Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El molde

La silicona seguía pegada al fondo del vaso.

La técnica inclinó el recipiente bajo la lámpara. Una lámina gris cubría un lateral; en el centro aparecía el canal de una llave estrecha, con una muesca transversal cerca de la punta.

—No lo mováis —dijo Ane.

El garaje de Koldo ocupaba el último hueco de una nave en Rekalde. Sobre nosotros pasaban coches por la carretera; cada vibración soltaba polvo de las vigas.

Robles sujetó una regla junto al molde sin tocarlo.

—La cruz está aquí.

El cerrajero comparó la forma con las fotografías del bombín oculto. Apoyó un perfil metálico sobre la mesa.

—No es una impresión de ese cilindro; es de la llave terminada.

—¿Diferencia? —pregunté.

—Para copiar un cilindro se miden los pernos. Aquí alguien presionó una llave completa contra silicona blanda.

Ane ordenó fotografiar el vaso y recoger las partículas sueltas. Impidió al cerrajero retirar el molde.

En el banco había dos trabajos distintos. Las limaduras de latón se mezclaban con aceite junto al torno. La silicona ocupaba una bandeja limpia, lejos de las herramientas.

—Uno fabricó una llave —dijo Robles—; otro la copió sin llevársela.

El cerrajero levantó una lima fina.

—Quien hizo el primer trabajo sabía cortar metal. El segundo solo necesitaba diez minutos y la llave prestada.

Una puerta corredera golpeó a nuestra espalda. El mecánico del local contiguo apareció con una chaqueta sobre el pijama.

—Ese torno no era de Koldo.

Ane le pidió que permaneciera fuera del precinto.

—¿De quién?

—Gaizka lo trajo y estuvo dos tardes aquí, hará un mes. Koldo le sujetaba la lámpara porque ya no ve bien de cerca.

Robles mostró una fotografía de Gaizka; el hombre asintió antes de acercarse.

—Ese; se enfadó porque la pieza no giraba.

—¿Vio qué fabricaba? —preguntó Ane.

—Una llave con funda roja. La probaba en una cerradura que había traído desmontada.

El aire del garaje tenía un sabor seco. Miré el torno, la bandeja limpia y la fotografía de la llave desaparecida del cinturón de Arrieta.

—Gaizka hizo la llave para Arrieta.

—Eso ya lo declaró Edurne —respondió Ane—. Aquí podemos demostrar el método.

Robles se agachó junto a un armario bajo, pero no lo abrió. Iluminó la ranura inferior y señaló una gota gris endurecida en el suelo.

—La silicona llegó después: hay polvo debajo, no encima.

La técnica tomó una muestra del borde. Dentro del material quedó atrapada una escama roja.

Ane ordenó compararla con la funda visible en las fotografías de la pensión y con los restos del bombín. Luego pidió revisar huellas, envases y herramientas sin atribuir todavía el segundo trabajo.

—Koldo viene de camino —dijo.

—¿Lo has pedido tú? —pregunté.

—Su abogado solicitó estar presente cuando abriéramos el banco. Le he concedido llegar después de documentarlo.

El mecánico volvió a su local; la persiana descendió y dejó una franja de luz bajo el metal.

Koldo entró esposado por delante. Su abogado caminaba a un lado; dos agentes permanecieron junto a la puerta. Él miró primero el torno y después el vaso.

—Eso no estaba ahí cuando cerré.

La técnica siguió embalando las muestras.

—¿Cuándo cerró? —preguntó Ane.

—Hace cuatro días.

—La cámara de la gasolinera lo sitúa aquí anteayer.

Koldo sostuvo la mirada antes de responder.

—Vine a buscar herramientas.

Robles colocó las manos en los bolsillos.

—¿También se llevó la llave que imprimieron?

El abogado levantó la palma.

—No responda a una acusación formulada como pregunta.

Koldo se acercó hasta la cinta. El agente le tocó el codo y él se detuvo.

—La copia la hice yo.

Nadie abrió una carpeta ni interrumpió. Ane señaló el torno con la barbilla.

—Explíquelo.

—Gaizka cortó una llave para Arrieta; después me pidió otra y yo hice el molde.

—¿Para quién?

—Para Gaizka.

Robles negó mientras observaba las limaduras.

—Si Gaizka quería otra, habría usado el torno. No necesitaba copiar su propio trabajo con silicona.

—No quería volver a cortar.

—Se enfadó durante horas hasta conseguir la primera —dijo el mecánico desde detrás de su persiana—; no habría dejado la segunda a medias.

Ane giró hacia el ruido.

—He dicho que permanezca fuera.

La franja de luz desapareció cuando el hombre terminó de bajar el metal.

