CAPÍTULO 33
El dibujo de Martina
La taquilla de objetos personales estaba vacía; el encargado del lavadero sostuvo la puerta con el hombro mientras Robles iluminaba las esquinas. No había bolsa, chaqueta ni restos visibles, solo una etiqueta arrancada y olor a detergente industrial.
—Aitor firmó la retirada —dijo el encargado—. Nadie comprueba qué se lleva cada agente.
Ane revisó el registro sin acercárselo a Julio.
—Desde hoy, sí.
El vídeo del pasillo mostraba a Aitor entrando con una bolsa negra; salía cuarenta segundos después con ella doblada bajo el brazo. La cámara exterior no cubría el aparcamiento.
Robles retrocedió la secuencia.
—No vino a recuperar una prenda. Vino a comprobar que ya no estaba aquí.
El encargado buscó en una carpeta plastificada; cada retirada debía llevar destino, pero la línea de Aitor terminaba en una raya diagonal. No había matrícula, taquilla ni firma de recepción.
—Eso no lo completa el agente —dijo—. Lo hacemos nosotros al entregar la bolsa.
Robles comparó las otras entradas; todas tenían un número de jaula.
—Esta salió del circuito antes de llegar al almacén.
—O alguien dejó el campo vacío después —respondió Ane.
Pidió identificar a los tres empleados del turno y conservar sus teléfonos de empresa; no ordenó interrogarlos. Primero quería saber quién había modificado la hoja y desde qué terminal.
El encargado cerró la carpeta contra el pecho.
—Yo no estaba esa noche.
—Por eso seguirá aquí cuando comprobemos quién sí estaba —dijo Ane.
El encargado soltó la puerta; el golpe hizo vibrar las perchas metálicas del corredor.
—Las bolsas retiradas se trasladan cada madrugada al almacén de Zorroza.
Ane pidió conservar las grabaciones y llamó al equipo que vigilaba el hostal; Aitor seguía dentro. Suspendido, sin placa y con obligación de comunicar cualquier desplazamiento, todavía no estaba detenido.
—Vamos al almacén —dije.
Ane negó mientras hablaba por teléfono.
—Va Científica. Nosotros pedimos el registro del garaje de Koldo.
Robles señaló la hora de la pantalla.
—Tú tenías otra cosa.
Miré el móvil: veintisiete minutos tarde.
La alarma de la videollamada seguía en silencio porque yo mismo la había apagado durante la revisión del coche. Había prometido enseñar a Martina el dibujo terminado a las ocho.
—Cinco minutos —dije.
—No —respondió Ane—. Los que necesites. Nosotros seguimos.
No era permiso, era la consecuencia.
Salí al patio de servicio y marqué a Laura; el cielo había perdido el azul entre los edificios, pero la piedra todavía devolvía calor. Contestó Martina.
La cámara apuntaba al techo.
—Llegas tarde.
—Sí.
—Mucho.
—También.
Un dedo cubrió la imagen; después apareció su frente, demasiado cerca de la pantalla. Detrás sonaban platos y el programa infantil que alguien había dejado encendido.
—Ya lo terminé.
—¿Me lo enseñas?
—Era a las ocho.
No busqué una explicación; me apoyé contra la pared y dejé que el teléfono mostrara mi cara entera.
—Me equivoqué.
Martina movió la cámara. Laura cruzó por detrás con un paño en una mano y una taza en la otra.
—No le digas que estabas trabajando —dijo sin detenerse—. Ya sabe dónde estás.
—No se lo iba a decir.
—Lo estabas pensando.
Martina golpeó la mesa con un rotulador.
—Yo también estaba trabajando.
—Tienes razón.
—No digas eso.
La frase me sorprendió más que el enfado.
—¿Qué digo?
—Que llegaste tarde.
—Llegué tarde.
Ella dejó el teléfono apoyado contra un vaso. La imagen quedó inclinada. Solo veía media mesa, una caja de lápices y el borde del papel.
—No lo voy a levantar —dijo.
—Entonces me quedo aquí.
—Puedes colgar.
—Puedo. No voy a hacerlo.
Laura volvió y apartó el vaso antes de que cayera; no corrigió el encuadre. Se sentó fuera de la imagen y empezó a doblar ropa.
—Ha cenado mal —dijo.
—No he cenado mal —protestó Martina—. No quería guisantes.
—Eso es cenar mal en esta casa.
Alguien abrió una puerta; Lucas preguntó desde lejos quién ocupaba el cargador. Clara respondió que mirara en el salón. Ninguno se acercó a la llamada.
Martina deslizó el dibujo unos centímetros. Vi una esquina azul y una puerta amarilla.
—Un poco más —dije.
—No mandas.
Retiré la mano que había levantado hacia la pantalla.
—Un poco más, por favor.
Ella empujó el papel hasta el centro.
