Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 16
40%

CAPÍTULO 16

El detenido del furgón

El médico apartó el informe y puso la fotografía de Unai encima.

La impresión conservaba una franja blanca en el borde. En el centro, el detenido seguía tumbado dentro del furgón, con una bota sobre el hombro y los ojos abiertos.

—El parte dice que llegó sin pulso —dijo Ane.

El forense actual sujetó la imagen con dos dedos.

—La fotografía no dice cuándo dejó de tenerlo.

Robles colocó junto a ella la miniatura recuperada del taller. La hora seguía visible: 17:43. El papel olía a tóner caliente.

—Aquí estaba vivo —dije.

El médico acercó una lupa.

—Aquí tenía los ojos abiertos. No puedo afirmar más.

Ane no me corrigió. Señaló la muñeca izquierda de Unai.

—¿Y esto?

Dos marcas oscuras rodeaban la piel bajo las esposas. En el informe original solo figuraba una abrasión leve producida durante la detención.

El forense giró la fotografía.

—La presión fue mantenida. La mano estaba hinchada antes de que retiraran las esposas.

—¿Se resistió? —preguntó Robles.

—O permaneció demasiado tiempo apoyado sobre ellas.

Pasó a la siguiente imagen. Unai aparecía ya sobre una camilla. La camisa estaba abierta y un hematoma cruzaba el pecho.

—El informe lo atribuye al cinturón de seguridad —dijo Ane.

El médico midió la marca con una regla transparente.

—Un cinturón no deja dos líneas paralelas.

—¿Una rodilla? —pregunté.

—Podría ser. También un antebrazo. No voy a elegir por ustedes.

Ane cerró el informe original.

—Revisamos el traslado completo. Desde la detención hasta el hospital.

La primera decisión dejó fuera el expediente resumido. Un agente trajo las copias sin clasificar: comunicaciones de radio, registro del depósito, partes médicos y hojas de custodia.

Robles tomó la ficha de ingreso.

—Unai fue detenido por daños en un bar y resistencia.

—Sin armas —añadí.

Ane señaló una anotación posterior.

—Y con alcohol. No lo conviertas en inocente para demostrar que murió mal.

Doblé la esquina del papel sin marcarla.

—No hace falta.

El forense retiró otra fotografía. Bajo la nuca había una mancha rojiza y pequeñas partículas de goma.

—Esto no aparece descrito.

—¿Del suelo del furgón? —preguntó Robles.

—La goma coincide en apariencia. Necesitaría la muestra original.

Ane pidió localizar el vehículo o su historial de retirada. Después entregó al médico el fotograma de las 17:43.

—¿Podía hablar?

El hombre observó la posición de la mandíbula.

—No puedo oír una fotografía.

—Pero puede respirar.

—Si la presión sobre el tórax no era continua.

Robles tocó la bota ampliada.

—Alguien estaba sujetándolo.

—Alguien estaba encima —respondió él—. No sé durante cuánto tiempo.

La puerta se abrió. Una funcionaria dejó una caja gris sobre la mesa y pidió una firma. Ane comprobó el precinto antes de romperlo.

Dentro estaba el expediente clínico original.

No una copia.

La primera hoja tenía una esquina arrancada. El papel crujió cuando Robles lo extendió.

—Aquí falta el sello de entrada.

—Está en la página siguiente —dijo la funcionaria.

No estaba.

Ane separó todas las hojas y encontró dos numeraciones distintas. La historia clínica empezaba en la página tres. Las dos primeras habían sido sustituidas por fotocopias sin membrete.

—¿Quién podía hacerlo? —preguntó.

La funcionaria apretó la caja contra su abdomen.

—Hace quince años, cualquiera con acceso al archivo de urgencias.

—Eso no es un nombre.

—Tampoco era un archivo cerrado.

Ane ordenó identificar al personal de guardia y preservar los libros físicos. La mujer se marchó sin tocar la puerta.

Robles levantó la copia de la página uno.

—Dice que ingresó cadáver.

—Y la fotografía de la camilla muestra una vía puesta —dije.

El forense acercó la imagen.

Una cánula sobresalía del brazo derecho. Junto a ella había una tira de esparadrapo todavía limpia.

—No canalizas una vía a un cadáver trasladado desde otro centro —dijo—. No sin dejar constancia.

Ane apoyó ambas manos en la mesa.

—Entonces alguien intentó tratarlo.

El médico asintió.

—O fingió que lo intentaba después.

La segunda posibilidad dejó un sabor seco en mi lengua.

Robles buscó entre las hojas. Encontró una anotación a bolígrafo azul, casi cubierta por un sello posterior.

RESPONDE AL DOLOR. RESPIRACIÓN IRREGULAR.

Debajo, otra mano había escrito:

SIN SIGNOS VITALES A LA LLEGADA.

—Las dos frases no pueden describir el mismo minuto —dijo.

Ane fotografió la anotación.

—Buscad quién escribió cada una.

El trazo azul pertenecía a una auxiliar llamada Maite Salazar. La segunda frase estaba firmada por un médico ya fallecido.

Maite seguía trabajando en el hospital.

