CAPÍTULO 27
Clara y Laura
La pantalla ya estaba dividida cuando contesté.
Clara ocupaba la mitad izquierda. Cortaba pan sobre una tabla. Laura, a la derecha, doblaba una camiseta infantil sin mirar la cámara. Ninguna preguntó dónde estaba.
—Llegas nueve minutos tarde —dijo Clara.
Miré el reloj del hotel. Habíamos terminado las citaciones hacía menos de media hora. En la calle, un autobús frenó junto a la Gran Vía y dejó un siseo contra los cristales.
—Se ha alargado.
—Eso también dura nueve minutos cuando avisas —respondió Laura.
Apoyé el teléfono contra la lámpara. La pantalla quedó torcida.
—¿Habéis hablado?
Clara guardó el cuchillo.
—Sí.
—¿De qué?
Laura colocó la camiseta sobre otra.
—De lo que ocurre cuando tú no estás y de lo que ocurre cuando dices que vas a estar.
No pregunté desde cuándo. Las dos tenían delante hojas parecidas, escritas con bolígrafos distintos. Clara levantó la suya.
—Lucas duerme conmigo hasta que vuelvas. Martina seguirá con Laura. Los cambios los hablamos las dos. No se los encargamos a los niños.
—Yo no se los he encargado.
—Lucas supo antes que Clara que ibas a Bilbao —dijo Laura.
Me senté en el borde de la cama. El colchón cedió demasiado.
—Él preguntó.
—Y tú utilizaste la pregunta para no llamar a un adulto —respondió Clara.
Laura tocó su hoja.
—Hemos fijado tres cosas. No tienes que aprobarlas.
—Entonces no es una conversación.
—Exacto —dijo Clara—. Es información.
La palabra me apretó la mandíbula. Dejé las manos abiertas sobre las rodillas.
—Hablad.
Laura empezó sin leer.
—Los niños sabrán lo que afecte a su vida. No los detalles de una autopsia, una cuerda o una grabación. Tampoco les diremos que todo va bien cuando no lo sabemos.
—Eso ya lo hago.
Clara levantó una ceja.
—Ayer prometiste llamar antes de cambiar de sitio y te enteraste de la hora cuando Ane abrió el coche.
No respondí. Había llamado desde Basurto, pero después pasamos por la azotea, Deusto y el juzgado sin actualizar nada.
—Segunda cosa —continuó Laura—. No prometes fechas de regreso. Compras billete cuando puedas sostenerlo y, si cambia, nos lo dices antes de perderlo.
—La investigación no funciona con horarios.
—Los trenes sí —dijo Clara.
Cogió una miga y la dejó en el plato. No estaba discutiendo sobre transporte.
—¿Y la tercera?
Clara empujó su hoja fuera de cámara.
—Si no llamas, no te perseguimos. Llamamos a Robles.
—Robles está trabajando.
—Precisamente sabe si sigues trabajando tú.
—No es responsable de mí.
Laura terminó de doblar la ropa.
—Nosotras tampoco.
El teléfono vibró contra la lámpara. La imagen tembló. Robles aparecía en la parte superior de la pantalla.
Clara lo vio.
—Contesta.
—Estoy hablando con vosotras.
—Eso también puede esperar treinta segundos —dijo Laura—. Pero esta vez vuelves.
Acepté la llamada sin apagar el vídeo. La voz de Robles entró por el altavoz.
—Siete han llamado a abogados. Dos, a sus antiguos jefes. Uno ha intentado localizar a Maite.
—Faltan dos.
—Una enfermera ha pedido la baja antes de recibir la citación. El último no ha contestado.
Clara dejó de recoger migas. Laura mantuvo una camiseta suspendida.
—¿Quién? —pregunté.
—El administrativo que archivó el informe del hospital. Un equipo está en su domicilio.
—¿Y Aitor?
—No ha llamado a nadie desde que lo perdimos en Capuchinos. Su teléfono sigue intervenido, pero está apagado.
—Eso no significa que no hable.
—Ane ya lo sabe.
Robles golpeó dos veces alguna superficie.
—También ha ocurrido otra cosa. Koldo ha llamado a la centralita.
Miré a Clara. Ella negó despacio, como si ya supiera que iba a levantarme.
Me quedé sentado.
