CAPÍTULO 14
Tres llaves
La llave del juzgado se detuvo a medio centímetro.
El cerrajero no la forzó. La retiró del bombín oculto y la dejó sobre una bandeja numerada. El metal produjo un golpe breve.
—No corresponde al perfil.
Ane señaló la segunda.
—Comisaría.
El hombre la introdujo. Entró completa, pero no giró. Robles acercó la linterna al borde sin tocar la cerradura.
—Ha rozado algo.
—Todos los metales rozan —dijo el cerrajero—. Esta llave abre un cilindro más simple.
Probó la tercera. La etiqueta decía ARCHIVO. Ni siquiera entró.
Yo miré la puerta desmontada contra la pared. El plástico que cubría el hueco ya no se movía. Habían cortado la corriente del corredor y sellado el acceso al patio.
—Ninguna abre la tercera puerta.
Ane recogió las llaves con pinzas.
—Eso acabamos de comprobar. No lo conviertas todavía en una conclusión.
El cerrajero inclinó el bombín bajo la lámpara. Dentro quedaba una línea rojiza junto al primer pasador.
—Aquí entró una llave con recubrimiento plástico.
Robles abrió en su tableta la imagen ampliada del llavero de Arrieta. La funda roja colgaba debajo de las otras tres.
—La que falta.
—Una compatible —corrigió Ane.
El hombre tomó una varilla fina y midió el canal.
—Perfil antiguo. Restringido. Se utilizaba en edificios públicos, pero este corte lateral no venía de fábrica.
—¿Lo añadieron después? —pregunté.
—A mano. Para que una copia normal no sirviera.
Ane ordenó desmontar el cilindro y llevarlo al laboratorio. Después pidió las grabaciones de la pensión sin comprimir. No explicó por qué.
Una hora más tarde, Arrieta cruzó otra vez la pantalla.
La imagen de la recepción tenía ruido, pero mostraba el cinturón cuando se inclinaba para firmar. Cuatro llaves golpearon el mostrador. La roja quedó separada de las demás.
Robles congeló el fotograma.
—La llevaba sesenta y tres minutos antes de que encontráramos el cuerpo.
Ane colocó al lado la primera fotografía tomada en el salón. El llavero seguía sujeto al cinturón de Arrieta. Solo quedaban tres piezas.
—Pudo guardarla en otro sitio —dijo.
—Registraron la vivienda, la ropa y el recorrido desde la pensión —respondió Robles.
—Eso reduce lugares. No elimina personas.
Amplié el aro. La abertura no conservaba su forma circular. Uno de los extremos estaba levantado.
—No se soltó.
El cerrajero acercó una lupa.
—Lo abrieron con una hoja o con una uña dura. Hay una marca fresca en el acero.
Ane pidió fotografiarla antes de separar el llavero de la bolsa. Luego llamó a Edurne y le envió las dos imágenes.
Edurne respondió desde el tanatorio. No aceptó videollamada.
—La roja siempre estaba ahí —dijo.
—¿Siempre cuánto? —preguntó Ane.
—Desde que volvió a trabajar con Gaizka.
Robles apoyó el teléfono sobre la mesa.
—¿Antes no la tenía?
—La perdió hace años. Gaizka le hizo otra.
Ane miró al cerrajero.
—¿Una copia modificada?
—Si tenía el original o el cilindro, podía reproducirla.
—¿Dónde la hizo? —pregunté.
Edurne tardó.
—En un garaje que usaba Gaizka.
Ane cerró los ojos un instante, no para descansar. Al abrirlos señaló a Robles.
—Comprueba propiedad, accesos y cámaras. Sin visitar todavía el lugar.
Edurne golpeó algo al otro lado de la línea.
—No conviertan cada nombre que digo en una detención.
—Entonces deje de reservarse los que importan —respondió Ane.
—Mi padre llevaba doce años diciendo nombres. Mire cómo terminó.
El sonido de una puerta amortiguó su voz. Alguien le pidió que volviera a la sala.
—¿Qué abre la llave roja? —preguntó Robles.
—Mi padre decía que abría donde nadie preguntaba.
—Ayer dijo que guardaba la otra mitad.
—Eso creía él.
Ane acercó el teléfono.
—No le he preguntado qué creía su padre. Le he preguntado qué vio usted.
Edurne guardó silencio.
Después rozó el micrófono con la respiración.
—Lo vi abrir la puerta detrás de la biblioteca. Una vez.
El cerrajero dejó la lupa.
—Entonces encaja con el cilindro.
—¿Y la otra mitad? —pregunté.
—No la vi. Mi padre me enseñó una caja vacía y dijo que así era más seguro.
—¿Vacía para quién?
—Para mí.
