CAPÍTULO 32
Una coartada de uniforme
El coche patrulla seguía húmedo cuando lo levantaron.
Las ruedas giraron unos centímetros sobre la plataforma. Debajo, el técnico conectó un cable al módulo de posición y pidió que nadie tocara el contacto. En el garaje de jefatura olía a goma mojada.
—La primera ruta empieza a las dos y seis —dijo Robles.
En la pantalla, una línea azul cruzaba Indautxu y regresaba por la Gran Vía. A esa hora, tres días antes de la muerte de Arrieta, la tarjeta de Aitor ya había entrado en jefatura.
Ane dejó la carpeta de servicio sobre el capó.
—¿Quién conducía?
El sargento de turno señaló una firma.
—Etxabe y Salazar compartían unidad.
El técnico abrió la grabación interior. La imagen temblaba con cada bache. Solo aparecía un hombro en el asiento del conductor. El acompañante permanecía vacío.
Robles detuvo el vídeo.
—Ese uniforme no lleva la placa de Aitor.
El sargento tocó la pantalla con un nudillo.
—Salazar.
Ane ordenó localizarlo sin avisar por radio. También pidió revisar las otras noches en que ambos habían compartido vehículo. El técnico empezó por la muerte de Arrieta.
La segunda ruta apareció debajo de la primera.
Mismo coche. Mismo conductor solo. Cuarenta minutos sin Aitor.
Salazar llegó diez minutos después. Llevaba ropa de calle y una marca roja bajo la oreja. Miró el coche elevado antes que a nosotros.
—Me dijeron que había un problema con el turno.
—Hubo dos —respondió Ane—. Te sentaste solo mientras tu compañero hacía otra cosa.
Salazar metió las manos en los bolsillos.
—Aitor estaba haciendo gestiones.
—Una consulta de madrugada y otra gestión la noche de un asesinato —dijo Robles.
—No sabía que habían matado a nadie.
Ane abrió la puerta trasera del patrulla y señaló el asiento. Salazar no se sentó.
—Puedes responder aquí o hacerlo arriba con Asuntos Internos.
Él sacó una mano.
—La primera vez dijo que necesitaba entrar en jefatura sin poner el apellido de Koldo en otro informe.
—¿Y la segunda?
Salazar miró la ruta inferior.
—Su padre estaba enfermo.
—Koldo no estuvo ingresado —dijo Robles.
—No dije hospital.
El técnico amplió el trayecto. Aitor había bajado cerca del muelle de Marzana. Salazar condujo alrededor de Abando durante cuarenta minutos antes de recogerlo en el mismo punto.
—¿Te pidió mantener el coche en movimiento? —preguntó Ane.
—Me pidió que no parara.
—Para el sistema es lo mismo —dije.
Ane no me corrigió. Señaló el parte.
—Aquí consta que Aitor estuvo contigo durante todo el servicio.
Salazar apretó los labios.
—Cambié la hora al cerrar el turno.
—Cambiaste un registro oficial.
—Faltaban cuarenta minutos. Una ausencia así abre un expediente.
Robles avanzó la grabación. Salazar hablaba por radio usando el indicativo de la unidad. Nunca nombraba a Aitor. En dos ocasiones respondía en plural.
—“Estamos llegando”. “Lo comprobamos” —leyó—. Le fabricaste presencia.
Salazar cerró la puerta trasera.
—Evité que pareciera que había abandonado el puesto.
—Había abandonado el puesto —dijo Ane.
Robles abrió el registro y localizó una llamada recibida a las dos veintinueve. Una mujer denunciaba golpes en un portal de Hurtado de Amézaga.
—No acudiste.
—Otra unidad estaba cerca.
—Tardó nueve minutos. Tú estabas a tres.
Salazar golpeó el techo con dos dedos.
—Si salía de la ruta, Aitor podía volver y no encontrarme.
La frase quedó entre el coche y nosotros.
—Conocías el punto de regreso —dijo Ane.
—Conocía el acuerdo. No dónde estaba él.
El sargento bajó la vista. Ane le pidió la hoja de asignaciones. Salazar había rechazado la incidencia y marcado “unidad ocupada”, aunque no transportaba detenidos ni atendía otra llamada.
—¿Qué te prometió? —preguntó Robles.
