Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Una firma sin orden

Maite dejó el bolso en el suelo antes de sentarse.

Su abogado ocupó la silla más cercana a la puerta. Ane permaneció frente a ellos, con el libro del hospital cerrado y las dos copias históricas separadas sobre la mesa.

—La firma es suya —dijo.

Maite miró el borde del libro.

—Eso lo decidirá el perito.

—Ya lo ha decidido.

El abogado levantó una mano.

—Mi clienta responderá sobre hechos que recuerde. No sobre conclusiones ajenas.

Robles colocó la copia enviada a facturación. No llevaba firma. Después deslizó la remitida al juzgado tres días más tarde. El apellido Salazar cruzaba el sello.

—No preguntamos cuándo apareció —dijo—. Preguntamos por qué volvió usted.

Maite frotó el cierre del bolso con la punta del zapato.

—Me llamaron al terminar el turno de noche.

—¿Quién?

—El jefe de Urgencias.

Ane abrió una carpeta y dejó visible el certificado de defunción. El médico que lo firmó había muerto nueve años atrás.

—¿Qué le pidió?

—Completar un registro.

—Ya estaba cerrado.

—Me dijo que faltaba mi intervención.

El abogado tocó el brazo de Maite.

—No tiene que aceptar la forma de la pregunta.

Ella retiró el codo.

—Firmé. Eso ya lo saben.

Ane abrió el libro por la hora modificada.

—También sabemos que Unai llegó antes de las seis. Díganos qué le contaron para conseguir su firma.

Maite miró la cámara de grabación. La luz roja permanecía fija.

—Que había muerto durante el traslado. Que la hora era administrativa. Que mi nota sobre la respiración podía provocar una investigación contra todo el servicio.

—¿Y eso bastó? —pregunté.

Su abogado giró hacia mí.

—¿En calidad de qué participa el señor Barral?

Ane respondió sin mirarme.

—Observador autorizado. Puede no contestarle.

Maite me sostuvo la mirada.

—Usted no ha trabajado en unas urgencias con tres camillas para doce pacientes.

—No.

—Entonces no pregunte como si solo hubiera una cosa que proteger.

Ane apartó el certificado. Debajo apareció la suspensión cautelar preparada contra dos auxiliares por abandonar el protocolo de ingreso.

—Le enseñaron esto.

Maite no tocó la hoja.

—Me enseñaron una copia.

—La suspensión nunca se tramitó —dijo Robles.

—Porque firmé.

El fluorescente vibró sobre nosotros. Maite apretó el bolso entre los tobillos y el cuero crujió. Nadie corrigió la frase ni la alivió durante unos segundos demasiado largos.

—Porque alguien consiguió lo que necesitaba.

El abogado pidió un descanso. Ane negó con un movimiento corto.

—Puede hablar con su clienta aquí o suspenderemos la declaración y solicitaremos que comparezca ante la jueza.

El hombre acercó la boca al oído de Maite. Ella no se inclinó. Mantuvo las manos debajo de la mesa.

—La firma no cambió la muerte —dijo.

—Cambió quién podía responder por ella —contestó Ane.

Maite sacó las manos. Tenía las uñas clavadas en las palmas.

—El médico corrigió la hora antes de llamarme. Yo no escribí las seis.

Robles puso delante de ella la ampliación.

—Pero su firma convirtió la corrección en una anotación asistencial.

—Confirmé que había preparado una vía.

—Una vía para alguien que respiraba.

—Un brazo se movió.

—Eso escribió aquella tarde.

Maite empujó la copia hacia Robles.

—Después me aseguraron que era un reflejo y que ya estaba muerto cuando abrieron el furgón.

Ane retiró todas las fotografías. Dejó solo cuatro documentos: el rechazo de la prisión, la incidencia judicial, el registro hospitalario y el informe policial.

—Su firma permitió que el médico fijara el ingreso sin vida. Ese informe permitió que la prisión negara responsabilidad. La negativa de la prisión permitió que la policía eliminara la parada. Después, el juzgado archivó un recorrido que ya no existía.

Maite observó las hojas sin recorrerlas.

—Yo no vi ninguna de las otras.

—Ese es el problema —dije.

Ane no me detuvo.

—Cada persona corrigió su página —continué—. Nadie necesitó ordenar el expediente completo.

El abogado cerró su libreta.

—Eso es una teoría.

Robles giró el informe policial. En la última página figuraba una referencia: VALIDADO POR ASISTENCIA SANITARIA.

—Es una consecuencia.

El informe médico pasó al atestado como una constatación independiente.

El atestado llegó al forense, que tomó las seis como hora de ingreso.

Con esas dos versiones coincidentes, la fiscalía descartó que el retraso hubiera cambiado el desenlace.

