CAPÍTULO 21
El hijo policía
Aitor Etxabe dejó el arma sobre la bandeja sin que nadie se lo pidiera.
El metal chocó contra el plástico. Los dos agentes de Asuntos Internos miraron desde el pasillo. Él soltó después la placa y empujó ambas cosas hacia Ane.
—Supongo que esto ayuda.
—Ayuda que no toques nada más —dijo ella.
La lluvia había oscurecido los hombros del uniforme. Seguía con la ropa del turno de noche y olía a jabón de hospital.
Robles cerró la puerta. La lluvia golpeó el cristal del pasillo. Me senté junto a la pared. Aitor me miró primero.
—Barral.
No era una pregunta.
Ane encendió la grabadora. En el registro había tres nombres marcados: Arrieta, Gaizka Ereno y el mío.
—Explica el acceso.
Aitor no leyó la hoja.
—Mi padre recibió amenazas.
—Eso explica a Arrieta —dijo Robles—. Quizá a Gaizka. ¿Qué pintaba Julio?
Aitor se quitó el reloj y lo dejó junto al arma. La muñeca conservaba una franja pálida.
—Todos terminaban en el mismo expediente.
—No existe ese expediente —dije.
Él giró hacia mí.
—Por eso tuve que abrir tres.
Ane deslizó otra hoja. Parte de las consultas aparecían bajo la credencial de una inspectora de Tráfico de permiso.
—También abriste cinco con la cuenta de Leire Castaños.
Aitor tocó el borde del papel. No lo acercó.
—Dejó la sesión abierta.
—Durante seis noches —dijo Ane.
Robles puso la planta de Urrutia sobre la mesa. La credencial del policía muerto había entrado a las dos y catorce.
—¿También la dejó abierta?
Aitor miró la fotografía. Una vena se marcó junto a su sien al apretar la mandíbula.
—No he estado en Basurto esta noche.
—No he preguntado dónde estabas —dijo Ane.
Él empujó la silla hacia atrás. Las patas rasparon el suelo.
—Estaba patrullando. Tenéis la posición del coche.
—La estamos comprobando.
Ane hizo un gesto. Un agente retiró el arma, la placa y el reloj. Aitor siguió la bandeja hasta que cerraron.
—No estás detenido —dijo ella—. Pero no vuelves a la calle hasta que sepamos qué has hecho con tus accesos.
—Entonces llama al jefe.
—Ya lo he hecho.
La respuesta le cerró la boca.
Ane abrió el registro corporativo. Su contraseña había cambiado a las tres y cinco. Dos minutos después, alguien intentó entrar.
—Quien usó tu terminal no sabía que te habíamos bloqueado.
Aitor dejó de mirar la puerta.
—¿Desde dónde?
—Jefatura.
—Eso ya lo sé.
—Desde tu planta —añadió Robles.
Una rejilla soltaba olor a polvo caliente. Aitor se frotó la muñeca y observó el plano.
—Hay cuarenta personas con acceso.
—Treinta y ocho —dijo Ane—. Dos estaban aquí.
Aitor extendió la mano hacia el registro. Ane lo apartó antes de que lo tocara.
—Nombres.
—No voy a señalar compañeros para tapar un error informático.
—Has utilizado una cuenta ajena.
—Para no dejar a mi padre expuesto en cada consulta.
Robles apoyó una fotografía de Koldo sobre el nombre de Arrieta.
—Lo ocultaste para protegerlo.
—Lo separé de una investigación que no debía existir.
—Arrieta la había reabierto por vía judicial.
Aitor soltó aire por la nariz.
—Arrieta llevaba años fabricando culpables con papeles incompletos.
Su mano golpeó la mesa. El vaso tembló. Ane lo retiró y nadie le ofreció otro.
—Gaizka cayó unas horas después de que consultaras su historial laboral.
—Buscaba qué quería de mi padre.
—¿Y qué quería? —preguntó Robles.
Aitor me sostuvo la mirada.
—Que recordara un nombre.
Ane acercó la fotografía del agente fallecido cuya credencial había abierto la planta de Urrutia.
—¿Este?
Aitor no respondió. Sus dedos apretaron el respaldo.
—Koldo dijo que nadie conservaba esa tarjeta —continuó Ane—. Tú sabías que seguía activa.
—Sabía que no la habían destruido cuando debían.
—¿Cómo?
—Mi padre guardaba demasiadas historias.
Robles señaló el registro del hospital.
—Alguien convirtió una de ellas en una entrada.
Ane tomó una decisión.
—Intervenimos tu teléfono, tu taquilla y el terminal. Desde este momento, no hablas con Koldo.
Aitor se levantó. El agente abrió la puerta antes del primer paso.
—No puedes aislarme por consultar archivos —dijo.
—Puedo suspenderte por ocultar accesos con cuentas ajenas.
—Mi padre ha colaborado.
—Tu padre eligió cada palabra.
El agente puso una mano frente al pecho de Aitor. No llegó a tocarlo. Él volvió a sentarse.
