Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La confesión de Koldo

Koldo ya había firmado dos veces cuando entré.

Su abogado mantenía una mano sobre la tercera hoja. Ane había retirado el reloj de la pared, pero la marca clara seguía encima de la puerta. El fluorescente emitía un zumbido irregular.

—Mi cliente ha confesado voluntariamente —dijo el abogado.

—Ha anunciado que quiere confesar —respondió Ane—. Todavía no ha contado cómo.

Koldo levantó la mirada. Había dejado la cartera profesional en el suelo, lejos de sus pies. El teléfono y las llaves seguían dentro de bolsas numeradas.

—Entré en casa de Iñaki. Discutimos. Lo maté.

Robles colocó un plano vacío sobre la mesa. No contenía la tercera puerta, la posición del cuerpo ni las marcas recogidas por Científica.

—Señale por dónde entró.

Koldo apoyó el índice en el portal y lo llevó hasta el ascensor.

—Por aquí.

—La cadena estaba puesta cuando llegaron los bomberos —dijo Robles.

—La coloqué al salir.

El abogado apretó la hoja.

—No tiene que reproducir cada movimiento sin conocer las pruebas que manejan.

Koldo apartó su mano.

—Usé un hilo. Lo pasé por la abertura y tiré de la cadena desde fuera.

Ane dejó sobre la mesa una reproducción del cierre. Junto a ella había un carrete y varias hebras transparentes.

—Hágalo.

Robles no miró a Ane. Salió y regresó con una caja de metacrilato donde habían montado una cerradura idéntica. Koldo siguió el movimiento con los ojos.

—No sabía que tendrían una —dijo.

—Nosotros tampoco sabíamos que usted elegiría ese método —respondió Robles.

El abogado pidió que constara la preparación de una prueba no comunicada. Ane señaló la cámara.

—Consta desde que entraron.

Koldo frotó el hilo entre el pulgar y el índice. La hebra se le pegó a la piel. Tuvo que sacudir la mano para soltarla.

—El que usé era más grueso.

—¿Nailon? —preguntó Robles.

—Sí.

—¿De qué color?

Koldo tardó.

—Transparente.

Robles levantó el carrete. Era nailon transparente.

—Entonces debería haber dejado marcas en la pintura del marco —dijo ella—. No encontramos ninguna.

Koldo soltó el carrete. Rodó hasta chocar con el informe cerrado.

Koldo tomó el hilo. Lo introdujo dos veces por el hueco. La primera resbaló. La segunda alcanzó la cadena, pero al tirar el eslabón chocó contra la guía y cayó.

—En el piso había más espacio.

—Había menos —dijo Robles.

Koldo dejó el hilo sobre el plano.

—No recuerdo el ángulo.

Ane retiró la reproducción.

—Continúe desde que Arrieta abrió.

—Estaba bebiendo. Me acusó de haber dejado morir a Unai. Dijo que tenía documentos para hundir a Aitor.

—¿Qué bebía?

—Whisky.

—No había alcohol en su sangre.

Koldo miró a su abogado. El hombre rozó su manga, pero Koldo siguió.

—Entonces sería café. Había una taza.

—Había dos vasos de plástico en otro piso —dije.

Ane giró hacia mí. No me expulsó, aunque señaló la pared. Retrocedí hasta tocarla con los hombros.

Koldo corrigió sin mirarme.

—No recuerdo qué había sobre la mesa. Recuerdo la discusión.

Robles colocó una cuerda cortada junto al plano.

—¿Cuándo perdió la consciencia?

—Cuando le apreté el cable.

—¿Desde dónde?

Koldo se levantó. Su abogado protestó, pero Ane permitió que continuara. Robles ocupó el lugar de Arrieta sin ofrecerle la espalda.

Koldo extendió las manos hacia su cuello y se detuvo antes del contacto.

—Desde detrás.

—Si estaba frente a usted durante la discusión, ¿cómo llegó ahí?

—Se volvió.

—¿Para qué?

—Quería coger el teléfono.

Robles desplazó una silla hasta el punto marcado como mesa. Después dio dos pasos.

—El teléfono estaba en el recibidor.

Koldo bajó las manos.

—Se movió antes.

—El teléfono no —respondió ella.

