Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 23
58%

CAPÍTULO 23

Urrutia abre los ojos

Las luces de los pabellones ya estaban encendidas cuando Aitor cruzó la verja de Basurto.

Desde el asiento trasero vi cómo evitaba la entrada principal y bajaba hacia los pabellones antiguos. Los edificios de ladrillo cortaban la visión. Al fondo, un tranvía chirrió junto a la avenida de Montevideo.

—Va al hospital —dije.

Ane mantuvo el coche detenido.

—Todavía va por una acera.

Robles habló por el auricular. Seguía a pie, treinta metros detrás. Aitor no aceleraba. Caminaba como alguien que sabía dónde podían verlo.

Un hombre esperaba bajo el alero de la capilla. Abrigo oscuro. La cartera profesional apretada contra el costado.

Koldo.

Ane tomó el transmisor.

—Nadie se acerca. Quiero oír antes de tocar.

Robles cruzó entre dos ambulancias. Su cámara corporal nos mostró a padre e hijo separados por un banco. Koldo no abrió los brazos. Aitor tampoco. El primero en moverse fue el viejo: sacó un papel del bolsillo.

Aitor se lo arrancó y lo rompió sin leerlo.

—Eso no parece una reconciliación —dije.

—Tampoco sabemos qué era —respondió Ane.

El teléfono de ella vibró. Miró la pantalla y abrió la puerta.

—Goikoetxea.

Escuchó mientras rodeaba el coche. Su mano quedó inmóvil sobre el techo.

—¿Ha hablado?

Me señaló.

—Ha dicho Barral.

Salí. El aire olía a gasóleo de ambulancia. Ane ordenó a Robles mantener el seguimiento y pidió a otro equipo que cubriera las salidas. Después me cortó el paso con un brazo.

—En la habitación entras como persona reconocida por el paciente. No preguntas por el caso hasta que yo lo permita.

—Entendido.

—Quiero una respuesta completa.

—No preguntaré hasta que me lo digas.

Subimos por un pabellón lateral. Una celadora empujó una camilla para dejarnos pasar. El golpe del metal hizo que una enfermera saliera de la habitación de Urrutia.

—Dos minutos —dijo—. Si se agita, fuera.

Urrutia tenía los ojos abiertos, pero no fijaba ambos en el mismo punto. Una venda le cubría media cabeza. Intentó retirar el sensor del dedo y el aparato pitó.

Ane lo sujetó por la muñeca.

—Tomás. Soy la inspectora Goikoetxea.

Él miró su mano. Después mi cara.

—Tardaste.

La voz raspaba. No me senté.

—No sabía que me esperabas.

—Nunca sabes quién espera.

La enfermera ajustó de nuevo el suero. Urrutia apartó el brazo y buscó algo bajo la sábana. No había nada.

Ane decidió empezar por lo inmediato.

—Gaizka Ereno. ¿Estaba solo en la azotea?

Los ojos de Urrutia se cerraron. El monitor perdió un latido y lo recuperó.

—No cayó solo.

—¿Alguien lo empujó?

Él movió la cabeza. El gesto podía ser una negativa o dolor.

—Discutían. La caja. Gaizka no quería abrirla allí.

—¿Con quién? —preguntó Ane.

Urrutia tiró del cable del sensor. La enfermera lo colocó otra vez.

—No el viejo.

Koldo quedaba fuera. Aitor no.

Ane no pronunció ninguno de los dos nombres.

—¿Vio la cara?

—Vi la espalda. Chaqueta. Después el golpe.

Se tocó detrás de la oreja. Los dedos chocaron con la venda.

—¿Quién le golpeó a usted?

—El que bajó.

—¿Por la escalera?

Urrutia abrió los ojos de golpe.

—No por dentro.

Intentó incorporarse. La cama emitió un chasquido y la vía se tensó. Lo sujeté por el hombro sano. La enfermera me apartó.

—Se acabó.

Ane levantó una mano.

—Una pregunta más. Después salimos.

Urrutia respiró por la boca. Miró la puerta como si hubiera oído pasos fuera.

—Arrieta tenía una copia —dijo.

—¿Del vídeo de Topas? —pregunté.

Ane giró hacia mí. Había roto el acuerdo, pero Urrutia ya buscaba mi voz.

—Una copia de otra copia. Faltaban minutos.

—¿Dónde está?

Sus labios se movieron sin sonido. Acerqué la cara.

—No busques al jefe.

—¿Quién manda?

Urrutia agarró mi manga. La fuerza le duró un segundo.

—Nadie. Ese fue el error.

La enfermera pulsó el timbre. Dos sanitarios entraron y nos empujaron hacia la puerta. Antes de que se cerrara, Urrutia volvió a tirar del sensor.

—La escalera de fuera —dijo—. Mirad dónde termina.

La hoja se cerró.

Ane se volvió hacia mí.

—Te dije que no preguntaras.

—Respondió.

—También se ha arrancado media monitorización.