Koldo movió las esposas. El roce quedó oculto por un coche que pasó sobre la nave.

—Yo hice la segunda.

—Eso no responde al destinatario —dijo Ane.

—No había destinatario.

—Las llaves no se copian para guardarlas sin destino —respondió Robles.

El abogado pidió que finalizaran la conversación. Ane aceptó y ordenó a los agentes esperar, pero Koldo no retrocedió.

—Gaizka me dejó la roja; yo la presioné y se la devolví.

—¿Cuándo? —preguntó Ane.

—No lo recuerdo.

—Recuerda haber venido anteayer.

—Recuerdo las herramientas.

Robles tomó la fotografía del vaso desde el monitor. Amplió una zona del borde donde la silicona había rebosado sobre una superficie rugosa.

—El recipiente se apoyó sobre tela.

La técnica enfocó la base, donde quedaban fibras oscuras pegadas al material.

—Puede ser una bayeta —dijo.

Robles miró los cajones abiertos; todas las bayetas eran azules.

—O una prenda.

Ane no permitió que eligieran cuál. Pidió comparar las fibras con las muestras ya recogidas y con la ropa incautada, sin mencionar la chaqueta desaparecida.

Koldo observó el monitor.

—Estáis haciendo una historia con basura.

—Usted empezó con un asesinato que no cometió —dije.

Ane me miró. No me expulsó, pero dejó claro que la siguiente pregunta no era mía.

—¿Dónde entregó la copia?

Koldo apoyó las esposas sobre el abdomen.

—La destruí.

El cerrajero levantó la vista.

—Un molde no es una copia funcional; falta el vaciado o el escaneo.

—Lo destruí todo.

—¿Con qué material la reprodujo?

Koldo tardó. Miró el estante donde había resinas, yeso y dos cajas de reparación.

—Metal.

El cerrajero soltó la lima sobre un paño.

—Con este molde no se vierte latón; la silicona no aguanta la temperatura. Habría utilizado resina rígida para obtener un patrón y cortar después.

Koldo giró hacia su abogado.

—He dicho suficiente.

El abogado pidió que lo retiraran y Ane no se opuso. Antes de que los agentes lo movieran, Robles introdujo una sonda bajo el armario y encontró un envase aplastado.

La etiqueta estaba arrancada, pero dentro quedaba polvo blanco.

—Resina de colada —dijo el cerrajero—; sirve para obtener un patrón exacto.

Koldo dio un paso; las esposas chocaron contra la hebilla.

—Eso era de Gaizka.

—Acaba de decir que usted hizo la copia —respondió Robles.

El abogado se interpuso sin tocarlo.

—La declaración ha terminado.

Ane dejó que se llevaran a Koldo sin intentar arrancarle otra frase. Esperó hasta que la puerta se cerró y pidió al equipo de vigilancia confirmar la posición de Aitor.

Aitor seguía en el hostal.

—No tenemos su mano sobre el molde —dijo Ane.

—Pero Gaizka no necesitaba esconder una copia de su propia llave —respondí.

Robles señaló los dos lados del banco.

—Gaizka cortó la roja con el cilindro delante. Después alguien la tuvo unos minutos y sacó una impresión. Koldo está intentando ocupar los dos puestos.

Ane miró el vaso sellado.

—Eso demuestra dos trabajos, no dos autores.

—También demuestra dos intenciones —dije—. La primera era darle acceso a Arrieta. La segunda, entrar sin que Arrieta supiera que existía otra llave.

La técnica cerró la caja de muestras. Ane pidió que el laboratorio priorizara la escama roja y las fibras, pero no ordenó detener a Aitor por el molde.

En cambio, llamó al equipo del hostal.

—No lo abordéis. Quiero saber adónde va cuando crea que hemos terminado aquí.

Koldo había intentado cubrir a su hijo otra vez. Esta vez no con una confesión, sino colocándose delante de una mesa de trabajo que no podía pertenecerle completa.

El teléfono de Ane vibró antes de que saliéramos.

Aitor acababa de abandonar el hostal y no llevaba equipaje.

El agente que lo seguía habló por el altavoz. Aitor bajaba hacia la avenida sin prisa y había dejado el teléfono del hostal en recepción. No miró una sola vez hacia el coche de vigilancia.

Robles apagó la lámpara.

—Ya ha elegido destino.

Ane entregó las llaves del garaje a Científica.

—Robles, con el seguimiento; Julio viene conmigo y nadie se adelanta.

—¿Y Koldo? —pregunté.

—Koldo ya ha elegido dónde quedarse.

Salimos mientras la persiana subía a nuestra espalda y el ruido del tráfico llenaba la nave. El molde quedó dentro, sellado, antes de cerrar otra vez.