CAPÍTULO 17
Diecisiete minutos
El furgón se detuvo ante la barrera de la prisión y nadie salió a recibirlo.
Ane miró el cronómetro del salpicadero. Robles ocupaba el asiento trasero, junto a una caja con copias del expediente. Yo sostenía el plano del recorrido sobre las rodillas.
—Diecisiete treinta y uno —dijo Ane.
El vigilante jubilado esperaba dentro de la garita. Había aceptado volver únicamente después de que la jueza autorizara la reconstrucción. Golpeó el cristal con una llave antes de abrir.
—Ese vehículo no es el mismo.
—El recorrido sí —respondió Ane.
La lluvia arrastraba hojas contra la barrera. El hombre miró la matrícula provisional y negó.
—Hace quince años no apuntábamos cada entrada.
Robles dejó sobre el mostrador el libro del hospital.
—Esta sí se apuntó.
La línea de las 17:43 mostraba la llegada real. La hoja clínica desplazaba el ingreso hasta las 18:00. El vigilante no tocó ninguna.
—Eso no pertenece a la prisión.
—El furgón pasó por aquí antes —dije.
Ane colocó delante de él la transcripción de radio. A las 17:27, la unidad seis pidió apertura del acceso de traslados. Cuatro minutos después, una voz respondió que podía entrar.
El nombre del receptor había desaparecido de la copia oficial.
—Quiero el duplicado de la garita —dijo Ane.
El vigilante cerró la ventanilla.
—Se destruyó con los demás.
Robles señaló una impresora matricial cubierta por una funda.
—Los partes mensuales se enviaban a la empresa de seguridad.
El hombre apretó la llave hasta marcarse los dientes en la palma.
—Eso era facturación.
—Entonces no tendrá inconveniente en enseñarla.
Ane llamó al agente que esperaba fuera. No amenazó al vigilante. Le entregó la orden y pidió abrir el archivo del sótano.
Bajamos detrás de él. El aire olía a cartón húmedo. Dos tubos fluorescentes temblaban sobre estanterías numeradas.
El vigilante sacó una caja del año correspondiente.
—Busquen ustedes.
—Usted sabe cómo se archivaba —dijo Robles.
El hombre apartó tres carpetas y encontró los partes de servicio. Faltaba la hoja del día de Unai. El corte junto a las anillas era limpio.
Ane no miró al vigilante. Revisó la carpeta siguiente.
Dentro había una copia carbón pegada a una factura. La tinta violeta apenas se distinguía, pero la matrícula del furgón seguía completa.
Entrada: 17:31.
Salida: 17:36.
Motivo: detenido no admitido.
—Cinco minutos —dijo Robles.
El vigilante intentó recuperar la hoja. Ane apoyó un dedo sobre ella.
—¿Por qué lo rechazaron?
—Yo no estaba de servicio.
—Su firma aparece al final del turno.
—Firmábamos el total.
Señalé una anotación escrita bajo el motivo. Dos palabras habían quedado cortadas por el borde de la factura.
RESPIRA. URGENCIAS.
El vigilante dejó la llave sobre la caja.
—El funcionario de ingresos no quiso hacerse cargo.
—¿Porque estaba herido? —preguntó Robles.
—Porque no caminaba.
Ane sacó la fotografía del furgón. El hombre del suelo tenía los ojos abiertos y una bota sobre el hombro.
—¿Lo vio?
—Vi abrir las puertas.
—Eso no responde.
El vigilante tocó la esquina de la factura.
—Uno de los agentes dijo que fingía. Otro pidió una camilla. Discutieron hasta que el funcionario cerró la puerta.
—¿Quién decidió marcharse? —pregunté.
—El mayor.
Ane abrió el listado de servicio. Había tres agentes de apoyo sin función detallada. Koldo Etxabe era uno. Los otros dos habían muerto.
—¿Era alguno de estos?
El vigilante no eligió.
—Llevaba gorra. Hablaba sin levantar la voz.
Robles guardó la factura en una bolsa.
—Cinco minutos aquí. Siete hasta el hospital. Llegaron a las 17:43.
—Y esperaron diecisiete fuera —dije.
Ane dobló el plano por la ruta directa.
—Todavía no sabemos dónde estuvo el furgón entre las 17:36 y las 17:43.
El trayecto normal duraba cuatro minutos.
Volvimos al vehículo. Ane condujo sin sirena. A los tres minutos, Robles señaló una entrada lateral junto a un edificio judicial antiguo.
—El registro de radio marca una transmisión cortada aquí.
Ane se detuvo ante el portón. Una placa oxidada conservaba el escudo del Ministerio de Justicia. El edificio llevaba años cerrado.
El vigilante de la prisión había mencionado una camilla. En la copia del furgón, sin embargo, Unai seguía en el suelo.
—Pararon para pedir ayuda —dije.
