Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Nadie dio la orden

La fiscal retiró mi silla antes de sentarse.

—Barral observa desde la pared.

El archivo judicial ocupaba un sótano bajo los juzgados de Barroeta Aldamar. Arriba, el tráfico rozaba los Jardines de Albia. Abajo solo llegaba el temblor de los fluorescentes.

Ane dejó tres cajas sobre la mesa.

—Lo necesitamos para reconocer referencias a Topas.

—Reconocer no es clasificar —respondió la fiscal—. Y su nombre aparece dentro.

Me apoyé contra un armario. El metal estaba frío a través de la camisa.

—Puedo salir.

Robles cortó el precinto de la primera caja.

—También podemos perder seis horas cada vez que aparezca una sigla penitenciaria.

La fiscal, Marta Zubia, abrió el inventario y trazó una línea bajo mi nombre.

—No toca documentos. No decide relevancia. Cuando aparezca Barral, se aparta.

—De acuerdo —dije.

Ane no discutió. Repartió guantes y ordenó trabajar por parejas. Un funcionario judicial fotografiaría cada hoja antes de que alguien la separara del conjunto.

La primera carpeta parecía ofrecer una respuesta fácil. Cinco informes de administraciones distintas repetían la misma frase: REGULARIZACIÓN DE INCIDENCIA POR ERROR DE TRANSCRIPCIÓN.

—Una plantilla —dijo Robles.

Zubia juntó los documentos por las esquinas.

—O una instrucción común.

Ane señaló las fechas. Había nueve años entre el primero y el último.

—Buscad quién escribió la frase antes de buscar quién la mandó.

El funcionario pasó cada hoja bajo una luz lateral. Tres estaban impresas con tipos distintos. Otra era una fotocopia. La última contenía una corrección a mano.

Toqué el armario con los nudillos.

—No nació en una circular. Alguien copió una solución que ya había funcionado.

Zubia levantó la vista.

—Está clasificando.

—Estoy reconociendo una costumbre.

Robles abrió el expediente más antiguo. La frase aparecía en un parte de hospital. Junto al nombre del administrativo, Arrieta había escrito: TURNO.

El segundo pertenecía a una prisión. La anotación decía: ASCENSO.

En el tercero, un juzgado retrasaba una notificación. Al margen había una palabra: HERMANO.

No era una cadena de mando. Eran puertas distintas cerrándose por razones distintas.

Ane retiró una pizarra pequeña de la pared. Escribió cinco columnas: MIEDO, FAMILIA, DINERO, CARRERA, COMODIDAD.

—Cada documento entra por el motivo demostrado, no por el organismo.

Zubia dejó el bolígrafo.

—Eso destruye el orden original.

—El orden original ya estaba mezclado.

—Y quizá esa mezcla era el método de Arrieta.

Ane sostuvo el rotulador sin escribir.

—Fotografiamos la posición. Después seguimos las decisiones.

El siguiente archivador contenía pagos pequeños. Ninguno bastaba para comprar un silencio. Había cenas, reparaciones, dos préstamos devueltos y una factura de dentista.

Robles levantó una transferencia de ochocientos euros.

—Mismo policía, mismo funcionario. Tres años de diferencia.

—¿Soborno? —preguntó Zubia.

—El concepto dice reparación de caldera.

—Los conceptos también mienten.

Busqué el nombre desde la pared. Lo recordaba de un expediente de Salamanca, no de Topas.

—El funcionario tenía una hija viviendo en el piso del policía.

Zubia cerró la carpeta.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque esa hija declaró en otro caso.

Ane me señaló la puerta.

—Fuera dos minutos.

No protesté. Dejé el teléfono sobre una bandeja y salí al pasillo. Un ascensor se abrió al fondo, pero nadie bajó. Las puertas volvieron a cerrarse.

Robles salió detrás.

—No te han expulsado por equivocarte.

—Lo sé.

—Eso parece molestarte más.

Me tendió un vaso de agua. No lo cogí.

—He convertido una transferencia en una explicación antes de comprobarla.

—Y Ane ha evitado que la explicación entrara en el inventario.

El agua golpeó el plástico cuando Robles bebió.

—Antes habrías discutido.

—Antes no me habrían dejado volver.

Ane abrió la puerta.

—Ya puedes entrar. La hija confirma que pagó la reparación y devolvió el dinero en efectivo.

Zubia había movido la transferencia a FAMILIA.

—No era corrupción —dije.

—Era una relación que podía utilizarse después —respondió Ane.

La siguiente caja cambió el ritmo. Contenía expedientes disciplinarios de policías, funcionarios y médicos. En varios faltaba la última página. No habían sido arrancadas; nunca se incorporaron.

El funcionario judicial comparó numeraciones.

—Cada expediente lo tramitó una persona distinta.

Robles colocó tres resoluciones juntas.

—Pero todos terminan igual: archivo por falta de acreditación.

Zubia golpeó una con el bolígrafo.

—Eso sí puede venir de arriba.

