Bilbao, la tercera puerta (Los casos de Julio Barral 7) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El último trabajo de Gaizka

La persiana del taller subió a tirones.

El metal dejó escapar un chirrido que hizo volver la cabeza al agente de la entrada. Detrás apareció una nave estrecha, con estanterías hasta el techo y olor a aceite viejo.

Ane esperó a que Científica fotografiara el suelo.

—Nadie abre un cajón sin avisar.

Robles levantó la bolsa donde habían guardado el papel encontrado bajo el umbral. Ya estaba desplegado. No contenía ninguna frase escrita para nosotros.

Era un parte de trabajo.

—Orden diecisiete cuarenta y tres —dijo—. Revisión de almacenamiento. Cliente: Iñaki Arrieta.

La técnica encendió la luz. Solo funcionaron dos tubos. El resto del taller quedó dividido por franjas oscuras.

—La fecha es de hace once días —añadió Ane.

—Dos antes de que Gaizka muriera.

Ella asintió.

No corrigió nada.

Avancé hasta la línea marcada junto a la mesa de trabajo. Sobre el tablero había destornilladores ordenados por tamaño, etiquetas de inventario y una taza con café seco.

Robles señaló un hueco rectangular entre el polvo.

—Aquí había un ordenador portátil.

—O una caja —dijo la técnica.

—Buscad ambas cosas —ordenó Ane.

Un agente abrió el archivador después de fotografiarlo. Las carpetas estaban separadas por años, no por clientes. Juzgados. Comisarías. Centros penitenciarios. Empresas privadas.

Gaizka no había ocultado dónde trabajaba.

Había ocultado qué conservaba de cada trabajo.

La técnica extrajo una hoja de la carpeta de Topas. El número del equipo coincidía con el HVR-8 retirado tras la muerte de David. Debajo figuraba un procedimiento que no aparecía en la copia administrativa.

CLONADO PREVIO PARA VERIFICACIÓN.

—¿Era normal? —preguntó Robles.

El especialista informático que había entrado con Científica acercó la hoja a la luz.

—Antes de sustituir un grabador se copiaban algunos minutos. Servía para comprobar que el nuevo sistema leía el formato anterior.

—¿Y después?

—La copia temporal debía borrarse.

Pasó el dedo por una casilla vacía.

—Aquí nadie firmó el borrado.

Ane separó el documento.

—Localiza todos los trabajos con esa casilla sin completar.

El especialista ocupó el ordenador de sobremesa. Pulsó el botón. El ventilador giró con un zumbido áspero, pero la pantalla permaneció negra.

Robles abrió otra carpeta.

—Juzgado de guardia. Mismo procedimiento.

Después otra.

—Comisaría de Basauri.

Otra más.

—Archivo judicial de Bilbao.

—No trasladaban una grabación concreta —dije—. Trasladaban sistemas enteros y dejaban copias detrás.

Ane miró las carpetas extendidas.

—Sí.

La palabra cayó sin defensa.

—Arrieta no pidió a Gaizka que encontrara una cinta —continué—. Le pidió que reconstruyera por dónde había pasado una copia.

Robles extendió cuatro partes en el suelo y alineó las fechas con una regla.

—Topas primero. Después Basauri. Luego el juzgado.

El especialista negó.

—No necesariamente. La fecha del archivo cambia cuando se copia. Solo sabemos cuándo llegó a cada equipo.

Ane tocó la casilla de responsable. Había firmas distintas: un funcionario, una secretaria judicial y un técnico externo.

—Ninguno aparece dos veces —dijo.

—Porque ninguno movió toda la ruta —respondí—. Cada uno autorizó un paso sin preguntar por el anterior.

Robles levantó la factura del juzgado.

—Este pidió conservar una copia por una reclamación.

Tomó la de Basauri.

—Este alegó una avería.

Ane reunió las hojas.

—Motivos distintos. El mismo resultado.

Una grapa oxidada cayó sobre la mesa. La técnica la recogió con pinzas.

—Gaizka no siguió personas —dije—. Siguió excusas administrativas.

—Y encontró que todas dejaban el archivo todavía vivo —respondió Ane.

Ane cogió el parte diecisiete cuarenta y tres.

—Entonces este número no indica una hora. Es el trabajo desde el que empezó a seguirla.

Robles deslizó hacia mí el registro anual. La orden figuraba entre una reparación de ascensores policiales y la sustitución de cámaras en un depósito judicial.

—¿Qué equipo revisó?

El espacio estaba cubierto por una pegatina blanca. La técnica calentó un extremo con aire y la levantó sin despegarla por completo.

Debajo apareció un código.

BIL-AI-04.

—Asuntos Internos de Bilbao —dijo Ane.

El especialista consiguió encender el ordenador con una fuente externa. El escritorio apareció sin fondo, lleno de carpetas fechadas.

—No hay conexión a internet —dijo—. Tampoco disco secundario.

Robles tocó el hueco de polvo junto a la taza.

