Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El archivo de Deusto

Edurne estaba junto a la taquilla cuando llegamos.

Había colocado una caja vacía sobre un carro, pero el candado seguía cerrado. La encargada del almacén sostenía un formulario entre ambas manos. Ninguna parecía dispuesta a firmarlo.

—Han tardado —dijo Edurne.

Ane dejó la autorización judicial sobre el carro.

—Y usted se ha adelantado.

El edificio ocupaba una antigua nave de la Ribera de Botica Vieja. Las puertas metálicas vibraban cada vez que pasaba un camión por el puente Euskalduna. Dentro olía a cartón húmedo.

Edurne señaló el candado.

—Me llamaron porque mi padre figuraba como titular. No he tocado nada.

—Ha traído una caja.

—No pensaba llevarme sus secretos. Solo la ropa que dejó aquí.

La encargada abrió la boca, pero Ane levantó el documento.

—Nadie entra hasta que comprobemos la llave.

Robles sacó la bolsa de pruebas. Dentro quedaban las tres llaves recuperadas del piso de Arrieta. La más pequeña llevaba una etiqueta de plástico: ARCHIVO.

Ane me miró antes de romper el precinto.

—La jueza autoriza tu presencia para reconocer referencias a Topas. No clasificas, no retiras y no decides qué pertenece al caso.

—Lo he entendido.

—Dilo sin ahorrar palabras.

—Solo identificaré referencias que conozca.

Edurne soltó una risa breve.

—A él le ponen límites después de abrirle la puerta.

Robles introdujo la llave. El candado giró al primer intento.

La taquilla era más profunda de lo que parecía. Dos estanterías ocupaban las paredes y dejaban un paso estrecho en el centro. Había cajas grises, carpetas de anillas y tres archivadores metálicos.

No vi ropa.

Edurne dio un paso. Ane le cruzó el brazo.

—Usted observa desde fuera.

—Soy la heredera.

—Y su padre fue asesinado.

—Eso no convierte su vida en propiedad de la policía.

La encargada tocó el formulario.

—Necesito que alguien firme la apertura.

Ane cogió el bolígrafo y escribió su nombre.

—Ahora ya tiene a alguien.

Ordenó fotografiar el interior antes de mover una sola caja. Robles colocó números en el suelo. Yo permanecí detrás de la cinta, con las manos fuera de los bolsillos.

Las etiquetas no seguían un orden. JUZGADOS estaba junto a ASCENSOS. PRISIONES aparecía encima de FAMILIA. Una caja marcada DEUDAS llevaba el logotipo de una asociación policial.

—No es un archivo profesional —dijo Robles.

—Todavía no sabemos qué es —respondió Ane.

La primera carpeta contenía recibos médicos de Arrieta, contratos de alquiler y una multa antigua. Edurne alargó la mano.

—Eso es personal.

Ane separó la carpeta sin abrirla de nuevo.

—Se devolverá cuando terminemos.

—¿Cuándo?

—Cuando deje de estar mezclado con dos homicidios.

Edurne apretó el asa del carro. El plástico crujió.

Robles abrió una caja de prisiones. Los documentos estaban agrupados por centro, pero no por fecha. Topas ocupaba tres carpetas. La más antigua empezaba dos años antes de la muerte de David.

Ane me permitió acercarme.

Reconocí partes de incidencias, listados de cámaras y hojas de traslado. Algunas copias tenían sellos distintos sobre el mismo número de expediente.

—Estos dos no deberían coexistir —dije.

—¿Por qué? —preguntó Robles.

—Uno registra una cámara activa. El otro afirma que estaba retirada esa semana.

Ane fotografió ambos sin separarlos.

—Eso vincula el archivo con Topas. Sellamos la taquilla completa.

Edurne soltó el carro.

—La orden permite buscar documentos relacionados. No llevarse treinta años de la vida de mi padre.

La encargada retrocedió hacia la puerta. No quería estar entre ellas cuando llegara la respuesta.

Ane señaló los archivadores.

—Hay nombres de policías en activo mezclados con pruebas de dos muertes. Si dejamos algo, alguien tendrá que decidir qué no importa antes de haberlo leído.

—Eso es exactamente lo que hacía mi padre.

La frase frenó a Robles con una carpeta en la mano.

Edurne entró en la taquilla antes de que Ane pudiera detenerla. Cogió una caja pequeña del estante inferior y la abrazó contra el pecho.

Dos agentes avanzaron.

—Déjela —ordenó Ane.

—Aquí están las cartas de mi madre.

—No puede saberlo sin abrirla.

—La letra es suya.

La tapa llevaba una palabra escrita con rotulador: CASA.

Edurne intentó pasar. Robles ocupó el hueco, sin tocarla.

—No hagas que esto termine con una bolsa de pruebas alrededor de tus muñecas.