—O para decidir si la pedían —respondió Robles.
Ane pidió por radio que localizaran al antiguo conserje y los libros de acceso. Después rodeó el edificio a pie.
En la parte trasera había una rampa cubierta. El pavimento conservaba dos franjas más claras donde antes se detenían vehículos.
Robles tocó una caja eléctrica sellada.
—Aquí había una cámara.
—Gaizka trabajó en este edificio —dije.
Ane abrió en su tableta los partes del taller. El juzgado aparecía en la ruta de las copias, pero también en una reparación fechada dos días después de la muerte de Unai.
SUSTITUCIÓN DE UNIDAD. PÉRDIDA DE SEÑAL.
—No borró una imagen por encargo —dije—. Reparó un sistema que ya había dejado de grabar.
Ane amplió la firma.
—Y conservó una miniatura.
La deducción quedó entre nosotros. No convertía a Gaizka en cómplice. Demostraba que había visto algo que otros daban por perdido.
El antiguo conserje llegó acompañado por su hija. Caminaba con bastón y llevaba una carpeta azul contra el pecho.
—No voy a entrar —dijo.
Ane le mostró la orden.
—Puede declarar aquí.
El hombre miró la rampa.
—El furgón estuvo menos de tres minutos.
—¿Por qué paró?
—Buscaban al médico de guardia del juzgado.
—No había médico de guardia —dijo Robles.
—Había uno declarando como perito.
El conserje abrió la carpeta. Conservaba copias de incidencias porque había reclamado horas extras. Una estaba fechada aquel día.
17:38. VEHÍCULO POLICIAL. ASISTENCIA RECHAZADA. AVISO A EMERGENCIAS NO REALIZADO.
—¿Quién escribió esto? —preguntó Ane.
—Yo.
—¿Por qué no avisó?
El bastón golpeó la rampa.
—Un inspector dijo que se ocupaban ellos.
—¿Nombre?
—No lo dio.
—¿Lo reconocería?
—Reconocí después a uno en una fotografía. Al que volvió para pedir el parte.
Ane le entregó el listado sin señalar ningún rostro.
El conserje pasó dos páginas. Se detuvo en Koldo, pero siguió. Después tocó la fotografía de otro agente, uno de los fallecidos.
—Este pidió ayuda.
—¿Y quién regresó? —pregunté.
El dedo volvió atrás.
Koldo Etxabe.
Ane guardó la copia antes de que el viento la levantara.
La ruta quedaba completa: prisión, juzgado, hospital. Dos oportunidades de pedir asistencia antes de las 17:43. Dos rechazos. Después, diecisiete minutos dentro del aparcamiento.
Fuimos al hospital. El aparcamiento de urgencias había cambiado, pero el portero conservaba el libro del interfono. A las 17:46, alguien llamó desde la barrera y pidió que bajara un médico sin registrar al detenido. La respuesta ocupaba una línea: INGRESO POR PUERTA PRINCIPAL.
—Querían evitar el sello del aparcamiento —dijo Robles.
Ane comparó ambas tintas. La instrucción se añadió después, con bolígrafo negro. El apunte original seguía debajo: CAMILLA SOLICITADA.
A las 17:51, la solicitud aparecía anulada.
—Ocho minutos después de llegar —dije.
—Y nueve antes de la hora oficial —añadió Robles.
El portero había fallecido. Su sustituto firmó el cierre. El médico cambió el ingreso. Maite añadió otra hora. El funcionario de prisión arrancó una hoja. Ninguno necesitaba conocer las demás alteraciones.
Ane colocó las cuatro copias sobre el capó.
—Cada uno protegió el momento en que pudo haber intervenido.
El viento levantó la esquina del parte judicial. La sujeté con la mano.
—Y entre todos hicieron desaparecer diecisiete minutos.
—No alteraron la hora para esconder cuándo murió —dijo Robles—. La cambiaron para borrar todo lo anterior.
Ane llamó a la jueza. Solicitó los registros originales de prisión, juzgado y hospital, y la localización de los agentes supervivientes.
Yo abrí la copia de Arrieta. Había marcado las tres paradas con tinta roja. Junto al hospital escribió una fecha reciente.
Once días antes de morir.
Debajo figuraba el número de una solicitud formal para reabrir el caso.
—Arrieta no estaba reconstruyendo una muerte antigua —dije—. Estaba obligando a quienes seguían vivos a volver a firmar sus versiones.
Robles leyó el destinatario de la solicitud.
No era una persona.
Era el archivo interno de la jefatura provincial.
Ane tomó el documento y revisó el sello de entrada.
Su teléfono vibró antes de guardarlo. Un agente había comprobado los accesos al expediente de Arrieta.
La solicitud fue consultada la misma noche en que Gaizka cayó.
El campo destinado al usuario no contenía un nombre.
Solo un código de mantenimiento que llevaba seis años dado de baja.