—Se llevaron el portátil.

—Y un soporte —añadió la técnica.

En la parte trasera del ordenador quedaba conectado un cable corto, terminado en vacío.

Ane ordenó revisar cámaras de tráfico alrededor del taller y buscar los números de serie en facturas. Después cerró la puerta para que el agente de la calle no oyera.

—Quiero saber qué sabía Gaizka antes de subir a aquella azotea.

El especialista abrió el historial del programa de copias. Había cientos de operaciones, pero las últimas seis compartían una misma etiqueta: ARRIETA.

Ninguna indicaba el contenido. Solo origen, fecha y tamaño.

La primera procedía de Topas.

La segunda, de una comisaría.

La tercera, de un juzgado.

La cuarta, del antiguo piso de seguridad.

Las dos últimas tenían el campo de origen vacío.

—No es una cadena de custodia —dijo Robles.

—Es una ruta de mantenimiento —respondió el especialista.

—Para una grabación que debía estar destruida.

Ane apoyó el parte sobre la mesa.

—Seguid la ruta. No los nombres.

La decisión cambió el registro. Dejamos de buscar quién había ordenado cada copia y empezamos a comparar tamaños, formatos y fechas.

El archivo de Topas ocupaba cuatrocientos ochenta y seis megabytes.

El de la comisaría, cuatrocientos ochenta y cinco.

El del juzgado, cuatrocientos ochenta y seis otra vez.

—No pueden ser sistemas completos —dijo Robles.

—No lo son —respondió el especialista—. Son fragmentos casi idénticos.

Abrió los metadatos. Las fechas de creación cambiaban en cada traslado. La duración, no.

Veintitrés minutos y once segundos.

La cicatriz tiró al respirar.

—La grabación de David.

Nadie respondió enseguida. El ventilador del ordenador golpeó una rejilla suelta.

Ane acercó una silla, pero no se sentó.

—¿Puedes reproducirlos?

—Los archivos ya no están. Solo queda el registro de las copias.

—¿Alguna llegó aquí?

El especialista señaló la quinta operación. Destino: unidad portátil. Expulsada nueve días antes.

La sexta se había realizado cuarenta minutos después.

Mismo tamaño. Otro destino.

—Gaizka hizo dos copias —dijo Robles.

—O duplicó una que ya estaba duplicada —respondí.

Ane miró la hora.

—Una para Arrieta y otra para él.

—No necesariamente.

Esperó.

Señalé la sexta línea. No tenía usuario asignado.

—La primera operación se hizo con la cuenta de Gaizka. La segunda, después de expulsar su unidad. Alguien siguió trabajando cuando él ya había terminado.

Ane no rebajó la conclusión.

—Alguien que estaba con ellos en el piso de seguridad.

Robles abrió el vídeo del patio. Gaizka salía tocándose el bolsillo. Arrieta aparecía después. Edurne abandonaba el lugar con la carpeta.

Faltaban cuatro minutos.

El tiempo suficiente para conectar otro soporte.

Ane llamó a Edurne. No contestó. No dejó mensaje. Ordenó comparar la hora eliminada del vídeo con la segunda copia y preservar los accesos del taller.

La técnica encontró una factura doblada bajo el teclado.

No estaba escondida. Había quedado atrapada por una pata de goma.

El proveedor había vendido a Gaizka dos unidades portátiles idénticas. Una figuraba pagada por Arrieta. La otra, en efectivo.

—Nueve mil euros —dijo Robles.

La cantidad retirada antes de la muerte de Gaizka.

—No era un pago por silencio —dije—. Era para comprar, mover y desaparecer los soportes sin dejar cliente.

Ane leyó la factura.

—Y alguien se quedó con la segunda copia sin pagarla.

El especialista abrió la ficha del equipo de origen. El número de serie coincidía con una entrada antigua, registrada quince años antes durante la reparación de un sistema móvil.

—¿Móvil? —preguntó Robles.

—Un grabador instalado en un vehículo policial.

Ane acercó el parte diecisiete cuarenta y tres. En el reverso había una tabla de equipos revisados. Uno llevaba el mismo número de serie.

FURGÓN DE TRASLADOS 6.

Debajo figuraba una incidencia cerrada como pérdida de señal.

La fecha coincidía con la muerte de Unai Murueta.

Robles apoyó ambas hojas juntas.

—Gaizka no encontró solo la grabación de David.

El especialista abrió la última ficha vinculada al dispositivo. Quedaba una miniatura automática, demasiado pequeña para distinguir un rostro.

Amplió la imagen.

Un hombre esposado aparecía tumbado en el suelo del furgón. Otro pie, con bota policial, le presionaba el hombro.

En la esquina inferior seguía visible la hora.

17:43.

Ane cogió el teléfono.

Antes de marcar, amplió un poco más.

El hombre del suelo tenía los ojos abiertos.

Y el informe afirmaba que Unai ya había llegado muerto.