Ane no respondió. Me acercó una copia sin nombres.

—¿Qué falta?

Leí las fechas. La denuncia, el informe y la resolución cabían en cuarenta y ocho horas.

—Tiempo.

—Eso no es una hoja.

—Precisamente. Nadie investigó lo suficiente para necesitar una orden.

Robles abrió los registros de acceso. En un caso, el instructor se jubilaba esa semana. En otro, la denunciante había pedido traslado. En el tercero, el médico debía renovar contrato.

Ane escribió COMODIDAD en dos fichas y MIEDO en la tercera.

Zubia negó.

—Está interpretando intenciones.

—Estoy separando hipótesis de hechos. Las fichas llevan interrogación.

—Una pizarra no protege una causa.

La fiscal cogió el inventario y anunció que devolvería aquella tarde todo documento sin relación directa con Arrieta, Gaizka, Urrutia o Topas.

Ane cerró la caja que Robles acababa de abrir.

—Si devuelve piezas ahora, perdemos el patrón.

—El patrón no autoriza una incautación ilimitada.

—Tampoco permite avisar a doce personas de que Arrieta conservaba sus nombres.

Zubia acercó la cara.

—No use una posible filtración para sustituir a la jueza.

El funcionario dejó de fotografiar. El silencio hizo audible una tubería detrás de la pared.

Ane quitó sus guantes.

—Entonces llámela.

Zubia sostuvo el teléfono, pero no marcó.

—¿Qué propone?

—Copia digital completa bajo custodia judicial. Los originales personales se devuelven después del inventario. Los expedientes vinculados quedan sellados.

—Eso puede tardar días.

Robles empujó el escáner portátil hasta el centro.

—Con tres equipos, hasta esta noche.

Zubia miró el reloj.

—Tienen cuatro horas. Después revisaré caja por caja.

Ane volvió a ponerse los guantes.

—Empezamos por las que contienen personas vivas.

Nadie necesitó explicar la prioridad.

Trabajamos sin hablar durante varios minutos. Las hojas pasaban del cartón al escáner y regresaban a su posición. Cada pitido añadía un nombre a la pizarra, pero ninguna columna crecía sola.

Un policía había protegido a un compañero por lealtad. Un juez retrasó una orden para evitar un escándalo antes de su ascenso. Una enfermera cambió una hora para que su turno no quedara señalado. Un funcionario escondió una copia porque debía dinero.

—Todos ayudaron a alguien —dijo Robles.

—No a la misma persona —añadió Ane.

Zubia abrió un sobre con la anotación HIJO. Dentro había una consulta realizada con credenciales ajenas. La fecha correspondía a los primeros años de Aitor como policía.

—Koldo —dije.

Ane cubrió el nombre antes de que leyera el resto.

—Te apartas.

Retrocedí hasta la pared.

Robles revisó la hoja y negó.

—No es Koldo. Es otro agente protegiendo a su hijo por una sanción de tráfico.

Zubia dejó el sobre en FAMILIA.

—La misma palabra. Otra familia.

Mi ficha apareció después. Julio Barral. Topas. Acceso denegado. Ane la colocó boca abajo sin abrir el documento asociado.

—Robles lo revisa. Tú sales.

Cogí el teléfono de la bandeja.

—No necesito verlo.

Zubia levantó una ceja.

—Ayer habría intentado quitármelo.

—Ayer todavía creía que todo terminaba en mí.

Salí antes de escuchar la respuesta.

Cuando regresé, la pizarra estaba llena. Ninguna flecha unía todos los nombres. Había parejas, favores aislados y tres pequeños grupos que nunca se tocaban.

Robles señaló las fechas.

—Cada mentira resolvió un problema inmediato. Después otra persona utilizó el resultado como precedente.

—Sin saber quién había empezado —dijo Zubia.

Ane borró del borde una palabra que alguien había escrito al principio: ORGANIZACIÓN.

Debajo puso DECISIONES.

El teléfono de Zubia sonó. Escuchó, miró las cajas y activó el altavoz. La jueza autorizaba conservar las copias y citar a los implicados vinculados con las muertes.

—¿Cuántos? —preguntó.

Robles contó las fichas marcadas.

—Doce.

Ane dividió los nombres en cuatro grupos.

—Nadie llama desde este edificio. Las citaciones salen a la vez y por equipos distintos.

—¿Para que no hablen entre ellos? —preguntó Zubia.

Ane guardó el rotulador.

—Para comprobar quién llama primero.

Entregó cada grupo a un agente diferente.

Uno de los agentes señaló que tres citados trabajaban aún en edificios públicos y podían destruir documentos antes de recibir la orden.

Ane cambió el reparto. Dos equipos irían personalmente; los demás llamarían desde números oficiales.

Zubia quiso objetar, pero Robles ya estaba cerrando las cajas.

La prisa no nacía de un jefe. Nacía de doce miedos distintos.

A las ocho, doce puertas se cerrarían al mismo tiempo.