—¿Qué quería?
—Preguntó si Aitor estaba detenido. Le dijeron que no podían informarlo. Cinco minutos después salió de casa.
—¿Lo seguís?
—Una patrulla lo tiene a distancia. Va hacia comisaría.
Laura dejó la camiseta.
—Termina primero lo que estabas haciendo.
Robles guardó silencio al otro lado. No necesitaba conocer el acuerdo para entender la frase.
—Avísame cuando llegue —dije.
—Lo haré.
Cortó.
La llamada desapareció. Durante unos segundos solo quedaron las dos cocinas en la pantalla y mi habitación detrás de mí. Me puse de pie para buscar la chaqueta. Clara acercó la tabla al fregadero.
—Aún no ha llegado.
—Puede estar construyendo una versión.
—Y tú puedes escucharla dentro de diez minutos —dijo Laura.
La cremallera de la maleta estaba abierta. Metí dos dedos bajo la solapa y la cerré sin guardar nada.
—No me estáis pidiendo permiso.
—Tampoco te estamos reteniendo —respondió Clara.
Volví a sentarme. La lámpara rozó el teléfono y la imagen se inclinó otra vez.
Laura la corrigió desde su pantalla por costumbre, aunque no podía tocarla.
—Eso haces tú —dijo—. Corres para que nadie decida antes.
—A veces llegan antes.
—Esta vez ya hemos llegado nosotras primero.
Clara volvió a coger el cuchillo, pero no cortó.
—Te ibas a levantar.
—No lo he hecho.
—Todavía.
Lucas apareció detrás de ella con un vaso. Se detuvo al verme y miró las dos hojas.
—¿Ya se lo habéis dicho?
—Estamos en eso —respondió Clara.
—No era para que entraras —dije.
Lucas bebió sin apartar los ojos.
—Entonces no habléis de mí con la puerta abierta.
Clara señaló una silla. Él se sentó fuera del centro de la pantalla.
—Hay una cuarta cosa —dijo Lucas.
Laura cerró el cajón de la cómoda.
—No la habíamos acordado.
—Por eso es mía.
Apoyó el vaso sobre la mesa.
—Cuando aparezca algo sobre ti, no me llamas para preguntar qué creo. Me dices qué sabes y qué no.
—No siempre puedo compartir pruebas.
—Entonces dices eso. No inventas una respuesta más pequeña.
Clara no intervino. Laura ajustó el teléfono y dejó que el silencio siguiera.
—De acuerdo —dije.
Lucas movió el vaso un centímetro.
—¿A qué?
La pregunta era de Clara, repetida con su voz.
—A no utilizaros para ordenar lo que todavía no entiendo.
—Eso suena preparado —dijo.
—No lo estaba.
—Mejor.
Se levantó y salió con el vaso. Clara cerró la puerta después.
Martina cruzó la pantalla de Laura corriendo. Llevaba un calcetín puesto y otro en la mano.
—¿Papá vuelve mañana?
Laura no contestó por mí.
—No —dije—. Mañana sigo aquí.
Martina se apoyó en la cómoda.
—¿Y después?
—No lo sé.
Se puso el segundo calcetín sentada en el suelo.
—Pues llama cuando lo sepas.
—Llamaré antes.
—Eso no es lo mismo.
Laura le tendió una zapatilla. Martina desapareció sin despedirse.
Clara dobló su hoja por la mitad.
—No vamos a enviarte las normas.
—¿Por qué?
—Porque no son para que las guardes. Son para que las cumplas.
La llamada de Robles volvió a entrar. Esta vez miré a las dos antes de contestar.
Laura asintió.
—Koldo ha llegado —dijo Robles—. Ha entregado el teléfono y las llaves.
—¿Ha pedido abogado?
—No.
Clara dejó el pan dentro de una bolsa. El plástico crujió.
—¿Qué ha dicho?
Robles respiró cerca del micrófono.
—Que Aitor no mató a Arrieta.
Me puse de pie. Clara no apartó la mirada.
—¿Y después?
—Que lo hizo él.
El suelo del hotel estaba más frío de lo que recordaba. Cogí la chaqueta, pero no corté la videollamada.
—Voy a bajar —dije.
Clara dobló la otra mitad del papel.
—Ahora sí has avisado.