CAPÍTULO 29
Un padre que llega tarde
La puerta del archivo municipal seguía abierta cuando llegamos.
El vigilante había bloqueado el cierre con una cuña para que nadie tocara el lector. Dentro, el ventilador del servidor giraba a intervalos, como si el equipo intentara arrancar después de un golpe.
—Cuarenta y un minutos —dijo Robles.
Ane miró la hora del primer acceso y después la de salida. Coincidían con la parte central de la declaración de Koldo.
—¿Tarjeta robada? —pregunté.
El vigilante negó. Sostenía una bolsa de hielo contra la muñeca.
—Credencial de mantenimiento. Válida. La fotografía no cargó en la pantalla.
—¿Le vio la cara?
—Gorra, mascarilla y uniforme reflectante. Me enseñó una orden en el móvil.
Ane tocó la cuña con la punta del zapato.
—¿Le puso una mano encima?
—Me apartó cuando intenté seguirlo. No parecía venir a pegarme.
—Solo necesitaba que tardara —dijo Robles.
La dependencia ocupaba una planta baja de Campo Volantín. Al otro lado de los cristales, el Ayuntamiento cortaba la luz sobre la ría. Dentro, una alarma pequeña repetía tres pitidos cada minuto.
Un técnico municipal abrió la consola. El registro local había sido borrado. También faltaba la copia automática de aquella noche.
—No desaparece sola —dijo.
—¿Qué guardaba? —preguntó Ane.
—Consultas, impresiones, accesos remotos. Todo lo realizado desde estas terminales.
Robles recorrió los puestos sin sentarse. En el último, el teclado conservaba polvo salvo en cuatro teclas y el borde de la barra espaciadora.
—Trabajó aquí.
—O quiso que pareciera eso —respondió Ane.
Pidió preservar los discos, aislar la red y recuperar las cámaras exteriores. Después llamó al equipo que vigilaba el domicilio de Koldo.
Nadie había entrado allí.
El garaje seguía cerrado. El edificio de Arrieta también.
Ane guardó el teléfono más despacio de lo habitual.
—Moví dos equipos para cubrir la confesión.
—Tenías que comprobarla —dijo Robles.
—Tenía que cubrir esto antes de sentar a Koldo.
No buscó una excusa. Señaló al técnico.
—Quiero la réplica del servidor central y los respaldos del proveedor. No restauren nada sobre el original.
El hombre tocó la pantalla.
—Eso necesita autorización del responsable.
Ane le entregó el número de la fiscal.
—Que se la niegue a ella.
Robles encontró una impresora encendida. La bandeja estaba vacía, pero el rodillo conservaba una franja tibia. El contador mostraba siete páginas producidas durante el acceso.
—Se llevó papel —dijo.
—¿De qué? —pregunté.
—Eso es lo que ha borrado.
Ane me miró antes de que me acercara.
—No reconstruyas todavía el contenido.
Me quedé junto a la puerta.
—Aitor no necesitaba que creyéramos a Koldo. Solo que lo escucháramos.
—Y lo escuchamos —dijo Ane.
La frase no sonó defensiva. Sonó como una anotación que no pensaba borrar.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Lucas había respondido al mensaje que le envié al salir de comisaría: LLÁMAME CUANDO PUEDAS HABLAR.
Podía hablar. No quería hacerlo delante del servidor abierto.
—Cinco minutos —dije.
Ane señaló la calle.
—Cuatro. Después vas con Robles a revisar las cámaras.
Crucé hasta el paseo. El aire de la ría olía a metal mojado. Marqué el número y apoyé el antebrazo sobre la barandilla.
Lucas contestó sin imagen.
—Mamá está durmiendo.
—No hace falta que la despiertes.
—Entonces no era tan urgente.
El borde de la barandilla dejó una línea fría en mi piel.
—Koldo ha confesado la muerte de Arrieta.
Al otro lado sonó un grifo. Lucas lo cerró.
—¿Fue él?
—No.
—Eso ha durado poco.
—La confesión no encaja con la escena. Lo están deteniendo mientras comprueban lo que dijo.
—¿Y su hijo?
Miré a través del cristal. Robles hablaba con el vigilante. Ane permanecía junto al técnico, sin tocar la consola.
—Aitor ha utilizado el tiempo para entrar en un archivo municipal y borrar registros.
—Entonces el padre le ha ayudado.
—Sí.
Lucas movió algo cerca del micrófono.
—¿Tú harías eso por nosotros?
La respuesta salió antes de que pudiera ordenarla.
—No.
Lucas no habló.
El silencio se parecía demasiado a una puerta que esperaba una segunda llave.
—Antes sí —dije.
—Eso no es lo mismo que no.
—No.
—¿Qué habrías hecho?
Apreté el teléfono. La funda crujió.
—Habría decidido qué verdad podíais soportar. Después habría cambiado documentos, llamadas o personas para mantener esa versión.
