Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El plano consultado

La impresora volvió a expulsar la misma hoja.

Robles la atrapó antes de que cayera al suelo. El papel mostraba una sección vertical del edificio de Arrieta: patio, escalera de servicio y tercera planta. La línea terminaba detrás de la biblioteca.

—Siete páginas y solo imprime esta —dijo.

El técnico golpeó una tecla. Llevaba tres horas recuperando el respaldo que el intruso había intentado borrar. En la sala de sistemas, el aire olía a plástico caliente.

—Las otras seis fueron vistas. Esta fue enviada a impresión.

Zubia dejó la autorización judicial junto al teclado.

—Necesito usuario, hora y método de acceso. No una interpretación.

El técnico abrió tres ventanas. La primera mostraba una sesión iniciada desde la planta de Aitor. La segunda, su tarjeta entrando en jefatura. La tercera contenía un código de verificación enviado a su teléfono corporativo.

—Dos y diecisiete de la madrugada —dijo—. Tres días antes de la muerte de Arrieta.

Ane apoyó un dedo junto a la hora, sin tocar la pantalla.

—¿Puede falsificarse?

—Todo puede falsificarse. Para esto necesitarían su tarjeta, su clave y el teléfono.

—Los tres estuvieron retenidos después —dijo Robles—. Esa noche aún los llevaba él.

El técnico abrió el historial de navegación. Aitor no había consultado el edificio por dirección. Introdujo el número antiguo de expediente y seleccionó una reforma de mil novecientos noventa y seis.

—¿Cómo obtuvo ese número? —pregunté.

Zubia giró hacia mí.

—Eso se le preguntará a él.

Ane pidió una copia forense y ordenó que nadie modificara el respaldo. Después indicó al agente de la puerta que hiciera pasar a Aitor y a su abogado.

Aitor entró sin uniforme. La suspensión le había dejado una marca más visible que la barba. Miró la hoja impresa, pero se sentó frente a Ane.

—Mi cliente ha venido porque ustedes dijeron que aclararía una consulta —dijo el abogado—. No para responder por un robo que no pueden atribuirle.

—Hoy hablamos del plano —respondió Ane.

Robles dejó la hoja entre ambos.

—¿Lo imprimiste?

Aitor inclinó la cabeza.

—Sí.

Nadie esperaba la admisión tan pronto. El técnico apartó las manos del teclado.

—¿Para qué? —preguntó Ane.

—Arrieta conocía rutas que la policía había dejado de usar. Quería saber cómo se acercaba a mi padre sin aparecer en las cámaras normales.

—Tu padre no vivía allí —dije.

Aitor no me miró.

—Arrieta sí. Si iba a vigilarlo, necesitaba saber por dónde podía salir.

El abogado empujó la hoja hacia el centro.

—Una consulta irregular no convierte a mi cliente en asesino.

—Tampoco la estamos llamando regular —dijo Zubia.

Ane pidió al técnico que mostrara las capas abiertas durante la sesión. Aparecieron la fachada, el portal y el patio. Aitor señaló las tres.

—Eso es vigilancia.

—Falta una —dijo Robles.

El técnico activó una casilla marcada ELEMENTOS ELIMINADOS. La escalera interior apareció en rojo. También la puerta estrecha de la tercera planta.

Aitor cruzó una pierna.

—Los planos actuales no coincidían con el grosor del edificio.

—¿Lo mediste desde la calle? —preguntó Robles.

—Se veía que faltaba espacio.

—Desde la fachada solo se ve una medianera.

—He trabajado años en esa zona.

Robles no discutió. Pidió el historial de herramientas. El técnico abrió cuatro mediciones guardadas: distancia entre el patio y el primer descanso, anchura de la escalera, altura de la puerta y separación hasta el salón de Arrieta.

Ane leyó las cifras.

—No mediste una salida. Mediste si podías recorrerla.

Aitor apoyó los dedos sobre el pantalón.

—Medí si otra persona podía hacerlo.

—¿Quién?

—Arrieta. Gaizka. Cualquiera que conociera el acceso.

La respuesta no se rompía. Encajaba con su vigilancia, con las amenazas a Koldo y con su obsesión por saber cuánto conservaba Arrieta.

Zubia retiró la hoja antes de que pudiera acercarme más.

—¿Generó también una credencial de mantenimiento?

Aitor dejó de mover el pie.

El técnico mostró una orden temporal creada durante la misma sesión. Permitía consultar archivos físicos municipales durante quince días. El número coincidía con la acreditación utilizada en Campo Volantín.

—La generé para acceder a los planos originales —dijo Aitor—. El sistema digital estaba incompleto.

—La credencial seguía activa cuando entraron a borrar el archivo —respondió Ane.

—Entonces alguien la utilizó.

—¿Quién conocía el código?