Había tres puertas. La primera estaba cerrada. La segunda tenía una ventana pequeña. La tercera permanecía abierta y Laura aparecía dentro, junto a una mesa roja. Clara estaba en el pasillo con Martina y Lucas.
Yo quedaba fuera de la casa; no dije nada.
Martina acercó un rotulador negro al papel y repasó mis zapatos.
—Te faltaban los cordones.
—Ahora ya los tengo.
—No. Uno está suelto.
Dibujó una línea torcida.
Laura dejó una camiseta doblada sobre otra.
—Le dijiste que volverías para terminarlo.
—Lo sé.
—Ella no te ha preguntado si lo sabes.
Martina levantó el dibujo y lo agitó hasta que la imagen perdió el enfoque.
—Tú estás fuera porque sigues en Bilbao.
—Sí.
—Laura está dentro porque me ayudó con la mesa.
—Vale.
—Y mamá está en el pasillo porque no quería sentarse.
Clara apareció detrás con un plato pequeño; miró la pantalla y dejó dos trozos de tortilla junto a Martina.
—Come mientras hablas.
—Estoy enseñando.
—Puedes hacer dos cosas mal a la vez.
Martina mordió la tortilla sin soltar el dibujo. Una miga cayó sobre la puerta amarilla y la retiró con la uña.
—¿Cuándo vuelves?
La respuesta se quedó detrás de los dientes; el billete había vuelto a cambiar. Aitor seguía libre y el registro del garaje aún no estaba autorizado.
—Todavía no tengo una hora que pueda cumplir.
Martina bajó el papel.
—Pues no digas mañana.
—No lo voy a decir.
—Ni después.
—Tampoco.
Clara se apoyó un instante en el respaldo.
—El tren de la tarde sigue reservado.
—Sí.
—Eso no significa que vayas dentro.
—No.
No añadió nada; se llevó el plato vacío que Martina intentaba esconder bajo el dibujo.
Mi teléfono vibró. Robles. No miré el mensaje.
Martina sí oyó el sonido.
—Te llaman.
—Pueden esperar.
—Yo esperé.
El borde del móvil se me clavó en la palma.
—Sí.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—A mí más.
Laura dejó de doblar durante un segundo; después cogió otra camiseta.
—Eso no se discute —dijo.
Martina acercó la cara.
—¿Vas a llamar mañana a las ocho?
—Voy a poner la alarma y voy a contestar, aunque no tenga nada nuevo.
—No tienes que tener cosas.
—Ya.
—Hoy tampoco tenías.
El patio quedó pequeño alrededor de la pantalla. Detrás de mí, una puerta se abrió y Robles asomó la cabeza; no habló. Levantó una carpeta con el sello judicial y volvió a entrar.
—Tengo que irme —dije.
Martina apretó los labios.
—Primero haz una foto.
—¿De qué?
—Del dibujo. Para que no digas que no lo viste.
Laura sostuvo el papel; Martina se colocó al lado, seria, con un rotulador en cada mano. Hice la captura.
—Otra —ordenó—. En la primera parpadeé.
La segunda quedó mejor; Martina la revisó acercándose a la pantalla.
—Ahora sí.
—Mañana a las ocho.
—Ponla ya.
Abrí la alarma delante de ella. Ocho de la tarde. El nombre apareció en la pantalla: MARTINA.
—En mayúsculas —dijo.
Lo cambié.
Lucas pasó por detrás y miró solo un segundo.
—Te ha puesto fuera.
—Ya lo veo.
—Entonces no hace falta explicarlo.
Siguió hacia el salón con el cargador en la mano.
Martina recuperó el teléfono.
—Adiós.
—Adiós.
—No cuelgues tú.
Esperé; ella tocó la pantalla y la imagen desapareció.
El mensaje de Robles decía que la jueza había autorizado registrar el garaje de Koldo. El almacén de Zorroza todavía no había localizado la bolsa.
Volví al interior. Ane repartía funciones junto a la salida. Dos agentes irían primero con Científica; Robles coordinaría el registro. Yo entraría solo cuando aseguraran el lugar.
—Aitor sigue en el hostal —dijo Ane—. Un equipo lo tiene a la vista.
—¿Koldo?
—Su abogado ya ha recibido la notificación.
Robles me entregó una funda para el teléfono.
—¿Todo arreglado?
Guardé el móvil sin responder a esa palabra.
—Todo hablado.
Ane abrió la puerta del garaje; el motor del coche esperaba encendido.
Antes de subir, envié al grupo familiar la ubicación y una frase: CAMBIO DE SITIO. REGISTRO AUTORIZADO. OS AVISO AL SALIR.
Clara respondió con un pulgar; Laura no escribió. Martina mandó la fotografía del dibujo.
Mi figura seguía fuera.
Robles golpeó dos veces el techo del coche.
—Barral. Nos vamos.
Subí sin guardar la imagen.