas sobre las caras de padre e hijo.

Aitor no se sentó.

—Quítame las esposas.

Su abogado tocó el respaldo.

—Siéntate.

Koldo levantó la vista. Tenía una marca morada sobre la muñeca, justo donde terminaba la manga.

—No hacía falta traerme para eso.

Aitor ocupó la silla. Los agentes dejaron las esposas por delante y se apartaron hasta la pared.

Zubia encendió la grabación.

—Ha solicitado declarar en presencia de Koldo Etxabe. Puede retirarlo ahora.

Aitor miró a su padre.

—Retira lo que dijiste.

Koldo apoyó las manos sobre las rodillas.

—Ya está dicho.

—Mentiste mal.

—No me dio tiempo a practicar.

El abogado de Koldo desplazó su carpeta.

—Mi cliente no responderá a preguntas del otro investigado.

—No era una pregunta —dijo Aitor.

Ane acercó la llave de resina al centro. No explicó nada. El borde gris quedó frente a Koldo.

Él la reconoció. Se le movió un dedo sobre el pantalón.

Aitor lo vio.

—Diles que la encontré en tu garaje.

Koldo retiró las manos de las rodillas.

—La encontraste donde la dejaste.

El abogado intentó intervenir. Koldo le apartó la carpeta con el antebrazo.

Robles se quitó el auricular.

—Eso no estaba en su declaración.

Volvió a colocárselo antes de que yo respondiera.

Zubia pidió a Koldo que aclarara la frase. Él miró la cámara, no a su hijo.

— Intenté borrar el molde del banco. Limpié las herramientas y mentí porque pensé que todavía podía llegar antes que é

—¿Cuándo? —preguntó Ane.

—La mañana posterior a la muerte de Arrieta.

Aitor empujó la silla hacia atrás. Las patas arañaron el suelo.

—No tenías que venir.

—Vine porque dejaste la persiana mal cerrada.

El abogado de Aitor puso una mano sobre la mesa.

—La presencia de mi cliente en el garaje no demuestra que fabricara una llave.

Ane giró el informe. La resina hallada en la cerradura coincidía con la copia que Aitor llevaba encima cuando intentó destruir la caja de Gaizka.

—Ya no estamos demostrando la fabricación —dijo—. Estamos situando su uso.

Aitor clavó los ojos en Koldo.

—Cuéntales para qué necesitaba entrar.

Koldo apretó los labios.

—Tú pediste que estuviera delante.

—Para que dejaras de protegerme como si fuera idiota.

—No te protegí por eso.

Zubia cerró la carpeta de la puerta secundaria.

—El acceso se desactivó con su credencial. La llave abrió el paso oculto. Su compañero sostuvo la coartada. El recorrido cabe en los cuarenta minutos de ausencia.

El abogado levantó una hoja.

—Cabe también una visita sin asesinato.

Ane conectó una pantalla. Apareció la fotografía del cable retirado del contrapeso. Junto a ella, la marca bajo la oreja de Arrieta.

—El laboratorio ha identificado el mismo trenzado, polímero y lubricante en ambas muestras.

Aitor dejó de mirar a su padre.

La piel de mi palma tiró bajo la venda. Robles bajó el volumen del altavoz, aunque nadie había levantado la voz.

—La pieza fue cortada del mecanismo —continuó Ane—. Quien la usó conocía la puerta antes de entrar en el salón.

El abogado de Aitor pidió un receso. Su cliente negó con la cabeza.

—No.

—No decidas con tu padre delante.

—Por eso está aquí.

Aitor acercó las esposas al borde. El metal golpeó la mesa una sola vez.

—Arrieta iba a entregar los informes.

Koldo cerró los ojos.

—Iba a contar lo de Unai —dijo Aitor—. Los diecisiete minutos. Las firmas. Los favores. Todo con nombres.

—Con tu nombre no —respondió Koldo.

—Con el tuyo.

—Era mío.

Aitor sonrió sin enseñar los dientes.

—Nunca fue solo tuyo.

Ane no interrumpió. Zubia mantuvo la grabación abierta. La luz roja quedó inmóvil entre ambos.

Koldo se inclinó hacia delante.

—¿Qué hiciste?

Aitor miró el cable en la pantalla.

—Fui a pedirle tiempo.

—No se pide tiempo con una llave copiada.

—Tú pediste quince años.

Koldo golpeó la mesa con la palma. El abogado lo sujetó por el hombro y él se soltó.

—Habla sin esconderte detrás de mí.

Aitor respiró por la nariz. Después apoyó las muñecas en la madera.

—Entré por la biblioteca. Arrieta estaba quemando papeles en la cocina. Le quité la taza.

