CAPÍTULO 12
El piso de seguridad
El administrador llevaba dos horas sentado cuando Ane dejó el teléfono sobre la mesa.
Javier Larrinaga no miró la pantalla. Tenía restos de yeso bajo las uñas y una tirita reciente en el índice. La sala olía a café recalentado.
—No es mío.
Ane pulsó la fotografía. Robles y yo aparecimos frente a la pared del piso de Arrieta. La imagen había sido tomada desde el agujero de la cocina oculta.
—Su número figura como contacto principal —dijo Ane.
—Administramos cuarenta y seis comunidades.
—Esta no figuraba entre ellas.
Larrinaga rozó la tirita con el pulgar. La despegó un milímetro y volvió a presionarla.
—La finca sí.
Robles colocó delante de él la orden de obra de 1998. La condición de conservar el acceso seguía marcada en amarillo.
—Usted trajo planos sin este documento.
—Traje lo que había en la gestoría.
—Y dejó lo que podía abrir una pared.
Ane decidió cortar la salida. Cerró la carpeta y llamó a la puerta. Un agente entró con una bolsa transparente.
Dentro había otro teléfono.
—Lo encontramos en su coche —dijo Ane—. Misma cuenta. Misma aplicación.
Larrinaga levantó la cabeza.
—Eso no demuestra que estuviera allí.
—Demuestra que podía mirar.
El agente encendió el aparato. Una cuadrícula mostró cuatro cámaras: portal, patio, corredor y salón. La última permanecía negra.
Sentí la presión de la cicatriz contra la camisa.
—Nos veía desde antes de perforar.
—La cámara se activa con movimiento —respondió Larrinaga—. No estaba mirando.
Robles tocó el icono del historial. Cientos de registros llenaron la pantalla. Casi todos duraban menos de veinte segundos.
—Entonces tampoco le importó quién entraba.
—No era mi trabajo preguntar.
Ane acercó la silla hasta rozar sus rodillas.
—Desde ahora sí.
Larrinaga retiró las piernas. El metal chirrió sobre el suelo.
—Ese piso pertenecía a una sociedad extinguida. Yo solo conservaba las llaves por encargo de la comunidad.
—¿Qué sociedad?
Él miró el espejo oscuro de la pared.
—Nerbioi Gestión Patrimonial.
Robles abrió el portátil. La sociedad había desaparecido diecisiete años atrás. El capital inicial procedía de una asociación de ayuda a familias de policías.
—Una inmobiliaria pagada por agentes —dije.
—Pagada por cuotas —corrigió Larrinaga—. No es lo mismo.
Ane no permitió que la frase se asentara.
—¿Para qué necesitaban una vivienda con dos entradas y una cámara oculta?
Larrinaga apoyó las manos sobre la mesa. La tirita se tiñó de rojo en un borde.
—Pregúnteselo a quienes la usaban.
—Le estoy preguntando a quien la ocultó ayer.
El administrador cerró los dedos. Después pidió agua. Ane no se movió.
Robles abrió una botella y la dejó fuera de su alcance.
—Nombres primero.
Larrinaga miró la botella.
—Arrieta tenía autorización permanente.
—Eso ya lo sabemos.
—No lo saben todo.
Me incliné hacia la mesa. Ane levantó un dedo sin mirarme. Esperé.
—El piso no era una vivienda —continuó él—. Lo llamaban sala de apoyo.
—¿Quiénes?
—Asuntos Internos. Antes de que centralizaran las entrevistas.
Robles acercó la botella. Larrinaga bebió sin tocarla con la boca. Una gota cayó sobre la fotografía.
—Entraban confidentes por el patio —dijo—. Los agentes usaban la puerta principal. Así nadie los veía juntos.
—Y alguien observaba desde la cocina —añadí.
Larrinaga dejó de beber.
—A veces.
Ane tomó una decisión.
—Vamos a volver.
El piso oculto tenía ya focos portátiles y etiquetas numeradas. La cocina parecía más pequeña sin sombras. Una técnica había retirado la tapa del agujero.
Detrás no había una cámara. Había un tubo ancho orientado hacia el salón de Arrieta.
—La lente estaba aquí —dijo—. La arrancaron esta noche. Después de tomar la última fotografía.
Tocó con una pinza el borde. El metal conservaba una marca brillante.
Robles abrió el cuadro eléctrico. Cuatro cables bajaban hacia una caja empotrada bajo los enchufes.
—Grabación, sonido, alimentación y salida de datos.
—No necesitaban cuatro cámaras —dije—. Necesitaban una entrevista y alguien escuchando.
Ane miró a Larrinaga, custodiado junto a la puerta.
—Enséñenos dónde se sentaban.
Él señaló la pared vacía.
La técnica apagó el foco lateral. Bajo la luz rasante aparecieron dos marcas en el suelo: una silla frente al tubo y otra junto a la salida del corredor.
—Una persona hablaba —dijo Robles—. Otra controlaba la puerta.
Larrinaga se limpió la frente con el hombro.
—Yo no asistía.
—Pero reparaba —respondió Ane.
