CAPÍTULO 18
Una pregunta de Lucas
Lucas pegó una captura a la cámara antes de saludar.
La imagen temblaba entre sus dedos. Detrás, la mesa del comedor estaba cubierta de rotuladores y una taza vacía.
—Explícame los diecisiete minutos.
Apreté el teléfono contra el vaso de agua para mantenerlo de pie. Habían pasado varias horas desde la reconstrucción. La camisa seguía húmeda en los puños.
—¿Dónde lo has visto?
—En una noticia. Dice que reabren la muerte de Unai Murueta y que alguien cambió la hora de llegada.
Clara apareció detrás de él y retiró la taza del borde.
—No le mandes documentos.
—No pensaba hacerlo.
Lucas bajó la captura.
—Eso no responde.
Laura cruzó la pantalla con Martina en brazos. La niña llevaba un rotulador azul destapado y lo apoyó sobre el hombro de Laura.
—Empieza por lo que sabes —dijo ella.
Abrí el esquema de la ruta, pero no compartí la pantalla. Podía explicarlo sin convertirlos en investigadores.
—El furgón llegó primero a la prisión. No admitieron a Unai porque no caminaba. Después paró en un edificio judicial para buscar ayuda. Tampoco llamaron a emergencias. A las cinco y cuarenta y tres entró en el aparcamiento del hospital.
Lucas tocó la mesa con un dedo.
—¿Y a las seis?
—Esa fue la hora que dejaron en la historia clínica.
—¿Estaba muerto?
Miré el vaso. Una gota descendía por el cristal.
—No sabemos cuándo murió. Sabemos que hubo oportunidades de asistirlo y que varias personas modificaron documentos para que esas oportunidades desaparecieran.
Martina golpeó la pantalla con el rotulador.
—Papá, estás pequeño.
Laura le quitó la tapa de la mano y la cerró.
—Sigue —dijo Lucas.
—Faltan registros. Una hoja fue arrancada en la prisión. En el juzgado quedó una incidencia sin aviso a emergencias. En el hospital cambiaron la hora. Nadie necesitaba conocer todas las modificaciones.
Clara apoyó una mano en el respaldo de Lucas.
—¿Quién las ordenó?
—No tenemos una orden común.
—Entonces ¿por qué hicieron lo mismo? —preguntó él.
La cicatriz se tensó cuando me incliné hacia el teléfono.
—Porque cada uno protegió su momento. El funcionario que lo rechazó. El agente que siguió conduciendo. El médico que esperó. La auxiliar que firmó después.
Lucas levantó otra hoja impresa.
—¿Después de qué?
No contesté de inmediato. La firma de Maite estaba bajo la hora de las seis. Yo había asumido que pertenecía a la misma corrección.
—Eso todavía no lo sé.
Clara me observó desde detrás de la pantalla.
—Bien.
Lucas frunció el ceño.
—¿Qué tiene de bien?
—Que no te ha cerrado la pregunta —respondió ella.
Cogí el teléfono y acerqué la cámara.
—Enséñame lo que estás mirando.
Lucas colocó la impresión bajo una lámpara. Era una captura publicada por un periódico digital. La resolución era mala, pero se distinguían las dos horas, el sello del hospital y la firma.
—La noticia no debería tener esa imagen —dije.
Laura se inclinó.
—¿Es reservada?
—Es una fotografía tomada durante la revisión. Alguien la ha filtrado.
Clara apartó a Martina de la mesa.
—Eso lo habláis después. Lucas ha visto otra cosa.
Él señaló el sello circular.
—La firma pasa por encima.
—Puede ser la impresión.
—No. Mira aquí.
Amplió la captura con dos dedos. El apellido Salazar cruzaba el borde inferior del sello. La tinta negra no se interrumpía al atravesar la línea azul.
—El sello se puso primero —dijo Lucas.
—O la fotografía altera los colores.
—Pero la hora de las seis queda debajo del sello. La firma queda encima.
Toqué la pantalla hasta ampliar mi copia forense. El orden parecía el mismo, aunque el reflejo del plástico ocultaba parte del trazo.
—Puede que tengas razón.
Lucas dejó caer la mano.
—Siempre dices eso cuando no quieres decir que sí.
—Esta vez significa que necesito el original.
Marqué a Ane sin cortar la videollamada. Contestó al tercer tono. Robles hablaba al fondo con alguien de archivo.
—¿Qué ocurre?
—La firma de Maite podría haberse añadido después del sello de cierre.
Ane guardó silencio.
—¿De dónde sacas eso?
Giré el teléfono hacia Lucas.
—Lo ha visto él en la fotografía filtrada.
Lucas no apartó la mirada.
