Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Koldo Etxabe

Koldo dejó su antigua cartera profesional sobre la mesa y no se sentó.

El cuero estaba cuarteado. Dentro quedaba una placa jubilada, inútil, colocada frente a Ane como si todavía pudiera imponer distancia.

—Mi cliente ha venido voluntariamente —dijo su abogado.

—Y puede marcharse cuando terminemos —respondió Ane—. Siempre que no aparezca un motivo para impedirlo.

Koldo retiró la placa y ocupó la silla. No miró las fotografías de Unai. Miró el reloj de pared.

Robles puso delante de él la copia carbón de la prisión.

Entrada: 17:31. Salida: 17:36. Detenido no admitido.

—Usted era el agente de mayor rango —dijo.

—Era el responsable del traslado.

—No es lo mismo.

—Aquella tarde sí.

Ane acercó la transcripción de radio. La unidad seis había solicitado acceso antes de llegar. Koldo tocó el borde, pero no leyó.

—¿Por qué mantuvo el traslado?

—Murueta había bebido, golpeado a un camarero y se había resistido. Cuando lo esposamos, dejó de sostenerse.

—¿Y decidió que fingía? —pregunté.

Su abogado giró la cabeza.

—El señor Barral no interroga.

Koldo me sostuvo la mirada.

—Decidí que no iba a convertir una detención en una ambulancia cada vez que alguien se dejara caer.

Ane separó la fotografía del furgón. Unai estaba en el suelo, con una bota sobre el hombro.

—No se dejó caer ahí.

Koldo pasó el pulgar por una grieta del cuero.

—Ya estaba reducido.

—También respiraba —dijo Robles.

—Eso dijeron después.

—Lo escribió el personal sanitario.

—Después de que todo hubiera terminado.

Ane cerró la cartera de un golpe y dejó la placa atrapada dentro.

—Vamos a mantener el orden. Usted decidió llegar hasta la prisión sin pedir asistencia. Allí rechazaron a Unai porque no caminaba.

Koldo asintió.

—Un agente pidió buscar al médico que estaba declarando en el juzgado. Usted aceptó parar.

—No era perder tiempo.

—El conserje escribió que la asistencia fue rechazada y que nadie avisó a emergencias.

—El médico ni siquiera bajó.

Robles colocó la incidencia junto a la fotografía del agente fallecido.

—Este hombre pidió ayuda. Usted volvió después para recoger el parte.

Koldo dejó de rozar la cartera.

—Necesitábamos cerrar el atestado.

—La hoja desapareció —dijo Ane.

—Yo pedí una copia.

—La copia que conservó el conserje incluye su nombre.

El abogado se inclinó hacia él. Koldo lo apartó con dos dedos.

—Regresé. No arranqué nada.

Ane retiró la incidencia y puso el libro del hospital. Las dos horas quedaron frente a Koldo.

—A las 17:43 estaban en el aparcamiento. A las 18:00 hicieron constar el ingreso. ¿Quién impidió que bajara la camilla?

—Nadie.

—La solicitud fue anulada.

—No por mí.

—Usted era el responsable.

Koldo levantó la barbilla.

—Dentro del furgón. No del hospital.

La frase no le salió defensiva. Le salió usada.

Robles abrió la declaración de Maite.

—Una semana después la llamó para darle las gracias.

El abogado apoyó la mano sobre el documento.

—Esa conversación no está grabada.

—Maite la reconoce en su declaración —dijo Ane.

Koldo soltó una risa sin sonido.

—Déjelo. La llamé.

—¿Por qué?

—Porque no permitió que cargaran todo sobre los agentes.

—¿Sabía que había firmado después?

—Sabía que corrigieron un registro.

—¿Quién se lo dijo?

Koldo miró el reloj otra vez.

—El médico.

—El médico estaba muerto cuando Arrieta reabrió el caso.

—Me lo dijo entonces.

—¿Le pidió que llamara a Maite?

—No.

—¿Quién lo hizo?

Koldo empujó la cartera hacia Ane. La placa golpeó dentro.

—Nadie dio una orden. El médico protegió su turno. Maite protegió su puesto. El funcionario de prisión protegió el suyo. Yo protegí a mis hombres.

El silencio dejó oír el zumbido del aire acondicionado.

—¿De qué? —pregunté.

—De una acusación construida después.

—Unai estaba vivo cuando tuvo dos oportunidades de recibir ayuda.

Koldo giró hacia mí.

—Y usted sabe mejor que nadie lo que ocurre cuando todos deciden qué significa una escena antes de terminarla.

La cicatriz tiró bajo la camisa. No aparté la mano de la mesa.

—Yo cumplí doce años por esa lección.

Su abogado pidió que constara la provocación. Ane no respondió. Colocó la solicitud de reapertura firmada por Arrieta.

