Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La mujer del abanico

El abanico estaba cerrado sobre la mesa.

Era negro, con una varilla reparada cerca del extremo. La mujer mantenía dos dedos encima, como si bastaran para impedir que alguien se lo quitara. Detrás de ella, las puertas giratorias del hotel Carlton devolvían ráfagas de aire frío cada vez que entraba un huésped.

—Ha tardado más que en Sevilla —dijo.

No pregunté cómo sabía cuándo había llegado. Dejé el teléfono junto a mi taza, con la pantalla hacia arriba.

—Ane conoce esta reunión.

La mujer miró el aparato.

—Eso sí es nuevo.

—También sabe qué habitación figura a su nombre.

—Ninguna figura a mi nombre.

El número del hotel aparecía tres veces en las llamadas de Arrieta. Una empleada había reconocido la fotografía antigua que Robles llevaba desde Valencia. La mujer no intentó negarlo.

Cogió el abanico y se levantó.

—Caminemos.

No pidió permiso. Cruzó el vestíbulo hacia la galería lateral. Sus zapatos no hacían ruido sobre la alfombra, pero la anilla metálica de su bolso golpeaba la hebilla a cada paso.

La seguí sin acercarme.

—Gaizka está muerto. Arrieta también.

—Y Urrutia todavía no puede recordar en qué orden ocurrieron las cosas.

—Recuerda suficiente.

Ella pulsó el botón del ascensor. Cuando se abrieron las puertas, no entró. Esperó a que una pareja saliera y continuó hacia la escalera.

—Siempre ha confundido recordar con ordenar —dijo.

—Usted eligió el ángulo de la cámara.

Su mano se detuvo sobre la barandilla.

—Eso ya lo sabía.

—Sabía que la instaló. No qué buscaba.

Bajó un tramo. La luz de emergencia dejaba la mitad de su cara en sombra.

—Solo una conversación. Una cámara pertenece a quien decide dónde mira.

—¿David?

—David quería registrar una conversación. Yo quería que Sergio no pudiera negarla.

—Y acabó grabándome a mí.

—Usted entró donde nadie lo esperaba.

La puerta del aparcamiento se abrió desde abajo. Un empleado subió con un carro de ropa y nos obligó a pegarnos a la pared. La mujer cerró el abanico contra su muñeca.

Cuando pasó, continuó.

—¿Ordenó matar a Gaizka?

No se volvió.

—No.

—¿A Arrieta?

—Tampoco.

—Responde deprisa.

—Porque no necesito inventar esa parte.

Llegamos al aparcamiento. Olía a caucho caliente. Un coche arrancó dos filas más allá y sus faros barrieron las columnas.

La mujer se detuvo junto a un vehículo sin matrícula española. No sacó las llaves.

—La grabación tuvo tres custodios —dijo—. Ninguno debía conservarla mucho tiempo.

—Nombres.

—El primero recibió el soporte sin saber qué contenía completo. El segundo lo copió porque temía que el primero lo destruyera. Arrieta fue el tercero.

—¿Gaizka era el segundo?

Abrió el abanico una vez. El golpe de las varillas sonó seco.

—Gaizka sabía copiar sistemas antiguos. Eso no lo convertía en custodio.

—Entonces Urrutia.

—Urrutia transportaba llaves, documentos y culpas ajenas. Nunca soportes.

Di un paso.

—Orduña.

La mujer bajó el abanico.

—Fue el primero.

La confirmación no me acercó a la copia. Orduña había enviado un paquete a Urrutia, pero podía haber trasladado la llave, una dirección o una prueba distinta.

—¿Quién fue el segundo?

—Una persona que todavía cree que no abrió el archivo.

—Eso no es un nombre.

—Es lo único que puedo sostener.

—Arrieta tenía una copia parcial.

—Arrieta tenía la última custodia conocida. No sé qué conservaba cuando murió.

—Usted habló con él.

—Una vez. Me pidió que recogiera lo que quedaba. Me negué.

—¿Por qué?

La mujer cerró el abanico y lo introdujo en el bolso.

—Porque quería utilizarlo contra demasiada gente a la vez.

Un coche dobló la esquina. Ella esperó a que pasara antes de cruzar hacia los ascensores del otro lado.