La jueza archivó sin ordenar una reconstrucción del recorrido.

Cuatro documentos parecían confirmarse entre sí, aunque cada uno había nacido del anterior.

Ane alineó los bordes con la palma.

—No buscamos a quien redactó un plan —dijo—. Buscamos qué quiso salvar cada uno y a quién avisó después.

Maite apartó la vista. El abogado dejó de escribir.

Ane separó los documentos y pidió que el técnico entrara. El hombre depositó el informe de tintas junto al libro.

La firma era de Maite.

La hora de las seis pertenecía al médico.

El sello se había estampado antes que ambas.

—El registro se cerró —dijo el técnico—. Después añadieron la hora. Por último, firmó la señora Salazar.

Maite apretó el tacón contra el suelo.

—No estaba el médico cuando volví.

—¿Quién la recibió? —preguntó Ane.

—Un administrativo.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

Ane abrió el registro de personal. Había seis administrativos aquella semana.

—Elija.

—No podría reconocerlo.

—Arrieta pensaba que sí.

El nombre hizo que Maite levantara la cara.

Robles colocó la fotografía procedente del expediente del expolicía. Una doblez diagonal cruzaba la esquina inferior. La misma sombra aparecía en la imagen publicada.

—Edurne Arrieta entregó esta copia al periódico después del funeral —dijo—. Quería que la investigación no pudiera guardar la firma en un cajón.

El abogado abrió la boca.

—Mi clienta no responde por una filtración.

—No se lo hemos preguntado —dijo Ane.

Maite miró la anotación a lápiz.

PREGUNTAR.

Debajo, el comienzo borrado de su nombre.

—Arrieta vino a verme —dijo.

—Dos días antes de morir.

—Esperó junto a los ascensores. No llevaba placa, pero seguía preguntando como si la tuviera.

—¿Qué quería?

—Saber quién me hizo regresar.

Ane acercó la fotografía de Koldo sin ponerla delante del resto.

—¿Fue él?

Maite miró la puerta.

—Koldo estaba en el hospital aquella noche. No cuando firmé.

—¿Volvió después?

—Me llamó una semana más tarde.

—¿Para qué?

—Para darme las gracias.

El abogado intervino.

—Eso no demuestra que conociera la falsificación.

—Demuestra que conocía una firma incorporada después —dijo Robles.

Maite apretó los labios.

—Dijo que habíamos evitado que destrozaran cuatro carreras por un hombre que ya estaba muerto.

La frase dejó un sabor amargo detrás de mis dientes.

—¿Arrieta sabía eso?

—Se lo conté.

—¿Y qué respondió?

Maite tocó con un dedo la anotación borrada.

—Que nadie había dado una orden porque nadie quería cargar con todas las palabras.

Ane dejó a un lado la fotografía de Koldo.

—¿Por qué llamó Arrieta a su revisión mil setecientos cuarenta y tres?

Maite tardó.

—No era un número de trabajo. Era la hora de llegada al hospital. Gaizka lo utilizó para que las facturas parecieran reparaciones normales.

—¿Quién más lo sabía?

—El médico. Koldo. El administrativo que me abrió el archivo.

—Y usted.

—Yo lo entendí cuando Arrieta volvió.

Robles apoyó los nudillos en la mesa.

—¿Le dio un nombre?

—Me pidió que lo escribiera.

—¿Lo hizo?

—No.

Ane cerró el libro.

—Entonces dígalo ahora.

El abogado pidió hablar en privado. Esta vez Ane detuvo la grabación y salió con Robles. Yo avancé hacia la puerta, pero Maite habló antes de que la alcanzara.

—Barral.

Me detuve.

Su abogado la miró con furia.

—No diga nada sin que—

—Arrieta también preguntó por usted —continuó ella.

La cicatriz tiró bajo la camisa.

—¿Qué quería saber?

—Si después de doce años seguía creyendo que los expedientes se falsifican de una vez.

El abogado se levantó y abrió la puerta.

Ane volvió a entrar. Reactivó la grabación y se sentó.

—Nombre del administrativo.

Maite colocó el bolso sobre sus rodillas.

—No era administrativo. Llevaba uniforme y utilizó una tarjeta de archivo que no era suya.

—¿Koldo?

—No.

—¿Quién?

Maite respiró por la nariz. Después miró la fotografía del agente fallecido que había pedido ayuda en el juzgado.

—Usó su tarjeta.

Robles abrió el listado de accesos. La credencial del fallecido había seguido activa durante catorce años. El mismo número aparecía asociado al código de mantenimiento que consultó la solicitud de Arrieta.

Ane amplió el registro.

La tarjeta había sido desactivada seis años atrás.

Pero alguien la utilizó la noche anterior.

No en el archivo.

En la planta donde estaba ingresado Urrutia.