CAPÍTULO 22
Protección familiar
Aitor volvió sin uniforme.
La camisa le quedaba grande en los hombros. Habían retenido su placa, el arma y el teléfono. Solo llevaba una carpeta de cartón que dejó frente a Ane antes de sentarse.
—Ahí tenéis lo que buscabais.
Robles abrió la carpeta. Fotografías de Arrieta saliendo del piso, Gaizka junto a su furgoneta y Koldo entrando en una cafetería. Ninguna estaba tomada desde cerca.
En la mesa quedaban dos vasos de café seco y el precinto roto de su taquilla. Robles había cambiado de camisa. Ane seguía con la misma. Nadie mencionó las horas transcurridas. Aitor miró el precinto, pero no preguntó qué habíamos encontrado en su ausencia.
Ane no tocó las imágenes.
—¿Quién las hizo?
—Yo.
La lluvia golpeó el ventanal. Aitor dobló las mangas hasta los antebrazos y esperó como si todavía pudiera elegir el ritmo.
Ane tomó una decisión.
—Esta declaración será voluntaria. Puedes levantarte cuando quieras. Si mientes, la siguiente no lo será.
—Entonces pregunta mejor.
Robles deslizó una fotografía. Arrieta aparecía abriendo el portal de Atxuri. La fecha era nueve días anterior a su muerte.
—¿Desde cuándo lo vigilabas?
—Desde que volvió a buscar a mi padre.
—No respondió eso —dije.
Aitor giró la cara. La piel bajo sus ojos se había oscurecido desde la madrugada.
—Dos semanas.
Ane colocó el registro de llamadas de Koldo junto a la fotografía.
—Tu padre te llamó cuatro minutos después de reunirse con Arrieta.
—Me dijo que querían reabrir lo de Unai.
—La solicitud ya estaba presentada.
—Para mi padre empezó esa noche.
Robles tocó la imagen de Gaizka. Él cargaba una caja metálica en la furgoneta.
—¿Y este hombre?
Aitor apoyó un dedo sobre la esquina de la fotografía. No rozó a Gaizka.
—Trabajaba para Arrieta.
—Trabajaba en muchos sitios.
—Arrieta lo utilizaba para entrar donde ya no podía enseñar una placa.
Ane levantó otra hoja. Los accesos ocultos a los expedientes habían comenzado la mañana siguiente.
—Decidiste comprobarlo sin informar a nadie.
—Informar habría puesto el apellido de mi padre en todas las consultas.
—Por eso usaste credenciales ajenas.
Aitor retiró la mano.
—Por eso busqué sin abrir otra investigación.
—No buscabas hechos —dijo Robles—. Buscabas saber cuánto sabían.
La silla crujió bajo Aitor. Se levantó, caminó hasta la puerta y apoyó la palma en el cristal. El agente del pasillo no se movió.
—He terminado.
Ane dejó la grabadora encendida.
—Puedes irte.
Aitor mantuvo la mano sobre la puerta. Después volvió a la mesa.
—Arrieta no quería justicia. Quería un culpable vivo.
—Tu padre lo estaba —dije.
Aitor empujó mi silla con la rodilla al pasar. Apenas un roce. El metal vibró bajo mis pies.
—Usted cumplió condena y todavía necesita que otro ocupe su sitio.
Ane alzó la mano antes de que respondiera.
—Julio no decide aquí.
Me mordí el interior de la mejilla y dejé las manos sobre las rodillas.
Robles abrió el plano del edificio de Arrieta.
—Has descrito el patio de mantenimiento y la puerta detrás de la biblioteca. ¿Quién te lo contó?
—Koldo.
—Él negó conocerla.
—Mi padre niega cosas cuando cree que decirlas empeora el pasado.
—¿Y tú las corriges por él? —preguntó Ane.
Aitor recogió una de las fotografías. Ane se la quitó antes de que pudiera doblarla.
—Yo evito que conviertan un error en una cacería.
—Unai pidió ayuda dos veces.
—Mi padre no lo golpeó.
—Tampoco llamó a una ambulancia.
La mandíbula de Aitor se movió. No salió ninguna palabra.
Ane cambió de dirección.
—¿Entraste en el piso de Arrieta?
—No.
—¿Estuviste en el edificio?
—Sí.
Robles cerró el plano de golpe.
—Eso no estaba en tu primera declaración.
—No me lo preguntasteis.
—Te preguntamos si conocías la tercera puerta.
—Conocer una historia no es haber cruzado una pared.
Ane adelantó la grabadora.
—¿Cuándo fuiste?
—Dos noches antes de que muriera.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Por qué?
Aitor miró la fotografía de Koldo. El papel conservaba una gota seca sobre la solapa.
—Arrieta había dejado una nota en el coche de mi padre.
—¿Dónde está?
—La rompió.
—Conveniente.
—Familiar.
La palabra cayó más pesada que la carpeta.
Ane decidió no discutirla.
—¿Qué decía?
—Que la muerte de Unai no era el problema. El problema era lo que habíamos hecho después.
—¿Habíamos? —preguntó Robles.