Él señaló el rodapié. La técnica retiró una pieza suelta. Detrás apareció una caja metálica sin cerradura.
No contenía cintas ni discos. Solo un cuaderno de tapas negras.
Ane lo abrió con guantes. Cada página tenía fecha, dos iniciales y una hora. Algunas entradas estaban tachadas. Otras habían sido arrancadas.
—Registro de acceso —dijo Robles.
—De mantenimiento —replicó Larrinaga.
—Los fontaneros no usan iniciales policiales.
Pasé las páginas sin tocarlas. I. A. aparecía durante más de una década. K. E. se repetía en los primeros años. Después desaparecía.
—Koldo Etxabe conocía el piso.
Larrinaga no respondió.
Ane fotografió la página y ordenó comprobar cada inicial con antiguos destinos de Asuntos Internos. También pidió localizar a los agentes que seguían en activo.
El cuaderno reducía la lista. No la limpiaba.
Robles llegó a la última página escrita.
La fecha correspondía a nueve días antes de la muerte de Arrieta. Junto a I. A. aparecía una segunda anotación: G. E.
—Gaizka estuvo aquí —dijo.
—O alguien escribió sus iniciales —respondió Ane.
El margen tenía una mancha oscura. Larrinaga la miró demasiado tiempo.
—¿Qué guardaban en la caja? —pregunté.
—El registro.
—La caja es más profunda.
Robles introdujo una regla por el lateral. Faltaban tres centímetros hasta la pared.
Ane ordenó desmontarla.
La técnica retiró cuatro tornillos. Detrás apareció un doble fondo y una tarjeta de memoria partida en dos.
Larrinaga dio un paso. El agente lo sujetó por el brazo.
—Eso no estaba cuando revisé el piso.
—¿Cuándo lo revisó? —preguntó Ane.
Él apretó la mandíbula.
—Después de que Arrieta muriera.
Nadie había mencionado esa visita.
—Estaba dentro cuando empezamos a perforar —dijo Ane.
Larrinaga miró la tirita.
—Llegué antes.
—Y salió por el patio —dijo Robles.
—La otra puerta seguía abierta.
—Hasta que tiró del alambre —añadí.
Larrinaga cerró la mano.
—Recibí la alerta de movimiento.
—Y vino a borrar su presencia —dijo Robles.
—Vine a cerrar una puerta que debía seguir cerrada.
Ane se acercó hasta dejarlo contra el marco.
—¿Quién se lo pidió?
Larrinaga giró la cara hacia el corredor.
—Arrieta.
—Arrieta estaba muerto.
—Me dio instrucciones hace meses. Si el piso volvía a utilizarse, debía vaciarlo y avisar a su hija.
El nombre no apareció. No hizo falta.
Robles abrió el historial de la cámara del patio. Buscó nueve días atrás y pulsó el único archivo largo.
Arrieta entró primero. Gaizka caminaba detrás con una caja de herramientas. Una mujer cerró la puerta desde el patio.
Llevaba el pelo recogido y una carpeta contra el pecho.
Ane congeló su rostro.
Larrinaga dejó de forcejear.
—Edurne Arrieta —dijo.
Ane no cerró todavía el archivo. Arrastró la barra de tiempo.
Gaizka salió exactamente veintisiete minutos después. Ya no llevaba consigo la caja de herramientas. Miró hacia el patio antes de cruzarlo y se tocó el bolsillo interior de la chaqueta.
—Se llevó algo —dije.
—O comprobó que seguía ahí —respondió Ane.
Arrieta apareció después. Permaneció bajo la cámara y levantó la vista hacia el objetivo. No parecía sorprendido. Extendió una mano fuera de plano.
Edurne se la apartó.
El vídeo no tenía sonido, pero la discusión estaba en sus cuerpos. Ella empujó la carpeta contra el pecho. Arrieta señaló el corredor. Edurne negó y salió por el patio.
Robles avanzó hasta el final.
—Faltan cuatro minutos.
La hora saltaba de las diecinueve doce a las diecinueve dieciséis. Después, Arrieta cerraba solo.
Ane abrió la información del archivo. La eliminación se había hecho desde una cuenta de administrador.
Todas las miradas cayeron sobre Larrinaga.
—No fui yo.
—Su cuenta dice otra cosa —respondió Robles.
—Arrieta conocía la clave.
Ane guardó el cuaderno y ordenó requisar los servidores de la gestoría. Luego pidió una patrulla para el domicilio de Edurne. No una llamada. No quería darle tiempo para mover nada.
El teléfono del agente sonó antes de que saliéramos.
Escuchó diez segundos y me miró.
—La patrulla ya está allí.
—¿Y? —preguntó Ane.
—La puerta está abierta. No hay nadie.
Robles volvió al vídeo y amplió la carpeta que Edurne llevaba contra el pecho. En la esquina inferior aparecía un sello rojo, cortado por sus dedos.
Reconocí el formato antes que las letras.
Era una orden de retirada de grabaciones.
Debajo se leía una fecha.
Dos días después de la muerte de David.