CAPÍTULO 13
Edurne Arrieta
Edurne apagó la trituradora cuando Ane dejó la orden sobre la mesa.
El motor tardó en morir. Entre los dientes quedó atrapada una tira de papel con un sello penitenciario. La habitación olía a polvo caliente.
—No he destruido nada suyo —dijo Edurne.
Ane señaló la papelera llena.
—Entonces alguien le ha dejado mucho trabajo.
La habían localizado en el antiguo despacho de su padre, sobre una gestoría cerrada. No estaba escondida. Había llamado al propietario para que le abriera.
Robles recogió una tira sin tocarla.
—¿Por qué dejó su casa abierta?
—Porque sabía que irían allí.
—También sabía que nosotros la buscaríamos —dije.
Edurne me miró por primera vez. Tenía los mismos ojos claros que Arrieta, pero no su forma de sostenerlos.
—A usted lo reconocí antes.
Ane apartó la trituradora de la pared y desenchufó el cable.
—Nadie vuelve a destruir un papel. Siéntese.
Edurne no obedeció. Abrió un archivador bajo y sacó una carpeta verde. La sujetó contra el pecho, igual que en el vídeo.
—Esto es lo que buscaban.
Ane extendió una bolsa de pruebas.
—Déjela dentro.
—Primero quiero saber quién fotografió la pantalla.
—Nosotros hacemos las preguntas.
—Mi padre también decía eso.
Edurne dejó la carpeta sobre la mesa, pero mantuvo una mano encima. El cartón estaba doblado por las esquinas.
Robles acercó la fotografía del patio.
—Estuvo con Arrieta y Gaizka nueve días antes de sus muertes.
—Estuve con mi padre. Gaizka reparaba una grabadora.
—Salió sin la caja de herramientas.
—La dejó allí.
—¿Qué había dentro? —pregunté.
Edurne deslizó la carpeta hacia Ane.
—Una orden que nadie quiso firmar.
Ane la abrió. Era el mismo documento ampliado en el vídeo: retirada urgente de equipos de Topas, dos días después de la muerte de David. El espacio de autorización estaba vacío.
—Gaizka cumplió una orden sin firma —dijo Robles.
—Cumplió una llamada.
—¿De quién?
Edurne tocó la tira atrapada en la trituradora.
—Eso llevaba mi padre semanas intentando demostrar.
Ane separó las hojas. Había facturas, inventarios y copias de correos impresos. Ningún nombre ocupaba el lugar de la firma.
—¿Por qué trituraba documentos? —preguntó.
—Porque ya había terminado de creer que conservarlos servía para algo.
—Y usted continúa.
Edurne abrió la papelera con el pie. Las tiras superiores eran recibos médicos, cartas del banco y contratos de alquiler.
—Esto era su vida. No el caso.
Ane tomó una de las cartas. La fecha era posterior a la jubilación de Arrieta. La devolvió sin leerla.
—Separaremos ambas cosas.
—Eso también lo decía él.
La frase me golpeó debajo de la cicatriz. Metí las manos en los bolsillos antes de tocar la carpeta.
Robles sacó el cuaderno de acceso fotografiado.
—K. E. aparece diecisiete veces.
—Koldo Etxabe.
Ane levantó la vista.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mi padre pronunciaba su nombre cuando quería romper algo y no encontraba qué.
—¿Koldo utilizaba el piso?
—Hace años. Después dejó de entrar por la puerta principal.
—¿Usaba la escalera?
Edurne cerró la papelera de una patada.
—Pregúnteselo a él.
Ane no aceptó la salida.
—¿Su padre creía que Koldo lo vigilaba?
—Mi padre creía que todos vigilaban algo. Casi nunca era a él.
Robles puso sobre la mesa una imagen de Gaizka saliendo del patio.
—¿Qué guardó en el bolsillo?
Edurne acercó la fotografía a la ventana. La luz gris atravesó el papel.
—Una memoria.
—¿Con la grabación de Topas?
—Con una prueba para saber si la grabación seguía existiendo.
—No es lo mismo —dijo Ane.
Edurne dejó la fotografía.
—Eso dijo Gaizka.
Ane ordenó que Científica recogiera la trituradora y reconstruyera todo el contenido. Después permitió que Edurne conservara las cartas personales, una vez revisadas.
Edurne soltó una risa breve.
—Mi padre todavía no está enterrado y ya administran qué parte de él puedo conservar.
—Es una investigación por asesinato —respondió Ane.
—Para ustedes. Para mí es la última vez que decide sin preguntarme.
Edurne abrió un cajón y sacó una fotografía doblada. Arrieta aparecía junto a ella frente a un colegio, con una mano sobre su hombro. Rasgó la mitad donde estaba él y guardó la suya en el bolsillo. Ane no intentó impedírselo. Yo tampoco pude apartar la mirada.
