Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Laura llega a Bilbao

Laura ya estaba sentada frente a Ane cuando regresé del juzgado.

Había dejado la maleta junto a la pared y mantenía el abrigo puesto. No miró mi mano vendada. Tampoco la carpeta abierta sobre la mesa. La luz blanca de la sala le marcaba el cansancio bajo los ojos.

—Has tardado —dijo.

Ane cerró la carpeta.

—La jueza ha confirmado la detención. Aitor no declara hasta que llegue su abogado nuevo.

Laura apartó una silla con el pie.

—No he venido por Aitor.

Me senté. La venda tiró al doblar los dedos.

—Te dije lo que sabía.

—Me dijiste lo que podías resumir mientras yo subía a un tren.

Robles entró con dos cafés y dejó uno delante de Laura. Ella lo apartó sin probarlo.

—La caja de Gaizka contiene copias de informes —dijo Robles—. Ninguna grabación.

Ane la miró.

—Eso no estaba autorizado todavía.

—Ahora ya lo sabe.

Laura tocó el borde del vaso. El cartón crujió bajo su uña.

—¿Qué no me has contado?

La ventilación movió una hoja en la mesa. Ane la sujetó con la palma, pero no respondió por mí.

Le enseñé la venda. Después describí la azotea, la caja suspendida y la frase de Aitor. No acorté el golpe a Urrutia. Tampoco convertí el forcejeo con Gaizka en una confesión que no existía.

Laura mantuvo los dedos sobre el café.

—¿Y Arrieta?

—Sigue abierto.

—¿Aitor puede haberlo matado?

—Sí.

—¿Puedes demostrarlo?

—No.

Robles recogió el vaso que Laura había apartado y bebió un sorbo.

—Eso es todo lo que tenemos.

Laura me miró las manos.

—No. Eso es todo lo que podéis sostener.

La venda se humedeció dentro de la palma. Cerré los dedos y el esparadrapo se hundió en la herida.

—No voy a pedirte que vuelvas.

—Menos mal.

—Tampoco que te quedes.

Laura levantó la maleta y la colocó sobre la silla vacía. El golpe hizo saltar una rueda.

—Eso ya lo he decidido.

Ane abrió otra carpeta. Dentro había fotografías del piso de Arrieta después del segundo registro. La biblioteca permanecía retirada. La puerta estrecha estaba desmontada y apoyada contra la pared. Científica había revisado el marco, los tornillos y el corredor.

—No encontramos nada que justifique que Aitor imprimiera el plano —dijo—. Ni en el piso ni en la escalera.

Robles señaló una imagen.

—Él asegura que puede demostrar que Arrieta utilizaba ese acceso para guardar documentación.

—¿A cambio de qué? —pregunté.

—De que la caída de Gaizka se investigue como imprudencia, no como homicidio.

Laura soltó el asa de la maleta.

—¿Puede negociar eso?

—Puede intentarlo —respondió Ane—. La jueza no ha prometido nada.

Me acerqué a la fotografía. La tercera puerta estaba apoyada con la cara interior hacia la pared. En el marco solo quedaban agujeros, astillas y marcas de herramientas.

—Quiere volver.

Ane cruzó los brazos.

—Quiere una reconstrucción con su abogado, la fiscal y nosotros. Dice que mostrará dónde escondía Arrieta los informes.

—Y si no existe ese escondite, habrá conseguido entrar otra vez en el edificio.

—Esposado.

—Las manos no son lo único que se usa para señalar.

Ane retiró la fotografía antes de que la tocara.

—Por eso tú no decides el dispositivo.

Laura me observó. No intervino. Esperó hasta que aparté la mano.

Robles abrió el plano recuperado del sistema policial. El recorte mostraba la escalera interior, el tramo final y una franja del salón. Había una medida escrita junto al marco.

Setenta y ocho centímetros.

—La puerta mide setenta y seis —dijo Robles.

Ane colocó una regla sobre la imagen.

—El plano es anterior a la reforma.

—Entonces debería medir más, no menos.

Robles puso al lado la fotografía forense. El marco tenía dos centímetros añadidos en el lateral derecho. Una pieza de madera estrecha, pintada como el resto.

Laura se inclinó sin tocar la mesa.

—¿Eso estaba cuando registrasteis?

—Sí —dijo Ane.

—¿Y lo abristeis?

Ane sostuvo su mirada.

—Se comprobó con escáner. No había hueco suficiente para una caja.

—Una caja no —dije.

Robles amplió la imagen. La pieza añadida recorría el marco desde el suelo hasta la viga. Dos centímetros de fondo. Suficiente para una llave, una tarjeta o un soporte estrecho.

Ane tomó una decisión.

