Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

La escalera interior

El panel cedió cuando el cerrajero introdujo una varilla por el corte del cajón.

No estábamos en el piso. Habían trasladado la puerta y la sección trasera de la biblioteca a una nave de Científica. Bajo los focos, la madera parecía más vieja. Aitor había vuelto a calabozos. Su abogado observaba desde detrás de un cristal.

La varilla recorrió el surco vertical. Dos pasadores salieron de los agujeros ocultos y una pieza del fondo de la biblioteca se abrió hacia el salón.

Robles metió una regla en la separación.

—Treinta y cuatro centímetros.

—Suficiente para pasar de lado —dije.

El cerrajero soltó la varilla. Los pasadores regresaron con un golpe seco. El panel encajó sin dejar junta visible.

Ane levantó la mano antes de que repitiera la prueba.

—Grabad primero la posición de cada pieza.

Una técnica colocó escalas junto a los agujeros. Otra aspiró el interior del surco. El olor de la madera cortada se mezclaba con el adhesivo de las bolsas de prueba.

El mecanismo no escondía nada. Había servido para esconder el paso.

Zubia dejó la autorización sobre una mesa.

—La reconstrucción continúa sin el detenido. Su abogado acepta mientras no atribuyamos movimientos a su cliente.

—Acepta mirar —dijo Robles.

El hombre golpeó el cristal con un nudillo.

—Y escuchar.

Ane hizo girar la puerta hasta la posición original. Abría hacia el corredor. La cara oculta quedaba unida al panel de la biblioteca mediante una placa que ya no estaba, pero los tornillos conservaban la distancia exacta.

El cerrajero fabricó una guía provisional con una tira de aluminio. La fijó sobre las marcas y conectó ambos pasadores.

—Cuando la puerta se abre desde fuera, esto tira del panel —dijo—. No hace falta mover el mueble.

Accionó el cuadradillo con una herramienta.

La hoja salió hacia nosotros. Al mismo tiempo, el fondo de la biblioteca retrocedió unos centímetros y giró sobre dos bisagras ocultas. Se abrió un paso estrecho hasta el salón.

Robles cruzó primero.

—Entra sin tocar un libro.

Volvió al corredor y cerró. El panel regresó a su sitio. Desde el lado del salón solo se veía la biblioteca intacta.

Ane ordenó repetirlo con cámaras en ambos lados. Después pidió medir el tiempo.

El cerrajero abrió.

Robles pasó.

Cerró.

Ocho segundos.

—Arrieta podía estar en el salón y no verlo llegar —dije.

—Podía no verlo —respondió Ane—. No sabemos dónde estaba.

No insistí. Me ajusté el guante sobre la venda y miré el cuadradillo. La herramienta metálica dejaba una marca limpia. La llave de resina de Aitor permanecía sellada sobre otra mesa.

La técnica acercó una lupa al interior de la cerradura.

—Hay material gris en dos bordes.

El abogado abandonó el cristal y entró acompañado por un agente.

—Esa cerradura ha sido manipulada durante la investigación.

Ane no se volvió.

—La muestra profunda se tomó antes de desmontarla.

—¿Y qué demuestra?

La técnica cerró el tubo.

—Eso lo dirá la comparación.

El abogado apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Mi cliente conocía el edificio. Nunca lo ha negado.

—Negó haber entrado en el piso —dijo Robles.

—Conocer una puerta no es cruzarla.

Ane indicó al cerrajero que retirara la guía provisional. La prueba había terminado. Ya podían trabajar sobre las partículas sin más movimientos.

Salimos de la nave al caer la tarde. La lluvia había limpiado el aire, pero el asfalto devolvía las luces de los coches. Robles abrió el vehículo y dejó las llaves en el techo.

—Falta la salida.

—La misma puerta —dije.

Ane negó mientras guardaba la grabación.

—Falta demostrar que podía cerrarla desde el corredor y dejar el panel sujeto.

Volvimos al edificio de Arrieta sin Aitor. La jueza había ampliado el registro de la escalera interior y del piso vacío contiguo. Dos agentes controlaban cada acceso.

La biblioteca seguía retirada. Entramos por el salón y cruzamos el hueco. En el corredor, el frío se pegaba a las fundas de los zapatos.

Robles iluminó el marco.

—El muelle cerraba la hoja. ¿Qué fijaba el panel?

El técnico buscó bajo el zócalo. Encontró una ranura estrecha alineada con el pasador inferior. Introdujo una lámina y tocó metal.

—Hay un contrapeso dentro de la pared.