El borde de la mesa se clavó en mis dedos. Los retiré.
—¿Qué decidió?
Edurne giró hacia mí.
—Que yo no debía saber nada. Que así estaría fuera. Luego me dejó una carpeta, una clave y un cadáver.
—¿La llamó antes de morir?
—Tres veces.
—¿Contestó?
Ella abrió el móvil. Las llamadas seguían en la pantalla.
—La primera estaba trabajando. La segunda la rechacé. En la tercera apagó antes de que pudiera hablar.
Ane pidió el teléfono. Edurne se lo entregó desbloqueado.
—¿Conservó mensajes de voz?
—No dejó ninguno.
—¿Y la clave?
Edurne señaló la carpeta verde.
—La fecha en la que dejó de ser mi padre y volvió a ser policía.
No pregunté qué fecha era. Ane sí.
—La muerte de David Mena.
Edurne negó.
—El día después.
Robles recorrió los documentos hasta encontrar una hoja mecanografiada. En el margen figuraban ocho números.
Introdujo la clave en la copia forense que Científica acababa de enviar. El sistema aceptó los números, pero solo mostró nombres cortados y archivos sin extensión.
Ane cerró el portátil.
—El contenido se reconstruirá en comisaría.
Edurne apoyó dos dedos sobre la tapa.
—Entonces no han entendido por qué la rompió.
—¿La rompió su padre?
—Delante de mí. Gaizka dijo que una mitad bastaba para demostrar que había contenido. La otra permitía reconstruirlo.
—¿Dónde está la otra mitad?
Edurne miró la trituradora.
Robles desenchufó de nuevo una clavija que ya estaba fuera.
—No cabe ahí.
—No dije que estuviera ahí.
Ane se colocó entre Edurne y la puerta.
—No se marcha hasta entregarla.
—No la tengo.
—¿Quién?
Edurne dobló una de las llamadas impresas con la uña.
—Mi padre se la dio a alguien que todavía podía entrar en Topas sin dejar su nombre.
El silencio duró menos de un segundo. Ane llamó a la comisaría y ordenó preservar todos los accesos recientes de personal, mantenimiento y proveedores.
Edurne recogió su abrigo.
—Ahora ya pueden dejarme enterrar a mi padre.
—Cuando terminemos —dijo Ane.
—Nunca terminan. Solo cambian de carpeta.
Salimos cuando empezaba a oscurecer. Robles acompañó a Edurne en el coche policial. Ane se quedó con Científica.
Yo caminé hasta el hotel sin abrir el paraguas. El agua enfrió la camisa sobre el hombro.
La alarma de las nueve sonó en el ascensor.
Laura respondió en la segunda llamada. No preguntó por el caso. Esperó.
—He hablado con la hija de Arrieta —dije.
—Eso no es una llamada diaria.
Pulsé el botón de parada. El ascensor se detuvo entre plantas.
—Le dejó información para protegerla.
—¿Y funcionó?
—Le dejó sola con ella.
Laura movió el teléfono. Al fondo, Martina discutía con Lucas por un rotulador.
—Sigue.
—Hago lo mismo. Decido qué podéis saber y después lo llamo protección.
—Eso ya lo sabía.
El cable del ascensor vibró sobre mi cabeza.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Aprende antes de pedir que te crean.
—¿Qué necesitas?
Laura se acercó a la pantalla.
—Que no me des la versión que te conviene. Ni la que crees que puedo soportar.
Abrí la carpeta de fotografías en el móvil. Seleccioné la orden de Topas, el registro del piso y la imagen de Edurne.
—Te las envío.
—No ahora. Primero dime qué falta.
Miré el número vacío donde debía ir una firma.
—La mitad de una memoria. Y el nombre de quien podía entrar en Topas.
—Eso sí es una respuesta.
El ascensor volvió a moverse cuando solté el botón.
Antes de colgar, Laura giró el teléfono. Martina dormía en el sofá con el dibujo apoyado sobre el pecho.
—Mañana a las nueve —dijo.
—Mañana.
Al llegar a la habitación, Robles esperaba junto a la puerta. Llevaba una bolsa transparente.
Dentro había tres llaves etiquetadas.
—Estaban en los efectos de Arrieta.
Las extendió sobre la cama: juzgado, comisaría, archivo.
—Edurne las vio cuando firmó la entrega —añadió—. Dice que falta una.
Abrí la fotografía del vídeo. El llavero colgaba del cinturón de Arrieta cuando entró en el patio.
Amplié la imagen.
La cuarta llave no tenía etiqueta. Llevaba una funda roja y una muesca en forma de cruz.
—¿Qué abre? —pregunté.
Robles sacó la declaración de Edurne y señaló la última línea.
—El lugar donde guardaron la otra mitad.
Y Arrieta no la tenía.