—Once días antes de morir, Arrieta obligó a todos a volver a sostener sus versiones.

Koldo leyó el sello.

—Le gustaba llamar justicia a llegar tarde.

—¿Habló con él?

—Sí.

—¿Dónde?

—En el piso.

Robles abrió el registro de la tercera puerta. Las iniciales K. E. aparecían diecisiete veces.

—¿Entró por la escalera interior?

—Hace años.

—La semana pasada.

—Por el ascensor.

—¿Qué quería Arrieta?

Koldo apoyó ambas manos sobre la cartera.

—Que admitiera que Unai llegó herido.

—¿Lo admitió?

—Le dije que parecía herido.

—Ahora no estamos en aquel piso —dijo Ane.

Koldo cerró los dedos.

—Llegó herido.

La frase quedó grabada sin que nadie la repitiera.

Ane acercó la fotografía médica. La vía, la muñeca hinchada y la marca del pecho ocuparon la mesa.

—¿Creía que fingía cuando llegó al hospital?

Koldo no miró a su abogado.

—Ya no.

—¿Por qué no bajó del furgón con él?

—Porque uno de los agentes dijo que se ocuparía.

Robles señaló a los dos fallecidos.

—¿Cuál?

—No lo recuerdo.

—Recuerda a Maite después de quince años.

—Ella firmó.

—Y ese agente sigue vivo —dije.

Koldo agarró la cartera por el cierre. Los nudillos perdieron color.

Ane cambió de frente. Guardó las fotografías y dejó únicamente el acceso a la planta de Urrutia.

—Anoche utilizaron la credencial de un policía fallecido para entrar en el hospital.

Koldo leyó el número antes de que ella terminara.

—Esa tarjeta se destruyó.

—El registro dice lo contrario.

—Los registros también dijeron que Unai llegó muerto.

Ane deslizó el informe técnico. El lector había aceptado la credencial a las 02:14. La puerta de la habitación de Urrutia se abrió cuarenta segundos después.

—¿Quién conservaba la tarjeta? —preguntó.

—Nadie.

—Alguien conocía el número, el código antiguo y la planta.

Koldo empujó el papel.

—Busquen a quien administra el sistema.

—El código de mantenimiento consultó también la solicitud de Arrieta la noche en que cayó Gaizka.

La mano de Koldo se detuvo antes de tocar la cartera.

—Eso no fui yo.

—No hemos dicho que lo fuera —respondió Robles.

Su abogado pidió terminar la declaración. Ane cerró el libro, pero no apagó la cámara.

—Puede marcharse. Su declaración quedará incorporada y la jueza decidirá si lo cita como investigado. No contacte con Maite ni con antiguos miembros del traslado.

Koldo se levantó despacio.

—No necesito hablar con ninguno.

—Eso también quedará grabado.

El abogado recogió la cartera. Koldo se la quitó y volvió a sentarse.

—Arrieta no tenía que haber enviado esa solicitud.

—¿Porque lo comprometía? —preguntó Ane.

Ane abrió el registro de llamadas de Koldo. La noche de su encuentro con Arrieta había marcado un número corporativo cuatro minutos después de salir del edificio.

—¿A quién avisó?

—No avisé a nadie.

Robles giró la pantalla. La llamada duró seis minutos.

—Entonces eligió una conversación para no decir nada.

Koldo acarició la costura de la cartera.

—Era un asunto familiar.

—Arrieta acababa de anunciar que reabriría una muerte bajo custodia policial.

—Y yo acababa de saber que mi apellido volvería a los periódicos.

—¿Quién contestó? —pregunté.

Koldo clavó los ojos en mí.

—Alguien que no estaba en aquel furgón.

—La solicitud lo obligaba a elegir entre su trabajo y su familia.

—¿A quién?

Koldo miró la cámara. Después la placa dentro de la cartera.

—A alguien que todavía cree que puede arreglar lo que yo dejé mal.

Ane se inclinó.

—Nombre.

—No.

—Entonces tendremos que llegar sin usted.

Koldo cerró la cartera y se puso de pie. Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Usted empezó protegiendo a los suyos antes de saber de qué debía protegerlos.

—Y terminó dejándolos dentro.

Su boca se tensó. Salió sin responder.

Robles esperó a que la puerta se cerrara y abrió el informe técnico completo. La credencial antigua había sido reactivada seis minutos antes del acceso desde un terminal policial activo.

—Ya tenemos el terminal —dijo.

Ane acercó la pantalla. El equipo corporativo estaba asignado a la jefatura de Bilbao y seguía conectado a la red interna esa madrugada.

El titular había consultado los expedientes de Arrieta, Gaizka y Julio durante las últimas dos semanas.

No aparecía el nombre en la primera página.

Robles pasó a la ficha personal.

En el apartado de contacto familiar figuraba Koldo Etxabe.

Debajo, una sola palabra.

PADRE.