—Arrieta no guardaba una verdad —continuó—. Guardaba versiones capaces de dañar a personas distintas.

—También a usted.

—Sobre todo a mí.

Pulsó el botón. No llegó ningún ascensor.

—¿Qué aparece?

—Mi entrada. Orduña abriendo una puerta de servicio. David esperando. Después, ustedes.

—¿El disparo?

—No en todas las copias.

El aire me raspó la garganta.

—¿Quién cortó los minutos?

—Más de una persona. En momentos distintos.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendría si dejara de imaginar una única grabación viajando intacta.

Las puertas se abrieron. Dentro había un espejo de cuerpo entero. La mujer entró y sostuvo el botón de apertura.

—Suba o quédese.

Entré. No había espacio para mantener distancia. Su perfume olía a jabón, no a flores.

—Aitor busca la copia.

—Aitor busca algo que cree que puede destruir.

—¿La diferencia?

—La copia no es una cosa. Hay fragmentos, registros de copiado y personas que recuerdan haberlos visto. Destruir un soporte no borra eso.

—Mató por encontrarlo.

—No sé quién mató a Arrieta.

—Pero sabe que no fue Koldo.

La mujer miró mi reflejo.

—Koldo siempre llega después de que su hijo haya decidido.

El ascensor se detuvo en la planta baja. Ella no salió. Pulsó el sótano otra vez.

—¿Conoce a Aitor?

—Lo vi una vez, fuera del piso de Arrieta. No me vio.

—¿Cuándo?

—Dos noches antes de la muerte.

El mismo momento que Aitor había admitido visitar el edificio sin entrar.

—¿Qué hizo?

—Esperó. Después rodeó la manzana y fotografió una fachada que no daba al portal.

—La escalera interior.

—No podía verla desde la calle.

—Entonces buscaba dónde terminaba.

La mujer soltó el botón. El ascensor volvió a subir.

—Ayer alguien robó una carpeta de planos municipales —dije.

Esta vez me miró directamente.

—Entonces ya no busca la grabación.

—¿Qué busca?

—El lugar donde Arrieta dejó de custodiarla.

—Ha dicho que no sabe dónde está.

—No lo sé. Aitor cree que sí.

—No es el único que busca —añadió.

—¿Quién más?

—Una hija quiere saber qué conservó su padre. Dos jubilados quieren retirar sus nombres. Un funcionario cree que la copia puede salvarle si alguien habla primero. Usted quiere verla.

—¿Y usted?

Apretó el bolso negro.

—Quiero que nadie convierta un fragmento en una absolución.

—Eso también la protege.

—Claro. Nunca he fingido lo contrario.

Un huésped salió del ascensor y chocó con mi hombro. La mujer aprovechó el movimiento para pasar junto a mí. Le cerré el camino con el brazo, sin tocarla.

—Si todos quieren algo distinto, alguien volverá a matar.

—Alguien ya lo entendió antes.

—Déme el segundo custodio.

—No.

—Entonces está protegiéndolo.

—Estoy evitando que corra hacia otra persona mientras Aitor busca un lugar.

Bajé el brazo.

—¿Ese custodio sigue en Bilbao?

Ella apretó el botón.

—Eso no se lo he dicho.

—Tampoco lo ha negado.

—Ha aprendido a escuchar. No lo estropee convirtiéndolo en certeza.

Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Dos hombres esperaban para entrar. La mujer salió entre ellos y caminó hacia la puerta giratoria.

No la seguí.

Saqué el teléfono. Ane contestó al segundo tono.

—¿Ha hablado?

—Lo suficiente.

—¿La retenemos?

La mujer cruzó la plaza Moyúa sin volver la cabeza. El abanico permanecía dentro del bolso.

—No. Si la detenemos, Aitor sabrá que hemos cambiado de objetivo.

—¿Cuál es el objetivo?

Miré las ventanas del hotel reflejadas sobre el pavimento.

—No busques qué plano falta. Busca quién consultó antes el edificio de Arrieta.

Ane no respondió enseguida.

—Eso requiere Fiscalía.

—Entonces abre la puerta con Zubia.

La mujer desapareció detrás de un autobús.

Yo seguí donde estaba.