Ane pidió una cámara flexible. La sonda bajó por la ranura y mostró una pesa pequeña unida a un cable. Cuando la puerta regresaba al marco, el cable tensaba los pasadores.

—Se cerraba solo —dijo Robles.

—Desde cualquiera de los lados —añadió el técnico.

Ane hizo desmontar únicamente el zócalo. El contrapeso conservaba polvo en toda la superficie salvo en una franja reciente. Alguien había utilizado el mecanismo poco antes de que lo descubriéramos.

La técnica recogió fibras del cable. Negras. Trenzadas. Iguales a las encontradas bajo la oreja de Arrieta a simple vista, aunque nadie pronunció la coincidencia.

Antes de salir del edificio, Robles pidió revisar las cámaras del portal secundario con el horario del asesinato. La imagen no mostraba rostros. Una sombra cruzaba el borde inferior durante seis segundos y desaparecía hacia la Ribera.

El abogado acercó la cara al monitor.

—Eso puede ser un vecino.

—Puede —dijo Robles.

Amplió el fotograma. La sombra llevaba el brazo derecho pegado al cuerpo. En la muñeca brillaba una franja clara.

Ane pidió comparar la altura con Aitor, Salazar y los residentes. No permitió que congelaran una identidad sobre seis segundos de vídeo.

El administrador apareció con el registro de la puerta. El cierre magnético había fallado aquella noche durante cuarenta y dos minutos. La incidencia se abrió desde una terminal de mantenimiento y se cerró antes de que llegara el primer agente al piso de Arrieta.

—La credencial temporal —dije.

Zubia pasó la hoja al técnico.

El código coincidía con el que Aitor había generado al consultar los planos. Su abogado dejó de mirar la pantalla.

—Esa cuenta pudo ser utilizada por otra persona.

—Con la tarjeta, la clave y el teléfono que llevaba esa madrugada —respondió Robles.

—Ya discutimos eso.

—Ahora sabemos para qué servía.

Ane separó el registro del vídeo. Una cosa demostraba que alguien había preparado la salida. La otra mostraba que alguien la utilizó. Juntas estrechaban el espacio, pero no cerraban el asesinato.

—Precintad la terminal —ordenó—. Y recuperad la secuencia, no solo esos seis segundos.

El agente salió hacia la oficina del administrador. La puerta inferior quedó vigilada desde ambos lados.

Mi teléfono vibró.

La alarma de Martina ocupó la pantalla.

Ocho en punto.

Me aparté hacia el piso vacío y cerré la puerta sin salir del precinto. Laura contestó al segundo tono. Martina apareció pegada a la cámara con el dibujo detrás.

—Sigues en Bilbao.

—Sí.

—Pero has llamado.

—También.

Laura cruzó al fondo de la habitación del hotel. Dejó una bolsa sobre la cama y levantó dos dedos: ubicación recibida. Vendaje igual. No preguntó nada.

Martina acercó la tercera puerta del dibujo.

—Te he puesto una ventana.

—Antes no estaba.

—Para ver si vienes.

Robles abrió la puerta del piso vacío y levantó cuatro dedos. Terminé la llamada sin prometer una hora. Martina colgó primero.

En el corredor, la técnica sostenía el informe preliminar del laboratorio.

—La resina de la llave y las partículas profundas coinciden en composición, pigmento y carga mineral.

El abogado de Aitor leyó la copia sin tocarla.

—Eso sitúa una llave en la cerradura. No a mi cliente.

Robles dejó la bolsa de la llave junto al informe.

—La llevaba en el bolsillo cuando intentó destruir la caja de Gaizka.

—Y ha explicado que la encontró entre las pertenencias de su padre.

—Su padre dijo que la había destruido —respondí.

El abogado me miró por encima del papel.

—Su padre ha dicho muchas cosas.

Ane guardó el informe. No discutió. Ordenó completar el recorrido desde la salida inferior hasta el punto donde Salazar recogió a Aitor.

Caminamos con un agente grabando detrás. Bajamos la escalera, cruzamos el patio y salimos por el portal secundario. Desde allí, el muelle de Marzana quedaba a diecisiete minutos sin correr.

Robles detuvo el cronómetro junto a la marca donde había parado el patrulla.

—Entrada, sedación, montaje de la cuerda y regreso. Cabe en cuarenta minutos.

—Cabe un recorrido —dijo Ane—. El asesinato necesita más.

Un coche frenó junto a nosotros. Zubia bajó con el teléfono en la mano.

—Aitor quiere declarar.

—¿Con su abogado? —preguntó Ane.

—Con una condición.

Zubia miró el edificio, después la escalera que acabábamos de cerrar.

—Quiere que sentemos a Koldo delante.