Ane cortó la llamada cuando Edurne pidió entrar al funeral. No insistió. Guardó el móvil y puso las fotografías en orden: pensión, calle, entrada en el edificio, salón.
Faltaban dieciséis minutos entre dos cámaras.
La franja comenzaba justo después de abandonar la pensión.
—Arrieta salió de la pensión a las diecinueve cuarenta y uno —dijo Robles—. Una cámara lo recoge a dos calles a las diecinueve cuarenta y seis. Después desaparece hasta las veinte cero tres.
—¿Llegó solo al edificio? —pregunté.
Ane abrió el vídeo del portal. Arrieta entraba encorvado, con una mano sobre la pared. El llavero quedaba oculto por la chaqueta.
—Solo dentro del encuadre.
—Ya estaba sedado —dijo Robles.
—O cansado —respondió Ane.
El conserje del edificio declaró que Arrieta había utilizado el ascensor. Nadie subió detrás durante seis minutos.
Robles tocó la pantalla.
—Alguien podía estar esperándolo arriba.
—Con la llave roja —dije.
Ane me miró.
—Con acceso. No sabemos qué llave utilizó.
El laboratorio llamó antes de que pudiera responder. El técnico confirmó que el residuo parece reciente, pero no puede fecharlo.
—La llave se utilizó en los últimos días —dijo el técnico—. No puedo reducir más.
—¿El corte lateral era casero? —preguntó Ane.
—Sí. Y dejó una rebaba irregular. Puedo compararla si aparece la llave.
Ane colgó y señaló las tres etiquetas.
—Vamos a saber qué abren estas antes de perseguir la que falta.
La llave del juzgado pertenecía a una taquilla del antiguo edificio de guardia. La comisaría abría un armario de material dado de baja. La del archivo no figuraba en ningún registro municipal.
—Tres nombres y solo dos destinos —dijo Robles.
Ane giró la tercera llave dentro de la bolsa.
—La etiqueta puede ser una indicación privada.
En el reverso del cartón había una mancha azul. Robles la humedeció con luz ultravioleta. Aparecieron dos números escritos con tinta borrable.
17-43.
La hora encontrada junto al nombre de Unai Murueta.
—No es una hora —dije.
Ane dejó la bolsa sobre la mesa.
—Todavía no sabemos qué es.
El teléfono de Robles vibró. Habían localizado el garaje descrito por Edurne. La puerta llevaba años sin cámara, pero el suministro eléctrico seguía activo.
Ane pidió una orden de entrada y una unidad discreta para vigilar la puerta desde el otro portal.
El cerrajero recogió sus herramientas. Antes de cerrar el maletín, comparó la fotografía de la llave roja con el perfil ampliado del bombín.
—Hay algo más.
Señaló la muesca en forma de cruz.
—Ese corte no sirve para abrir esta puerta.
Robles acercó la imagen.
—¿Entonces para qué está?
—Para accionar un segundo mecanismo después del giro.
Ane tomó el bombín desmontado y miró su parte trasera. Faltaba una pieza rectangular.
—La varilla del cajón —dije.
El cerrajero negó.
—No. Esa abría desde el salón. Esto liberaba una placa bajo el umbral.
Robles revisó las fotografías de la puerta retirada. En una aparecía una cavidad estrecha bajo la pletina de acero del umbral. Había quedado cubierta por yeso al desmontarla.
Ane llamó al equipo del piso.
—No toquéis el marco. Volvemos.
Cuando llegamos, la cavidad seguía cerrada. La técnica retiró el yeso por capas. Detrás apareció una caja de acero del tamaño de una mano.
No tenía cerradura visible.
Solo una ranura en forma de cruz.
Robles sostuvo la fotografía de la llave roja junto a ella.
— El lugar donde mi padre decía que habían guardado la otra mitad.
La técnica introdujo una microcámara por la junta. En la pantalla apareció una llave envuelta en plástico, sujeta con una goma. Debajo había un papel doblado, pero el objetivo no mostraba las letras.
—Podemos cortar la caja —dijo.
Ane negó.
—Primero documentamos el mecanismo.
El cerrajero observó la ranura y después la imagen.
—La llave que falta no solo abre la puerta. También abre esto.
—Entonces quien se la llevó puede vaciar la caja cuando quiera —dijo Robles.
Ane ordenó vigilar ambos accesos y retirar al personal no imprescindible. Un agente selló el corredor. Otro comprobó el patio.
Me acerqué hasta la línea del suelo.
—¿Por qué esconder una llave detrás de una puerta que necesita esa misma llave?
Robles amplió la imagen.
—Porque no es un repuesto.
La funda tenía el mismo rojo. También la cruz.
Ane acercó la fotografía al monitor.
No era la llave desaparecida.
Era otra idéntica.
Y alguien había dejado el papel debajo de ella.