El abogado pidió una pausa. Ane negó.

—Su cliente puede detener la declaración cuando quiera.

—No quiero detenerla —dijo Koldo.

Ane puso una fotografía boca abajo frente a él.

—¿Le dio algo antes de sujetarlo?

—No.

—¿Medicamentos?

—No.

—¿Comida?

—He dicho que no.

Ane giró la imagen. Era el informe toxicológico, con el nombre del sedante cubierto por una tira negra.

Koldo leyó solo la primera línea.

—No fui yo.

El abogado cerró los ojos.

—Acaba de confesar un homicidio.

—No le di eso.

La frase dejó el resto de su historia sin apoyo. Ane mantuvo el informe inmóvil.

—Entonces alguien lo sedó antes de que usted llegara.

Koldo retiró la silla con la pierna y volvió a sentarse.

—Quizá lo tomó solo.

—Su médico confirmó que no lo usaba —dijo Robles.

—No conozco todos sus hábitos.

—Pero conoce el color del cable.

Koldo miró sus manos.

Nadie había mencionado el color durante aquella declaración. La fibra azul y negra no apareció en prensa. Tampoco figuraba en las citaciones.

Ane dejó que el silencio ocupara la mesa. Después deslizó el plano otra vez.

—Coloque el cuerpo.

Koldo marcó un punto bajo la viga.

—Cayó aquí. Lo levanté y pasé la cuerda.

Robles dibujó una cruz junto al radiador.

—Estuvo tendido primero en este lado. La presión de la chaqueta conservó polvo que después se limpió del suelo.

—Pude arrastrarlo.

—Ha dicho que cayó bajo la viga.

—Cayó y lo moví.

—¿Antes o después de preparar la cuerda? —preguntó Ane.

Koldo abrió la boca. Su abogado dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—No conteste improvisando.

Koldo empujó el plano hacia Robles.

—Pasaron muchas cosas en pocos minutos.

—No sabe cuántos —dije.

Ane me miró, pero esta vez no señaló la pared.

Koldo apoyó ambos antebrazos.

—Sé que murió por mi culpa.

—Eso no es lo mismo que matarlo —respondió Ane.

Sacó una fotografía del salón tomada desde la entrada. La biblioteca ocultaba todavía el acceso interior.

—¿Qué había detrás?

—Una pared.

—Había visitado ese piso durante años.

—Nunca moví los muebles.

—Su hijo conocía el patio al que conducía.

Koldo golpeó la mesa con la palma. El abogado retiró las hojas antes de que se desplazaran.

—Aitor conoce historias. No significa que haya estado allí.

—Tampoco significa que usted matara a Arrieta —dijo Robles.

Koldo se levantó de nuevo.

—He dicho que fui yo. Deténganme.

Ane no llamó a los agentes. Recogió la cuerda, el cierre y las fotografías. Dejó únicamente la declaración incompleta.

—Una confesión no corrige una escena.

—Tienen un culpable sentado delante.

—Tenemos un padre repitiendo lo que otro le contó.

El rostro de Koldo perdió tensión durante un instante. Volvió demasiado tarde.

Robles abrió la puerta. Dos agentes esperaban fuera.

—Quedará detenido mientras comprobamos su declaración —dijo Ane—. No por haberla hecho creíble.

El abogado recogió las hojas. Koldo ofreció las muñecas, pero ningún agente las tocó todavía.

—Aitor no sabe que estoy aquí.

—Lo vio entrar en Basurto —dije.

—No sabe lo que iba a hacer.

Ane se acercó hasta quedar frente a él.

—Entonces díganos dónde está.

Koldo miró la marca del reloj retirada de la pared.

—No puedo.

—¿Porque no lo sabe?

—Porque cuando lo encuentren, dejarán de escucharme.

Los agentes lo sacaron. Su cartera quedó debajo de la silla hasta que Robles la señaló.

Ane no fue detrás. Marcó el número del equipo que buscaba a Aitor y pidió ampliar la vigilancia sobre Koldo, su garaje y el edificio de Arrieta.

Yo saqué el teléfono.

—¿A quién llamas? —preguntó Robles.

Busqué el nombre de Lucas.

—A quien no debe enterarse por una noticia.