Nos recibió en un almacén de material, de pie, sin quitarse los guantes de látex. Una caja de jeringas quedó abierta entre nosotros.

—No recuerdo a todos los detenidos —dijo.

Ane puso la fotografía sobre la tapa.

—A este le escribió que respondía al dolor.

Maite no miró el rostro. Miró la hora.

—Eso no es mi letra.

Robles acercó la ampliación de la firma.

—Su nombre sí.

Maite se quitó un guante tirando de cada dedo.

—Entonces alguien lo copió.

—¿También copiaron la presión arterial? —pregunté.

La cifra aparecía junto a la nota. Baja, pero incompatible con un cadáver.

Maite dobló el guante usado y lo introdujo en el otro.

—Llegó mal.

—Llegó vivo —dijo Ane.

—Yo no he dicho eso.

—Escribió que respondía.

Maite empujó la caja de jeringas hasta cerrar la tapa.

—Movió un brazo cuando le apretaron el esternón.

—Eso es responder —dijo Robles.

—A veces es un reflejo.

Ane sacó la segunda fotografía.

—¿Quién llevaba la bota?

Maite miró por fin a Unai.

—Yo trabajaba dentro. No en el furgón.

—Pero vio entrar a los agentes.

—Vi uniformes.

—¿Cuántos?

Maite cogió el guante doblado y falló al lanzarlo a la papelera.

—Tres.

El parte identificaba a dos.

Ane dejó la hoja frente a ella.

—Falta uno.

—O sobra en mi memoria.

—Deme una descripción.

Maite se agachó para recoger el guante. Tardó demasiado en levantarse.

—Uno era mayor. El otro conducía. El tercero no entró con la camilla.

—¿Dónde se quedó?

—Junto al furgón.

Robles abrió la fotografía de las 17:43.

—¿Este?

La bota era lo único visible. Maite rozó la pantalla con la uña.

—Llevaba el pantalón por dentro.

Los dos agentes del parte vestían el uniforme con el pantalón sobre la bota, según las fotografías de servicio.

Ane guardó el teléfono.

—Quiero el libro de acceso del aparcamiento.

Maite abrió un armario metálico y sacó un volumen encuadernado. No preguntó cómo sabía que seguía allí.

Las páginas olían a humedad. Cada vehículo tenía matrícula, hora y firma. El furgón seis aparecía registrado a las 17:43.

Robles pasó el dedo por la línea.

—Aquí llegó.

En la hoja clínica figuraban las 18:00.

Diecisiete minutos después.

—¿Qué ocurrió entre ambas horas? —pregunté.

Maite cerró el libro con la palma.

—Esperaron.

—¿A qué?

—A que alguien decidiera qué hora convenía escribir.

Ane retiró su mano del volumen.

—¿Quién?

Maite miró la puerta del almacén.

—El tercer agente entró cuando Unai dejó de moverse.

Robles abrió el listado de servicio.

Solo había un policía asignado sin función concreta aquella tarde.

Koldo Etxabe.

Ane tocó su nombre.

Maite negó antes de que preguntara.

—Yo no lo vi de frente.

Maite dio un paso hacia el libro. Ane lo apartó.

—No toque nada más.

—Ese registro se rellenaba al final del turno.

—La primera hora está escrita con la misma tinta que las entradas anteriores —dijo Robles—. La segunda no.

Maite tiró del borde de su bata. Un botón golpeó la caja de jeringas.

—Nos dijeron que el reloj del aparcamiento adelantaba.

—Diecisiete minutos exactos —dije.

—No medí la diferencia.

Ane abrió la hoja de guardia. El reloj había sido revisado aquella mañana y no constaba avería.

—Alguien necesitaba que el furgón llegara después de que Unai muriera.

Maite se apoyó en el armario.

—Necesitaban que no hubiera estado esperando fuera.

—¿Quiénes?

—Los que estaban allí.

—Usted también estaba.

La frase le dobló los hombros.

Robles señaló la vía en la fotografía.

—Intentó ayudarlo antes de cambiar la hora.

Maite apretó los labios.

—Preparé el material. El médico me dijo que esperara.

—¿Mientras respiraba?

—Mientras discutían.

Ane cerró la puerta del almacén.

—Ya no estamos preguntando por un recuerdo. Estamos preguntando por una falsificación.

Maite miró otra vez el registro.

—Entonces mire quién firmó debajo antes de señalarme a mí.

—Los que estaban allí.

—Usted también estaba.

La frase le dobló los hombros.

Robles señaló la vía en la fotografía.

—Intentó ayudarlo antes de cambiar la hora.

Maite apretó los labios.

—Preparé el material. El médico me dijo que esperara.

—¿Mientras respiraba?

—Mientras discutían.

Ane cerró la puerta del almacén.

—Ya no estamos preguntando por un recuerdo. Estamos preguntando por una falsificación.

Maite miró otra vez el registro.

—Entonces mire quién firmó debajo antes de señalarme a mí.

En el margen del registro, junto a las 17:43, alguien había añadido una segunda hora con tinta distinta.

18:00.

Debajo aparecía una firma.

No era la de Koldo.

Era la de Maite.