Ane tocó el bolígrafo.

—¿Qué contenía?

—Un somnífero triturado.

—¿De dónde salió?

Aitor miró a Koldo.

—De su casa.

El padre movió la mandíbula. No negó que faltaran pastillas.

—Arrieta bebió porque pensó que habíamos terminado de discutir —continuó Aitor—. Cuando empezó a perder fuerza, intentó llegar al teléfono.

El abogado apoyó dos dedos sobre su muñeca.

—No describas más.

Aitor apartó la mano.

—Me golpeó con la silla. Cogí el cable del mecanismo y lo sujeté desde atrás. Quería que dejara de moverse.

Ane deslizó la fotografía de la cuerda.

—Después preparó el ahorcamiento.

—Después dejó de respirar bien.

—No es lo mismo.

Aitor la miró por primera vez.

—Para él sí.

El silencio apretó el cristal. Koldo se levantó, pero los agentes le cerraron el paso antes de que rodeara la mesa.

—Siéntese —ordenó Zubia.

Koldo obedeció despacio. La silla quedó torcida.

—¿Lo colgaste vivo? —preguntó.

Aitor bajó la vista hacia las esposas.

—No comprobé cuánto.

Koldo se llevó una mano a la boca. El abogado intentó hablarle, pero él empujó el brazo.

Ane abrió el informe forense.

—El sedante no lo mató. La compresión tampoco fue suficiente. Murió suspendido.

Aitor cerró los dedos.

—Ya estaba inconsciente.

—Estaba vivo.

Zubia detuvo cualquier otra pregunta. Pidió a Aitor que indicara dónde dejó el envase del somnífero y la ropa utilizada aquella noche.

—La ropa está destruida.

—¿Por usted?

—La entregué para que la lavaran. Después la quemé en el garaje.

Koldo levantó la cabeza.

—No había ceniza.

—Porque la saqué.

—Yo estuve allí al día siguiente.

—Llegaste tarde.

La frase cruzó la mesa y se quedó delante de ambos.

Koldo miró la llave, el cable y el registro. Después abrió las manos.

—Eso sí lo aprendiste de mí.

Aitor tensó los hombros.

—Aprendí que nadie paga por una decisión si suficientes personas corrigen el papel.

—Yo no maté a Unai.

—Lo dejaste morir.

Ane apagó la pantalla. La fotografía desapareció, pero el rectángulo negro siguió separándolos.

—Falta la copia de Arrieta —dijo—. ¿La encontró?

—No.

—Registró el salón.

—Busqué donde Gaizka había dicho.

—¿Dónde?

Aitor volvió hacia Koldo.

—Pregúntaselo.

Koldo no reaccionó.

—Gaizka habló contigo antes de subir a la azotea —insistió Aitor—. Tú sabías qué llevaba en la caja.

—Sabía lo que creía llevar.

—Entonces dilo.

Koldo se acercó al micrófono. Su abogado le pidió que no respondiera. Él mantuvo la boca a pocos centímetros de la rejilla.

—La copia no estaba en la caja.

Aitor tiró de las esposas.

—¿Dónde estaba?

Koldo se recostó. La marca morada de su muñeca quedó al descubierto.

—Eso era lo que no sabías.

Ane detuvo la grabación del careo. Los agentes levantaron a Aitor. Él intentó quedarse frente a su padre, pero lo giraron hacia la puerta.

Koldo llamó a Zubia antes de que saliera.

—Quiero corregir mi declaración.

Aitor se detuvo.

—No.

Koldo miró la silla vacía que había esperado al principio.

—Confesé un asesinato que no cometí. Hice el molde desaparecer del banco. Limpié las herramientas. Y mentí porque pensé que todavía podía llegar antes que él.

Aitor dio un paso. La cadena entre las esposas se tensó.

Koldo no volvió la cabeza.

—Ya no.

Los agentes sacaron a su hijo. La puerta se cerró sin golpe.

Zubia encendió una grabación nueva. El abogado de Koldo abrió la carpeta, pero su cliente colocó la mano encima.

Robles apoyó la mano contra el cristal. Al otro lado, Aitor apareció un instante en el pasillo antes de que los agentes lo apartaran. No miraba a la cámara. Buscaba a su padre a través de la puerta cerrada.

Ane cambió la cinta de la grabadora y dejó un vaso de agua frente a Koldo, en la mesa. Él no lo tocó. La luz del techo vibró una vez. Después dejó de hacerlo.

—Empiece por Gaizka —dijo Ane.

Koldo retiró la mano.

—No. Empiezo por la noche en que murió Unai.