CAPÍTULO 35
La primera muerte fue un accidente
Aitor entró en el garaje de Atxuri cuando el cielo empezaba a aclarar sobre la ría.
Esperó a que saliera una furgoneta y cruzó bajo la barrera antes de que descendiera. La cámara del portal lo perdió detrás de una columna. Otra lo recuperó junto a la puerta de servicio.
—No ha usado la entrada desde que salió del hostal —dijo Robles por el auricular.
Llevábamos casi tres horas siguiéndolo. Había cruzado Santutxu, bajado hasta el Casco Viejo y esperado dos tranvías sin subir.
En dos ocasiones se detuvo ante escaparates oscuros para mirar el reflejo de la calle.
El equipo mantuvo la distancia. Ane rechazó cerrarle el paso cuando pasó junto a una patrulla.
Si lo detenían antes de elegir una puerta, solo tendríamos otra explicación preparada. Y ninguna prueba nueva.
Ane mantuvo la mano levantada. El agente situado junto a la barrera no se movió. Desde el coche, a media calle, yo veía el reflejo del garaje en un escaparate apagado.
—Todavía no —ordenó ella.
Aitor abrió la puerta de servicio con una llave plana y cerró a su espalda. En la pantalla del seguimiento apareció el punto del agente colocado en la planta inferior. Otro esperaba en la cubierta contigua.
Robles ajustó el chaleco.
—Si baja al pasillo donde apareció Urrutia, perdemos imagen.
—Lo seguimos desde arriba —respondió Ane—. Nadie entra hasta que toque lo que ha venido a buscar.
La frase me tensó los dedos sobre la rodilla. Ane lo vio. Me quitó el auricular izquierdo y comprobó que siguiera conectado.
—Tú vienes conmigo. No delante.
Abrimos las puertas al mismo tiempo.
El aire de la mañana arrastraba olor a gasóleo desde la Ribera. Cruzamos la calle mientras un camión descargaba cajas junto al mercado. El conductor no miró los tres coches sin distintivos.
Ane abrió la puerta de servicio con la llave del responsable. No encendió la luz. El hormigón devolvía cada paso con medio segundo de retraso.
—Planta menos dos —susurró Robles por radio—. Va hacia ventilación.
Bajamos.
La carretilla donde habían trasladado a Urrutia ya no estaba. Científica había dejado dos marcas blancas en el suelo. Aitor pasó entre ellas sin detenerse y empujó una rejilla metálica al fondo del corredor.
—Conoce el recorrido —dije.
Ane me tocó el pecho con dos dedos.
—Eso lo grabamos. No lo interrumpas.
La rejilla cedió hacia dentro. Aitor entró de lado y desapareció. El agente de la cubierta informó de un golpe bajo la trampilla. Después, silencio.
Ane decidió avanzar.
Robles abrió la rejilla. El conducto no permitía caminar erguido. Entró primero. Yo fui detrás de Ane, con el hombro rozando la pared fría.
Arriba sonó metal contra metal.
—Está retirando una placa —dijo el agente.
La escalera terminaba bajo una trampilla abierta. Robles asomó apenas la cabeza y volvió a bajar.
—Azotea del aparcamiento. Está junto al extractor.
Ane señaló dos salidas con la mano. Un agente rodearía por la pasarela. Nosotros subiríamos cuando Aitor sacara lo que hubiera dentro.
Esperamos.
Un tornillo cayó sobre la chapa. Rodó hasta detenerse cerca de la trampilla. Después llegó un tirón seco y una respiración contenida.
—Ahora —dijo Ane.
Robles subió de un impulso.
Aitor estaba arrodillado junto al extractor. Había retirado la tapa lateral y tiraba de una caja negra atrapada entre dos conducciones. La correa colgaba rota. En un extremo conservaba una hebilla doblada.
Levantó la cabeza.
No soltó la caja.
—Déjala en el suelo —ordenó Ane.
Aitor tiró una vez más. La caja salió de golpe y le golpeó el pecho. Dio dos pasos hacia atrás. La grava húmeda cedió bajo sus zapatos.
Robles se desplazó hacia la pasarela.
—No tienes salida.
—No he venido a salir.
Aitor agarró la caja por el asa. El plástico llevaba dos letras blancas junto al cierre: G. E.
Gaizka Ereno.
Ane extendió la mano.
—Ponla despacio.
—La ibais a encontrar.
—Por eso has cruzado media ciudad antes del amanecer.
Aitor miró el borde de la cubierta. A tres edificios, la iglesia de San Antón cortaba el cielo gris. El viento empujó la tapa del extractor y la hizo golpear dos veces.
Aitor lanzó la caja hacia el hueco.