—Su letra era mala.
—Pero entendiste el plural.
Aitor golpeó la mesa con dos dedos.
—Entendí que quería arrastrarnos a todos.
—Tú no estabas en el furgón —dije.
—Llevo quince años entrando en una comisaría donde algunos todavía bajan la voz cuando ven a mi padre.
El fluorescente zumbó sobre nosotros. Aitor se frotó la nuca y volvió a mirar la puerta.
—Fui a pedirle que lo dejara.
—¿Entraste? —preguntó Ane.
—No abrió.
—¿Probaste la tercera puerta?
Su mano quedó suspendida junto al cuello.
—No sabía dónde estaba.
Robles giró el plano hacia él.
—Pero sabías adónde llegaba.
Aitor apartó la hoja.
—La conocía por mi padre. Ya lo he dicho.
Ane hizo una señal. Robles guardó el plano y sacó la relación de movimientos de Arrieta. Había seguimientos, fotografías y matrículas anotadas.
—Continuaste vigilándolo después de esa noche.
—Quería saber con quién hablaba.
—Gaizka. Urrutia. Maite.
—Y Barral.
Mi nombre estaba escrito al margen. No era la letra de Koldo.
—¿Por qué yo?
—Arrieta preguntó si seguía creyendo que los expedientes se falsifican de una vez.
—Eso se lo dijo a Maite.
Aitor tardó una fracción.
—Mi padre me lo contó.
Ane miró a Robles. Ella no escribió.
—Koldo no estaba presente en esa conversación —dije.
Aitor tomó aire y se recostó.
—Arrieta repetía sus frases.
Ane apagó la grabadora.
—Cinco minutos.
El agente abrió. Aitor se levantó, pero Ane señaló la silla.
—Tú te quedas.
Salimos al pasillo. Robles cerró la puerta y apoyó la carpeta contra el pecho.
—Está midiendo lo que sabemos.
—Y sabe demasiado —dije.
Ane miró por el cristal. Aitor no nos observaba. Tenía los ojos en la fotografía de Gaizka.
—Todavía no tenemos un delito que lo retenga.
—Tenemos accesos ocultos.
—Suspensión y expediente disciplinario. No asesinato.
Robles abrió la carpeta por una hoja de llamadas.
—Koldo habló con él después de reunirse con Arrieta. Aitor empezó a seguirlos al día siguiente.
—Eso explica la vigilancia —dijo Ane—. No las muertes.
Decidió volver antes de que yo contestara.
Aitor había colocado la fotografía de Gaizka encima de la de Arrieta.
—¿Puedo marcharme ya?
Ane encendió de nuevo la grabadora.
—Cuando termines de explicar por qué seguiste a Gaizka.
—Porque llevaba dinero de Arrieta.
—Retiró su propio dinero.
—Nueve mil euros no desaparecen de una cuenta por miedo.
Robles inclinó la cabeza.
—¿Cómo sabías la cantidad?
Aitor miró la carpeta. Esa cifra no aparecía en ninguna de sus fotografías.
—La vi en el expediente.
—No consultaste sus movimientos bancarios —dijo Ane.
—Los tendría Arrieta.
—No entraste en el piso.
Aitor apretó los labios.
—Mi padre me dijo que Gaizka quería vender algo.
—¿Antes o después de caer? —pregunté.
Ane no me detuvo.
—Antes.
—¿Cuándo te llamó Koldo?
—Después de hablar con Arrieta.
—Eso fue nueve días antes.
—Volvimos a hablar aquella noche.
Robles abrió el registro del teléfono de Koldo.
—La última llamada entre vosotros terminó a las veintiuna cincuenta y cuatro.
Aitor no se movió.
—Gaizka cayó a las veintiuna cincuenta y ocho —dije.
—La comunicación entró por radio.
—A las veintidós cero tres.
Sus dedos se cerraron sobre la manga.
—Pudo llegar antes a otro canal.
Ane acercó la grabadora.
—Dinos cuál.
Aitor miró hacia el pasillo. El agente seguía de espaldas.
—No lo recuerdo.
—Hace un minuto recordabas nueve mil euros.
Ane apagó el aparato y abrió la puerta.
—Puedes marcharte.
Robles la miró, pero no habló.
Aitor se puso de pie con cuidado.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—Necesito ver a mi padre.
—No contactes con él.
—No estoy detenido.
—Él podría estarlo pronto.
Aitor recogió la carpeta vacía. Ane la retuvo con dos dedos.
—Esto se queda.
Su mano quedó cerrada en el aire. Después la bajó.
Cruzó el pasillo sin mirar al agente. Al llegar al ascensor, pulsó dos veces. Las puertas tardaron en abrirse.
Robles esperó a que desapareciera.
—Acabas de soltarlo.
Ane entregó a un agente la orden de seguimiento.
—No. Acabo de dejar que elija adónde corre.
Guardé el teléfono sin llamar a nadie. Esta vez no iba detrás.
Aitor cruzó las puertas de cristal y salió bajo la lluvia.
Dos coches arrancaron después.