—Mi padre guardó papeles de todos y vosotros queréis empezar por los únicos que eran suyos.

Ane retiró a los agentes con un gesto.

—Abrimos esa caja delante de usted. Las cartas personales se quedan. Cualquier documento del caso se incauta.

Edurne miró la salida. Después dejó la caja sobre el carro.

Dentro había cartas, fotografías y una libreta escolar. Bajo ellas aparecieron tres sobres institucionales sin cerrar.

Uno procedía de Topas.

Ane no celebró el hallazgo. Entregó las cartas a Edurne y conservó los sobres. El acuerdo le había costado una parte del control, pero evitó convertir a la hija de Arrieta en otra persona que escondía documentos por miedo.

Robles abrió el sobre de Topas. Contenía un inventario de equipos retirados después de la muerte de David. El HVR-8 figuraba como destruido. Junto al número, alguien había escrito a mano: COPIA PARCIAL. CUSTODIA TRASLADADA.

No aparecía el destino.

Edurne dejó las cartas sobre el carro y buscó entre los sobres con la mirada. Ane cerró la tapa antes de que acercara la mano.

—¿Cuántas veces venía?

La encargada consultó su pantalla.

—Una o dos al mes. A veces desaparecía una temporada.

—¿Pedía ayuda? —preguntó Robles.

—Nunca. Traía las cajas cerradas y las colocaba él mismo.

Edurne tocó una esquina aplastada.

—Ni siquiera podía subir la compra sin quejarse durante los últimos años.

—¿Es la grabación? —preguntó Edurne.

—Es una referencia —dijo Ane.

—Lleváis semanas llamando referencia a todo lo que no encontráis.

Toqué la línea sin rozar el papel.

—La fecha es posterior al informe de destrucción.

Robles pasó la hoja. Detrás había iniciales, ninguna repetida, y motivos anotados al margen: enfermedad, ascenso, deuda, hijo, turno.

No formaban una cadena. Parecían excusas escritas por personas distintas.

Ane cerró el sobre.

—Esto se analiza fuera.

Los agentes empezaron a numerar cajas. Edurne permaneció junto al carro con las cartas apoyadas contra el vientre.

Un archivador se atascó al abrirlo. Robles tiró una vez y se detuvo. La encargada trajo una herramienta, pero Ane no permitió usarla hasta fotografiar la cerradura.

—No está bloqueado —dijo la mujer—. Tiene dos cierres.

La llave de Deusto abrió el primero. El segundo necesitaba un código de cuatro cifras.

Edurne miró el teclado.

—Mi padre usaba el año en que nací.

Marcó los números antes de que Ane respondiera.

El cajón se abrió.

No había soportes, cintas ni discos. Solo fichas de cartón con nombres, fechas y lugares. Algunos nombres estaban tachados. Otros llevaban una línea roja.

Encontré el mío en la tercera fila.

JULIO BARRAL. TOPAS. ACCESO DENEGADO.

Debajo figuraba una fecha anterior a la muerte de David.

Robles esperó que dijera algo. Saqué el teléfono y lo dejé sobre el carro, sin tocar la ficha.

—Eso no estaba en mis expedientes.

—Aquí tampoco debería estar —dijo Ane.

Edurne acercó las cartas a su pecho.

—¿Mi padre lo investigaba?

—No lo sé.

—Pues no lo convierta en una respuesta cuando salga de aquí.

Ane ordenó cerrar el cajón y trasladar el contenido completo bajo custodia judicial. No a jefatura. La decisión hizo que uno de los agentes levantara la cabeza.

—¿Dónde lo llevamos?

—Al archivo del juzgado. El inventario se hará allí con Fiscalía.

—Nuestro laboratorio está en comisaría.

—Las copias técnicas irán después. Los originales no.

Robles empujó la primera caja hacia el carro. La encargada abrió el muelle de carga. El ruido de la calle entró de golpe.

No encontramos la grabación.

Tampoco una jerarquía, una firma común o una lista que explicara el conjunto. Solo expedientes mezclados y personas que habían dejado una razón distinta junto a cada corrección.

Edurne firmó la entrega de sus cartas. Antes de marcharse, dejó el bolígrafo sobre la autorización.

—¿Mi padre guardaba pruebas o guardaba amenazas?

Ane no respondió por nosotros.

—Cuando podamos demostrarlo, se lo diremos.

Los agentes distribuyeron las cajas entre dos vehículos. Ane no permitió que ninguna patrulla cargara el archivo completo.

Robles mantuvo la mano sobre la última caja.

—Separarlo fue lo que permitió que nadie supiera todo.

Ane cerró una de las puertas.

—Y dejarlo junto permitió que alguien viniera a buscarlo.

Partió el inventario en tres copias.

—Nadie se lleva todo.

La puerta del muelle bajó detrás de nosotros.