—Nada.
—Entonces ¿por qué arriesgaste el turno?
Salazar frotó la marca bajo su oreja.
—Koldo consiguió que no expulsaran a mi hermano de la academia. Aitor nunca me lo recordó.
—No hacía falta —dije.
Ane cerró el registro.
—Ese favor no te obligaba a falsificar una presencia.
—No. Solo hizo más fácil no preguntar.
El técnico detuvo la ruta en el muelle. Desde allí, Aitor podía llegar a Atxuri a pie sin cruzar las cámaras que había señalado en su vigilancia.
—¿Qué dijo que iba a hacer? —preguntó Ane.
—Ver a su padre.
—Koldo estaba en casa.
—Yo no comprobé la dirección.
Ane guardó silencio un segundo.
—¿Cómo regresó?
Salazar retiró las manos de los bolsillos.
—Mojado.
—No llovía.
—No de lluvia. La manga estaba húmeda y olía a lejía.
El técnico abrió la cámara exterior del coche. Aitor entraba por la puerta del acompañante con el brazo derecho pegado al cuerpo.
—¿Se cambió? —preguntó Robles.
—Se quitó la chaqueta. La metió en una bolsa del maletero.
El sargento abrió la boca.
—Esa unidad se limpió al terminar el turno.
Ane giró hacia él.
—¿Quién lo ordenó?
—Constaba suciedad biológica en la entrega.
—¿Qué clase?
El sargento buscó en la tableta. La casilla estaba marcada, pero el campo de descripción aparecía vacío.
Robles caminó hasta el maletero. Un precinto nuevo cruzaba la cerradura.
—¿La bolsa sigue dentro?
—No. Los objetos personales se retiran antes del lavado.
—¿Quién firmó la retirada?
La tableta mostró la firma digital de Aitor.
Ane pidió el registro del lavadero y la cámara de entrega. Después señaló a los agentes que esperaban en la entrada.
—Salazar declara arriba. Sin contacto con Aitor.
Él sostuvo la mirada.
—No maté a nadie.
—Por eso subes sin esposas.
Los agentes lo acompañaron. El sargento intentó seguirlos, pero Ane lo detuvo con una mano.
—Tú te quedas. Quiero saber quién aceptó una hoja biológica sin descripción.
La plataforma hidráulica descendió. El golpe metálico recorrió el garaje.
Robles revisó la telemetría bruta. El motor había permanecido detenido tres minutos en Marzana antes de que Aitor bajara. El parte indicaba patrullaje continuo.
—Otra corrección.
—¿Puede recuperarse la original? —preguntó Ane.
El técnico asintió. La modificación procedía del usuario de Salazar, diez minutos antes de terminar el turno.
—Tenemos una coartada fabricada —dije.
—Tenemos una ausencia cubierta —respondió Ane—. La muerte todavía necesita un recorrido.
Robles trazó dos rutas a pie. La más corta cruzaba el puente de San Antón y dejaba a Aitor cerca del portal de Arrieta en doce minutos. La otra evitaba cámaras, pero exigía casi veinte.
—Le quedaban menos de diez dentro —dijo.
—Si fue al piso —respondió Ane.
El sargento tocó la primera ruta.
—Esa noche había obras junto al puente. El paso peatonal estaba cerrado.
Robles corrigió el trayecto sin protestar. La alternativa bordeaba la Ribera y entraba por una calle estrecha detrás del mercado.
—Dieciséis minutos de ida. Dieciséis de vuelta.
—Ocho para hacer lo demás —dije.
Ane guardó el mapa.
—No llenamos esos ocho con imaginación. Un equipo recorre la ruta. Otro busca la chaqueta.
El sargento bajó la mano sin hablar.
Pidió cámaras del muelle, accesos peatonales hacia Atxuri y grabaciones de comercios. También ordenó intervenir la taquilla del lavadero antes de que cambiara el turno.
El técnico amplió el último fotograma. Aitor regresaba al patrulla cuarenta minutos después. Antes de subir, miraba hacia jefatura.
No hacia Salazar.
Hacia una cámara que sabía que estaba allí.
Robles congeló la imagen.
—Quería que constara su regreso.
Ane cogió las llaves del coche.
—Entonces empezamos por lo que hizo antes de dejarse ver.