—Quien viera la orden.

—No llegó a imprimirse —dijo el técnico—. Se guardó en su perfil y se abrió ayer desde una terminal pública.

El abogado levantó una mano.

—Eso demuestra acceso al perfil, no presencia física.

Ane aceptó la precisión con un gesto. No pidió esposas. Solicitó la dirección donde Aitor había pasado la noche y el nombre de quien podía confirmarlo.

—Mi cliente no está detenido.

—Por eso puede elegir mentir antes de que comprobemos la respuesta.

Aitor dio una dirección de Santutxu. Un hostal pequeño. Había pagado en efectivo.

Un agente llamó al hostal desde el pasillo. La recepcionista recordó a un hombre con esa descripción, pero no podía asegurar cuándo había entrado. La cámara del vestíbulo sobrescribía las imágenes cada veinticuatro horas. Aitor escuchó sin girarse.

—Llegué después de las cuatro —dijo.

—¿En qué vehículo? —preguntó Ane.

—Andando.

—Desde dónde.

—Desde Indautxu.

Robles abrió el mapa en su tableta y marcó el recorrido, pero no comentó la distancia. Ane indicó al agente que comprobara cajeros, transporte y cámaras sin comunicar al hostal el motivo.

—No van a encontrarme cerca del archivo —dijo Aitor.

—Eso no es una coartada —respondió Ane.

—Tampoco una confesión.

El abogado sonrió por primera vez. No era alivio. Era el gesto de quien todavía veía espacio para salir.

Robles tomó el plano y caminó hasta la ventana. Lo sostuvo contra la luz. Una marca gris atravesaba el margen inferior.

—¿Qué buscas? —pregunté.

—El orden.

Volvió al técnico.

—Enséñame la secuencia exacta. No las páginas agrupadas.

El historial cambió. Aitor había abierto primero el expediente antiguo. Después la sección de la tercera planta. Luego activó los elementos eliminados. La fachada apareció al final.

Robles tocó la pantalla con el capuchón del bolígrafo.

—Dices que buscabas salidas para vigilarlo desde fuera.

Aitor miró la secuencia.

—Empecé por donde vivía.

—Empezaste detrás de su biblioteca. La calle la miraste doce minutos después.

El técnico recuperó también la miniatura del trabajo enviado a la impresora. Aitor había recortado la hoja antes de imprimirla. El portal y la fachada quedaban fuera; solo aparecían el corredor, el tramo final de escalera y el rectángulo del salón.

—El papel completo habría ocupado dos hojas —dijo el técnico—. Seleccionó esta zona.

Aitor se inclinó hacia la pantalla.

—Para llevarlo doblado.

—¿Adónde? —preguntó Zubia.

—A la calle. No pensaba pasearme con un plano municipal abierto.

El abogado tocó el hombro de Aitor y le indicó que no añadiera nada. Él apartó la mano sin brusquedad.

El abogado se levantó.

—La elección de una pestaña no prueba intención criminal.

—No —dijo Ane—. Prueba que su explicación no describe lo que hizo.

Aitor también se puso de pie.

—Describe lo que necesitaba saber.

—Entonces dilo sin cambiar el orden —respondió Robles.

Él recogió la chaqueta del respaldo.

—Quería comprobar si Arrieta podía recibir a alguien sin que yo lo viera.

—¿A quién?

—No lo sabía.

—Pero preparaste una credencial para entrar en el archivo físico.

—Para completar el plano.

Zubia cerró la carpeta.

—La consulta queda incorporada a la causa. No abandone Bilbao sin comunicarlo.

El abogado exigió una resolución por escrito. Ane ya estaba firmando la notificación. Después indicó a dos agentes que acompañaran a Aitor hasta la salida.

—¿Estoy vigilado? —preguntó él.

—Estás informado —dijo Ane.

Aitor me miró al pasar.

—Usted también entraba por donde no debía.

No contesté. La puerta se cerró detrás de su abogado.

Robles volvió al historial. Amplió la franja horaria de aquella madrugada y comparó la entrada de Aitor con el servicio asignado.

—Estaba de patrulla —dijo.

—Ya lo declaró —respondió Ane.

—El coche figura en movimiento a las dos y diecisiete.

Zubia se acercó.

—Entonces no podía estar sentado aquí.

Robles negó.

—El registro resumido dice que el coche se movía. No dice quién lo conducía.

Ane cogió el teléfono y pidió las cámaras interiores del vehículo, la telemetría bruta y las comunicaciones de aquella unidad. No el parte corregido. No el informe de turno.

Aitor había usado su tarjeta, su clave y su teléfono mientras su coche patrulla recorría Bilbao.

La puerta del ascensor se cerró al fondo.

Robles guardó el plano en una funda.

—Ahora averiguamos quién llevaba el uniforme.