—Nadie vuelve allí hasta que llegue el equipo de estructuras. Aitor espera en calabozos.

—Si sabe que hemos visto la medida, cambiará lo que pensaba enseñarnos —dije.

—No sabe qué hemos visto.

Laura cerró el plano con dos dedos.

—Pero sabe cuánto tardáis en encontrarlo.

La puerta se abrió. Zubia entró con el teléfono en la mano y una carpeta bajo el brazo.

—El abogado acepta la reconstrucción —dijo—. Quiere hacerla hoy y exige grabación continua.

Ane miró el reloj.

—No antes de que revisemos el marco.

—La jueza ha autorizado ambas cosas. El equipo entra primero. Aitor después.

Zubia dejó la carpeta sobre la mesa. Un documento fijaba las condiciones: esposas delanteras, dos agentes, recorrido limitado, sin contacto con objetos y declaración grabada.

Leí la última línea.

El investigado podrá indicar mediante gestos la ubicación de elementos relevantes.

—Eso es lo que busca —dije.

—También es lo que necesitamos —respondió Zubia.

Laura cogió su maleta.

—¿Dónde vais a estar?

La pregunta iba dirigida a mí. Esta vez Ane no respondió.

—En el edificio de Arrieta. Después volveré a comisaría.

—Eso no era lo que he preguntado.

Miré el reloj. Faltaban cuarenta minutos para la llamada con Martina.

—Te acompaño a un hotel y te doy la dirección exacta antes de entrar.

Laura giró el asa. La rueda rota chocó contra su zapato.

—No necesitas acompañarme.

—Lo sé.

—Entonces formula la parte que falta.

El vendaje me raspó al abrir la mano.

—Te pido que no desaparezcas mientras yo estoy dentro.

Laura sostuvo el asa sin levantar la maleta.

—Te mandaré la habitación cuando cierre la puerta. Tú llamas antes de cambiar de sitio.

—De acuerdo.

Ane señaló a un agente del pasillo. Laura le entregó la maleta para que la bajara, pero conservó el abrigo puesto.

Antes de salir, se acercó y me ajustó el borde despegado de la venda. Lo hizo con dos dedos, sin mirar la herida.

—No vuelvas con otra —dijo.

—Haré lo posible.

—Eso no.

Retiró la mano.

—Vuelve con esta.

La puerta se cerró detrás de ella.

Ane me lanzó unos guantes.

—Al coche.

Atravesamos Bilbao por la Ribera mientras la mañana llenaba de tráfico los puentes. El Nervión devolvía una luz sucia entre los edificios. Nadie habló hasta que el coche frenó frente al portal de Arrieta.

El equipo de estructuras esperaba dentro. La tercera puerta seguía apoyada contra la pared.

Aitor llegó detrás, esposado.

Al verla desmontada, sonrió.

—La habéis colocado al revés.

Ane no respondió. Indicó al cámara que acercara el objetivo y obligó a Aitor a permanecer sobre una marca. Zubia leyó las condiciones. Él escuchó mirando la madera.

—¿Qué cambia? —preguntó Robles.

Aitor levantó las manos unidas.

—Me han prohibido señalar.

—Puedes hacerlo —dijo Zubia—. No tocar.

Él extendió un dedo hacia la parte superior. El canto que ahora quedaba junto al suelo presentaba cuatro agujeros de tornillo. En el extremo contrario solo había dos.

El técnico de estructuras giró la fotografía original. La bisagra inferior coincidía con la pieza añadida del marco.

—La montaron para abrir hacia el corredor —dijo.

—La reformaron —corrigió Aitor—. Antes abría hacia el piso.

Ane se colocó entre él y la puerta.

—¿Quién la reformó?

Aitor bajó las manos.

—Arrieta no confiaba en cerraduras que otros podían copiar.

Robles mostró la llave gris dentro de su bolsa.

—Tú tampoco.

El músculo de la mandíbula de Aitor se movió. El agente situado detrás ajustó la sujeción de las esposas.

Ane decidió mantenerlo allí.

—Giradla. Él mira desde la marca.

Dos técnicos levantaron la puerta. La madera rozó el plástico protector y dejó un gemido áspero. Aitor siguió el movimiento sin parpadear.

La cara interior no estaba lisa. Una franja más clara recorría el lateral derecho, protegida por la pieza añadida. En el centro había dos marcas circulares y un surco vertical, como si una placa hubiera subido y bajado dentro de la madera.

El técnico acercó una luz.

—Aquí hubo un mecanismo.

Aitor dio un paso. Las esposas tiraron de sus muñecas y el agente lo devolvió a la marca.

Robles levantó la cámara.

—No esperabas que siguiéramos el orden.

Cuando la cara oculta quedó frente a nosotros, la sonrisa desapareció.