—La firma cruza el sello. La hora no.
Ane pidió que acercara la imagen. Después tocó algo fuera de plano.
—Con una captura no podemos fijar el orden de las tintas.
—Ya lo sé —dijo Lucas.
La respuesta la frenó un instante.
—Traeré el original al laboratorio —continuó Ane—. Barral, averigua quién publicó esa fotografía.
—No puedo acceder a la investigación del medio.
—Puedes leer el pie.
Lucas acercó la captura otra vez. Bajo la imagen figuraba una atribución corta: FUENTES DEL CASO.
—No identifica a nadie —dije.
Robles apareció junto a Ane y señaló el margen derecho.
—La fotografía está recortada. Nuestra copia muestra el número de bolsa.
—¿Quién tenía la versión sin número? —pregunté.
Ane abrió el registro de distribución. La imagen se había enviado a la jueza, al forense y a la unidad de archivo. También figuraba una impresión para confrontar a Maite.
—Cuatro rutas —dijo Robles.
—Y una persona que quiere que miremos la firma —añadí.
Ane negó.
—O un periodista que recortó lo que no entendía.
Lucas apoyó los codos en la mesa.
—¿Por qué filtrar una foto que demuestra que cambiaron la hora?
—Puede proteger a alguien distinto —respondí.
—¿A Maite?
—O señalarla antes de que sepamos qué hizo.
Laura tocó el hombro de Lucas.
—Ya has hecho la pregunta.
—No he terminado.
—Eso también se aprende —dijo Clara.
La alarma de las nueve sonó en mi teléfono. Llevábamos doce minutos hablando y nadie había tenido que perseguirme para que contestara.
—Tengo que ir a comisaría —dije.
Martina empujó su dibujo hacia la cámara. Había cuatro figuras delante de tres puertas. Una permanecía fuera del papel, cortada por el margen.
—Falta uno —dijo.
—¿Quién?
La niña tapó la figura con la palma.
—El que no entra.
Laura recogió el dibujo antes de que el rotulador manchara la mesa.
—Mañana a la misma hora.
—Mañana.
Lucas mantuvo la captura levantada.
—Cuando sepas si la firma fue después, me lo dices.
—Te diré lo que podamos sostener.
—Y lo que no.
—También.
Clara fue la última en apartarse de la pantalla.
—Compra el regreso antes de que la investigación te compre otro día.
La llamada terminó. Abrí la aplicación del tren y cambié el billete para la tarde siguiente. Guardé la confirmación en el grupo familiar.
Después salí.
En comisaría, Ane había colocado el libro original bajo una lámpara oblicua. El laboratorio aún no había aplicado reactivos. Robles sujetaba una regla junto al sello.
—La firma parece estar encima —dijo.
—Parecer no basta —respondió Ane.
—No he dicho que baste.
Me entregó unos guantes. El papel tenía una hendidura bajo el apellido de Maite. La presión del bolígrafo había marcado la hoja posterior.
Ane levantó la página siguiente.
No había firma.
Solo la marca de sus trazos.
—Se escribió directamente en este libro —dije.
—Eso descarta que copiaran una firma desde otra hoja —respondió Robles.
Ane acercó la lupa al sello.
—Y si la tinta está encima, se añadió después del cierre del registro.
Un técnico entró con dos fotografías antiguas. Una correspondía a la copia enviada a facturación la mañana siguiente. La otra, al expediente remitido al juzgado tres días más tarde.
En la primera no aparecía la firma de Maite.
En la segunda sí.
Robles dejó ambas imágenes junto al libro.
—No firmó aquella tarde.
Ane señaló la diferencia sin tocarla.
—Alguien consiguió que volviera después.
—O firmó otro por ella —dije.
—La presión coincide con una firma manual. Falta compararla.
El técnico abrió una carpeta con muestras laborales de Maite. Antes de colocar la primera, Ane recibió una llamada de la jueza.
Escuchó sin interrumpir. Después miró la fotografía filtrada.
—La imagen publicada no salió del hospital.
—¿De dónde? —preguntó Robles.
—Del expediente interno de Arrieta.
Ane colgó y giró el libro.
En el borde inferior, oculto por el recorte del periódico, había una anotación a lápiz.
Una fecha.
Dos días antes de que Arrieta muriera.
Y una sola palabra:
PREGUNTAR.
Robles inclinó la hoja. Bajo la palabra quedaba una marca borrada, cuatro letras que la luz lateral devolvió por un instante.
MAIT. Ane cubrió el margen con una funda transparente.
Arrieta no había guardado aquella firma para demostrar una falsificación.
Había señalado a la persona que podía explicar quién volvió por ella.