CAPÍTULO 24
La caída desde el tercero
La pintura verde apareció cuando el suelo terminó de secarse.
Formaba una media luna junto al pretil, demasiado baja para pertenecer a una bota. La técnica la iluminó desde un lado. El borde tenía adheridos dos hilos oscuros.
—Chaqueta de Gaizka —dijo Robles.
Ane no aceptó todavía el nombre. Colocó una escala junto a la marca y pidió que compararan las fibras con la ropa del cadáver. Después cerró el acceso a la azotea.
El cielo se había despejado, pero las baldosas seguían húmedas. Desde el borde llegaba el ruido del tráfico de Atxuri. Más abajo, el tejado del aparcamiento ocultaba la calle.
—Urrutia habló de una escalera de fuera —dije.
—Y estaba sedado —respondió Ane.
Se agachó junto a los dos surcos del pretil. Uno descendía hacia la caída. El otro terminaba en la pintura verde.
Robles apoyó una varilla sobre ambos sin tocarlos.
—El primer roce va hacia la caída. El segundo vuelve hacia la azotea.
Ane decidió reconstruir solo los movimientos demostrables. Nada de interpretar intenciones. Dos técnicos trajeron un maniquí articulado con el peso aproximado de Gaizka y una chaqueta del mismo tejido.
—Tú observas —me dijo.
—Eso hago.
—Hazlo desde detrás de la línea.
Retrocedí. Una técnica colocó el maniquí junto a la tubería abollada donde Urrutia había golpeado el brazo. El cuerpo no alcanzaba el pretil sin dar dos pasos.
Robles extendió una cinta métrica.
—Si Urrutia estaba aquí, veía la discusión de lado.
—O llegaba después —dijo Ane.
—Dijo que intentó acercarse.
—Dijo muchas cosas en menos de dos minutos.
La técnica empujó el maniquí desde el hombro. Cayó de rodillas, rozó la pared y quedó lejos del borde.
—Así no —dije.
Ane levantó la mirada.
—¿Qué cambiarías?
Señalé la media luna verde.
—No lo empujaron desde atrás. Lo sujetaron de frente.
La técnica giró el maniquí. Otra agente tomó las solapas y tiró hacia sí. Una rodilla chocó contra el pretil. La chaqueta dejó una marca a la misma altura.
Robles tocó el aire sobre los surcos.
—Gaizka intentó apartarse.
La agente soltó una mano. El maniquí giró y el codo golpeó la tubería.
—Ese fue Urrutia —dijo Ane—. No mezcléis cuerpos.
Ordenó reiniciar. Esta vez situaron un segundo maniquí en la posición de Urrutia. El espacio entre la tubería y el pretil apenas permitía pasar a dos personas.
La puerta metálica golpeó detrás de nosotros. Un técnico la sujetó con una cuña.
—Alguien entra —dijo Robles—. Gaizka ya discute junto al borde. Urrutia intenta separarlos.
—¿Y recibe el golpe antes o después de la caída? —preguntó Ane.
Nadie respondió.
La técnica proyectó sobre una tableta las manchas localizadas la primera noche. Sangre de Gaizka en el patio. Sangre de Urrutia junto a la tubería. Ninguna mezcla.
Ane tomó una decisión.
—Repetimos con tres personas. Despacio. Sin contacto real.
Robles ocupó el lugar de Urrutia. Un agente de Científica hizo de Gaizka. Otro se situó frente a él. No representaban una pelea. Solo distancias.
El agente que hacía de Gaizka sostuvo una caja vacía contra el pecho.
—Urrutia dijo que no quería abrirla aquí —recordé.
Ane me señaló la línea con los ojos. No había cruzado, pero había vuelto a dirigir.
El tercer agente agarró la caja. Gaizka retrocedió. Su cadera tocó el pretil. Robles avanzó desde la tubería.
—Basta —dijo ella.
El hombre que sujetaba la caja liberó una mano y extendió el brazo hacia Robles. No llegó a tocarla.
La distancia coincidía con la herida de Urrutia detrás de la oreja.
—Un golpe para apartarlo —dijo la técnica.
—O para defenderse —respondió Ane.
Robles retrocedió un paso. El agente volvió a tirar de la caja. Gaizka giró para conservarla. Su muslo rozó el borde y el torso quedó fuera del eje.
Ane tocó su hombro antes de que continuara.
—Ahí.
Todos se detuvieron.
La posición no parecía una caída preparada. Tampoco un simple tropiezo. Bastaba un tirón más para que el peso pasara al otro lado.
—No hacía falta empujarlo —dije.
Ane soltó al agente.
—Hacía falta no soltar.
El técnico fotografió la postura desde cuatro ángulos. Después retiraron a las personas y colocaron el maniquí. Repitieron el giro con una cuerda sujeta a la caja.