Ane tendió una bolsa de pruebas.
—El teléfono.
Aitor lo sacó del bolsillo. La pantalla se encendió con tres llamadas perdidas de Koldo. No abrió ninguna.
—Llegas tarde —dijo.
—Él también.
Ane selló la bolsa y se la entregó al agente.
Yo saqué el teléfono.
—Voy a avisar a Clara de que cambia el plan.
Aitor sonrió sin enseñar los dientes.
—¿Ahora pides permiso?
El pulgar se me quedó sobre la pantalla.
—Ahora no desaparezco.
Marqué fuera. Clara respondió al segundo tono. Le dije que investigaban al hijo de Koldo y que yo seguiría en jefatura. No prometí una hora.
—¿Vas a salir de jefatura? —preguntó.
Miré a Ane. Negó una vez.
—No.
—Entonces llámame cuando eso cambie, no después.
La línea se cortó.
Al volver, Aitor tenía delante la fotografía del piso y el croquis de la escalera interior.
—¿Habías estado allí? —preguntó ella.
—No.
—Tu padre sí.
—Mi padre entró en muchos pisos cuando llevaba placa.
Ane giró el croquis ciento ochenta grados.
—Arrieta utilizaba ese lugar para reuniones de Asuntos Internos.
—Eso se sabía.
—No entre policías de tu generación.
Aitor alargó un dedo, pero se detuvo antes del papel.
—Los edificios no olvidan porque cambiéis los archivos.
—¿Qué sabes de la tercera puerta? —pregunté.
Él me miró. Esta vez tardó.
—Que os gusta poner nombres a las cosas cuando no entendéis cómo funcionan.
Robles retiró la fotografía y dejó solo el plano.
—Enséñanos cómo funcionaba.
—No he dicho que lo sepa.
—Has dicho que existía antes de que cambiáramos los archivos.
Aitor se inclinó hacia la mesa. El uniforme crujió bajo los brazos.
—Mi padre hablaba de un piso de seguridad. Entraban confidentes sin cruzarse con los agentes que esperaban arriba.
—¿Por dónde? —preguntó Ane.
—Por el patio de mantenimiento.
—Ese acceso estaba cerrado.
—Ahora.
Ane dejó el bolígrafo.
—¿Cuándo lo viste?
Aitor se apoyó en el respaldo. La presión soltó una de sus manos del borde.
—Nunca.
Robles señaló una línea estrecha del croquis.
—Entonces no puedes saber que conecta con el patio.
—Koldo me lo contó.
—Koldo negó conocer la escalera.
Aitor bajó la vista por primera vez.
Ane abrió la puerta y llamó a Asuntos Internos. Ordenó precintar el terminal y la taquilla de Aitor. Él siguió cada palabra.
—Estáis perdiendo el tiempo.
—Puede ser —dijo Ane—. Tú te quedas aquí para verlo.
Uno de los agentes salió. El otro se situó junto a la puerta. Robles recogió los registros y guardó el croquis en una carpeta opaca.
Aitor levantó la cabeza.
—Necesito ir al hospital.
—No.
—Urrutia puede reconocer a quien entró.
—Sigue inconsciente.
—Eso os dijeron al amanecer.
Nadie tocó nada.
Ane cerró la carpeta despacio.
—¿Quién te ha informado de su estado?
Aitor miró el reloj que ya no llevaba.
—Mi padre conoce a una enfermera.
—Nombre.
—No lo sé.
Robles abrió la puerta. El agente bloqueó la salida sin recibir ninguna orden.
Aitor volvió a sentarse.
—No voy a acercarme a Urrutia.
—Tampoco ibas a consultar a Barral —dijo Ane.
El teléfono de Ane vibró sobre la mesa. Leyó la pantalla sin levantarse.
—Sistemas ha terminado con tu terminal.
Aitor miró la bolsa que contenía su móvil.
—¿Y?
—No hubo conexión remota. Las consultas se hicieron mientras tu tarjeta abría la planta.
—Mi tarjeta no demuestra quién estaba sentado.
Ane giró el teléfono hacia él. Una cámara del pasillo mostraba su entrada a las dos y nueve. Cinco minutos antes del acceso a la habitación de Urrutia.
—La tarjeta no —dijo—. Tú sí.
Aitor apoyó las palmas sobre la mesa.
—No entré en el hospital.
—Entonces explica por qué estabas en jefatura mientras alguien usaba una credencial que conocías.
—Ya lo he explicado.
Robles cerró la carpeta.
—Has explicado a tu padre.
Ane llamó a los agentes. Uno abrió la puerta; el otro recogió la bandeja con la placa.
—Quedas suspendido hasta nueva orden.
Aitor miró el croquis ya cerrado.
—Revisad mi mesa. Yo no entré en el piso de Arrieta.
Ane no se movió.
—Nadie ha dicho que entraras.
Aitor tragó. El cuello del uniforme le rozó la piel.
—Ni por la puerta detrás de la biblioteca.