El auricular de Ane interrumpió la discusión. Robles hablaba deprisa.

Aitor había dejado a Koldo junto a la capilla y avanzaba hacia nuestro pabellón. Había enseñado una acreditación antigua en el control lateral. El vigilante lo dejó pasar antes de comprobarla.

Ane decidió proteger la planta.

—Cerrad ascensores. Dos agentes en la escalera. No lo detengáis salvo que intente entrar en la habitación.

—¿Y nosotros? —pregunté.

—Tú, fuera de su vista.

Me llevó hasta un cuarto de material. La puerta quedó entornada. Desde dentro veía una franja del pasillo y el reflejo de las luces sobre el suelo.

Aitor apareció sin abrigo. Llevaba las mangas remangadas y una tarjeta entre dos dedos. No miró los números de las habitaciones. Fue directo al control.

—Tomás Urrutia —dijo.

La enfermera no levantó la vista.

—Familia.

—Policía.

—Ya no.

Aitor guardó la tarjeta. Uno de los agentes salió de la escalera y se apoyó junto al extintor. Aitor lo reconoció, pero no retrocedió.

—Solo necesito saber si ha despertado.

—Pregúntaselo a su familia —respondió la enfermera.

—No tiene.

La puerta de Urrutia se abrió. Un sanitario salió con el monitor portátil. Aitor dio un paso. El agente ocupó el hueco.

Ane abandonó el cuarto.

—No puedes estar aquí.

Aitor miró primero el monitor y después a ella.

—Mi padre conoce a una enfermera. Ya te lo dije.

—Y tú conoces una acreditación que no deberías conservar.

Aitor dejó la tarjeta sobre el mostrador.

—Quédatela.

El plástico giró hasta detenerse. No era una credencial policial. Era un pase de acompañante expedido aquella mañana a nombre de Koldo Etxabe.

—¿Te lo ha dado él? —preguntó Ane.

—Lo encontró en su bolsillo.

—Koldo no está ingresado.

—Por eso venía a devolverlo.

La explicación quedó entre ambos. Ane no la tocó.

Robles apareció al fondo. Cerró el paso hacia los ascensores.

Aitor entendió entonces que lo habían seguido desde jefatura. La sorpresa no le abrió la boca; le endureció los hombros.

—Habéis usado a mi padre.

—Él vino solo —dijo Ane.

—Nunca hace nada solo.

La frase salió demasiado rápido.

Ane guardó el pase en una bolsa.

—Vete. Si vuelves a esta planta, pediré que te detengan.

Aitor miró la puerta de Urrutia. No intentó acercarse. Pasó junto a Robles y tomó las escaleras.

Yo di un paso para seguirlo.

Ane cerró la mano sobre mi antebrazo.

—No.

Me detuve.

—Podría llevarnos a la copia.

—O lejos de Urrutia.

Soltó el brazo cuando comprobó que no iba a moverme. Robles bajó detrás de Aitor. Otro equipo esperaba fuera.

La enfermera salió y nos entregó una bolsa con la ropa de Urrutia. No había objetos nuevos. Solo la chaqueta rasgada, los zapatos y el cinturón.

—Lo trasladamos a una zona segura —dijo Ane.

—¿Puede volver a hablar?

—Puede volver a dormirse durante horas.

El pasillo quedó ocupado por una camilla y cuatro agentes. Urrutia pasó sin abrir los ojos. Una mano colgaba fuera de la sábana. La enfermera la colocó encima antes de entrar en el ascensor.

Bajé al patio y llamé a Clara.

Laura respondió desde su cocina. Lucas apareció detrás con un plato en la mano. Martina se subió a una silla, pero no enseñó ningún dibujo.

—¿Cuándo vuelves? —preguntó.

El tranvía pasó al otro lado de la verja. Esperé a que cesara el chirrido.

—Hoy no.

—Eso ya lo sé.

—No sé el día. Te llamaré antes de cambiar de sitio.

Martina mordió el borde de una galleta.

—No digas mañana.

—No lo diré.

Lucas dejó el plato.

—¿Qué vas a hacer?

Miré los pabellones de Basurto. Ane esperaba junto al coche con el plano de la azotea abierto sobre el capó.

—Volver al lugar donde cayó Gaizka.

—¿Porque Urrutia habló?

—Porque recordó una escalera. No sé si recordó bien.

Laura acercó el teléfono.

—Entonces compruébalo antes de convertirlo en otra certeza.

—Eso vamos a hacer.

Colgué antes de que Ane tuviera que llamarme. Crucé el patio. Ella dobló el plano y me tendió unas fundas limpias.

—Robles ha perdido de vista a Aitor en la salida de Capuchinos.

—¿Vamos detrás?

Ane abrió el coche.

—No. Vamos a la azotea.

Subí sin discutir. Al arrancar, vi a Koldo todavía bajo el alero de la capilla. Seguía solo, con los trozos de papel mojándose junto a sus zapatos.

No pedí que paráramos.