Me moví antes de que Ane pudiera detenerme. Alcancé la correa rota. El tirón me arrastró una rodilla contra la grava. La caja quedó suspendida fuera del borde.
Aitor sujetaba el otro extremo.
Durante un segundo ninguno soltó.
La hebilla doblada crujió.
—Julio —dijo Ane.
Abrí la mano.
La caja cayó medio metro y quedó atrapada sobre una canaleta. Robles se abalanzó sobre Aitor cuando él intentó recuperar la correa. Ane le golpeó el antebrazo contra el suelo y apartó la llave de su bolsillo.
El agente de la pasarela llegó después. Entre los tres lo inmovilizaron sin levantarlo.
Aitor giró la cara hacia mí.
—Eso hizo él.
La palma me ardía. Una línea roja atravesaba la piel donde había rozado la correa.
—¿Quién? —preguntó Robles.
Aitor cerró la boca.
Ane le colocó una esposa. La otra quedó abierta sobre su muñeca izquierda.
—Has dicho que eso hizo él.
—No he dicho nada.
Robles señaló la caja colgada.
—Gaizka tiró hacia atrás.
Aitor intentó incorporarse. Ane le apoyó una rodilla entre los omóplatos.
—No reconstruyas por nosotros.
—Me quitó lo que era de mi padre.
Nadie le había preguntado por Koldo.
Ane cerró la segunda esposa.
—¿Qué había dentro?
—Papeles.
—¿Los viste?
Aitor apretó la mejilla contra la grava.
—Vi cómo se los llevaba.
Robles se acercó al borde. El agente aseguró la caja con una cuerda y la elevó sin tocar el asa.
La correa tenía una rotura limpia en un lado y fibras estiradas en el otro. La hebilla estaba torcida hacia fuera, igual que los dos arañazos paralelos del pretil.
Ane la observó desde un metro.
—Gaizka no cayó porque lo empujaran.
Aitor movió una pierna.
—Fue un accidente.
La palabra salió demasiado preparada.
—Una caída puede ser accidental —respondió Ane—. Ocultar la caja no.
—Entré en pánico.
—Y Urrutia apareció en otro portal.
Aitor dejó de moverse.
Robles recogió la llave con una pinza. La funda era de resina gris. En la base quedaba una línea roja, fina, atrapada en el material.
—La copia del molde —dijo.
Ane no respondió. Llamó a la jueza sin apartarse de Aitor. Expuso la caja, el acceso y las frases grabadas. Escuchó menos de un minuto.
—Queda detenido —dijo al colgar—. La caída se calificará cuando sepamos cuánto tiempo tuvo para soltar.
Lo levantaron.
—Yo no lo empujé —dijo.
Ane le limpió la grava del hombro con el dorso del guante.
—Eso será lo primero que intente demostrar tu abogado.
Bajamos por la escalera exterior. Aitor caminaba entre dos agentes. No miró la caja cuando la introdujeron en una bolsa rígida.
En el rellano donde habían encontrado a Urrutia, se detuvo.
—Él se levantó solo.
Robles bloqueó la puerta con el pie.
—¿Después de que lo golpearas?
Aitor bajó un escalón.
—Después de que intentara impedírmelo.
—¿Impedirte qué?
El abogado no estaba allí para tocarle el hombro. Aitor lo recordó tarde.
Ane hizo una señal. Los agentes continuaron sin permitir otra respuesta.
En la calle, las persianas empezaban a subir. El primer tranvía pasó al final de la avenida. Aitor entró en el coche sin resistirse.
La primera muerte ya tenía un mecanismo. Todavía no teníamos intención. Tampoco una sola palabra sobre Arrieta.
Ane cerró la puerta del vehículo.
—No lo interrogamos hasta registrar de nuevo el piso.
Aitor giró la cabeza al otro lado del cristal.
Robles guardó la llave de resina.
—La tercera puerta ya está desmontada.
—La entrada sí —dijo Ane—. Lo que él buscaba, no.
Saqué el teléfono. Tenía tres llamadas de Laura y una alarma que faltaba menos de una hora para sonar.
Marqué antes de entrar en el coche.
Laura contestó sin saludo.
—¿Estás herido?
Miré la línea abierta en mi palma.
—Poco.
—Eso no es una medida.
—Aitor está detenido. Gaizka cayó durante un forcejeo. Hemos recuperado la caja.
Ane abrió la puerta del conductor, pero no arrancó. Esperó.
—¿Y Arrieta? —preguntó Laura.
—No está resuelto. Vamos a volver al edificio.
Al otro lado sonó una puerta automática. Después, una voz anunció una salida hacia Bilbao.
—No vuelvas todavía —dijo Laura.
—No puedo prometerlo.
—No te he pedido una promesa.
La voz del altavoz repitió el andén.
—Te he dicho que esperes a que llegue.