El cuerpo chocó primero con el pretil. La chaqueta dejó la media luna. Una hebilla arañó dos líneas paralelas. Luego cayó.
Nadie habló mientras el maniquí quedaba suspendido por el sistema de seguridad.
Robles miró hacia la cubierta contigua.
—El otro no bajó por la escalera interior. Urrutia habría podido verlo.
Cruzamos la plancha de mantenimiento. El metal vibró bajo las botas. Ane pasó primero esta vez y esperó al otro lado sin ofrecerme la mano.
La trampilla del aparcamiento seguía precintada. Urrutia no había hablado de ella. Al fondo de la cubierta, detrás de una caseta de ventilación, una barandilla descendía hacia la fachada trasera.
No se veía desde la azotea donde cayó Gaizka.
—La escalera de fuera —dijo Robles.
Ane comprobó el precinto antiguo del acceso. No había ninguno. La escalera no figuraba en la primera inspección porque pertenecía al edificio contiguo.
El agente de abajo probó la puerta que daba a Iturribide. Se abría sin llave desde dentro y quedaba oculta por un puesto cerrado. Una cámara municipal enfocaba la acera opuesta, no el pasillo.
—Quien bajó conocía el ángulo —dijo Robles.
Ane pidió las grabaciones de aquella noche y los registros de mantenimiento del puesto. El propietario había cambiado la persiana tres días antes de la caída. No significaba nada todavía, pero obligaba a conservar las herramientas.
La técnica pasó una luz sobre el pasamanos. Dos tramos estaban cubiertos de polvo. El tercero mostraba una línea limpia, a la altura de una mano que descendía deprisa demasiado.
Bajaba en zigzag hasta un patio abierto hacia la calle Iturribide. Los peldaños conservaban manchas de óxido y zonas limpias en los bordes.
Ane ordenó cerrar la salida inferior. Un agente apareció abajo y levantó el pulgar.
Robles descendió tres tramos. Se detuvo junto a una barra vertical.
—Aquí hay transferencia negra.
La técnica recogió la muestra. El olor del disolvente subió por la escalera.
—Goma —dijo.
—¿De guantes? —pregunté.
—O de una suela. Primero el laboratorio.
Seguimos hasta el segundo descanso. Desde allí se veía el puente de San Antón entre fachadas, pero el hueco duraba solo dos pasos. Después la escalera quedaba encerrada entre muros.
En el último tramo, Ane tocó una malla metálica reparada con alambre nuevo.
—Alguien la abrió y volvió a cerrarla.
—¿Cuándo?
—Eso no lo dice el alambre.
Robles empujó la malla. Daba a un pasillo que desembocaba detrás de varios contenedores. La salida permitía alcanzar la calle sin cruzar el portal ni las cámaras del garaje.
Ane llamó al equipo que seguía a Aitor.
No había reaparecido. Koldo continuaba en Basurto. Ninguno podía situarse en aquella escalera la noche de la caída.
—Entonces tenemos un recorrido, no una persona —dijo Robles.
Ane guardó el teléfono.
—Y una secuencia.
Volvimos al segundo descanso. La técnica había encontrado una fibra clara atrapada bajo un remache. No la levantó hasta fotografiarla.
Robles la comparó con las imágenes del cadáver.
—Gaizka llevaba camisa azul.
—Urrutia, chaqueta oscura —añadí.
La fibra era beige.
Ane no dejó que nadie eligiera un dueño.
—Se analiza.
Un golpe metálico sonó arriba. Todos levantamos la cabeza. Era el maniquí siendo retirado de la cubierta.
Ane bajó la mano del arma.
—Terminamos aquí.
—¿Y la caja? —pregunté.
—La buscamos donde pudo llevarla quien salió.
—Si salió con ella.
—Si no, seguimos persiguiendo una ausencia.
De regreso a la azotea, el técnico nos mostró la última simulación. Con un tirón brusco, Gaizka caía. Si quien sostenía la caja la soltaba a tiempo, recuperaba el equilibrio.
—Tuvo una oportunidad —dijo Robles.
Ane observó la imagen una vez más.
—Tuvo menos de un segundo.
—Suficiente para soltar.
—O insuficiente para entender.
Cerró la tableta y ordenó redactar dos hipótesis: caída accidental durante el forcejeo y caída causada al mantener el tirón. Ninguna incluiría homicidio hasta identificar la fuerza aplicada.
Miré el patio. Ya no necesitaba imaginar un empujón.
Ane me entregó el plano.
—Mañana iremos a Deusto.
—¿Por la caja?
—Por una de las llaves de Arrieta.
Robles abrió la puerta de la azotea.
—¿Y Aitor?
Ane esperó a que todos empezaran a bajar.
—Que crea que seguimos detrás de él.
No mandó reactivar el seguimiento.
Esta vez íbamos a llegar antes.