—Eso no es confesarte por alguien.
—Es el principio.
Una bicicleta pasó detrás de mí. La rueda levantó agua contra la piedra.
—Sergio hizo eso contigo —dijo Lucas.
No respondí. En el cristal del archivo, la chaqueta de Ane se superpuso a mi reflejo. Durante un instante vi una sala distinta y unas manos cerrando una carpeta que llevaba mi nombre.
Solté la barandilla.
—Sergio eligió al culpable que podía sostener. Koldo intenta hacer lo mismo.
—¿Y tú?
—Yo habría elegido una mentira que os dejara fuera.
Lucas respiró cerca del teléfono.
—Pero habría entrado después.
—Sí.
La palabra raspó al salir.
—Entonces no digas que no lo harías —dijo—. Di que ya sabes cómo termina.
—Ya sé cómo termina.
No añadió nada. Tampoco dijo que me creyera.
Robles abrió la puerta del archivo y levantó cuatro dedos. El tiempo se había acabado.
—Tengo que volver.
—¿Vas a perseguir a Aitor?
—Voy a entregar a Ane lo que encuentre. Ella decide el siguiente paso.
Lucas tardó.
—Eso suena peor para ti.
—Por eso puede funcionar.
—Llámame antes de cambiar de sitio.
—Lo haré.
—No prometas. Hazlo.
Colgó.
Regresé al interior. Robles había recuperado las imágenes del acceso lateral. La cámara mostraba una furgoneta blanca detenida junto al bordillo. La matrícula estaba cubierta por barro.
—No vemos al conductor —dijo.
El supuesto operario entraba con una carpeta bajo el brazo. Salía cuarenta y un minutos después sin ella.
—La dejó dentro —dije.
Robles retrocedió la grabación. En el momento de entrar, la carpeta parecía llena. Al salir llevaba la chaqueta cerrada y una mano pegada al costado.
—O cambió papel por otra cosa —respondió.
Ane no eligió ninguna hipótesis.
—Revisad papeleras, falsos techos y conductos. El vigilante se queda fuera.
El técnico señaló un armario bajo las ventanas.
—Ahí guardamos planos pendientes de digitalizar.
La cerradura no estaba forzada. Abrió con su llave.
Dentro había carpetas numeradas y huecos estrechos. El inventario pegado a la puerta mostraba veinticuatro entradas. Contamos veintitrés.
El técnico pasó el dedo por la línea vacía.
—Falta una carpeta de reformas antiguas.
—¿De qué edificio? —preguntó Robles.
La descripción había sido arrancada del inventario. Solo quedaba el adhesivo blanco y una esquina de tinta azul.
Ane cerró el armario.
—No vamos a adivinarlo.
Ordenó comparar la numeración con el inventario central y buscar copias en Urbanismo. Dos agentes empezaron a revisar las papeleras.
Robles me entregó una captura ampliada del operario. Bajo la manga reflectante asomaba una pulsera oscura.
—Aitor llevaba una parecida en Basurto.
—También media comisaría.
—Ya lo sé.
Guardó la imagen sin discutir. Había aprendido de Ane a no pedirle a una sombra que confesara.
El teléfono de Ane sonó. Escuchó mientras miraba el armario.
—Han encontrado la furgoneta —dijo al colgar—. Abandonada junto al Arenal. Limpia.
—¿Robada? —pregunté.
—Prestada por un compañero que creyó que Aitor trasladaba material policial.
El compañero respondió desde un coche patrulla. Robles puso la llamada en altavoz mientras Ane fotografiaba el número de la furgoneta.
—Me dijo que llevaba cajas para una inspección.
—¿Le enseñó una orden? —preguntó Ane.
—No. Llevaba uniforme y conocía mi turno.
—¿Cuándo se la entregó?
—Después de cenar. Debajo del puente de La Salve.
Ane cerró los ojos un segundo.
—No borre llamadas. No hable con Aitor. Una unidad va hacia usted.
El agente quiso explicar que eran amigos desde la academia. Ane cortó antes de que convirtiera la ayuda en inocencia.
Otra persona había ayudado sin preguntar.
Ane no repitió la lección. Dio la dirección a un equipo y ordenó identificar al compañero antes de que pudiera avisar a nadie.
El técnico recibió una respuesta en su correo. Abrió el inventario central.
La carpeta desaparecida tenía una referencia numérica, pero el campo del edificio estaba restringido. Solo podía consultarse desde una terminal con permisos de policía.
Robles señaló la hora de la última consulta.
Tres días antes de la muerte de Arrieta.
Ane cerró la pantalla antes de que apareciera el usuario.
—Fiscalía primero.
—Podemos perder otros cuarenta minutos —dije.
—Ya los hemos perdido.
Sacó el teléfono y llamó a Zubia delante de nosotros.
No intentó llegar antes. Esta vez hizo que la puerta quedara abierta para todos.